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12 de noviembre de 2020

Pliego nº 142

 

Alegría a través del sufrimiento y la muerte

 

Todos vivimos momentos de crisis i de oportunidades. El crecimiento pasa a través de distintos procesos de muerte y de resurrección, lo que parece ser tumba resulta ser matriz y útero de un nuevo nacimiento. El sufrimiento, la enfermedad, cualquier pérdida y el proceso de la misma muerte son oportunidades de encuentro consigo mismo, con los demás y con lo que nos trasciende, y nos permite experimentar lo que somos en nuestra profundidad. Todos tenemos un anhelo inagotable de plenitud y felicidad. 

 

La muerte forma parte de la vida. No es un fracaso, sino una ocasión de despertar. 

 

La muerte es un misterio. Según las tradiciones espirituales, la muerte es solo el cese de una forma de existir y el paso o la transformación de aquel ser a otra dimensión. Esa otra dimensión es la Realidad: el origen y destino de nuestra existencia. Venimos de Dios, del Absoluto y regresamos a Él.

 

Morir supone un arduo trabajo psicológico, social y espiritual. Mientras que la dimensión contingente de la persona denominada ego, i que es la causa en gran parte del sufrimiento, va a desaparecer aceptando conscientemente el mismo sufrimiento, la dimensión trascendente, nuestro verdadero ser, puede emerger dentro de la crisis. 

 

A través pues, del sufrimiento, aceptándolo y trascendiéndolo puede producirse una apertura a un espacio de unión, con una realidad que le supera, desde donde emerge una nueva conciencia, más allá del sentido personal del yo, basada en la conexión con el Ser. 

 

En el itinerario de trascendencia del sufrimiento se reconocen 3 etapas:   

 

. Una etapa de “pérdidas”. Etapa de lucha que engloba la negación, la ira, la negociación, la depresión.  El miedo a perder lo que consideramos nuestra identidad, nuestro ego.

. Posteriormente se llega a una fase de “rendición” que podríamos traducir como aceptación, entrega, soltar, dejar de luchar, no como derrota sino como entrega a una fuerza mayor que no depende de uno mismo. Junto con la aceptación del dolor crece una alegría profunda.

.  I finalmente cuando se ha hecho esta entrega la persona entra en un nuevo espacio de conciencia llamado “trascendencia”. Más allá de mí mismo, de mis límites. Un espacio de comprensión, de maduración, de nueva identidad, de serenidad, de gozo, de amor, de gratitud, de confianza, de alegría, de paz interior. Esa es la paz de Dios. 

 


Jesús crucificado es la imagen de lo que acabamos de exponer, i en el mismo Jesús vemos que la cruz no es para quedarse en ella. Jesús en Getsemaní recibió la fuerza interior para darse totalmente, vaciándose de sí mismo. No le fueron ahorradas las etapas comunes que vivimos los humanos: rebelión, negociación, depresión i finalmente rendición. Sabía que sólo rindiendo el yo, aunque lo llevaría a la muerte, podría nacer lo que es nuevo. Jesús escucho la realidad en lugar de huir, la afronto sin revelarse, se entregó renunciando a su propia voluntad. Esta entrega es lo que permite que Getsemaní se pueda convertir en la Alegría del Reino. Jesús entregándose a sí mismo entrego su espíritu.

 

El silencio de Dios en la cruz es su suprema manifestación, sosteniéndolo todo. “¿Padre, porque me has abandonado?” La respuesta es la resurrección, esta vida nueva, aunque antes hemos de morir a lo viejo. Todo está llamado a resucitar. El evento Pascual nos desvela que la vida vivida como donación atraviesa la muerte abriendo una forma nueva de existencia. De esta vida entregada brota la alegría.

 

La alegría auténtica de la vida se da con el desprendimiento. Sólo rindiéndonos, abandonándonos del todo podemos acceder a otra manera de ser i vivir que está más allá de nuestra autorreferencia, del yo. Por esto hemos de aceptar nuestras muertes. “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo, pero si muere, da mucho fruto”. Esto nos abre las puertas a la Vida. Ir de la oscuridad de la pérdida a la apertura y a la alegría infinita.

 

Cori de Dalmau
Mataró

 

12 de octubre de 2020

Pliego nº 141

  

O alegría, ¿quién eres?

