12 de enero de 2021

Pliego nº 144

Estamos en tierra extranjera

Empezamos este nuevo año con esperanza ante la perspectiva de la vacunación contra la covid-19, pero con grandes retos para poder de dar respuesta a las enormes consecuencias de la pandemia.

La dureza de ésta puede hacernos pensar que han emergido nuevas fragilidades en el ser humano, pero no es exactamente así. Éramos, somos y continuaremos siendo frágiles. Lo que ha hecho la pandemia es poner de manifiesto de una forma global nuestra fragilidad en todas las dimensiones del ser humano, en la dimensión somática, psicológica, comunitaria y social. No nos ha fragilizado la irrupción de un virus, sino que éste nos ha afectado porque somos vulnerables a su efecto.

Y esta manifestación de nuestra vulnerabilidad nos ha situado de golpe, si se me permite la metáfora, en “tierra extranjera”, en un lugar que está más allá de lo que vitalmente conocíamos. Nos encontramos en una “tierra” que está lejos en algunos casos muy lejos de nuestra antigua zona de confort. Nos hemos situado en una tierra en la que desconocemos su lengua, pues hemos tenido que aprender el idioma de la mirada; en una tierra en la que hemos tenido que aprender nuevas costumbres, a vestirnos con una mascarilla, a saludarnos chocando los codos o poniéndonos la mano al pecho. Nos hemos situado en una “tierra extranjera” en la que hay que mantener una distancia física de 2 metros. Y no es fácil. Pero además para algunos esta tierra extranjera los ha situado en una situación socio-económica de extrema vulnerabilidad.

 


 

En esta tierra, tan lejana de nuestra antigua zona de confort, experimentamos vitalmente nuestra fragilidad de una forma más fuerte, de una forma nunca antes sentida. Y como todo migrante, necesitamos ser acogidos, clamamos por hospitalidad. Una hospitalidad que se tendrá que revestir de innumerables formas, y que tendrá que forjar un nuevo equilibrio operado por la mutua adaptación del hospedero y del huésped.

Al igual que una madre al gestar un hijo tiene que adaptar su cuerpo para darle cabida, así nosotros tendremos que adaptarnos para crear un espacio-tiempo en nuestra vida para acoger al otro, aunque ello implique asumir un cierto grado de fragilización, de renuncia, de entrega. El huésped, por su parte, tendrá que hacer el ejercicio de adaptarse al espacio-tiempo que le es ofrecido, para que en ese movimiento no sólo se sienta protegido, sino también fortalecido.

La acogida, es en el fondo, un mutuo exponerse uno al otro, el huésped expone, muestra su propia vulnerabilidad, y el hospedero se expone, se muestra a sí mismo, lo que lo puede hacer más vulnerable; sin embargo, este mutuo exponerse, con las fragilidades y fortalezas, es lo que puede permitir un verdadero encuentro. Es lo que permite abandonar la soledad del yo egocéntrico con sesgos de una ilusión de autosuficiencia, para abrirse al nosotros. Y aunque sea desde la vulnerabilidad, la abertura al nosotros es lo que nos hace verdaderamente fuertes.

En el encuentro todos nos transformamos, es más, el verdadero encuentro se da cuando estamos dispuestos a ser transformados por el otro. Cuando estamos dispuestos no a vivir para nosotros mismos, sino a vivir para los otros, en una mutua entrega y acogida, donde todos somos en algún momento migrantes que pisan tierra extranjera, más allá de lo vitalmente conocido, y huéspedes que acogen a aquellos que vienen de un lugar vitalmente distante, aunque quizá no vitalmente desconocido.

Gemma Manau
Barcelona

 

Atisbo

 


 Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan (Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.

 

En Clave de 'Ser' - Ciencia y Tecnología

En Clave de Ser, un montaje radial, elaborado por el equipo del Espacio Dolores Bigourdan, para ayudar a la meditación y la reflexión. 

 

12 de diciembre de 2020

Pliego nº 143

 Sociedades de Acogida

En la mayoría de países, en pocas décadas, hemos pasado de tener una sociedad monoreligiosa, monoétnica y monocultural, a tener unas convivencias multiétnicas, plurireligiosas, multiculturales y plurilingües. Esto ha generado no pocas dificultades y tensiones a la hora de organizar la convivencia social.

