12 de septiembre de 2018

Pliego nº 116


Del ser que nos es dado al ser que se da


Cuando nos preguntamos por nuestro origen concreto, miramos a nuestros padres, abuelos, a la sociedad de la cual descendemos. Sin ellos no habríamos existido, pues la única posibilidad que teníamos de llegar a existir, era precisamente nacer de nuestros padres, y además en el preciso momento en que fuimos concebidos, sino hubiera existido otra persona.

Este hecho que puede parecer tan simple nos revela dos características muy importantes de nuestro ser. La primera es que somos un ser frágil, vulnerable, poco probable, pues cualquier pequeño acontecimiento hubiera podido impedir nuestra existencia. Es más había millones de probabilidades (aquí es importante que distingamos probabilidad de posibilidad) de que los acontecimientos fueran distintos de como fueran. Por lo tanto en primer lugar somos un ser precario, altamente improbable, y sin embargo ¡EXISTIMOS!

Pero nuestra radical improbabilidad nos revela algo más de nosotros mismos. ¿De qué se trata? Prosigamos nuestra reflexión. Si éramos improbables, y nuestra existencia dependía de la concurrencia de un sinfín de acontecimientos, significa que la razón de nuestro ser no está en nosotros mismos, sino que se encuentra fuera de nosotros. No existimos por nuestra propia voluntad, sino por la voluntad de otro. En conclusión, somos un ser dado. Don Antonio Couto, obispo portugués, afirma que don y creación coinciden. No es que estemos ahí, y que por superposición se nos añada después el ser dado, como si se tratase del papel de Navidad o de regalo que envuelve nuestro ser[1].



Continuemos reflexionando sobre ello, sigamos tirando de este hilo…

Si la naturaleza de nuestro ser es ser dados, significa que nuestro ser se alimenta del don recibido. Pero este don no es un don recibido de golpe, sino que somos un don que aún nos está siendo dando. Si en algún momento nuestra vida dejara de ser un don recibido, caeríamos en la nada.

Pero ¿en qué nos basamos para afirmar que somos un don que está siendo dado? En nuestra fragilidad. Somos un ser tan vulnerable que tenemos que ser cuidados a lo largo de toda nuestra vida.

Ahora bien, el hecho de que seamos dados significa que al mismo tiempo somos un ser abierto a lo que está más allá de nosotros mismos. Abierto por lo menos a Aquel que nos ha dado y que continua dándonos el ser, abiertos a Dios. O sea que al par creación-don propuesto por Don Antonio Couto le tenemos que añadir abertura. Somos un ser creado dado y por ello abierto.

Nuestra fragilidad al mismo tiempo permite que nos vayamos construyendo. La precariedad genética que nos hace totalmente dependientes del cuidado de otro cuando nacemos se debe a (o propicia) nuestra libertad. Y gracias a ella somos un ser en construcción, un ser de deseos que sueña y emprende proyectos.

Personalmente me gusta contemplar mis sueños, mis deseos más profundos, me ayudan a conocerme y comprenderme mejor. Pero cuando los contemplo veo que no son sólo míos. Reconozco en ellos la huella de muchas personas, de aquellas que coexisten conmigo y de aquellas que me antecedieron. Los reconozco por una palabra que me dieron, por un gesto, un libro que leí. Pero si lo que contemplo son los sueños que realicé la marca de los otros aún es mayor. Los recursos que me fueron dados, el impulso, las ideas… De esta forma los otros se convierten en un don para mí ¿y yo en un don para los otros?

Entonces descubro que soy un ser dado, que está siendo dado por Dios que me crea y recrea constantemente y a quien muchos otros se le dan, y que se da él mismo.

En definitiva somos un ser creado - don recibido – abierto - en proyecto - don dado.
Quizá la plenitud de nuestro ser es llegar a convertirnos en don dado, en don entregado, para convertirnos mutuamente en un don los unos para los otros.

Gemma Manau
Portugal







[1] António Couto, Como uma dádiva: Caminhos de antropologia bíblica (Lisboa: Universidade Católica Editora, 2002), 47-48.

Atisbo




Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan (Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.