 ¿Quién no ha experimentado nunca, aunque sea en la fugacidad de un instante, la sorprendente irrupción de una alegría inesperada, inmerecida, incomprensible? ¿Una alegría que queremos guardar ardientemente, retenerla para que no se vaya furtivamente de la misma forma que apareció? En ese momento quien no le quiere preguntar: “¿Quién eres? ¿De dónde vienes?”.

Ser cristiano: ¡un exceso de alegría!

Dominique Ponnau, en su hermoso libro La gratitud, dice que “el cristianismo es la religión de aquellos (¡y aquellas!) que después de que hubieran conocido un día un exceso de alegría, y habiendo degustado plenamente “la alegría frágil e imperecedera de haber nacido”, sintieron la irreprimible necesidad de agradecerla” (p. 12). La alegría está aquí relacionada con una íntima participación en el milagro de existir, y quizá también lo está al milagro de sentirse vivo de otra forma, de vivir una vida diferente. ¿No guardaba Nicodemo este deseo en su corazón desde que le preguntó a Jesús cómo puede nacer un hombre siendo viejo? (Jn 3,4).

 



¿Qué has hecho de mi alegría?

Quizá necesitamos escuchar y re-escuchar la voz de Dios que nos despierte preguntándonos: “¿Qué has hecho de tu alegría?”, o mejor aún, “¿Qué has hecho de mi alegría?”.

 

Ciertamente, es “Su alegría” la que se nos prometió y dio, no una alegría fruto de una construcción o de una conquista meramente humana.

 

Es lo que Jesús ofrece como confidencia a sus discípulos –desde entonces convertidos en sus amigos–, en un momento crucial de su vida, poco antes de que lo arrestasen: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud.” (Jn 15,9-11).

 

“Entra en el gozo de tu señor” (Mt 25,23) escuchamos que se le dice a aquel que fue fiel en lo poco que se le confió.

 

La alegría que nos sorprende al ponernos en el mundo, es aquella que nos espera con los brazos abiertos al final de una vida después de haber hecho lo mejor que hemos sabido.

 

Resplandor de Pascua

El Evangelio de Lucas es, de una punta a la otra, un himno a la alegría. Un himno que empieza con la alegría de María que se pone en pie de un salto, tanto en movimiento como en palabras, después de su sí; su disponibilidad a una maternidad inaudita es total; y desemboca en la travesía del desespero de los discípulos de Emaús y en la experiencia de la presencia del Resucitado que hace arder los corazones atribulados.

 

En el Evangelio, y especialmente en las bienaventuranzas, la alegría surge en el corazón del infortunio, es un anticipo de la Vida más fuerte que la muerte, la traza que el Eterno ha inscrito en el tiempo, la presencia de lo Invisible en lo visible, de lo infinitamente grande en lo más pequeño. 

 

El canto de la curruca zarcera

Si un día esta alegría nos traspasa, si nos visita, continuará grabada en nuestra memoria incluso en los momentos de dolor, de duda, de llanto. Entonces comprenderemos que no podemos ser cristianos por costumbre, para tranquilizarnos, para consolarnos o para dar sentido a la vida, sino que, como decía Domique Ponnau en el libro citado anteriormente, somos cristianos “como la curruca zarcera canta: ni el cristiano ni la curruca tienen opción, tienen que decir cuál es su alegría” (p. 12)   

 


Federica Cogo
Italia


12 de septiembre de 2020

Pliego nº 140

 

¿Qué pueden tener de nexo la alegría y la capacidad de asombro, de sorpresa?

Al detenerme a considerar el tema propuesto, primero intento comprender qué es el asombro, para luego vincularlo con la alegría… lo cierto es que para lograr vincularlo se hace necesaria la reflexión, ya no del término en sí, sino del concepto que entraña asombrarse y de cómo esta capacidad nuestra evoluciona en nuestro interior, hasta llevarnos, incluso, a la alegría más íntima.

El asombro no se logra, no se alcanza con las propias fuerzas, intentar algo así pasaría a entrañar un engaño. No, el asombro es una realidad humana que nace en el interior y que traspasa, incluso, nuestro cuerpo para llegar a tener lugar en la expresión corporal y que solo se expresa ante la sorpresa de algo inesperado, lo bello, lo curioso, lo sorpresivo, lo simple -ya sabemos- como una bella puesta de sol, la recepción de un regalo o la visita inesperada de un buen amigo…

No obstante, también las experiencias triviales, incluso las vivencias negativas pueden causar que nos asombremos ante hechos ocurridos a nuestro alrededor o lejos de nuestra realidad como, por ejemplo, distintas acciones violentas de cualquier índole que, desafortunadamente, estamos tan habituados a conocer o, en un terreno más cotidiano, nuestra propia forma de ser que tantas veces nos desconcierta hasta a nosotros mismos.