Las entidades e instituciones —tanto públicas como privadas— que desde hace décadas trabajan para mejorar el «aterrizaje» de inmigrantes en los países desarrollados, hace tiempo que nos lo avisan: la inmigración no se puede tratar unilateralmente, como si se tratara de un problema de las personas inmigrantes, que nada tuviera que ver con las sociedades a las que llegan. Hay que buscar vías de solución a las complejidades que plantea desde el conjunto de la sociedad.

Ante el crecimiento del fenómeno migratorio, el reto de las ciudades de acogida es su inclusión. ¿Qué aporta de novedad este concepto de inclusión? por un lado el respeto a la idiosincrasia propia de cada persona; y por otro, el entrar a formar parte de la sociedad de acogida de manera plena, asumiendo los derechos y deberes que en ella se viven.  Y en este doble movimiento está el reto para todos nosotros: hemos de ser conscientes de que la inclusión de las personas migrantes en la sociedad de acogida, no es un asunto que compete solamente a los servicios sociales o profesionales de la salud, sino que es necesaria la involucración de toda la sociedad en este proceso, y esto nos implica a todos.


 

Pero vivimos en una sociedad tremendamente cómoda. Muchos no quieren que las cosas cambien, vivimos instalados en un país desarrollado, con un nivel de bienestar elevado, al que no estamos dispuestos a renunciar.  Aunque aparentemente manifestemos que deseamos una buena convivencia social, una paz social y una convivencia armónica, lo deseamos siempre y cuando esto no repercuta en nuestra manera de vivir. Y aunque reconozcamos que la injusticia, la pobreza, el subdesarrollo, la marginación y la escasez de recursos imposibilitan realmente la paz, no estamos dispuestos a renunciar a nada para erradicarlos.

Y una vez superado este inmovilismo no exento de pereza y lentitud para el cambio —tanto más lento, cuanto más directamente afecta a nuestra comodidad—, todavía tenemos que superar obstáculos. Me gustaría señalar aquí uno de los obstáculos más complejos de superar, por lo escondido que queda —su motivo, que no su efecto—. Los resentimientos históricos: que son armas mortíferas para la convivencia social. Y actúan de forma tan demoledora como las minas anti-persona; pues no se ven, pero sus efectos son devastadores para las personas y para la convivencia social.  

 «Reunid a unos cuantos chiquillos a jugar; cuanto más pequeños más claro se ve la situación. Es fácil verlos en cualquier parque de una gran ciudad. No tienen prejuicios entre sí. Uno es negro, el otro albino, otro del sudeste asiático, algunos de padres mejor situados, otros de muy recién llegados y aún sin trabajo... Juegan, ríen, se pelean a veces, hacen las paces. Se quieren, son amigos. Sin embargo pronto vendrá el que en las escuelas les enseñarán Historia. Sabrán que los blancos colonizaron a los negros. Que hubo esclavitud. Que hay ideologías irreconciliables. Que Asia muere a veces de hambre. Y empezarán a mirarse con recelo. Sentirán cada uno como si en sus pequeños hombros cayese una pesada herencia de sus respectivos antepasados.

Empezarán a distanciarse unos de otros; a sentir resentimientos mutuos y quizás hasta odiarse y desear vengarse en sus antiguos amiguitos, de las injusticias recibidas en sus pueblos o razas...

¿vale la pena enseñarles historia para esto? ¿habrá que dejarles sin cultura entonces?

¿es verdadera cultura hacer pagar a los hijos las culpas de los padres?»[1]

 

El punto I de la Carta de la Paz dirigida a la ONU dice: «los contemporáneos no tenemos ninguna culpa de los males acaecidos en la Historia, por la sencilla razón de que no existíamos». La convivencia social en este siglo XXI, es indudablemente pluricultural, multiétnica y multireligiosa. Si esta convivencia deseamos que se desarrolle en paz, hemos de contribuir a construir hombres y mujeres que formen familias y grupos sociales armónicos, que no queden atrapados en prejuicios estériles ni en resentimientos históricos absurdos. Personas y sociedades que, libres de culpas históricas, puedan construir un mundo más solidario y justo; no desde la insatisfacción y la culpabilidad, sino desde el gozo y la alegría de su condición de seres humanos.