En Clave de 'Ser'- Vivir Sólo



En Clave de Ser, un montaje radial, elaborado por el equipo del Espacio Dolores Bigourdan, para ayudar a la meditación y la reflexión. 


12 de agosto de 2018

Pliego nº 115



Lo que recibiste gratis dalo gratis


Este fue el consejo que me transmitió un amigo hace muchos años, en una enjundiosa conversación acerca del regalo de la vida, cuando había una posibilidad remotísima de que yo hubiera nacido. Como si fuera poco, recibí además el regalo de sentir una filiación con un Dios que es Papá.

Un regalo tras otro. ¡Todo lo fundamental es un don que recibimos!

Si miramos el diccionario de la  RAE, se define el término don como  dádiva, presente o regalo. Gracia especial o habilidad para hacer algo. Esto significa que, además del hecho de existir, tenemos aún más dones. “Tener un Don” se define como una cualidad  que nos hace especialmente, creativos, capaces de comunicar a los demás, de hacer las cosa bien y con facilidad. Normalmente surge de forma espontánea, y muchas veces precozmente.

A lo largo de la historia han habido personas que destacaron en diversas áreas del saber, en la ciencia, en las artes, ante el asombro y la admiración de la mayoría; y ello fue posible a partir de unas cualidades connaturales, que además cultivaron y trabajaron, pero que evidenciaban desde pequeños una particular disposición natural para hacer sin dificultad alguna actividad que para la mayoría de las personas requeríaun gran esfuerzo.

Ante esta reflexión sobre los dones y las aptitudes naturales de las que puede estar dotada cada persona, del modo en que los vive, los usa, cultiva y comparte, me surge una cuestión ¿qué pasa con los dones sobrenaturales, las gracias que recibimos del Espíritu Santo?

Desde mi vivencia de fe puedo sentir la misteriosa experiencia de la acción de la gracia de Dios en mi vida, pero me pregunto si se puede dar razón, se puede comunicar esta experiencia y compartir con aquellas personas que no han recibido el don de la fe.

¿Qué lenguaje usar para comunicar de modo que entusiasme a otros, que lo haga creíble?  En el Nuevo Testamento se nos dice que “somos templos del Espíritu Santo”, y en consecuencia recibimos sus dones. Por tanto, tenemos que conocer mejor, acoger, meditar y cultivar los dones que este dulce huésped del alma nos regala.




Dones del Espíritu Santo

1.    SABIDURÍA
Nos hace mirar la realidad con los ojos de Papá Dios. Contemplar la creación  y sus criaturas. ”… Y vio Dios que era bueno…”. Gn, 1.Sin juzgar.
Conocer y amar el misterio de la vida desde la aceptación de nuestra  pequeñez y el abandono en manos del creador.

2.    ENTENDIMIENTO
Para ahondar en la voluntad del Padre expresada en su Palabra; con este don, cualquier persona puede saborear y comprender a Dios sin ser erudita. Abiertos y dóciles a la Palabra se puede otear los signos de los tiempos, y de algún modo ser profetas. “Entonces el Señor extendió su mano y tocó mi boca. Y el Señor me dijo. “Yo he puesto mis palabras en tu boca”. (Jeremías 1,9). 

3.    CIENCIA
Por este don se nos da a conocer el verdadero valor de las criaturas en su relación con el Creador. 

En nuestro tiempo el gran desarrollo delas ciencias ha llevado a absolutizarlas, olvidando a Dios; por el don de Ciencia se descubre la distancia entre lo creado, de gran belleza y magnificencia, pero a pesar de todo limitado, y su Creador infinito e inabarcable.


4.    CONSEJO
Con el don del consejo, todo se simplifica y se ilumina bajo la acción directa y especial del Espíritu Santo. Ante los cambios del mundo y de los nuevos modos de convivencia, hay que explorar aptitudes que capaciten para interpretar los nuevos modos de comportamiento sin perder que Dios sea el centro de nuestra existencia.

5.    FORTALEZA
La fortaleza nos capacita para  perseverar en el bien sin cansarnos, superando toda clase de contrariedades; el don de fortaleza nos ayuda a superar la timidez, la tibieza, soportar la incomprensión y las amenazas.