Introduzco de esta forma para dar a entender que la posibilidad humana de sorprendernos es eso, una cualidad de nuestro ser, pero no necesariamente relacionada solo con lo que consideramos bueno, amable, bello, ¿cómo, entonces, relacionamos esa capacidad de asombro nuestra con la alegría si tanto lo bueno como lo malo nos puede sorprender y, es más, lo que sorprende a unos nos necesariamente provoca el mismo sentir a otros?

Una respuesta posible es que cuando lo que sorprende al ser humano es recibido por un corazón agradecido, humilde y vaciado de lo superfluo, siempre podrá alegrarse de la paz que ello le provoca.

Es la paz el vehículo que lleva del asombro a la alegría, desarrollando en nosotros una capacidad de  asombrarnos ante la vida que pasa ante nuestros ojos con todo su devenir, con todo lo que conlleva de sufrimiento y también de gozo y que es, en definitiva, lo que la hace digna de vivirse con admiración.

Santa Teresa solía decir que todo era “amar y costumbre”

A este propósito también podemos aplicar ese principio.

El ser humano desarrolla la capacidad de asombro -como otras virtudes- a fuerza de repetir su práctica y, a mi parecer, es propia del pobre de espíritu, del que teniendo mucho, poco o nada está abierto a recibir con el corazón vaciado de vanidad, el estímulo que le provoca tanto lo ignoto como lo conocido, incluso,  lo reconocido como si fuera un niño, una niña que vuelve a aprender una y otra vez de lo que sucede en su interior, de lo que siente, piensa, experimenta.

Lo mejor de todo es que podemos compartirlo con otros… quien se sorprende, admira; quien admira, contempla; quien contempla se deja compenetrar del misterio de lo natural y lo sobrenatural, ante el cual solo cabe “acurrucarse” y entrar en él descalzo de todo desamor, pues se pisa terreno sagrado. La razón sola no es suficiente para desentrañar el misterio amoroso de nuestra existencia. En ello nos auxilia nuestra capacidad de asombro, que es la rendija por donde se cuela la alegría de ser parte de un todo con otros, con Otro.

La capacidad de asombro es la expresión, incluso corporal, de la profundidad de la vida, capaz de otorgarle sentido aun a lo más inesperado.

¡Qué necesario y vital es reaprender a asombrarnos! Es como si tuviéramos que quitarnos un velo e los ojos, de los oídos, de la sensibilidad. Y simplemente sentirnos existir… ¡con pasmo! (Alfredo Rubio de Castarlenas)

Soledad Mateluna
Santiago de Chile

12 de agosto de 2020

Pliego nº 139

Invitación 

Hace pocos días que Pere Casaldáliga obispo de una Prelatura de la Amazonía durante cuarenta años, nacido en la provincia de Barcelona, moría a los 92 años. En su legado de reflexión nos deja muchos tesoros. Entre ellos, “La última pregunta”: 

“Al final del camino me dirán: —¿Has vivido? ¿Has amado? Y yo, sin decir nada, abriré el corazón lleno de nombres.” 

 

Quién sabe si a Casaldáliga al final del camino le han preguntado... 

La invitación, pero, es formular la pregunta en cualquier momento de nuestra vida, en este momento mismo… ¿estoy viviendo? ¿estoy amando? Si en silencio, sin decir nada, abro mi corazón, ¿qué llevo dentro? 

Seguramente si dedicamos unos instantes, unos minutos, unas horas a escuchar esta respuesta tendremos un buen indicador del cómo andamos de nuestra alegría interior, de nuestro motor existencial. 

En cierta medida hemos aprendido a gestionar el termómetro de nuestra alegría existencial en recoger los frutos externos de nuestra vida, en el reconocimiento de nuestros actos, en la valoración de los otros en nuestra manera de hacer las cosas, en la cantidad de bienes materiales que podemos tener en tantos y tantos indicadores externos.

