12 de agosto de 2022

Pliego nº 163

 

Elaborar el duelo: nuestros recursos ante una pérdida 

Cuando perdemos a una persona –sea que muera, se aleje, se deteriore, nos rechace…-, o un bien (salud, casa, trabajo…), termina una situación que considerábamos estable y definitiva, y tocamos de lleno con alguno de los límites que conlleva el hecho de ser humanos. Si lo que hemos perdido es importante para nosotros, se produce una disrupción en nuestra vida, y pueden llegar a tambalearse todas las apoyaturas en que la cimentábamos. 

Entonces tenemos que recurrir a nuestros recursos internos y externos para poder afrontar el proceso de duelo, es decir, asumir y elaborar internamente el dolor que naturalmente sentimos ante la pérdida. Se añade la necesidad de recolocar las piezas prácticas de nuestra existencia, rediseñar nuestro propio papel y responsabilidades, reacomodarnos en relación con la red de relaciones humanas en que nos movemos. Casi nunca es fácil alcanzar un nuevo equilibrio, gestionando sentimientos como la tristeza, la ira, el dolor o la culpa. 

Las fases en la elaboración del duelo están muy estudiadas y bien descritas por muchos investigadores. En síntesis, la primera es una negación o vaivén entre la negación y la apertura a lo nuevo; la segunda es “tocar fondo” para la elaboración del duelo con todo lo que conlleva, y la tercera es asumir o crear la nueva realidad. Pero en este texto hablaré sobre los recursos con los que contamos para asumir las pérdidas de todo tipo que van a ir marcando nuestra vida, en cualquier caso y edad. 

Cuando perdemos a una persona o algo muy importante para nosotros, se ven afectados todos los elementos de nuestra persona: cuerpo (sede de las emociones), sentimientos (emociones con nombre y situadas en nuestra biografía), raciocinio (causas, posibilidades), apertura a lo sobrenatural (puerta a la esperanza). 

Además de estas dimensiones individuales, se pueden ver afectadas nuestras relaciones con los otros miembros de nuestra red familiar, de amistad y trabajo. La recolocación de nuestro papel, sin duda afectará al conjunto de la red, en particular a los más cercanos. 

 Evidentemente la persona es un “todo” integrado y actúa como tal, pero para efectos de análisis, miremos por separado los diferentes recursos con que contamos para elaborar el duelo. 


 

Movilizar todos nuestros recursos 

1. Dejar al cuerpo expresar sus emociones. Ante una pérdida dolorosa, surgen las emociones, que son estados de ánimo arraigados en el cuerpo. Pues en primer lugar es necesario permitirse estar tristes. La cultura “positiva” parece obligar a una perenne sonrisa (“tu familia te necesita fuerte”, “no te rindas”, etc.), que ahoga la natural respuesta biológica ante ese acontecimiento. Permitirse llorar, apartarse un poco de los demás por un tiempo para evitar el ruido y la banalidad, es necesario para elaborar el duelo de manera profunda. A veces las personas no lloran –quizá no se lo permiten a sí mismas- pero requieren dejar al cuerpo expresar el dolor en cualquiera de sus formas. Bajón de defensas, gripes, diarrea, alopecia… que si no se cronifican, son vías de escape y expresión de la tristeza o de la ira. Dejemos que eso suceda, sin juicios ni frases hechas. El trabajo manual, la naturaleza, el deporte… pueden ayudar. 

2. Poner nombre a los sentimientos: para gestionar mejor esas emociones, la persona las va integrando en su propia historia, dándoles nombre y significado (entonces son sentimientos). Poder decir “estoy triste”, “me siento perdida, confundida, enfadada…”, son expresiones que nos ayudan a elaborar, entender, situar lo que nos está pasando y sus consecuencias en nuestra biografía. Muchas personas elaboran los sentimientos hablando de ellos con alguien de confianza. El diálogo las clarifica por dentro. Otros prefieren callar, apartarse y elaborar en solitario sus experiencias hasta que se sienten en condiciones de compartir algo menos triste. Pero lo importante es dejar que esos sentimientos afloren, ponerles nombre, calibrar su peso, irlos colocando en el conjunto de nuestra experiencia vital. 

