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12 de diciembre de 2020

Pliego nº 143

 Sociedades de Acogida

En la mayoría de países, en pocas décadas, hemos pasado de tener una sociedad monoreligiosa, monoétnica y monocultural, a tener unas convivencias multiétnicas, plurireligiosas, multiculturales y plurilingües. Esto ha generado no pocas dificultades y tensiones a la hora de organizar la convivencia social.

Las entidades e instituciones —tanto públicas como privadas— que desde hace décadas trabajan para mejorar el «aterrizaje» de inmigrantes en los países desarrollados, hace tiempo que nos lo avisan: la inmigración no se puede tratar unilateralmente, como si se tratara de un problema de las personas inmigrantes, que nada tuviera que ver con las sociedades a las que llegan. Hay que buscar vías de solución a las complejidades que plantea desde el conjunto de la sociedad.

Ante el crecimiento del fenómeno migratorio, el reto de las ciudades de acogida es su inclusión. ¿Qué aporta de novedad este concepto de inclusión? por un lado el respeto a la idiosincrasia propia de cada persona; y por otro, el entrar a formar parte de la sociedad de acogida de manera plena, asumiendo los derechos y deberes que en ella se viven.  Y en este doble movimiento está el reto para todos nosotros: hemos de ser conscientes de que la inclusión de las personas migrantes en la sociedad de acogida, no es un asunto que compete solamente a los servicios sociales o profesionales de la salud, sino que es necesaria la involucración de toda la sociedad en este proceso, y esto nos implica a todos.


 

Pero vivimos en una sociedad tremendamente cómoda. Muchos no quieren que las cosas cambien, vivimos instalados en un país desarrollado, con un nivel de bienestar elevado, al que no estamos dispuestos a renunciar.  Aunque aparentemente manifestemos que deseamos una buena convivencia social, una paz social y una convivencia armónica, lo deseamos siempre y cuando esto no repercuta en nuestra manera de vivir. Y aunque reconozcamos que la injusticia, la pobreza, el subdesarrollo, la marginación y la escasez de recursos imposibilitan realmente la paz, no estamos dispuestos a renunciar a nada para erradicarlos.

Y una vez superado este inmovilismo no exento de pereza y lentitud para el cambio —tanto más lento, cuanto más directamente afecta a nuestra comodidad—, todavía tenemos que superar obstáculos. Me gustaría señalar aquí uno de los obstáculos más complejos de superar, por lo escondido que queda —su motivo, que no su efecto—. Los resentimientos históricos: que son armas mortíferas para la convivencia social. Y actúan de forma tan demoledora como las minas anti-persona; pues no se ven, pero sus efectos son devastadores para las personas y para la convivencia social.  

 «Reunid a unos cuantos chiquillos a jugar; cuanto más pequeños más claro se ve la situación. Es fácil verlos en cualquier parque de una gran ciudad. No tienen prejuicios entre sí. Uno es negro, el otro albino, otro del sudeste asiático, algunos de padres mejor situados, otros de muy recién llegados y aún sin trabajo... Juegan, ríen, se pelean a veces, hacen las paces. Se quieren, son amigos. Sin embargo pronto vendrá el que en las escuelas les enseñarán Historia. Sabrán que los blancos colonizaron a los negros. Que hubo esclavitud. Que hay ideologías irreconciliables. Que Asia muere a veces de hambre. Y empezarán a mirarse con recelo. Sentirán cada uno como si en sus pequeños hombros cayese una pesada herencia de sus respectivos antepasados.

Empezarán a distanciarse unos de otros; a sentir resentimientos mutuos y quizás hasta odiarse y desear vengarse en sus antiguos amiguitos, de las injusticias recibidas en sus pueblos o razas...

¿vale la pena enseñarles historia para esto? ¿habrá que dejarles sin cultura entonces?

¿es verdadera cultura hacer pagar a los hijos las culpas de los padres?»[1]

 

El punto I de la Carta de la Paz dirigida a la ONU dice: «los contemporáneos no tenemos ninguna culpa de los males acaecidos en la Historia, por la sencilla razón de que no existíamos». La convivencia social en este siglo XXI, es indudablemente pluricultural, multiétnica y multireligiosa. Si esta convivencia deseamos que se desarrolle en paz, hemos de contribuir a construir hombres y mujeres que formen familias y grupos sociales armónicos, que no queden atrapados en prejuicios estériles ni en resentimientos históricos absurdos. Personas y sociedades que, libres de culpas históricas, puedan construir un mundo más solidario y justo; no desde la insatisfacción y la culpabilidad, sino desde el gozo y la alegría de su condición de seres humanos.

Se trata de que las nuevas generaciones acepten y asuman con madurez y alegría que nadie tiene un currículum existencial totalmente limpio, que en su origen y posterior desarrollo hubo acontecimientos injustos que incluso provocaron guerras y pobreza. Los culpables ya no existen. Es tarea de todos, libres de resentimientos, trabajar juntos para arreglar las consecuencias actuales de esas injusticias pasadas.

 

Maria Aguilera

 



[1] RUBIO, A. 22 Historias Clínicas –progresivas- de Realismo Existencial. Barcelona, 1985. pág. 117-118 

 

 

12 de diciembre de 2017

Pliego nº 107


Del Desencanto al entusiasmo en la educación 2

Si como decíamos la educación se parece mucho a un camino. ¿Cuáles son la claves para hacerlo posible desde la esperanza, desde el entusiasmo y para desarrollarlo plenamente? Seguro que hay muchas más, pero para mí las que ahora desarrollaré son muy importantes. 

 

1.- La UTOPÍA. Porque la acción educativa se inscribe en un marco de esperanza.


