12 de octubre de 2020

Pliego nº 141

  

O alegría, ¿quién eres?

 ¿Quién no ha experimentado nunca, aunque sea en la fugacidad de un instante, la sorprendente irrupción de una alegría inesperada, inmerecida, incomprensible? ¿Una alegría que queremos guardar ardientemente, retenerla para que no se vaya furtivamente de la misma forma que apareció? En ese momento quien no le quiere preguntar: “¿Quién eres? ¿De dónde vienes?”.

Ser cristiano: ¡un exceso de alegría!

Dominique Ponnau, en su hermoso libro La gratitud, dice que “el cristianismo es la religión de aquellos (¡y aquellas!) que después de que hubieran conocido un día un exceso de alegría, y habiendo degustado plenamente “la alegría frágil e imperecedera de haber nacido”, sintieron la irreprimible necesidad de agradecerla” (p. 12). La alegría está aquí relacionada con una íntima participación en el milagro de existir, y quizá también lo está al milagro de sentirse vivo de otra forma, de vivir una vida diferente. ¿No guardaba Nicodemo este deseo en su corazón desde que le preguntó a Jesús cómo puede nacer un hombre siendo viejo? (Jn 3,4).

 



¿Qué has hecho de mi alegría?

Quizá necesitamos escuchar y re-escuchar la voz de Dios que nos despierte preguntándonos: “¿Qué has hecho de tu alegría?”, o mejor aún, “¿Qué has hecho de mi alegría?”.

 

Ciertamente, es “Su alegría” la que se nos prometió y dio, no una alegría fruto de una construcción o de una conquista meramente humana.

 

Es lo que Jesús ofrece como confidencia a sus discípulos –desde entonces convertidos en sus amigos–, en un momento crucial de su vida, poco antes de que lo arrestasen: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud.” (Jn 15,9-11).

 

Entra en el gozo de tu señor” (Mt 25,23) escuchamos que se le dice a aquel que fue fiel en lo poco que se le confió.

 

La alegría que nos sorprende al ponernos en el mundo, es aquella que nos espera con los brazos abiertos al final de una vida después de haber hecho lo mejor que hemos sabido.

 

Resplandor de Pascua

El Evangelio de Lucas es, de una punta a la otra, un himno a la alegría. Un himno que empieza con la alegría de María que se pone en pie de un salto, tanto en movimiento como en palabras, después de su sí; su disponibilidad a una maternidad inaudita es total; y desemboca en la travesía del desespero de los discípulos de Emaús y en la experiencia de la presencia del Resucitado que hace arder los corazones atribulados.

 

En el Evangelio, y especialmente en las bienaventuranzas, la alegría surge en el corazón del infortunio, es un anticipo de la Vida más fuerte que la muerte, la traza que el Eterno ha inscrito en el tiempo, la presencia de lo Invisible en lo visible, de lo infinitamente grande en lo más pequeño. 

 

El canto de la curruca zarcera

Si un día esta alegría nos traspasa, si nos visita, continuará grabada en nuestra memoria incluso en los momentos de dolor, de duda, de llanto. Entonces comprenderemos que no podemos ser cristianos por costumbre, para tranquilizarnos, para consolarnos o para dar sentido a la vida, sino que, como decía Domique Ponnau en el libro citado anteriormente, somos cristianos “como la curruca zarcera canta: ni el cristiano ni la curruca tienen opción, tienen que decir cuál es su alegría” (p. 12)   

 


Federica Cogo
Italia


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