3. Elaborar la pérdida. La razón, el pensamiento, es el recurso imprescindible para ponerles nombre a esas vivencias y colocarlas del mejor modo en nuestro presente. Comprender que somos limitados, dar sentido a la pérdida en su conjunto, crear una narrativa que nos la explique, asumiendo cómo la condición humana se expresa en ese momento, todas estas son acciones de la razón sobre unos hechos y unas experiencias interiores que no son gratas. Pero la razón sirve, además, para recordar lo bueno que hemos vivido, valorar lo recibido, agradecerlo, y así poder “jugar mentalmente” con el futuro, plantearnos escenarios posibles, ir viendo hacia dónde podríamos ir en esta nueva situación, qué necesitamos, cómo podríamos llegar hasta allí. 

4. La vida de fe. Ciertamente es para muchos “el recurso” por excelencia: la oración, la vivencia de que todo dolor tiene sentido el abandono en la voluntad de Dios, la intercesión de los santos, la confianza en Él para gestionar el futuro, la esperanza en su ayuda… Las personas que experimentan ese apoyo en lo sobrenatural, seguramente pueden alcanzar más fácilmente la paz interior. Sólo que la Gracia no sustituye la naturaleza. Sin todo lo anterior, ésta no basta. Con todo lo anterior, el proceso se facilita e incluso puede ser ocasión de crecimiento y alcance de una escala más honda de madurez. 

5. Los demás nodos de nuestra red. Gracias a Dios, no estamos solos. El duelo también puede ser compartido. Las personas más cercanas se dan soporte y consuelo unas a otras ante una pérdida que afecta a varios o a un miembro de la familia, comunidad, grupo… Si bien tiene límites la compañía que podemos hacernos mutuamente, porque cada persona debe asumirlo individualmente, es imprescindible para todo ser humano sentirse acompañado en el dolor, para hacerlo más llevadero, apoyarse en otros y apoyarlos para superar una pérdida. 

Asumir la condición humana 

Ayuda en todo esto el asumir la condición humana como una sorprendente combinación de enormes límites y grandes posibilidades. Ninguno de nosotros es inmortal, pero además es muy pequeño el margen de control que podemos ejercer sobre los acontecimientos que nos afectan. Aunque a algunos se lo parezca, no es posible diseñar la propia vida ni suponer que nuestros planes se cumplirán. Hagamos planes y emprendamos proyectos e iniciativas, pero con la sabiduría de estar “muertos a ellos”, sabiendo de antemano la fragilidad de lo humano. 

Todos sabemos esto, pero nuestras actitudes de hecho ante esos límites “ónticos” del ser humano son muy variadas. Cultivar una actitud de humilde aceptación de nuestra realidad, ayudará sin duda a establecer vínculos más sanos, menos dependientes, y a gestionar las pérdidas con la franciscana naturalidad de acogida a la hermana muerte en cualquiera de sus formas. 

Leticia Soberón
Madrid 

 

Atisbo

Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan (Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión. 
 
 

En Clave de 'Ser' - Mitos del Nacimiento

 

 

 En Clave de Ser, un montaje radial, elaborado por el equipo del Espacio Dolores Bigourdan, para ayudar a la meditación y la reflexión. 

 

12 de julio de 2022

Pliego n° 162


Cuando Cae el velo

Disfrutamos la obra de teatro y cae el telón. Hay silencio en la sala, estamos en penumbra, no reconocemos a quien está a nuestro lado; impacientes esperamos que enciendan la luz para ver claro. En ocasiones nos levantamos y aplaudimos con entusiasmo. La obra cumplió nuestras expectativas; en algunos momentos, silencio profundo pues tocó fibras internas que nos producen desazón, inquietud, decepción y quizá angustia, tristeza. Enmudecemos, no deseamos siquiera mirar a los ojos a nuestro acompañante, soledad inmensa; de pronto, un hilito imperceptible cae por nuestra mejilla. ¡Estamos tan conmovidos!