Se trata de que las nuevas generaciones acepten y asuman con madurez y alegría que nadie tiene un currículum existencial totalmente limpio, que en su origen y posterior desarrollo hubo acontecimientos injustos que incluso provocaron guerras y pobreza. Los culpables ya no existen. Es tarea de todos, libres de resentimientos, trabajar juntos para arreglar las consecuencias actuales de esas injusticias pasadas.

 

Maria Aguilera

 



[1] RUBIO, A. 22 Historias Clínicas –progresivas- de Realismo Existencial. Barcelona, 1985. pág. 117-118 

 

 

Atisbo

 

Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan (Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.

En Clave de 'Ser' - La Ternura

 

En Clave de Ser, un montaje radial, elaborado por el equipo del Espacio Dolores Bigourdan, para ayudar a la meditación y la reflexión.

 

12 de noviembre de 2020

Pliego nº 142

 

Alegría a través del sufrimiento y la muerte

 

Todos vivimos momentos de crisis i de oportunidades. El crecimiento pasa a través de distintos procesos de muerte y de resurrección, lo que parece ser tumba resulta ser matriz y útero de un nuevo nacimiento. El sufrimiento, la enfermedad, cualquier pérdida y el proceso de la misma muerte son oportunidades de encuentro consigo mismo, con los demás y con lo que nos trasciende, y nos permite experimentar lo que somos en nuestra profundidad. Todos tenemos un anhelo inagotable de plenitud y felicidad. 

 

La muerte forma parte de la vida. No es un fracaso, sino una ocasión de despertar. 

 

La muerte es un misterio. Según las tradiciones espirituales, la muerte es solo el cese de una forma de existir y el paso o la transformación de aquel ser a otra dimensión. Esa otra dimensión es la Realidad: el origen y destino de nuestra existencia. Venimos de Dios, del Absoluto y regresamos a Él.

 

Morir supone un arduo trabajo psicológico, social y espiritual. Mientras que la dimensión contingente de la persona denominada ego, i que es la causa en gran parte del sufrimiento, va a desaparecer aceptando conscientemente el mismo sufrimiento, la dimensión trascendente, nuestro verdadero ser, puede emerger dentro de la crisis

 

A través pues, del sufrimiento, aceptándolo y trascendiéndolo puede producirse una apertura a un espacio de unión, con una realidad que le supera, desde donde emerge una nueva conciencia, más allá del sentido personal del yo, basada en la conexión con el Ser. 

 

En el itinerario de trascendencia del sufrimiento se reconocen 3 etapas:   

 

. Una etapa de “pérdidas”. Etapa de lucha que engloba la negación, la ira, la negociación, la depresión.  El miedo a perder lo que consideramos nuestra identidad, nuestro ego.

. Posteriormente se llega a una fase de rendición” que podríamos traducir como aceptación, entrega, soltar, dejar de luchar, no como derrota sino como entrega a una fuerza mayor que no depende de uno mismo. Junto con la aceptación del dolor crece una alegría profunda.

.  I finalmente cuando se ha hecho esta entrega la persona entra en un nuevo espacio de conciencia llamado “trascendencia”. Más allá de mí mismo, de mis límites. Un espacio de comprensión, de maduración, de nueva identidad, de serenidad, de gozo, de amor, de gratitud, de confianza, de alegría, de paz interior. Esa es la paz de Dios. 

 


Jesús crucificado es la imagen de lo que acabamos de exponer, i en el mismo Jesús vemos que la cruz no es para quedarse en ella. Jesús en Getsemaní recibió la fuerza interior para darse totalmente, vaciándose de sí mismo. No le fueron ahorradas las etapas comunes que vivimos los humanos: rebelión, negociación, depresión i finalmente rendición. Sabía que sólo rindiendo el yo, aunque lo llevaría a la muerte, podría nacer lo que es nuevo. Jesús escucho la realidad en lugar de huir, la afronto sin revelarse, se entregó renunciando a su propia voluntad. Esta entrega es lo que permite que Getsemaní se pueda convertir en la Alegría del Reino. Jesús entregándose a sí mismo entrego su espíritu.

 

El silencio de Dios en la cruz es su suprema manifestación, sosteniéndolo todo. “¿Padre, porque me has abandonado?” La respuesta es la resurrección, esta vida nueva, aunque antes hemos de morir a lo viejo. Todo está llamado a resucitar. El evento Pascual nos desvela que la vida vivida como donación atraviesa la muerte abriendo una forma nueva de existencia. De esta vida entregada brota la alegría.

