12 de marzo de 2019

Pliego nº 122


Un diario nuevo comienzo


Cuando me levanto por la mañana me gusta pensar en que comienza un día nuevo. Un  nuevo amanecer para mí, me encuentro existiendo en este nuevo día; vivo un día más, en este planeta tierra.  A la vez, me encuentro co-existiendo con todo lo existente.

Como dice el Papa Francisco en su encíclica Laudato Si: “Todo el universo material es un lenguaje del amor de Dios, de su desmesurado  cariño hacia nosotros.  El suelo, el agua, las montañas, todo es caricia de Dios”. (IV, 84). Sí, toda la naturaleza es para mí  lenguaje de Dios.  Creo que cuando se ama, se desea estar cerca del ser amado y también se le revela, manifestándose a él.  Dios, por el gran amor incondicional que nos tiene, se ha ido manifestando a lo largo de la historia. La Biblia es una larga historia de amistad en la que Dios nos invita sin cesar a entrar en su Alianza. Vemos como patriarcas, profetas y tantos hombres y mujeres nos manifiestan ese amor que Dios nos tiene. Y en Jesús este amor se revela de manera plena y definitiva. Después de él cuantos testigos del amor de Dios nos lo han mostrado por su palabra y su vida; mujeres y hombres de diversas lenguas y naciones. Todos y todas revelando el amor del Dios Trino.


Al vivir cada nuevo día, me digo que Dios me ha renovado. El me renueva por su gran amor y a la vez también renueva a los demás. Lo que  ayer viví, apoyada en la confianza en Dios, me ha transformado, me ha hecho crecer, a través de tristezas, gozos y esperanzas.  Y yo, hoy, como los demás, somos creaturas nuevas. Como dice el texto de las Escrituras: “Mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?”  (Is. 43, 18). Eso me impulsa a mirarme y a mirar a los demás con ojos nuevos cada mañana y a mirarme y a mirarles con amor, como Dios nos mira.  A veces nos despertamos como si el nuevo día no trajera nada nuevo, como si las personas con quienes convivo en la casa, en el trabajo las conociese tanto que ya no me puede sorprender y maravillar nada de ellas. Sin embargo, Dios se manifiesta cada día de manera nueva en mi amigo, en mi familiar, en mi colega de trabajo….  y a través mío. Todos somos templos del Espíritu Santo, todos somos su santuario. Y a través nuestro, Dios manifiesta con sorprendentes luces de amor su ternura renovada, su compasión y perdón a aquellos que encontramos en los caminos de la vida. Sí, Dios realiza maravillas cada día, dejemos que El renueve nuestra mirada.

María de Jesús Chávez-Camacho Pedraza
Pineda de Mar, Barcelona



Atisbo



Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan (Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.  


En Clave de 'Ser' - Sí a Dios sin Condiciones





En Clave de Ser, un montaje radial, elaborado por el equipo del Espacio Dolores Bigourdan, para ayudar a la meditación y la reflexión. 


12 de febrero de 2019

Pliego nº 121


Yukti, Junquillar


Junquillar es una pequeña población al sur de Chile que se desarrolla alrededor de una sola calle. En ella no hay apenas movimiento. Cada cual está en su casa, en lo suyo. Hay un hombre mayor que, aunque sea verano va abrigado con chaleco de lana y gorro. Está en la puerta de su casa, sentado, viendo pasar el tiempo y las pocas personas que caminan por la calle de una casa a otra. Me inspira ternura y al pasar nos saludamos con una sonrisa.

Descubro que son las fiestas Junquillarinas y en la tarde se llena de gente la calle. Se la toman, cierran el paso instalando mesas para compartir, alguien canta acompañada de buenos músicos y todos festejan. Estoy de espectadora cuando alguien me invita a pasar a ser parte de la fiesta. Llega una desconocida con cara afable, me da un beso y me invita a compartir. Me siento congregada y acogida con todo respeto.


En este lugar, alejada de mi cotidianeidad, he encontrado algunos amigos de tiempo y algunas caras nuevas. Desde mi silencio he podido acoger y recibir de cada uno algo de su novedad, de su particularidad tan propia que lo hace ser único e irrepetible. La silenciosa Mirta, el organizador y ecuánime Lucho, la despistada Nacha, pendiente de alimentar a los animales, el juguetón y encantador Luciano, la inquieta y amante Virginia, el emprendedor y cuidador de la familia Pedro y la bella y adolescente Patricia.

En este pequeño lugar del mundo se hace presente también la Sra. Cristina, octogenaria de gran sentido del humor, que en sus últimos meses sufrió algo de alzhéimer provocando gran preocupación entre sus tres hijos y nietos, y que ahora ya descansa en brazos del Padre.