La vida es como una obra de teatro, en la que percibimos como protagonistas diversas emociones que, a flor de piel, como torbellino, pasamos de una a otra a otra, a lo largo de nuestra vida. A veces sabemos a ciencia cierta qué sentimos y otras veces, es tan complejo asignar palabras a aquello que experimentamos en el pozo profundo de nuestro ser.

Igual que en la obra de teatro, nuestra vida tiene un inicio y un final.  Así como empezó en un momento único e irrepetible, ― ¿Somos conscientes que podríamos no haber existido nunca? ―; dejaremos de ser a cualquier edad, en cualquier momento y circunstancia, que siempre desconoceremos y que, por más que nos esforcemos en prever, no podremos controlar como desearíamos. Otros atenderán nuestros asuntos. ¿Tendremos tiempo y espacio para agradecer y despedirnos con ternura de los seres amados?

Es lo que hemos revivido una y otra vez por la pandemia global primero y, ahora, con una nueva guerra imprevista arrebatando tempranamente vidas sin distinción de género y edad. Muertes que siempre sorprenden y nos hacen rememorar todas las pérdidas humanas cercanas a nuestro corazón y, tener compasión por todas aquellas que conociéndolas o no, van falleciendo en diversos lugares del mundo entero. Algunas con rostro, nombre e historia, otras, fríos cálculos matemáticos que se actualizan día a día y que quizá, anuncian nuestra propia muerte haciéndonos revalorar la vida y la muerte en sus reales dimensiones.

Una vida descubre su verdadera esencia cuando cae el velo, cuando podemos reconocer, ver y escuchar en el rostro ya sin vida, una voz, en un lenguaje diferente lo que fue su trayectoria de vida; nos habla nítidamente de lo compartido, su obra intransferible, única y en solitario, su sello. Cada persona imprime su propia marca, su estilo de vida, sus convicciones y descreimientos, sus valores innegociables.  De la inmanencia y la trascendencia de todo cuanto existió en ella, que configuró su ser y su hacer en este mundo sensible, su búsqueda de coherencia, de sentido de la vida, de sus luchas internas y externas, del mundo amplio de relaciones, frustraciones, éxitos y fracasos.

Es una realidad, las frustraciones afectivas que experimentamos por no poder hacer el tránsito del duelo como nuestra cultura nos ha transmitido, cuando lo inevitable golpea la puerta, por eso, hemos de recurrir a todas las herramientas emocionales internas construidas por años, para pasar los ratos amargos de las despedidas inesperadas o esperadas, sumadas al dolor inmenso de la separación. Los niños y los adolescentes son los grandes damnificados a los que debemos abrazar y proporcionar todos los apoyos físicos, emocionales, espirituales y afectivos para superar exitosamente las pérdidas y las frustraciones a los que se ven abocados cotidianamente, para seguir existiendo con gozo, a pesar de las múltiples pérdidas progresivas de diversa índole que tendrán que enfrentar en el transcurso del peregrinar existencial, evitando el estrés psicosocial, hoy día frecuente.



Si en el devenir de la vida el hecho de vivir en sociedad, nos hace colocar a medida que crecemos una serie de máscaras que nos permiten ocultar aquellos defectos que creemos tener, o para encajar en los diversos roles sociales que vamos desempeñando o como mecanismo de defensa ante el peligro ― por mencionar sólo unas cuántas circunstancias que nos llevan a ello―; cuando cae el velo, aparece la verdad más verdadera de nosotros mismos y como nunca antes somos observados. La plenitud del misterio de la vida y de la muerte se hace evidente, del recibir y del dar en su continuo movimiento.

Tienes una extraña sensación entre ausencia-presencia, porque todo te habla de la persona que se marchó inexorablemente para siempre. ¿De qué fuimos testigos? ¿Le cambiarias el nombre? ¿Cuál sería su epitafio? ¿Cuáles sus virtudes a resaltar? ¿Cuánto bien realizó? ¿Qué eco de ella hay en ti? ¿Qué faltó por decir? ¿Hay algo de culpas, resentimientos, malos entendidos, situaciones para sanar el alma?