Pero mirar hacia fuera generalmente es más una fuente de insatisfacción personal que no trae dicha. Si al abrir el corazón lo llevamos lleno de nombres, de circunstancias, de experiencias, de vida y estima…si miramos dentro y vemos todo lo que nos llena ¡¡¡Qué alegría!!!

Nuestro corazón físico es el motor de nuestro cuerpo, por ello, desde milenios atrás, se habla del corazón espiritual como el motor de la vida eterna. Es este corazón el que se puede abrir a la esperanza, al amor hacia los otros, a la gratitud de todo lo que somos y tenemos… es este corazón el que se conmueve ante todo lo que es y se llena de gozo. 

En el momento que miramos hacia fuera nos centramos en todo lo que nos falta, en el momento que abrimos el corazón y miramos hacia dentro nos damos cuenta de todo lo que somos y la grandeza de lo que tenemos, lo agradecemos y lo gozamos… 

Cada día, al levantarnos por la mañana, podemos preguntarnos, 

¿Cómo quiero vivir hoy? ¿Cómo quiero amar hoy? 

Seguramente si abro mi corazón puedo conectar con la gratitud de esta vida que me es dada, la gratitud de que pase lo que pase tengo el corazón lleno, seguramente puedo conectar con la Alegría de la infinitud de la vida, de mi ser. Un gozo. 

Esta es una invitación a vivir des del motor de la Alegría que se convierte en gozo. 

Ana María Comas
Barcelona 

 

12 de julio de 2020

Pliego nº 138


La #alegría que nace del #silencio



José Moratiel, en su libro «El silencio compañero de camino», habla del silencio como de una fina lluvia que puede ir calando en lo más profundo del ser humano hasta regalarnos el encuentro con uno mismo. Existe el silencio de la humildad, el silencio de la admiración, el silencio del respeto, el silencio de la contemplación, el silencio del beso, el silencio del perdón, el silencio de la entrega, el silencio de la compasión, el silencio de la paciencia… y así un sin fin de silencios, cada uno de los cuales son una oportunidad para que el otro pueda desarrollarse en plenitud.

Y si el silencio lo podemos describir, como esa lluvia fina que tiene la capacidad de atenuar voces interiores y exteriores, propias o de quienes amamos, con el fin de ayudarnos vivir con más hondura el día a día; quizá la alegría pueda ser una luz, con tantos matices como rayos de sol alumbran la tierra, que nos da la fortaleza interna para sostenernos a pesar de las inseguridades o debilidades que nuestro ser alberga.



«Agua» y «luz»           «Silencio» y «alegría»

Dos elementos básicos para la vida del ser humano




Claro está que por ahondar un poco más en el significado profundo de la palabra alegría, podríamos preguntarnos también cuáles son las tonalidades de esa alegría que nace del silencio y que se convierte en gozo en la medida en que nos despojamos de nuestro ego. Por dar una primera respuesta me atrevo a definir estas cuatro, y a la vez te invito a que compartas este artículo en las redes añadiendo esa gama de colores que para ti son sustento en la alegría que nace del silencio.


Ultimidad                 Libertad                Agradecimiento       

  
Esperanza


Marta Miquel Grau
Barcelona

12 de mayo de 2020

Pliego nº 136


La alegría como fruto del Espíritu Santo  


Os traigo dos noticias: La primera es que el ser humano tiene un gran potencial. La segunda, es que está programado para sobrevivir, no para ser feliz. Este es el gran reto.

En los últimos años ha aumentado el interés por las emociones positivas, aunque aún existen muchas menos investigaciones para estas que para las negativas. Quizás, a lo largo de la historia, no solo el arte sino la mayoría de disciplinas se han ocupado e interesado más por la muerte, por lo negativo, por lo oscuro, que por la vida.

Nuestro propio organismo posee seis emociones básicas, según consenso de expertos, reconocidas por cualquier ser humano, independientemente de su cultura: miedo, ira, tristeza, sorpresa, asco y alegría. A simple vista se puede observar que, aunque todas sean funcionales y, por tanto, necesarias, la balanza se decanta hacia las emociones que nos hacen sentir mal (4 frente a 1)

Hablando de emociones, la alegría y la tristeza se colocan en el mismo eje, en el eje del logro. Si se consigue llegar a la meta propuesta, sentimos alegría; si perdemos, sentimos tristeza.