Cada una de estas personas contiene en sí misma una genuidad que es propia, que le es dada como semilla y que tiene que germinar en la tierra que también es cada uno, tal como refiere Melloni tomándose de una palabra del hinduismo “Yukti”. Ese misterio personal que el otro puede intuir, pero que siempre está en desarrollo, a la escucha de esa voz interior, como de un maestro que nos habla a cada uno, es trascendente y nos habla del Creador por excelencia, de Dios. Ese Dios inabarcable que requiere de todas las particularidades de nosotros los existentes, para manifestarse, para que reconozcamos en el otro, contemporáneo a mí, el bello Misterio de su Ser. Que podamos lograr acercarnos, para ir develando su rostro, su Ser. En palabras de Melloni: “Las acciones que llevamos a cabo se incorporan a la materia y afectan a la historia, colaborando en el lento caminar hacia la trascendencia y en el desvelamiento de su transparencia”[1]

Es un misterio insondable, lleno de verdad y riqueza “que toda persona por el hecho de existir es mensajera de Dios”. Vivamos pues esa riqueza apasionante de descubrir en nuestros otros ese mensaje que va dirigido a cada uno, ese pedacito de Dios en nuestras vidas, gracias a nuestro prójimo y a nuestra capacidad de estar atentos.
 

Maria Bori Soucheiron
Educadora

Chile


[1]
Melloni Ribas, J. (2009) El Deseo esencial. Ed. Sal Terrae. Santander


Atisbo

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Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan (Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.

En Clave de 'Ser' - La Alegría






En Clave de Ser, un montaje radial, elaborado por el equipo del Espacio Dolores Bigourdan, para ayudar a la meditación y la reflexión. 

12 de enero de 2019

Pliego nº 120


La Encarnación, revelación de Dios y del hombre

En estos últimos meses hemos estado reflexionando como el mismo amor gratuito de Dios es creativo y redentor, y además es por ese mismo amor, que Dios se encarna, que irrumpe en la creación desde su corazón mismo. Contemplábamos el Dios que crea y que habita lo creado haciéndose a medida humana, comúnmente decimos que se abaja.

Hay dos momentos importantes de este abajamiento o vaciamiento de Dios, de esta kénosis, la Encarnación y la cruz, sin embargo la segunda es, en el fondo, consecuencia de la primera. La encarnación para ser plena tenía que asumir también la muerte. Otra cosa muy distinta es la razón por la cual Jesús muere.

Nos podemos preguntar ¿para qué Dios se encarna? y ¿por qué la encarnación es redentora?

Con la encarnación se da una doble revelación, Jesús nos revela a Dios, pero al mismo tiempo, como indica la constitución pastoral del Concilio Vaticano II Gaudium et Spes, Jesús «manifiesta plenamente el hombre al propio hombre» (GS 22).

Por la encarnación Dios busca la comunión con el ser humano, por eso se le acerca, se abaja, le habla, se aproxima lo más que puede «para que todos sean una cosa, así como tú, oh Padre, en mí y yo en ti, que también ellos lo sean en nosotros» (Jo 17, 21).

Por la encarnación descubrimos que Dios es Padre amoroso, misericordioso, a quien Jesús se dirige con la expresión de Abba, pero que al mismo tiempo es un Dios menesteroso –como afirma Alfred Rubio–, quiere, busca ser amado, y se abandona en nuestro regazo cual niño, al mismo tiempo que nos pide que nos abandonemos, que confiemos también nosotros cual niños: «De cierto os digo que si no os volvéis y os hacéis como los niños, jamás entraréis en el reino de los cielos» (Mt 18, 3). No se trata de que seamos infantiles, de que no asumamos responsabilidades, de que queramos ser cuidados a toda costa… No, no se trata de eso, sino de que tomemos consciencia de nuestra fragilidad y de que nos abandonemos confiadamente en Dios. De esta forma cuando nos relacionemos con los otros lo podemos hacer a imagen de nuestra relación con Dios. Así como Dios es Padre, tenemos que amar al otro con amor paternal y misericordioso; y de la misma forma que se abandona en nosotros como un niño, nos tenemos que dejar amar con amor filial y humildad, reconociendo nuestra «indigencia».

Por la encarnación descubrimos que Dios es un Dios trinitario, comunión de amor desbordante que ama creando y crea amando.



Dios se encarna para que podamos sentir de manera más patente su amor, oscurecido de mil formas, se encarna porque desea alcanzar también con nosotros una comunión de amor, por eso se abaja, se vacía de Sí mismo, se hace a medida humana para que podamos acoger ese amor que es transformante.

