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12 de junio de 2019

Pliego nº 125



Interculturidad ¿monólogo o diálogo?


Si queremos hablar de intercultura o interculturalidad, debemos fijarnos en los componentes léxicos de esta palabra. Tiene un prefijo “inter”, que significa “entre” o “en medio”. Por tanto, estamos entendiendo que no se trata de poner una cultura al lado de la otra sino que hay una  cierta vecindad, una convivencia. Cuando varias personas o grupos conviven lo normal es que haya diálogo. Curiosamente, esta otra palabra también está formada con otro prefijo: “dia”, que significa “a través de”. A través del diálogo, que no solamente implica el lenguaje verbal sino el no verbal también, podemos tender puentes que medien entre personas que son culturalmente diferentes.

Asunto que parece difícil a primera vista, no lo es tanto si este diálogo lo entendemos no sólo como un responder sino también como un preguntar (para saber), como un escuchar (lo que los demás tienen que decirnos) y como una acogida donde haya solidaridad compasiva. Al fin y al cabo, todos somos seres humanos iguales en lo más básico y elemental: la existencia.

Esto lo básico que nos une a todos los seres humanos sea cual sea nuestra raza, lengua, cultura o religión. La tenemos y compartimos con todos, incluso con los animales y las plantas.

Es una pena que muchas veces sea un valor olvidado o poco apreciado como importante. Al contrario, se vive una consciencia excesiva de las diferencias para compararse, competir, estar más orgullosos, etc. Se nos educa en una identidad demasiado cerrada, simplista y llena de prejuicios. A veces, por intereses y necesidades diversas, las colectividades, los pueblos, la sociedad, en general, quita importancia a esta identidad común. No la valora. Pone como primero, las diferencias y las hace incluso más grandes de lo que en realidad son. Lo peor es cuando se hace que las diferencias sean excluyentes y opuestas. No se trata de homogeneizar las diferencias sino de buscar la unidad de la pluralidad.

Pero es cierto que muchas veces no damos importancia a esta hermandad básica para no tener obligaciones ni responsabilidades morales con los demás porque la buena fraternidad impulsa a compartir la vida, la cultura y los bienes.

Para preguntar, conocer, acercarse y tender puentes, tiene que haber, como mínimo no sólo una cierta empatía sino un cierto impulso de curiosidad, un querer entender el por qué el otro tiene ciertas costumbres, cree en ciertas creencias, come ciertas comidas o vive donde vive. Si vamos más allá del mundo propio, es cierto que encontraremos otros mundos que, nos gusten más o menos, como mínimo nos cuestionarán lo propio. Ésto a mucha gente no le apetece porque le va bien vivir en lo conocido, en lo que tiene, maneja o controla. Quizá tenga miedo de salir de su zona de confort y de sus inercias. O simplemente no dedica tiempo a pensar de forma reflexiva, a poner en perspectiva esa realidad simplista y en blanco y negro que se fomenta a través de mensajes, memes y noticias en las redes sociales. Más que nunca, hoy día hay que dedicar tiempo para poner en perspectiva todo los impactos que nos llegan a una velocidad vertiginosa pues si no, fácilmente reproduciremos esa percepción exagerada y tremendista de la realidad que reflejan. Requiere esfuerzo para no caer en las neurosis colectivas de turno o no usar un tono bélico: amigos-enemigos, los buenos- los malos, lo tuyo-lo mío.....

Se tiene que poder dialogar con los otros pero tambien con uno mismo. Mi experiencia me dice que si uno descubre y convive pacíficamente con “el otro” que también tiene dentro de sí, es increiblemente enriquecedor convivir con otros, sean de la cultura que sean. Si uno vive esta alteridad constitutiva de uno mismo, está entrenado, por lo menos, a dialogar cuestionándose muchos elementos: desde su identidad cultural hasta su temporalidad biográfica, desde su “ser” hasta su “estar” y “hacer” cotidiano, desde el por qué existe hasta el verdadero sentido de su vida.

Este preguntarse y responderse es clave para entender la interculturalidad y el tipo de diálogo que requiere. Lo intrasubjetivo está intrínsecamente relacionado con lo intersubjetivo y lo intercultural. No se pueden separar o desligar.