El aliento de vida, el máximo don que hayamos podido recibir. ¡Qué maravilla existir… aunque tengamos que morir! Sin embargo, cuando se ha donado toda la vida repartiendo amor, acogida, guía, consuelo, protección, alegría, fortaleza, compañía, trabajo, cariño, cobijo, descanso, paz, apoyo… no nos sentimos solos, creemos y sentimos que esta persona nos fue dada como rayo de luz que iluminó y enriqueció nuestra vida, que prendió la hoguera dentro de nuestro corazón para ser también fuente de luz y por tanto y tanto recibido, podamos hacer fiesta cuando caiga el velo y se apague su luz. Ha sido nuestro espejo, su eco ha sido luz para reafirmar o reencausar nuestra propia vida.

Los dones y carismas recibidos que a todos los seres humanos nos adornan, dan su fruto cuando se viven en una convivencia grata y feliz, porque se han puesto al servicio de la vida de familia, de comunidad, resaltando los valores éticos y sociales de la fraternidad existencial.   

En la eternidad, paz y alegría y vida para siempre.

 

Gloria Inés Rodríguez Gaitán
Bogotá, Colombia.

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Camino llevando mi muerte a cuestas[1]

 

Camino llevando mi muerte a cuestas

Camino saludando y sonriendo

mientras la oculto

como a un cubo de basura

que no fuera elegante que se viera.

 

Camino con mi muerte a cuestas

que me cansa, me dobla y me detiene.

Un día me sentaré en el borde de la acera,

me deslizaré junto a una farola encendida

que en la mirada turbia me parecerá una estrella.

 

La gente creerá que estoy borracho

ya al filo del anochecer.

Y pasará de prisa, de largo.

Y Tú, sorteando los coches, sobre el lluvioso asfalto,

vendrás a buscarme ¡Oh, mi buen amigo!

¡Mi Cristo esperado!

Para llevarme, mientras conversamos, a Tu Luz, a Tu Calle,

¡Al fin! ¡A Tu Casa!

 

(Y en la madrugada, la gente

creerá - ¡qué tonta! -

que me quedé dormido

bajo la lluvia mansa).

                         A Juan Miguel.

                                                Alfredo Rubio de Castarlenas



[1] https://bibliotecadigital.universitasalbertiana.org/wp-content/uploads/2022/03/Camino-llevando-mi-muerte-a-cuestas.pdf


En Clave de ´Ser´- Escuela para la vida

 

 

En Clave de Ser, un montaje radial, elaborado por el equipo del Espacio Dolores Bigourdan, para ayudar a la meditación y la reflexión.


12 de junio de 2022

Pliego nº 161


Los duelos de migrantes 

En Vuelo nocturno de Antoine de Saint-Exupéry, el narrador menciona que con cada piloto que muere dentro del grupo de aviadores que vuelan para trazar las rutas aeronáuticas por la zona andina, la memoria de lo compartido también se extingue. ¿Qué sucede con la memoria que no puede compartirse? ¿Qué sucede cuando muere la última persona que compartía contigo esos recuerdos? Muere la posibilidad de recordar. Muere la memoria. 

Esta premisa viene a mi mente cuando pienso en mi experiencia como migrante equiparándolo a un duelo. No sólo duele alejarse del terruño; duele alejarse de quienes comparten contigo ese terruño, esa experiencia y esa memoria. 

Hace once años me mudé del desierto de Sonora a la Ciudad de México, que alguna vez fue lacustre, y que está ceñida en su crecimiento monstruoso entre dos volcanes: el Iztaccíhuatl y el Popocatépetl. Cambié mi tierra yerma con veranos cercanos a los 50ºC por una zona boscosa y lluviosa. 