Pero Dios también se encarna para humanizarnos, por eso Jesús manifiesta plenamente el hombre al propio hombre. ¿Qué nos revela Jesús del ser humano? En tres aspectos, en dejar transparentar el rostro de Dios, en ser uno con el Padre, y en ser para los otros, amándolos hasta el extremo.

En primer lugar, vemos pues que la humanidad puede dejar transparentar el rostro de Dios Padre, y la humanidad e Cristo la deja transparentar perfectamente, hasta el punto de que puede afirmar: «El que me ha visto, ha visto al Padre» (Jn 14, 9). En nuestra vida lo podríamos traducir en saber y experimentar que nuestra existencia se sustenta en Dios, no somos seres autogenerados, sino donados.

En segundo lugar, Jesús vive en una perfecta comunión con el Padre, desea que su voluntad se haga en todo momento, vive para el Reino de Dios. Pero si lo que Dios desea es amarnos y nosotros le amemos, su voluntad no se puede reducir a un conjunto de preceptos que a los que tengamos que rendir obediencia, puesto que el amor no se da en la obediencia, sino en la libertad, en la entrega por amor. A nosotros nos es difícil captar el significado de la palabra voluntad, puesto que en la lengua materna de Jesús tiene un significado mayor que el que tiene en nuestras lenguas modernas, pues la voluntad en hebreo está relacionada con lo que para Dios es fuente de gozo y de alegría, el cumplimiento de su plan de salvación y la venida de su reino (Cf. Julio López, “Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo,” in Josep Mª Rovira [et. al.], En torno al Padre-nuestro (Madrid: Narcea, 1998).

El tercer punto Jesús vive para los otros, esta comunión con el Padre que le lleva a tener con Él una sola voluntad, le lleva a amar a los otros hasta el punto de dar su vida.

De alguna forma podríamos decir después de lo visto, que no se puede deslindar la revelación de Dios en Jesús de la revelación del ser humano en Jesús. Al revelarnos la paternidad de Dios, se revela al mismo tiempo nuestra filiación, y la plenitud del ser humano es vivirla gozosamente; al revelarnos que Dios es comunión de amor, nos revela al mismo tiempo que desea hacernos partícipes de la misma, lo que significa que la plenitud del ser humano es alcanzar tener una voluntad con Dios Padre; al revelarnos que Dios se nos quiere aproximar y entregar, nos revela que somos dignos de ser amados por Dios, todos y cada uno, y si somos dignos de ser amados por Dios, también lo somos de ser amados por los demás.

La revelación a medida que nos muestra el rostro de Dios, nos va mostrando la realización plena del ser humano.

Gemma Manau
 Portugal

Atisbo

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Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan (Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.





En Clave de Ser, un montaje radial, elaborado por el equipo del Espacio Dolores Bigourdan, para ayudar a la meditación y la reflexión. 


12 de diciembre de 2018

Pliego nº 119


La transparencia de Dios en el Universo


Pierre Theillard de Chardin, un jesuita paleontólogo y filósofo a caballo entre el siglo XIX y el XX, escribía lo siguiente en su obra El medio divino:

«Si se puede modificar ligeramente una expresión sagrada, diremos que el gran misterio del cristianismo no es exactamente la aparición, sino la transparencia de Dios en el Universo. Sí, Señor, no sólo el rayo que roza, sino el rayo que penetra. No tu epifanía, Jesús, sino tu diafanía» 

Lo que maravilla a este jesuita no es el hecho que Dios irrumpa en la historia de la humanidad, sino la transparencia de Dios en el Universo. Dios se deja ver en y a través de lo que crea por y desde su amor. Esto significa que Dios no es un demiurgo que crea el cosmos y separándose de él lo deja a merced de sus propias leyes, sino que lo sostiene y lo habita desde su mismo interior. En el fondo de nuestro ser todos llevamos inscrita la imagen de Dios (Gn 1, 26), toda realidad es reflejo de la belleza de Dios. Alfredo Rubio afirmaba que todos, por el hecho de existir, somos mensajeros de Dios, damos testimonio del Creador, aunque a veces seamos tan sólo escuálidos mensajeros o incluso contra-mensajeros, opacando esta imagen de mil formas, con mil soberbias y orgullos, impidiendo la diafanía de Dios en nosotros. 

Dios no irrumpe desde fuera de la creación sino desde el corazón mismo de ésta. ¿Invalida esto la revelación de Dios en Jesús? No, en absoluto. Precisamente es en Jesús donde esta diafanía es perfecta, es en su humanidad donde se transparenta más nítidamente el rostro del Padre: «quien me ve a mí, ve al Padre» (Jn 14, 9), al punto de que es La Palabra de Dios hecha carne.