Excluyendo el pseudodiálogo, la palabra “diálogo” la entiendo en su sentido más amplio y no como comúnmente se entiende, ya que debe incluir, aparte del verbal, otros tipos de lenguajes. Incluso, paradójicamente, el del silencio .

En todo tipo de convivencia, sea intercultural o no, podrá haber un diálogo enriquecedor o vacio, cacofónico o inspirador no sólo en la medida en que nos comuniquemos con nosotros mismos sino en cómo lo hagamos. El lenguaje interior que usamos también es importante para comunicarnos porque el ser humano se piensa en el lenguaje. Cambia mucho la percepción si nos hablamos desde el amor y el respeto o nos hablamos desde la no aceptación , desde clichés o con un lenguaje dicotómico de blanco y negro que no admite matices. Cambia también si nos relacionamos desde “lo extraño” que también tenemos en nosotros mismos o desde “lo familiar”.

Esta relación con “el otro” que también somos facilita en gran medida nuestra convivencia con los otros que son de otras culturas. También la facilita que nos fijemos más en lo mucho que tenemos en común que en lo que nos separa, que es muchísimo menor y más relativo.

Cómo percibimos lo ajeno es indicativo de cómo percibimos lo propio y viceversa. Lo culturalmente ajeno es como nuestro espejo.

Por tanto, creo que una de las bases más importantes de la relación intercultural está en esta alteridad interior, que es un proceso vivencial de continuo diálogo reflexivo con la realidad de uno mismo.





El verdadero diálogo es un proceso que implica esfuerzo y valentía pues hay que vencer la tentación de relacionarse con los demás a través de ideologías, clichés, miedos, prejuicios y expectativas. Admitir que nuestra visión cultural es siempre limitada y contingente requiere mucha humildad colectiva. También implica vencer la tentación de oir en vez de escuchar.

Una escucha atenta implica acoger creativamente lo escuchado y en esta acogida, abrirse a los demás.

Desde esta apertura es posible el encuentro con otros y (de nosotros mismos) en otros. Y sabemos que los encuentros pueden constituir acontecimientos trascendentales.

Creo que educar y reeducar nuestra sensibilidad para facilitar este proceso es tarea urgente de todos, especialmente en estos tiempos de mucha información pero de poca reflexión.

Lo importante no es la palabra interculturalidad sino todo lo que ella compromete, que no es poco, pero que representa mucho.

 Angeles Isidoro


12 de diciembre de 2017

Pliego nº 107


Del Desencanto al entusiasmo en la educación 2

Si como decíamos la educación se parece mucho a un camino. ¿Cuáles son la claves para hacerlo posible desde la esperanza, desde el entusiasmo y para desarrollarlo plenamente? Seguro que hay muchas más, pero para mí las que ahora desarrollaré son muy importantes. 

 

1.- La UTOPÍA. Porque la acción educativa se inscribe en un marco de esperanza.


Cada criatura y cada persona nos trae una nueva visión del mundo. Es, por tanto, una esperanza.


2.- La MEMORIA de lo que hemos construido nos permite saber de dónde venimos. Y sabemos también que todo lo que hemos vivido está recogido en el presente.


Debemos Intentar leer el pasado críticamente para diseñar el presente con más posibilidades de acierto e imaginándolo conjuntamente, así se da pleno sentido al presente. Sabemos que formamos parte de un entorno, de un espacio que humanizamos con nuestra presencia.



3.- La INCLUSIÓN. La escuela acoge todas las criaturas de una manera incondicional. La sociedad que educa tampoco debería discriminar a nadie bajo ningún concepto. Hay que vigilar, eso sí, que ninguna diferencia genere una desigualdad. Todo el mundo tiene un papel que desempeñar sintiéndose parte de un proyecto común. Debemos pensar las actividades para tratar de dar respuesta a las necesidades actuales y reales de las criaturas y de las personas.


4.- La DIVERSIDAD, una riqueza. Saber gestionarla y ponerla al servicio de todos y de cada uno es un reto. Hay que procurar que cada criatura, que cada persona se sienta acogida, escuchada y amada desde su singularidad y descubra su complementariedad con los demás.

Hay que aprender a respetar todas las personas y a acoger críticamente todas las culturas. Vivirlas de una manera enriquecedora y como una oportunidad para mejorar nuestra manera de ver y de estar en el mundo.