 
He perdido mi desierto. Sí. Esa luz inclemente que parece una sábana tendida en la resolana, ese sonido sordo de insectos fuera del alcance de la vista, esos horizontes abiertos y sonrojados al caer la tarde, el calor calcinante que amenaza con evaporar el cuerpo entero. Pero cuando en esta nueva ciudad hablo de esa luz, de la resolana, del silencio, de los atardeceres, del clima, las palabras no son capaces de traerme mi desierto y eso canta, eso a lo que sabe, eso a lo que huele. Y mi terruño vuelve a morir. Cada día más, porque lo que recuerdo solo vive una memoria que se va volviendo lejana, un espejismo que atesoro para que no se disipe del todo. Y para no perderla vuelvo a nombrar: mi desierto, mi resolana, mi sobretarde, mi petricor, mi churea y chicharra. Y con capas de palabras voy vistiendo la memoria de algo que quizá ya no es. 

Puedo describir con la mayor fidelidad posible la sensación del espacio abierto, llano, ocre de mi tierra. Pero nadie podrá sentir lo que yo siento por ella. Porque es mía, construida con mis recuerdos, experiencias, sensaciones en los momentos en que la viví. 

El terruño se va convirtiendo en un espacio utópico. Un lugar de origen al cual se añora. Un punto geográfico cada vez más añoranza que destino. Un lugar imposible, porque ya no es lo que es, sino lo que se recuerda, lo que se extraña, lo que se envuelve en nostalgia. Inalcanzable. 

Cuando tienes la fortuna de compartir la lengua materna entre tu nueva ciudad y la que has dejado, un día te sorprendes con el infortunio de no compartir el acento, los modismos, el sentido del humor, el caló, los sonidos de la ciudad y sus pregoneros vendiendo cosas en las calles. Hay una pérdida de la lengua materna, a pesar de compartirla. Es escuchar a tu madre cantándote canciones de cuna desconocidas, cambiando tus apelativos y las expresiones que usaba en tu infancia para mimarte, hablándote como a una desconocida, pronunciando tu nombre como una extraña. 

Clara Obligado lo dice en su libro Una casa lejos de casa, que su propio acento argentino se ha desdibujado sutilmente en el exilio; un acento que tampoco es reconocido en la tierra española que ahora la aloja. Se ha convertido en alguien extraña para su lugar de origen y lo es (de manera inmutable) para la tierra que ahora la acoge. Si algo de la propia lengua muere, una se queda sin pares, sin tribu. Una pasa por el mundo a ser una extraña. Una desterrada. 

Nada vuelve a ser lo mismo. Ni la lengua, porque se transforma día con día; ni tu tierra, ni tus amistades, porque ya no son lo compartido, porque ya no es tu amiga de 60 años, cuando tú tenías 40. Tú ahora tienes 50 años, y tu amiga 70 y tu padre casi 80 años. Y esa distancia espacial y temporal se convierte un abismo cada vez más difícil de reducir y reconocer. 

La nostalgia tiene esa condena. Se atesora algo que ya no es. Se acaricia la sombra de lo que ya no está. Pero esa ausencia, ese no-lugar, se convierten en algo más grande de lo que es. Deviene en utopía, en un poema de amor que se recita de memoria sin recordar el nombre de a quien estaba dedicado. 

Pero me niego a perderlo todo. Y como migrante llevo en el corazón ese lugar inexistente e imposible que es mi terruño y su memoria., como si fuera una oda cada vez con nuevos versos, porque como dice Clara Obligado, “Llevar un poema en el corazón, pienso, puede ser también una forma de resistencia”. 

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OBLIGADO, Clara. Una casa lejos de casa. España, Ediciones Contrabando, 2020. 

SAINT-EXUPÉRY, Antoine. Vuelo nocturno. México, Editorial Dante, 1989. 

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María Antonia Mendívil
México

 

Jaume Aymar recordando a Tante Bigourdan - segunda parte

 

Testimonio de Jaume Aymar, sobre Dolores Bigourdan -'Tante'- a quien conoció y con quien compartió algunos años de su vida...

 

En Clave de 'Ser' - Génesis de una familia

 

En Clave de Ser, un montaje radial, elaborado por el equipo del Espacio Dolores Bigourdan, para ayudar a la meditación y la reflexión. 


12 de mayo de 2022

Pliego nº 160


¿Cuál podría ser el dolor más grande? 