Esta alegría es la emoción más deseada. Proviene del latín alicero o alecris, que significa vivo y animado. A todos nos encanta estar alegres, nos sentimos vivos, con energía, valientes, con ganas de hacer cosas bellas. Además, como toda emoción, tiene una función: nos predispone a la acción, a relacionarnos, a compartir y tomar la iniciativa. Nos impulsa a acometer proyectos. Somos más creativos.

El Espíritu Santo toma esta base humana – muy bien hecha, por cierto- y se vale de ella para que no solo sintamos alegría, entusiasmo, ganas de trabajar por el Reino de Dios. Nos lleva a más, a ser fuente de alegría, a hacer nuestro alrededor más fecundo.

Os propongo un ejercicio muy sencillo: Cerremos los ojos y empecemos a sonreír. Forzar nuestra sonrisa todo lo que podamos. Respiremos profundo y pensemos en la alegría.

Comprobamos que pensar en alegría, produce alegría, y se contagia. Y el hablar de temas alegres activa en nuestro cerebro los mismos mecanismos que si estuviéramos sintiendo esa emoción. ¡Qué bueno que el Espíritu Santo nos regale el don del bien-hablar porque así somos motores de alegría!

En nuestra cultura occidental, donde la alegría se ha considerado durante muchos siglos algo pecaminoso e incompatible con la santidad, nos encontramos a personajes liberadores, como santa Teresa, que nos recuerda: líbrenos, Dios, de un santo triste, porque un santo triste es un triste santo. El camino para ser santos, de la mano del Espíritu Santo, pasa por la alegría.

La alegría es un misterio, porque hay personas que, a pesar de tener motivos para estar tristes, son alegres y naturalmente alegres. Es un don del Espíritu Santo. Tienen todas las razones naturales para no estar alegres y, a pesar de todo, sienten una profunda alegría. Toda adversidad la encuentran como posibilidad para avanzar, motivo de aprendizaje.

La alegría del Espíritu Santo es la espera firme, la esperanza cierta de que lo anunciado llegará. Alegría es amar y ser amado, sentir pasión en aquello que mueve tu vida, promover la fiesta, saber que tienes amigos a los que volver, no tener miedo a pedir perdón, atreverse a saltar al vacío.

Y con impulso renovado, seguir la cadena y ser fuente.


Sara Canca Repiso

Cádiz



12 de enero de 2020

Pliego nº 132

¿De qué nos alegramos? 

 «aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca. (…) aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se derrumbó. Y su ruina fue grande» (Mt 7,24-27) 

El evangelio de Mateos y el de Lucas ponen en boca de Jesús estas palabras para referirse a aquellos que escuchan sus palabras y las ponen en práctica. En el fondo podríamos decir que nos coloca ante los fundamentos de nuestra vida. ¿Sobre qué terreno la queremos construir? ¿Dónde la fundamentamos? ¿Qué la sostiene? 

Fundamentar nuestra vida en las palabras de Jesús equivale a fundamentarla en Dios, sin embargo el texto de Mateo viene precedido por la afirmación de que no todo aquel que le llama Señor entrará en el Reino de los Cielos. O sea, no es suficiente afirmar que nos sostenemos en Dios, como tampoco lo es una mera religiosidad si no va acompañada de una vivencia profunda de nuestra fragilidad que nos abra a experimentar a Dios. De nada serviría afirmar nuestra fe en Dios, si al mismo tiempo actuamos como diocesillos. Esto no sería más que una caricatura de la fe. 

Hasta aquí, nada nuevo. Hace mucho tiempo que teólogos de altura de Karl Rahner afirman “El hombre religioso de mañana será un místico, una persona que ha experimentado algo, o no podrá seguir siendo cristiano”. Rahner incluso llegó a afirmar que “El cristiano de mañana será místico o no será cristiano”. 

Ahora bien, la cuestión es discernir la veracidad de esta experiencia de Dios. Y entiendo por veracidad dos cosas, que por un lado, esta experiencia sea sincera, sentida profundamente, es decir, que sea una experiencia mística, y que por otro nos ponga en relación con el Dios que se revela en la creación, que establece una Alianza con la humanidad y que por Cristo sabemos además, que es Padre amoroso deseoso de nuestra amistad, y no con un Dios construido a nuestra imagen, distorsionado. En otras palabras, experimentar que somos seres creados, y desde nuestra creaturalidad dejarnos amar por Aquel que nos ha creado y amarlo como tal. 