5.- La SINGULARIDAD. Cada criatura y cada persona es un rostro, una voz, una historia. Hay que reconocer su individualidad y dar espacio y tiempo para irla reconstruyendo y compartiendo.


La educación debe ser crítica. Hay que entender que educar significa poner límites, porque el hecho de que todo sea posible no significa que todo se pueda hacer.


6.- El DIÁLOGO es un instrumento imprescindible para construir nuestra humanidad común.

Tenemos que trabajar el hábito de conversar, dialogar, poner en común nuestros problemas para sabernos sujetos activos para su solución. Necesitamos mantener una actitud de búsqueda que trate de implicar a todo el mundo.


Sabemos que no todo puede ser dialogado, que hay conductas que no pueden ser admitidas en modo alguno, ni en ningún contexto ni en ninguna circunstancia.

Debemos tratar de educarnos para no humillar a nadie, para no hacer daño a nadie de una manera intencionada, para respetar la dignidad y la individualidad de todos.


7.- Los ERRORES. Los seres humanos nos equivocamos.


Tenemos que intentar vivir el error como una oportunidad, no como una losa que frene nuestro progreso, sino que lo estimule.



8.- El ESFUERZO. No hay progreso sin esfuerzo.

Debemos procurar dar sentido al esfuerzo que hacemos para mejorar el conocimiento que tenemos de nosotros mismos y del mundo para transformarlo, para humanizarlo aún más.


9.- El CONFLICTO es inherente a la especie humana. Tenemos que conseguir que la existencia de conflictos no nos inmovilice. Lo que nos debe preocupar es no tener elementos para gestionarlos o soluciones comunes que nos ayuden a avanzar.


10.- El EQUILIBRIO. Somos cultura y somos naturaleza, corazón y cerebro, intelecto y emociones, singularidad y colectividad. Debemos tratar de no romper estas unidades.

Necesitamos discursos bien argumentados, opiniones clarificadoras, pero sobre todo necesitamos el pequeño gesto que nos humaniza.


Debemos procurar que toda pequeña acción tenga sentido y que nos haga sentir más cerca unos de otros.


11.- AMAR. No hay que avergonzarse de conjugar el verbo amar. Sabemos que la actitud elemental para educar es establecer lazos de afecto con las criaturas y las personas que nos rodean. Por ello es imprescindible saber las escuchar atentamente y saber entender qué nos piden con el máximo grado de exactitud.


La cordialidad en el trato debe presidir las relaciones sociales. La cordialidad y la simpatía ayudan a sabernos miembros de una comunidad que trabaja para alcanzar objetivos comunes.


12.- APRENDER. El conocimiento es importante. Tenemos que intentar que el aprender sea un elemento que se prolongue a lo largo de toda la vida y que los aspectos instructivos estén inscritos en un marco referencial de valores.


Los seres humanos somos una diversidad de lenguajes. Debemos intentar cultivarlos todos y hacer descubrir su singularidad y su complementariedad.


13.- ACOMPAÑAR. Sabemos que la vida es una serie de momentos buenos y malos. Debemos tratar de compartirlos todos y no pondremos trabas a reír o a llorar juntos cuando toque.


14.- Debemos perseguir la EXCELENCIA Y LA EQUIDAD.

Debemos procurar que cada criatura y cada persona desarrolle al máximo sus competencias o capacidades y que las ponga al servicio de los demás.


15.- La REFLEXIÓN. La evaluación forma parte del proceso de enseñanza-aprendizaje. Debemos favorecer que los niños y las niñas sean conscientes de qué manera aprenden y de qué deben hacer para mejorar el proceso que los lleva a hacerse suyo el mundo como primer paso para irlo transformando. De esta manera el proceso que comienza de niños no se detendrá durante el resto de la vida.


16.- PROYECTO. Las personas, las escuelas y las sociedades son siempre un proyecto, realidades inacabadas, frágiles, tiernas, que se va construyendo poco a poco con esfuerzo individual y colectivo. Todos estamos llamados a hacer nuestra aportación a un proyecto, educar y educarnos, que es de todos desde siempre y que si miramos su esencia mantiene todavía la ilusión el primer día.