Las personas atravesamos por un proceso de duelo cuando rompemos con nuestra pareja, con familiares personas amigas, cuando abandonamos el lugar donde nacimos de forma definitiva, nos despiden de nuestro puesto de trabajo, perdemos estatus profesional, salud, movilidad de una parte del cuerpo, estabilidad económica, también cuando se vive en ambientes inseguros. No obstante estas pérdidas, tienen una mayor posibilidad de recuperación comparadas al dolor producido por la pérdida de un ser querido.

 
Como seres humanos debemos reconocer y esto se siente de forma natural con el paso de los años, que nuestro cuerpo tiene caducidad, en cualquier momento moriremos y nuestros seres queridos también morirán, por tanto debemos estar reconciliados con “la hermana muerte”, como la llamaba San Francisco de Asís, valorando todo lo que ha significado nuestra vida, retribuyendo y acompañando familiar y socialmente, debemos estar capacitados para vivir este proceso. 

El acompañamiento a los seres queridos depende de la forma en que resolvamos o enfrentemos las dificultades, de cómo gestionamos nuestras emociones, nuestra salud y recursos propios, también del apoyo psicosocial y espiritual que tenemos o encontramos dentro de la organización familiar, social y cultural en la que estamos inmersos. 

Retomemos la pregunta, ¿cuál podría ser el dolor más grande?. Quizás vivir la mayoría de pérdidas a la vez, esta situación suele ocurrir en momentos de emergencia como desastres naturales, insalubridad y violencia, es decir, cuando el desbordamiento de las pérdidas no da tregua. Existen comunidades con duelos patológicos, no resueltos, traumas enquistados y personas dentro de las mismas con un alto grado de vulnerabilidad, quienes requieren no solo el acompañamiento de familiares o amigos, sino terapia, asistencia o asesoramiento por parte de profesionales o instituciones especializadas. 

Cuántas familias, etnias, comunidades y países han vivido por años las consecuencias del dolor absurdo, me refiero al duelo que viene del latin duellum o combate entre dos, alcanzando a desestabilizar el equilibrio y bienestar de los otros. Y ni qué decir de las comunidades o países que mantienen la hegemonía de un sólo grupo por temor a los cambios, ejerciendo influencia y poder sobre la libertad y estabilidad de sus colectivos, agudizando la dramática situación geopolítica, económica, migratoria y alimentaria, actualmente en emergencia, tanto por las tensiones de su conflicto o violencia interna como externa. 

Cualquier momento trágico que experimentemos, ofrece una posibilidad de aprendizaje y transformación organizacional, individual y gregaria. 

Hace poco asistí a una conferencia on-line a cargo del profesor en bioética Diego López Lujan, quien citó, cuatro frases enriquecedoras: 

● “El acompañamiento y el consuelo ante las pérdidas se deben hacer desde la cercanía, el silencio, el gesto, la ternura, el cariño, la caridad, a veces las palabras sobran. No se consuela desde la razón”. 

● “Sin amor no existe duelo”: nos explicaba sobre ese amor que se reconoce necesitado de los otros para poder vivir; que reconoce la indigencia propia y la del otro convirtiéndose en un amor redentor, por parte de quien lo sufre y también por el que le ayuda, pues el que ayuda se conmueve y mueve a salir de sí mismo para dedicarse al otro, a los otros. 

● “La muerte asumida como una realidad, nos debe llevar a valorar y compartir con alegría nuestra existencia. Si las personas que han organizado o gobernado los conflictos asumieran, aceptaran y se reconciliaran con su propia finitud, seguramente no habría guerra, se exaltaría la vida, el cuidado del otro y se daría mayor felicidad”. 

● “La vida transcurre tan rápidamente a nivel global que no nos permite integrar todo lo que sucede”. 

Según lo anterior, debemos buscar una forma de ralentizar nuestra cotidianidad como forma de prevenir el duelo patológico, realizando unas horas de reposo al día, fomentando el que otras personas también destinen un tiempo a permanecer en esa libertad interior que estamos llamados a disfrutar y agradecer. Rescatando la pequeñez de los hijos de Dios, que aprendimos de Jesús de Nazaret, un ser libre, humilde y dócil, quien construyó Reino de los Cielos en la tierra, dando ejemplo de misericordia, perdón y esa paz que actualmente requerimos para dar respuesta a los retos y dificultades que debemos resolver con sosiego, paciencia y creatividad. 