 

La alegría auténtica de la vida se da con el desprendimiento. Sólo rindiéndonos, abandonándonos del todo podemos acceder a otra manera de ser i vivir que está más allá de nuestra autorreferencia, del yo. Por esto hemos de aceptar nuestras muertes. “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo, pero si muere, da mucho fruto”. Esto nos abre las puertas a la Vida. Ir de la oscuridad de la pérdida a la apertura y a la alegría infinita.

 

Cori de Dalmau
Mataró

 

Atisbo

 


Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan (Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.

 

En Clave de 'Ser' - La Magnanimidad

 

  

En Clave de Ser, un montaje radial, elaborado por el equipo del Espacio Dolores Bigourdan, para ayudar a la meditación y la reflexión. 


12 de octubre de 2020

Pliego nº 141

  

O alegría, ¿quién eres?

 ¿Quién no ha experimentado nunca, aunque sea en la fugacidad de un instante, la sorprendente irrupción de una alegría inesperada, inmerecida, incomprensible? ¿Una alegría que queremos guardar ardientemente, retenerla para que no se vaya furtivamente de la misma forma que apareció? En ese momento quien no le quiere preguntar: “¿Quién eres? ¿De dónde vienes?”.

Ser cristiano: ¡un exceso de alegría!

Dominique Ponnau, en su hermoso libro La gratitud, dice que “el cristianismo es la religión de aquellos (¡y aquellas!) que después de que hubieran conocido un día un exceso de alegría, y habiendo degustado plenamente “la alegría frágil e imperecedera de haber nacido”, sintieron la irreprimible necesidad de agradecerla” (p. 12). La alegría está aquí relacionada con una íntima participación en el milagro de existir, y quizá también lo está al milagro de sentirse vivo de otra forma, de vivir una vida diferente. ¿No guardaba Nicodemo este deseo en su corazón desde que le preguntó a Jesús cómo puede nacer un hombre siendo viejo? (Jn 3,4).

 



¿Qué has hecho de mi alegría?

Quizá necesitamos escuchar y re-escuchar la voz de Dios que nos despierte preguntándonos: “¿Qué has hecho de tu alegría?”, o mejor aún, “¿Qué has hecho de mi alegría?”.

 

Ciertamente, es “Su alegría” la que se nos prometió y dio, no una alegría fruto de una construcción o de una conquista meramente humana.

 

Es lo que Jesús ofrece como confidencia a sus discípulos –desde entonces convertidos en sus amigos–, en un momento crucial de su vida, poco antes de que lo arrestasen: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud.” (Jn 15,9-11).

 

Entra en el gozo de tu señor” (Mt 25,23) escuchamos que se le dice a aquel que fue fiel en lo poco que se le confió.

 

La alegría que nos sorprende al ponernos en el mundo, es aquella que nos espera con los brazos abiertos al final de una vida después de haber hecho lo mejor que hemos sabido.

 

Resplandor de Pascua

El Evangelio de Lucas es, de una punta a la otra, un himno a la alegría. Un himno que empieza con la alegría de María que se pone en pie de un salto, tanto en movimiento como en palabras, después de su sí; su disponibilidad a una maternidad inaudita es total; y desemboca en la travesía del desespero de los discípulos de Emaús y en la experiencia de la presencia del Resucitado que hace arder los corazones atribulados.

 

En el Evangelio, y especialmente en las bienaventuranzas, la alegría surge en el corazón del infortunio, es un anticipo de la Vida más fuerte que la muerte, la traza que el Eterno ha inscrito en el tiempo, la presencia de lo Invisible en lo visible, de lo infinitamente grande en lo más pequeño. 

 

El canto de la curruca zarcera

Si un día esta alegría nos traspasa, si nos visita, continuará grabada en nuestra memoria incluso en los momentos de dolor, de duda, de llanto. Entonces comprenderemos que no podemos ser cristianos por costumbre, para tranquilizarnos, para consolarnos o para dar sentido a la vida, sino que, como decía Domique Ponnau en el libro citado anteriormente, somos cristianos “como la curruca zarcera canta: ni el cristiano ni la curruca tienen opción, tienen que decir cuál es su alegría” (p. 12)   

 


Federica Cogo
Italia


Atisbo

 


Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan (Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.

 

En Clave de 'Ser' - La bondad de Jesús

 .