Mercè Sáiz
Barcelona (España)


12 de febrero de 2014

Pliego nº 61


Orar

Rogando (B.L)
Para mí no es lo mismo rezar que orar. Diría que rezar es recitar de memoria frases u oraciones aprendidas con anterioridad. En cambio, orar es llamar y responder; es llamar a Dios y es responder a sus invitaciones. Orar es un diálogo de amor. Orar es una disposición interior que busca el encuentro en la intimidad con Dios. Para ello no hace falta construir frases, ni poner en marcha la memoria. Sobran las palabras, basta únicamente la voluntad.

En este sentido podemos afirmar que la oración es dialogar con Dios, hablar con Él con la misma naturalidad y sencillez con la que hablamos con un amigo de absoluta confianza. La oración es un diálogo profundo con Dios, y como en todo diálogo, se hace imprescindible la escucha y la actitud abierta y receptiva hacia Aquel en quien confiamos y de quien lo esperamos todo.

Si la oración es comunicación con Dios debemos ser conscientes que, más esencial que lo que nosotros digamos es lo que Dios nos puede trasmitir. Toda comunicación es válida en tanto en cuanto favorece el encuentro, de esta forma la mejor finalidad de la oración será procurar el encuentro íntimo y personal con Dios.

"Si tienes un amigo recorre con frecuencia el camino hacia su casa, de lo contrario corres el peligro de que crezca la maleza y no encuentres el camino". Pienso que este proverbio oriental nos ayuda a ver la importancia de la oración.

La amistad-amor es un regalo, es el mejor regalo que nos podemos hacer los seres humanos. Y por tanto es gratuidad total y absoluta: nadie nos puede exigir amistad-amor ni nosotros se la podemos exigir a nadie. 

La amistad-amor, una vez que se tiene, requiere ser cultivada, cuidada y atendida. Esta se alimenta con la presencia del amado. Es necesario encontrar tiempo para estar con él. No es suficiente verlo y hablarle entre el barullo de la gente. Hay que reservar un espacio para la intimidad, para estar a solas, para compartir la existencia con quien quieres. Cuando esto no se hace o se abandona, al principio se echa en falta, después la amistad-amor va enfriándose poco a poco y al final la distancia y la lejanía provocan que estas personas acaben viéndose como extraños y desconocidos. La presencia del otro ya no dice nada, desapareció el afecto, murió el amor. Pensemos que en nuestra relación con Dios nos puede pasar exactamente lo mismo.
 
¿Cuándo orar?

Se debe orar siempre, en toda ocasión. Podríamos incluso afirmar, que la vida es toda ella oración, si en verdad, es una vida vivida para Dios y en relación a Él. Pero también podemos caer en el error de pensar que como toda acción, vivida desde la fe, es oración, no es necesario dedicar momentos para perderlos "a solas con el Señor".

Para un padre de familia no basta con que todo cuanto realiza lo haga por su mujer y sus hijos, es también básico que dedique tiempo a estar con su mujer y con sus hijos. Del mismo modo no basta con que nosotros lo hagamos todo por Dios, también es elemental el que dediquemos tiempo a estar con Él.

Por ello cada día debemos reservar un espacio para la oración, para la intimidad con Dios, para el sosiego espiritual. Pero este espacio no surge sino está previsto, preparado y programado en nuestra agenda diaria. Fijemos para cada día nuestra cita con Dios, y no faltemos a ella.
 
¿Dónde?

Lo más sencillo sería decir: "en cualquier sitio". Cualquier lugar es bueno para encontrarse con Dios, para la oración. Esto es cierto; podemos orar en el trabajo, en la fábrica, en el taller, en la universidad. Podemos encontrarnos con Dios en la calle, en el cine, en la fiesta...

Pero también es verdad que no todos los lugares favorecen de la misma manera este encuentro. La oración se nos puede hacer menos difícil si procuramos un ambiente adecuado. Un lugar apropiado sería aquel que facilite la soledad, el silencio; un sitio donde no haya apenas elementos que desvíen la atención. La oración y la contemplación pueden verse favorecidas cuando nos  encontramos en un paraje natural: junto a un río, en una montaña alta, frente al mar, o cuando nos encontramos en una habitación desnuda de adornos, o frente a la luz tenue de una vela.

Anna Bundó Mas
Barichara (Colombia)