En este momento decisivo de la humanidad, es nuestro deber rescatarnos unos a otros, con amor redentor, por construir lugares y vínculos, familiares, amicales y comunitarios para el consuelo, el cuidado de los otros, el encuentro, la caridad y la fiesta reparadora que alegran y otorgan vida y paz. 

Elsa Lizarazo
Bucaramanga, Colombia

Atisbo

 

Testimonio de Jaume Aymar, sobre Dolores Bigourdan -'Tante'- a quien conoció y con quien compartió algunos años de su vida...

 

En Clave de 'Ser' - Qué hermosa es la tierra

 

 En Clave de Ser, un montaje radial, elaborado por el equipo del Espacio Dolores Bigourdan, para ayudar a la meditación y la reflexión. 

 

12 de abril de 2022

Pliego nº 159

 
"Y os daré un corazón de carne"

Ezequiel 36,26. 

Hemos caminado los dos últimos años en la incertidumbre y en el asombro de nuestras posibilidades de adaptación. La enfermedad nuestra, de nuestros amados cercanos y otros más lejanos o la de conocidos de conocidos, nos recuerdan nuestra vulnerabilidad y ante la falta de certezas hacemos nuestro mejor esfuerzo para seguir adelante apoyándonos. 

Proyectos cancelados, ilusiones pospuestas, el suicidio de un amigo, la impotencia frente a los cercanos y menos cercanos; microempresarios que hacen maromas para no despedir trabajadores porque, nos dicen, detrás de un trabajador come una familia como la mía... Y seguimos haciendo nuestro mejor esfuerzo por seguir apoyándonos . 

 
Migrantes en las noticias, en la esquina cercana y en las puertas de nuestras casas y hacemos nuestro mejor esfuerzo por seguir apoyándonos. 

Estudiantes, jóvenes que en el rebusque -trabajos informales- abandonan sus estudios, algunos entierran a sus padres y hacemos nuestro mejor esfuerzo para seguir apoyándonos 

Un anuncio de construcción de paz que se despedaza al no podernos reconocer en las heridas, en los errores en las injusticias, en los egos. Y seguimos caminando haciendo nuestro mejor esfuerzo. 

Y haciendo nuestro mejor esfuerzo nos juntamos para cantar, meditar, caminar, participar de redes solidarias, acoger, compartir la mesa, protestar, gritar, romper, callar... 

Y haciendo nuestro mejor esfuerzo este corazón de carne duele y duele... 

No es tiempo de certidumbres. Nuestra única certidumbre es el corazón de carne. El nos impulsa a andar, a encontrar, a acompañar, a acoger... Es nuestra estrella interior, como decía el cardenal K.Rahner: 

Corazón de carne habitado
Corazón de carne anhelante
Corazón de carne siguiendo la estrella,
peregrinando hacia Dios, buscándole...
"Animo, corazón, camina!
La estrella brilla.
Ponte en Marcha! Llevamos el oro del amor, el incienso del anhelo y la mirra del dolor. 

María del Rosario Henao
Bogotá. Colombia


Atisbo

  

Testimonio de Antonio Huguet, sobre Dolores Bigourdan -'Tante'- a quien conoció y con quien compartió algunos años de su vida... 

 

En clave de 'Ser' - Reconciliarnos con la historia

 

En Clave de Ser, un montaje radial, elaborado por el equipo del Espacio Dolores Bigourdan, para ayudar a la meditación y la reflexión.

 

12 de marzo de 2022

Pliego nº 158

 

A la sombre de San José

El fallecimiento de monseñor Antonio Vadell, obispo auxiliar de Barcelona, ha conmovido a toda la ciudad; no sólo a los diocesanos del Área Metropolitana de Barcelona, sino también en los medios de comunicación y en las redes sociales. Diversos videos van pasando de dispositivo en dispositivo contemplando su expresiva presencia, así como con su sonrisa y sus palabras agradables, profundas y comprensivas. 