6.    PIEDAD
Este don de piedad nos comunica el amor y la compasión a las personas en tanto que vinculadas a la paternidad de Dios y la fraternidad en Cristo. Nos abre a la ternura como base para la relación con Dios Padre y con los hermanos. Este don está en la raíz y fundamento de una nueva comunidad humana que tiene su base en la Civilización del amor.

7.    SANTO TEMOR DE DIOS
Se podría entender como miedo humano, pero en realidad se refiere a la responsabilidad y fidelidad a Dios reconociendo nuestra pequeñez ante la inabarcabilidad de nuestro creador. La conmoción que produce el sentirnos seres limitados y pecadores frente a la inmensidad de la misericordia de Dios nos lleva a una delicadeza en el trato entre aquellos que por amarse temen lastimarse.

Estos dones son para las personas, pero también y sobre todo para estrechar los vínculos de comunión. En Pentecostés el Espíritu Santo viene sobre la primera comunidad de los Apóstoles con María en medio de ellos. La comunión, el ser un solo corazón, posibilita que el Espíritu pueda regalar sus dones. Pero además, los dones fortalecen y extienden la fecundidad de esa comunión. Por tanto,  estos regalos no son únicamente individuales, sino que son dados a la comunidad, para la comunidad y para el bien del mundo. Los dones del Espíritu Santo crecen y se expanden cuando se cultivan de un modo colaborativo, compartido y en aras del bien de la humanidad y de toda la creación.

Remedios Ortiz
Madrid (España)


Atisbo




Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan (Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.

En Clave de 'Ser' - Una Mujer





En Clave de Ser, un montaje radial, elaborado por el equipo del Espacio Dolores Bigourdan, para ayudar a la meditación y la reflexión. 


12 de julio de 2018

Pliego nº 114

Natura, nurtura y sobrenatura

El término personalidad procede del latín persona. En la antigüedad, se llamaba así a la máscara que los actores utilizaban para hacer teatro, y cada una representaba un tipo de carácter. Así, dependiendo de la que llevara puesta el actor, el público se podía imaginar el papel que iba a interpretar. Hoy día, nos entendemos de forma parecida a través de los emoticonos.

Esos tipos de máscaras tenían una función adaptativa de la conducta, ya que según la idea que tuvieran de una persona, así adaptarían su comportamiento al relacionarse con ella. “Parece que no la conoces”, suelen decirnos cuando nos decepcionamos frente a la actitud de alguien, implorándonos que la próxima vez seamos más avispados a la hora de entendernos.



Ese valor adaptativo viene acompañado de su aspecto impropio, al calificar personalidades buenas o malas de una manera descontextualizada. Porque, ¿qué es mejor, ser introvertido o extrovertido? ¿No dependerá, además, del ambiente en el que se desenvuelva? Las características de un extrovertido serán interesantes para alguien que trabaje como comercial, mientras que se buscará la personalidad introvertida para un puesto en el que se requiera un alto grado de concentración, como controlador aéreo. Así, no existen personalidades mejores ni peores, sino distintas en su forma y utilidad según las circunstancias.

Pareciera que actuáramos como psicólogos de la personalidad: observamos a las personas, hacemos generalizaciones que convertimos en teorías que expliquen su comportamiento y predecimos cómo actuará en una situación concreta. Sí, a veces somos deterministas y etiquetamos a las personas restringiendo su libertad de actuación, sin dejarnos sorprender por ellas.

En este sentido, el don nos revela que sobre esta base, combinación entre natura y nurtura, de lo genético y adquirido, llega el misterio de Dios, lo sobre-natura.

Toda la plaza de lo natural humano, incluido lo artificial hecho por ellos, es sala de estar de Dios, donde somos llamados a crear puentes, sinergias entre el bien humano y divino, volviéndose los dos una sola realidad. Esto sobrenatural que viene por Cristo, es el cauce, el vínculo, el pasadero por el que Dios irrumpe en la historia.