Actualmente lidiamos mal con el límite, con el sufrimiento, con la muerte. Creemos que si tuviéramos un tiempo indefinido conseguiríamos la cura para todos nuestros males, vivimos la muerte con angustia, en vez de vivir nuestra finitud con gozo y alegría. Buscamos la perfección en todo, o quizá en casi todo, menos en aquello que Dios nos propone, la perfección en el amor que hace llover sobre justos e injustos.

Cuando nosotros buscamos erróneamente convertirnos en seres absolutos rehuyendo el límite, Dios lo que hace es habitar en el interior de lo creado, que por ello es limitado. Cuando lo buscamos lejos y fuera de nosotros, Él nos espera en los más íntimo de nuestro ser. 

Este es el misterio que nos preparamos para celebrar, el Dios que crea y que habita lo creado, esta es la grandeza de la creación, que aun siendo limitada es habitada y sostenida por Dios. Nos preparamos para celebrar el nacimiento de ese niño que es total diafanía de Dios.

Gemma Manau
Portugal


Atisbo



Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan (Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.

En Clave de 'Ser' - La Reconciliación






En Clave de Ser, un montaje radial, elaborado por el equipo del Espacio Dolores Bigourdan, para ayudar a la meditación y la reflexión. 

12 de noviembre de 2018

Pliego nº 118


El amor creativo-salvador de Dios


Andrés Torres Queiruga tiene una formulación muy interesante, la creatio ex amore. Siempre hemos oído hablar de la creación del mundo ex nihilo, de la nada. Dios crea, y creando trae a la existencia aquello que antes no existía. Pero este teólogo propone que Dios crea, no de la nada, sino a partir de su amor. Entonces, el amor aparece como la “materia”, la misma esencia de la criatura. Así afirma que el amor ocupa el lugar del barro del relato del Génesis.

Lo que mueve a Dios a crear es su amor, no se trata de una necesidad ni muchos menos de una carencia, sino de un amor desbordante, fecundo, gratuito. Hay un teólogo francés, François Euvé que inclusive ha utilizado la metáfora del juego para hablar de la creación . En la Biblia encontramos una referencia de ese “juego divino” en el libro de los Proverbios, donde podemos leer como la sabiduría creadora de Dios, «estaba allí, como arquitecto, y era yo todos los días su delicia, jugando en su presencia en todo tiempo, jugando por el orbe de su tierra, y mis delicias están con los hijos de los hombres» (Prov 8, 30-31).

Con esta metáfora desea aportar una visión de la relación entre Dios y la creación, no desde la dominación, sino marcada por la gratuidad y bajo el signo de un gozo compartido. Dios desea que participemos y gocemos de su dinámica amorosa. Dios nos crea y nos sostiene por amor y desea alcanzar una amistad con nosotros. Para ello, para acercarse lo más posible de la creación, Dios se hace a medida humana, se encarna. El mismo amor que le mueve a crear, le mueve a encarnarse.




Ahora bien, por otro lado, la creación precisamente por ser creación, no puede más que ser limitada, si no lo fuese sería Dios. Y fruto del límite es que haya sufrimiento y muerte, que es nuestra finitud; pero también fruto de esta limitación hay pecado y mal en el mundo, hay un sufrimiento provocado por la libertad humana. Un dolor, que Alfredo Rubio, tacha de estúpido porque se podría evitar. Este dolor evitable, afirma otro teólogo, sólo puede ser combatido por otro sufrimiento aceptado y soportado voluntariamente, por solidaridad con los que sufren las causas del pecado. En definitiva, el sufrimiento provocado por el mal, sólo se puede contrarrestar por un sufrimiento por amor. Este es el amor de Cristo, el amor que vive y se desvive por los otros. Jesús no vivió para sí mismo, sino vivió para los otros, y nos revela así una de las dimensiones fundamentales y constitutivas del ser humano, y el camino de salvación, la capacidad de descentramiento, de colocarse en último lugar. Pero, podemos preguntarnos, ¿cuál es la fuente del amor de Cristo?, él mismo nos lo dice, «como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros» (Jn 15, 9). 

Ese mismo amor que nos crea y que se encarna es el que nos ama hasta el extremo, que nos ama si cabe, más que a sí mismo, que nos coloca siempre en primer lugar para que podamos desarrollar plenamente nuestra humanidad, y alcanzar así la amistad con Dios.

Gemma Manau 
Portugal

Atisbo

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Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan (Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.


En Clave de 'Ser' - Ser Uno




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