Un cáncer, en breves meses, se lo llevó, después que los médicos intentaran salvarle con diversas sesiones de quimio, tanto en el hospital como en casa. Intensas oraciones se propusieron tanto desde el Obispado como en diversas parroquias e iglesias. Gran cantidad de feligreses se unían en velas y tandas de oración pidiendo la salud del clérigo. Por “YouTube” se van transmitiendo diversas homilías que había pronunciado en diversas ocasiones. “Como muestra un botón”.

Este es el vídeo de Mns. Antonio Vadell en el cierre del ciclo de Conferencias del Real Santuario San José de la Montaña con motivo del Centenario de la Coronación Canónica de la imagen de San José de la Montaña. La tituló: SAN JOSÉ, PADRE EN LA TERNURA Y LA ACOGIDA. El obispo “Tony”, como le llamaban popularmente, predicó teniendo a mano la Carta Apostólica “Patris Corde” del Santo Padre Francisco. El obispo comentaba que Jesús, en el momento más intenso de su vida, en Getsemaní, se dirige a Dios-Padre con la palabra que en su infancia se habría dirigido a san José, llamándole: “Abba”; palabra balbuceante parecida y similar a los que los niños de nuestro país se dirigen a su padre diciéndole “papá”.


La ternura es la gran experiencia para acercarse a Dios. Nuestra vocación es vivir, decía emocionado monseñor Vadell. “Te diagnostican un cáncer y ya no controlas la vida…” Nuestra vida está en manos de nuestro abbá, que nos ama. Es la experiencia de Jesús…y de la Iglesia. 

La ternura de san José nos hace ver la capacidad de aprender para aceptar nuestra debilidad con gran humildad. El Maligno nos hace mirar nuestra fragilidad con un juicio negativo, mientras que el Espíritu saca las limitaciones a la luz, con ternura. Ésta es el mejor modo para tocar lo que es frágil en nosotros. Así, podemos aceptar nuestra propia debilidad y fragilidad. “Sólo la ternura nos salvará de la obra del Acusador”, decía. 

Aprovechemos nosotros la circunstancia ya que estamos en el mes dedicado a san José, el esposo de María. Y en su fiesta cercana del día 19. Los que tuvimos la dicha de conocer en vida a la señora Dolores González de Bigourdan conocemos su devoción al santo. Y de ahí surgió este “Pliego” del “Espacio Dolores Bigourdan” como lugar de reflexión y difusión de la teología, a la luz del realismo existencial. 

Monseñor Vadell tomaba las palabras del Obispo de Roma recordándolas exactamente: “Ser padre significa introducir al niño en la experiencia de la vida, en la realidad. No para retenerlo, no para encarcelarlo, no para poseerlo, sino para hacerlo capaz de elegir, de ser libre, de salir”. Qué respeto más grande hacia la persona, desde el inicio de la vida, que lo forma para la verdadera libertad en realizarse plenamente. 

“Quizás por esta razón -palabras del Sumo Pontífice- la tradición también le ha puesto a José, junto al apelativo de padre, el de “castísimo”. No es una indicación meramente afectiva, sino la síntesis de una actitud que expresa lo contrario a poseer. La castidad está en ser libres del afán de poseer en todos los ámbitos de la vida. Sólo cuando un amor es casto es un verdadero amor”. “El amor que quiere poseer, al final, siempre se vuelve peligroso, aprisiona, sofoca, hace infeliz”. 

Seguía comentando Mns. Vadell, las palabras de Su Santidad: “Dios mismo amó al hombre con amor casto, dejándolo libre incluso para equivocarse y ponerse en contra suya. La lógica del amor es siempre una lógica de libertad, y José fue capaz de amar de una manera extraordinariamente libre”. José nunca se puso en el centro. Supo cómo descentrarse, para poner a María y a Jesús en el centro de su vida. Sí. San José es una buena imagen de Dios-Padre. Un buen ejemplo para todos nosotros. 

Josep Lluís Socias
Barcelona, España