Cuanto más unidos estamos a Cristo, más podemos hacer que lo natural sea bueno. Nuestras amistades, relaciones o encuentros serán más plenos si nos fiamos de lo sobrenatural. Muchas veces pedimos al Padre que nos sustituya en lo natural y no prestamos atención a lo sobrenatural. Así, le pedimos que nos vaya bien en la vida, que encontremos pareja, un buen trabajo, que acabe con el hambre en el mundo… y nos cruzamos de brazos sin usar todas las herramientas que Dios nos da, virtudes trabajadas o dones regalados.

Para que haya bautismo, tiene que haber un individuo que entra en una comunidad, que decide vivir en unas claves compartidas con ese grupo, y desea cambiar de vida. ¿Qué es lo sobrenatural, aquello que la persona no puede lograr de ninguna manera con sus propias fuerzas? La venida del Espíritu Santo sobre ella; no es magia, sino que el Espíritu viene porque lo ha prometido, porque quiere: es un don sobrenatural, el don de la vida que va más allá de la muerte, que solo lo puede dar Dios. Asimismo, cuando una persona reconoce sus errores y quiere modificarse y caminar hacia delante, encontramos que tiene una historia personal turbulenta y no puede borrar sus pecados ya que forma parte del pasado, pero la renovación de la persona, de su corazón, solo la puede hacer Dios. En la Eucaristía, ponemos el pan, el vino, la comunidad y el corazón abierto, y pedimos al Espíritu Santo que convierta este pan y este vino en su cuerpo y sangre. Lo natural es el soporte de lo sobrenatural, que lo eleva y lo potencia, porque los dones no sustituyen nuestra naturaleza, sino que la enaltecen, atenúan, la hacen brillar y la impulsan.

Sara Canca
Cádiz (España)


Atisbo



Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan (Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión. 


En Clave de 'Ser' - Las Misiones


 

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12 de junio de 2018

Pliego nº 113


Vivir, don y milagro


El otro día en una conversación entre conocidos una persona comentó sin darle demasiada importancia que su abuela en una ocasión con rotundidad afirmó que “no estamos dotadas para pedir, la vida está para vivirla con todo lo que nos da”, bien algo así. 

Al principio no le vi demasiada enjundia al tema, pero con los días me ha ido viniendo esta idea a la cabeza en distintos momentos y con diversa interpretación.

En todas las reflexiones aparece la idea de don, de gratuidad, de ser regalado. La vida no la hemos pedido, ni siquiera hemos podido desearla o esperarla, simplemente nos ha sido dada, regalada, ofrecida,... Y así ha sido totalmente, una vez recibida la vida ya es nuestra, de cada uno. 



Es el gran regalo, el que posibilitará todo lo restante, todo lo que gracias a ello emergerá, quizás  por esa capacidad de trascendencia la vida es más don que regalo. Sí, el don tiene un matiz de magnificencia, de solemnidad, yo diría de divinidad, y la vida es magnífica, solemne, divina... Lo es en sí misma, más allá de lo que hagamos con ella.

Es en este sentido que la frase de "no estamos dotadas para pedir" toma para mí un especial sentido, ¿qué podemos pedir si ya todo nos ha sido dado? Sí, el todo más grande que podemos recibir ya nos ha sido donado sin ni siquiera saberlo nosotros. 

Es ésta sea en esencia lo más importante de esta reflexión, no estamos dotados para pedir nada porque potencialmente lo tenemos todo, sí, al darnos la vida estamos dotamos para vivirla y vivirla en plenitud.

Y seguramente, porque la vida se vive, hagamos nosotros lo que hagamos, la vida transcurre, nos es tan difícil darnos cuenta de que vivir es suficiente y maravilloso.

Hace algunos años acompañando a una persona que estaba viviendo sus últimas horas, no era mayor pero tenía una enfermedad terminal que le había sido diagnosticada pocos días antes, en una conversación mientras tomábamos el aire en la terraza del hospital, le pregunté que era lo mejor que le había sucedido en la vida, él sin dudar me respondió con asombrosa seguridad, “la vida, vivir es el mejor regalo”, no pude responder.

Él nunca supo el gran regalo que me ofreció en aquella última tarde de su vida, su historia no había sido afortunada, era una persona que había sufrido mucho, en cambio, supo reconocer la grandeza que tenemos en nuestras manos, la propia vida y agradecerla por encima de todo.