Hay aquí una progresividad, partimos de la aceptación de nuestra realidad y llegamos a amar a Dios. Si el libro de la creación es la primera revelación que tenemos de Dios, aceptarla tal cual es, es el primer paso para aceptar a Dios tal cual es. En cambio, el rechazo de la realidad nos lleva a imágenes desfiguradas de Dios. 

Sin embargo, dado nuestro límite, en realidad, nunca estamos completamente exentos de crearnos una imagen distorsionada de Dios. Pero hay algo que nos puede ayudar, y que, a mi modo de ver, es un paso previo: preguntarnos de qué nos alegramos. O, dicho de otro modo, ¿en qué nivel situamos nuestra alegría, en el del ser, en el del estar, o en el del tener? 

Sería ingenuo pensar que no necesitamos de ciertos bienes para desarrollar dignamente nuestra existencia. Un cierto nivel de bienestar es importante, por ello es lícito que nos alegremos de poseer lo necesario. Pero decíamos que el primer criterio para discernir la veracidad de nuestra experiencia mística era asumirnos como criaturas, por ello hay que llegar a un nivel más profundo, al del ser. 

¿Cómo podemos saber que aceptamos realmente nuestro ser y no tan solo de boquilla? 

La prueba de que aceptamos nuestra condición de seres contingentes es que nos alegremos de ello, de que asumamos el límite en todas sus dimensiones, somática, psicológica, social e incluso espiritualmente y nos alegremos de que sea así. Tenemos que darle un sí rotundo a nuestro ser concreto. No se trata de un sí pero, pues este pero esconde una parte de rechazo de la realidad. 



Si nuestra alegría se construye sobre la roca firme de la alegría de ser, vendrán lluvias, se desbordarán los ríos, soplaran los vientos, pero nuestra alegría no se desmoronará; si por el contrario los fundamentos de nuestra alegría están edificados sobre arena, las inclemencias del tiempo, porque éstas existen verdaderamente, reducirán a ruinas nuestra alegría. 

Preguntémonos sinceramente qué es lo que nos produce alegría, dónde se fundamenta ésta, porque el reverso de la alegría de ser es la alegría en Dios. 

Gemma Manau 
Porto, Portugal 


12 de julio de 2017

Pliego nº 102



Rescatémonos los unos a los otros, para volver allí donde todo comenzó 


Estamos inmersos en una sociedad desvinculada, individualizada y personalista, donde impera el más fuerte, por sobre el ser, por sobre el vínculo personal, por sobre la comunidad, la solidaridad y el acompañamiento. Es pues, válido preguntarnos si es posible hoy, convivir juntos y acompañarnos en el camino.

Hoy más que nunca vemos cabezas gachas, hipnotizadas, seducidas por la pantalla del celular (móvil) que mantiene un frágil vínculo y da la sensación de estar conectados con múltiples personas, pero virtuales, intocables, que aseguran la desvinculación y despersonalización, a la vez que confirman la inmensa soledad que viven, pero que son incapaces de conectarse con otro ser real. 

El miedo que representa este otro, mi próximo, mi hermano, se confronta con el temor a la soledad: mientras se aleja de la posibilidad de vincularse cotidianamente, de dejarse penetrar por otro, al visualizarlo como limitante, también se huye del miedo a permanecer sólo. Esta experiencia dual afecta al trato de pareja, la relación de los padres con los hijos y viceversa, del creyente con la comunidad y del sujeto con la sociedad. 

El miedo que paraliza, que va robando la alegría de vivir y de convivir. Se instala la desconfianza y la sospecha como primer signo ante cualquier trato humano. Algo ha muerto y necesita ser rescatado y resucitar para dar vida nueva. 


Imposible no asociar a cómo estaban los apóstoles después de la muerte de Jesús: asustados, sin consuelo, paralizados y bajo esas circunstancias, y presumo, para sorpresa de muchos, María Magdalena junto a otras mujeres parten, hacia el sepulcro y contra toda lógica comienza su apostolado, convirtiéndose, María Magdalena, en una verdadera apóstola de los apóstoles. Repasemos su andadura de su mano, para visualizar sus pasos. 