 

 En Clave de Ser, un montaje radial, elaborado por el equipo del Espacio Dolores Bigourdan, para ayudar a la meditación y la reflexión. 


12 de septiembre de 2020

Pliego nº 140

 

¿Qué pueden tener de nexo la alegría y la capacidad de asombro, de sorpresa?

Al detenerme a considerar el tema propuesto, primero intento comprender qué es el asombro, para luego vincularlo con la alegría… lo cierto es que para lograr vincularlo se hace necesaria la reflexión, ya no del término en sí, sino del concepto que entraña asombrarse y de cómo esta capacidad nuestra evoluciona en nuestro interior, hasta llevarnos, incluso, a la alegría más íntima.

El asombro no se logra, no se alcanza con las propias fuerzas, intentar algo así pasaría a entrañar un engaño. No, el asombro es una realidad humana que nace en el interior y que traspasa, incluso, nuestro cuerpo para llegar a tener lugar en la expresión corporal y que solo se expresa ante la sorpresa de algo inesperado, lo bello, lo curioso, lo sorpresivo, lo simple -ya sabemos- como una bella puesta de sol, la recepción de un regalo o la visita inesperada de un buen amigo…

No obstante, también las experiencias triviales, incluso las vivencias negativas pueden causar que nos asombremos ante hechos ocurridos a nuestro alrededor o lejos de nuestra realidad como, por ejemplo, distintas acciones violentas de cualquier índole que, desafortunadamente, estamos tan habituados a conocer o, en un terreno más cotidiano, nuestra propia forma de ser que tantas veces nos desconcierta hasta a nosotros mismos.

Introduzco de esta forma para dar a entender que la posibilidad humana de sorprendernos es eso, una cualidad de nuestro ser, pero no necesariamente relacionada solo con lo que consideramos bueno, amable, bello, ¿cómo, entonces, relacionamos esa capacidad de asombro nuestra con la alegría si tanto lo bueno como lo malo nos puede sorprender y, es más, lo que sorprende a unos nos necesariamente provoca el mismo sentir a otros?

Una respuesta posible es que cuando lo que sorprende al ser humano es recibido por un corazón agradecido, humilde y vaciado de lo superfluo, siempre podrá alegrarse de la paz que ello le provoca.

Es la paz el vehículo que lleva del asombro a la alegría, desarrollando en nosotros una capacidad de  asombrarnos ante la vida que pasa ante nuestros ojos con todo su devenir, con todo lo que conlleva de sufrimiento y también de gozo y que es, en definitiva, lo que la hace digna de vivirse con admiración.

Santa Teresa solía decir que todo era “amar y costumbre”

A este propósito también podemos aplicar ese principio.

El ser humano desarrolla la capacidad de asombro -como otras virtudes- a fuerza de repetir su práctica y, a mi parecer, es propia del pobre de espíritu, del que teniendo mucho, poco o nada está abierto a recibir con el corazón vaciado de vanidad, el estímulo que le provoca tanto lo ignoto como lo conocido, incluso,  lo reconocido como si fuera un niño, una niña que vuelve a aprender una y otra vez de lo que sucede en su interior, de lo que siente, piensa, experimenta.

Lo mejor de todo es que podemos compartirlo con otros… quien se sorprende, admira; quien admira, contempla; quien contempla se deja compenetrar del misterio de lo natural y lo sobrenatural, ante el cual solo cabe “acurrucarse” y entrar en él descalzo de todo desamor, pues se pisa terreno sagrado. La razón sola no es suficiente para desentrañar el misterio amoroso de nuestra existencia. En ello nos auxilia nuestra capacidad de asombro, que es la rendija por donde se cuela la alegría de ser parte de un todo con otros, con Otro.

La capacidad de asombro es la expresión, incluso corporal, de la profundidad de la vida, capaz de otorgarle sentido aun a lo más inesperado.

¡Qué necesario y vital es reaprender a asombrarnos! Es como si tuviéramos que quitarnos un velo e los ojos, de los oídos, de la sensibilidad. Y simplemente sentirnos existir… ¡con pasmo! (Alfredo Rubio de Castarlenas)

Soledad Mateluna
Santiago de Chile

Atisbo

 


 Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan (Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.

 

En Clave de 'Ser' - La Poda




En Clave de Ser, un montaje radial, elaborado por el equipo del Espacio Dolores Bigourdan, para ayudar a la meditación y la reflexión.