Cada criatura y cada persona nos trae una nueva visión del mundo. Es, por tanto, una esperanza.


2.- La MEMORIA de lo que hemos construido nos permite saber de dónde venimos. Y sabemos también que todo lo que hemos vivido está recogido en el presente.


Debemos Intentar leer el pasado críticamente para diseñar el presente con más posibilidades de acierto e imaginándolo conjuntamente, así se da pleno sentido al presente. Sabemos que formamos parte de un entorno, de un espacio que humanizamos con nuestra presencia.



3.- La INCLUSIÓN. La escuela acoge todas las criaturas de una manera incondicional. La sociedad que educa tampoco debería discriminar a nadie bajo ningún concepto. Hay que vigilar, eso sí, que ninguna diferencia genere una desigualdad. Todo el mundo tiene un papel que desempeñar sintiéndose parte de un proyecto común. Debemos pensar las actividades para tratar de dar respuesta a las necesidades actuales y reales de las criaturas y de las personas.


4.- La DIVERSIDAD, una riqueza. Saber gestionarla y ponerla al servicio de todos y de cada uno es un reto. Hay que procurar que cada criatura, que cada persona se sienta acogida, escuchada y amada desde su singularidad y descubra su complementariedad con los demás.

Hay que aprender a respetar todas las personas y a acoger críticamente todas las culturas. Vivirlas de una manera enriquecedora y como una oportunidad para mejorar nuestra manera de ver y de estar en el mundo.


5.- La SINGULARIDAD. Cada criatura y cada persona es un rostro, una voz, una historia. Hay que reconocer su individualidad y dar espacio y tiempo para irla reconstruyendo y compartiendo.


La educación debe ser crítica. Hay que entender que educar significa poner límites, porque el hecho de que todo sea posible no significa que todo se pueda hacer.


6.- El DIÁLOGO es un instrumento imprescindible para construir nuestra humanidad común.

Tenemos que trabajar el hábito de conversar, dialogar, poner en común nuestros problemas para sabernos sujetos activos para su solución. Necesitamos mantener una actitud de búsqueda que trate de implicar a todo el mundo.


Sabemos que no todo puede ser dialogado, que hay conductas que no pueden ser admitidas en modo alguno, ni en ningún contexto ni en ninguna circunstancia.

Debemos tratar de educarnos para no humillar a nadie, para no hacer daño a nadie de una manera intencionada, para respetar la dignidad y la individualidad de todos.


7.- Los ERRORES. Los seres humanos nos equivocamos.


Tenemos que intentar vivir el error como una oportunidad, no como una losa que frene nuestro progreso, sino que lo estimule.



8.- El ESFUERZO. No hay progreso sin esfuerzo.

Debemos procurar dar sentido al esfuerzo que hacemos para mejorar el conocimiento que tenemos de nosotros mismos y del mundo para transformarlo, para humanizarlo aún más.


9.- El CONFLICTO es inherente a la especie humana. Tenemos que conseguir que la existencia de conflictos no nos inmovilice. Lo que nos debe preocupar es no tener elementos para gestionarlos o soluciones comunes que nos ayuden a avanzar.


10.- El EQUILIBRIO. Somos cultura y somos naturaleza, corazón y cerebro, intelecto y emociones, singularidad y colectividad. Debemos tratar de no romper estas unidades.

Necesitamos discursos bien argumentados, opiniones clarificadoras, pero sobre todo necesitamos el pequeño gesto que nos humaniza.


Debemos procurar que toda pequeña acción tenga sentido y que nos haga sentir más cerca unos de otros.


11.- AMAR. No hay que avergonzarse de conjugar el verbo amar. Sabemos que la actitud elemental para educar es establecer lazos de afecto con las criaturas y las personas que nos rodean. Por ello es imprescindible saber las escuchar atentamente y saber entender qué nos piden con el máximo grado de exactitud.


La cordialidad en el trato debe presidir las relaciones sociales. La cordialidad y la simpatía ayudan a sabernos miembros de una comunidad que trabaja para alcanzar objetivos comunes.


12.- APRENDER. El conocimiento es importante. Tenemos que intentar que el aprender sea un elemento que se prolongue a lo largo de toda la vida y que los aspectos instructivos estén inscritos en un marco referencial de valores.


Los seres humanos somos una diversidad de lenguajes. Debemos intentar cultivarlos todos y hacer descubrir su singularidad y su complementariedad.


13.- ACOMPAÑAR. Sabemos que la vida es una serie de momentos buenos y malos. Debemos tratar de compartirlos todos y no pondremos trabas a reír o a llorar juntos cuando toque.


14.- Debemos perseguir la EXCELENCIA Y LA EQUIDAD.

Debemos procurar que cada criatura y cada persona desarrolle al máximo sus competencias o capacidades y que las ponga al servicio de los demás.


15.- La REFLEXIÓN. La evaluación forma parte del proceso de enseñanza-aprendizaje. Debemos favorecer que los niños y las niñas sean conscientes de qué manera aprenden y de qué deben hacer para mejorar el proceso que los lleva a hacerse suyo el mundo como primer paso para irlo transformando. De esta manera el proceso que comienza de niños no se detendrá durante el resto de la vida.


16.- PROYECTO. Las personas, las escuelas y las sociedades son siempre un proyecto, realidades inacabadas, frágiles, tiernas, que se va construyendo poco a poco con esfuerzo individual y colectivo. Todos estamos llamados a hacer nuestra aportación a un proyecto, educar y educarnos, que es de todos desde siempre y que si miramos su esencia mantiene todavía la ilusión el primer día.

Mercè Sáiz
Barcelona (España)