Primer ella no va sola, va con otras mujeres. Temen al tener claridad sobre las dificultades que enfrentarán. Por ejemplo, no saben cómo moverán esa tremenda piedra, (Mc. 16) pero esta realidad supuesta no las desanima. Quieren honrar, perfumar, ungir el cuerpo de Jesús. Como un gesto de agradecimiento por su existencia por todo lo que Jesús significo en sus vidas, porque los transformo de esclavos a hombres y mujeres libres, y en medio de toda desesperanza ellas van, entonces podríamos inspirarnos en María Magdalena e iniciar este tiempo litúrgico bombardeado, literalmente, por la dura realidad que vivimos para despegar la vista de la pantalla, cualquiera que sea, y rescatarnos los unos a los otros. Esto podría ser más o menos así: 

Primero, partir y honrar: Partir incluso si no sabemos quién podrá mover la piedra del sepulcro de nuestra vida. Partir con esperanza, ante toda dificultad, para honrar la vida, por sobre una cultura de muerte, y ante toda lógica actual honrar la existencia con todos los signos de muerte personales, familiares, comunitarios. Aceptar completamente la existencia y todo aquello que ha posibilitado esta, sea bueno o no tanto. 

Segundo, no temer: En el camino se encuentran con un Ángel poderoso que les dice “no teman” (Mt. 28, 5). Cuántas personas amigas, hermanos de camino, familiares, que hacen hoy de ángeles poderosos que nos ayudan con sus palabras y nos alientan a seguir, cuántas presencias sutiles, delicadas, que a veces por el ruido de la tristeza interior, de la rabia, de las insatisfacciones e impotencias, no se ven ni se valoran. Pero están, para mayor asombro, y en el recogimiento de nuestra oración podemos ver y agradecer a Dios por ellas en nuestras vidas. No estamos solos. 

Tercero, no temer nuevamente: Ante el asombro de encontrar el sepulcro vacío, no volver a temer, es decir, ante el misterio de lo desconocido, del vacío que se puede sentir, al no entender nada, a pensar que se han robado la esperanza; no temer y compartir con quienes son nuestros compañeros de viaje, familia, amigos, comunidad, el asombro ante el vacío, y allí en medio de esa comunidad asombrada, expectante Jesús, hablará como le habló a María Magdalena y a sus amigas: “No temáis, id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea, allí me verán” (Mt 28, 10)

Cuarto, comunicar: El significado de comunicar es dar cuenta a otro del contenido que tengo. Por eso cabe la pregunta, cuáles son mis contenidos que quiero expresarle a otro. Cuánta falta de comunicación existe hoy, soledad, tristeza y violencia en el trato cotidiano. Una sociedad saturada de información, pero vacía de contenido, de sentido, de buen trato, de palabras significativas, gratificantes, pareciera ser más fácil comunicar todo lo malo del otro que acompañarle en su vida para que desarrolle todo su potencial, corrigiendo fraternalmente, devolviéndole su dignidad humana y resignificando su relación con la trascendencia. Comunicarles que vayan allí donde todo comenzó, a pesar del miedo y la desesperanza, vayan a Galilea. 

Y por último, un quinto paso: rescatar la alegría y saber acompañar, a pesar de que el otro sea causa de mi dolor, como decía San Francisco de Asís, (Test, 14), Aunque esta novedad no sea creída (Lucas 24, 11) o en el camino se transforme en mi enemigo. Estar con todas las limitaciones, pero estar para el otro, para mi próximo, para mi hermano. Ayudarle a encontrar la paz, esperanza y la alegría. 

María Magdalena nos ayuda, tal como lo hizo con los apóstoles, a ir allí donde fuimos reparados, donde fuimos llamados por Jesús, resucitados ya con el bautismo, y donde los apóstoles dejaron todo y lo siguieron ( Mt.4, 18-22). Nos ayuda a partir aunque con temor, a comunicar esperanza y alegría a volver al lugar donde hemos sido tan felices, rescatémonos los unos a los otros. 