Quizás debemos vivir más el momento presente, siguiendo a Raimon Panikkar de quien celebramos el centenario de su nacimiento, “Quien no vive el asombro y el milagro de cada día, no vive” porque cada día nos ofrece infinitas oportunidades de asombrarnos porque estar vivo es un milagro en sí mismo y posibilita infinitos milagros cotidianos.

¡Vivamos y asombrémonos!

Esther Borrego
Barcelona (España)

Atisbo




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En Clave de 'Ser' - Los Exámenes








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12 de mayo de 2018

Pliego nº 112


La muerte, ¿don o mal absoluto?


En nuestra sociedad avanzada y tecnológica la muerte cada vez más es un tabú, un mal que quisiéramos evitar a toda costa. No sabemos muy bien cómo lidiar con esta realidad. De manera que al no saber cómo hacerlo, la hemos barrido de nuestro cotidiano y la hemos escondido debajo de la alfombra. Así, parece que no está. Y como no la vemos podemos vivir como si no existiera.



En sentido opuesto, Alfredo Rubio afirmaba que la muerte es un don. Dicho así a bocajarro resulta una afirmación difícil de comprender. ¿Cómo va a ser la muerte un don si con ella acaba la vida con todas las posibilidades de gozo que ella conlleva? Si él mismo exclamaba: «¡Sí; qué gozo existir! Haber contemplado olorosamente una magnolia, haberme estremecido muchas miradas mirándome... rozarme una palabra amiga... esculpir unos proyectos. Haber visto en mi principio surgir una casa...» .

Puede que nos ayude a entender en qué sentido la muerte es un don, el hecho de que este mismo autor también indica que la muerte es la vacuna contra la soberbia, o sea, que nos ayuda a precavernos de la tentación de querer ser diosecillos en vez de aceptar con alegría nuestra realidad de ser seres creados y por ello limitados.

La muerte es un don porque es parte de ese don que es nuestra existencia, pero además es don porque nos ayuda a vivir en el presente, que es realmente donde podemos actuar, relacionarnos con los otros, amar, soñar, reír, gozar, y claro está también padecer, pues es parte de nuestro límite. Pero la muerte nos recuerda que es en el presente donde se hallan estas y muchas más posibilidades.

David Maria Turoldo, lo expresa con un cuento. Esbozaré aquí un resumen del mismo. Se trata de una isla en la que las personas no morían. Vivían 700, 800 años… enfermaban, se marchitaban los sentimientos, pero continuaban viviendo… Y se pregunta el autor: ¿Qué se podían decir de nuevo unos a otros? Sin embargo, señala Turoldo, lo peor era la desaparición de todo sentimiento de ternura y piedad, pues se decían «¡no morirá!».

El cuento acaba en que los habitantes de aquella isla suplican a Dios que les mande la muerte.

Sin la noción de finitud el tiempo es una línea que no se acaba nunca. El presente pierde peso específico, porque siempre hay tiempo por la frente, nada nos apremia a la compasión, al aprecio cordial, al mutuo bienquerer.

Y yo me pregunto, ¿sin conciencia de nuestra finitud, de nuestro límite, somos capaces de anclarnos en el presente, en la realidad de lo que es, de lo que realmente existe? ¿Pero este vivir el presente será un nihilismo? ¿Se tratará de un hedonismo? La pregunta me remite a lo referido al inicio. Vivir el presente como si no hubiera muerte, precisamente porque se la considera como el mal absoluto –y por ello se la esconde debajo de la alfombra–, nos lleva a un gozar desenfrenado de la vida, sin sentido, y como los habitantes de aquella isla de seres inmortales, con sentimientos de ternura y piedad marchitados, mustios, como si huyéramos de algo.

Sí, ¡qué don es la muerte!, que aceptada con alegría nos permite vivir anclados en el presente, y acoger como don gratuito la resurrección. ¿Cómo podremos sino, vivir la eternidad, eterno presente, si no hemos aprendido a vivir anclados precisamente en el presente y gozarlo?

Clara Isabel Matos
Portugal


Atisbo


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En clave de 'ser' - Convivir, vivir con...

 
 


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