Es sin duda, la figura de María Magdalena, una apostola que nos ilumina el camino para acompañarnos en la vida cotidiana y dificultosa. "Dejarse amar para amar, amar para experimentarse amado". Dice el sacerdote argentino Carlos Avellaneda en su libro: "Libres para amar. Los vínculos en la era de la individualización" (Buenos Aires 2013) Y continúa diciendo así: "creyendo a una comunidad y creyendo en Dios, podremos volver a creer en nosotros mismos y así comprometernos en entregas más libres y generosas". Ser hoy apóstoles de los apóstoles, rescatar la fraternidad, la hermandad. Levantemos la mirada para conectarnos de verdad, con palabras del papa Francisco en la Evangelii gaudium: "no nos dejemos robar la comunidad" (EG 97). 

Claudia Tzanis Eissler 
 Santiago de Chile

12 de febrero de 2017

Pliego nº 97

 

La fiesta III: De la alegría al gozo


El itinerario del cristiano es un itinerario que va de la alegría al gozo. Parte de la alegría de saber que el Verbo se ha hecho carne de nuestra carne, nos ha liberado de la esclavitud del egoísmo, nos ha redimido, para llegar al gozo de encontrar a Cristo y vivir configurados con él, ¡Cristo es nuestra fiesta! Pero entre el anuncio de la buena nueva de la redención de Cristo –la alegría– y el vivir resucitados en él –el gozo– hay un calvario también para nosotros: morir a uno mismo. El abandono total en manos de Dios.

La meta última de la madurez cristiana es dejar de seguir a Cristo para convertirnos en otros cristos en la tierra. Y esto también incluye la resurrección. Porque la resurrección no es sólo algo que puede acontecer con nuestra muerte física, sino que también es un modo de vivir nuestra vida mortal, plenos de la gracia de Dios, «muertos al pecado, pero vivos para Dios en Jesucristo» (Rom 6,11). Como otros cristos, nos presentamos a los demás en las diversas relaciones de la comunidad cristiana. Cuando esto se da, vivimos ya el reino que Cristo vino a instaurar, vivimos en fiesta.

Para el cristiano que ha recorrido este itinerario de morir y resucitar con Cristo, su mapa, su carta de navegación son los que Cristo da una vez resucitado. De ahí que la Andadura Pascual (*1) es donde mejor encontramos el camino a seguir, el mapa para el obrar.

Hacer de nuestra vida una oblación por amor, es instalarse en el gozo de vivir resucitados en Cristo. Y esta es la estructura más interna de la fiesta, que queda condensada en la sentencia de San Juan Crisóstomo: Ubi caritas gaudet, ibi est festivitas.

La esencia de la fiesta es: ser-para-los-demás, como Cristo lo fue para la humanidad. Y todos y cada uno de los hombres estamos invitados a gozar la fiesta y la alegría de vivir en Dios. Pero en la espiritualidad y la praxis cristiana este ser-para-los-demás, se ha identificado casi exclusivamente con el rostro doliente de Jesús clavado en cruz, separándolo en no pocas ocasiones, del talante del Resucitado. Evangelizar la fiesta, el placer y la alegría en el mundo de hoy, no es menos importante que evangelizar el dolor. La resurrección de Cristo es la máxima afirmación de que el fin de la vida no es el sufrimiento y la renuncia, sino la alegría y el gozo.


El fin último del cristiano no es la cruz, sino la resurrección, el gozo, la fiesta. La cruz es la prueba, pero no el fin. Que mataran a Jesús clavándolo en una cruz, no tiene nada de novedad. De hecho, en su época fueron muchos los que murieron así. Y a lo largo de la historia, muchos otros han muerto de manera más cruel y con más sufrimiento. Cuántos mártires hubo y sigue habiendo que dan su vida por ideales muy dignos y legítimos.

El centro de gravedad del mensaje de Cristo, no está en su muer­te –que es una prueba de la autenticidad de lo que decía– sino en lo que decía e hizo. Lo específico –si pudiera resumirse de algún modo– es el “ágape de caridad”, que tan bien está reflejado en el relato joánico de la última cena.

«La mejor manera de mejorar el mundo es amar como Dios nos ama». Cuando esto pasa del yo –que amo– al nosotros –que nos amamos–, ¡es fiesta! Esta es la evangelización por excelencia, la acción más eficaz, y el espectáculo más atrayente y redentor que podemos dar los cristianos al mundo «Por el amor que os tengáis los unos a los otros reconocerán que sois discípulos míos» (Jn 13,35).

 
(*1) RUBIO, Alfredo. Andadura Pascual. Camino de Alegría. Barcelona: Edimurtra, 1990.


Maria Viñas

Barcelona (España)