Mostrando entradas con la etiqueta dolor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta dolor. Mostrar todas las entradas

12 de abril de 2023

Pliego nº 171

 

Me han recomendado 'dejarla ir'

 

 

La vida y la muerte ¡van tan unidas!
Son las dos caras de una misma moneda.
Si ya durante la vida esta moneda tiene valor,
cuanto más valor tiene al poseerla en la completez
de contemplarla desde el final del camino.

 

Katherin Reyes nos describe este impresionante testimonio que incluimos completo por su belleza, y repleto de sentimiento y ternura.

Barcelona/España.-  Era jueves 13 de octubre del 2022, las manecillas del reloj marcaban las nueve y media de la noche. Un ambiente doloroso y angustiante merodeaba en las calles polvorientas de Pueblo Nuevo de Nagua, provincia María Trinidad Sánchez. República Dominicana.

Aquí, en Barcelona, eran las 3:30 de la madrugada cuando el teléfono sonó. Contesté y me dieron la fatídica noticia de que mi madre, Marisol, nos había dejado. Las palabras de quien me habló al otro lado a más de 6 mil kilómetros de distancia, traspasaron mi pecho como una flecha. Sentí un dolor inmenso, un escalofrío que se coló lento y en silencio por mi cuerpo.

Me quedé sin aliento, sin fuerzas, tumbada en el sillón gris que por suerte sostenía mi cuerpo. Nunca olvidaré esa noche, tan sola y tan lejos de ti, mamá. Noche en la que sentí que mi corazón se rompió en mil pedazos.

Esa madrugada, estaba viviendo uno de mis más grandes miedos. Mi madre, mi amiga, mi confidente, mi cómplice y mi amor. La mujer más fuerte que conocía había dejado de luchar contra la insuficiencia renal. Su cuerpo no resistió tanto dolor. Me dejó.

“Choi” como le llamaba la familia, era divertida, de risa grande y estruendosa. Sus dientes eran blancos como la nieve y sus ojos negros como el azabache. Tenía el pelo afro, la nariz ancha, la boca grande y las orejas pequeñas. Presumía de cantante, según ella, lo había heredado de su madre María Emilia, una negra de caderas anchas nacida en El Papayo de Nagua, lugar donde trajo a su tercera hija al mundo.

“El broque”, como también le llamaban en el barrio, tenía 52 años. Siempre estaba de buen humor. Con sus chistes hacía reír a los demás. Tenía una alegría vibrante. Conocía todos los callejones y las calles del sector Palma de Herrera, lugar que fue su hogar por muchos años. Con su moto azul paseaba por las calles de su barrio que tan bien conocía.

Mi madre me contó que cuando era niña soñaba con ser abogada. Ella era una mujer elocuente. Era la psicóloga de la familia, tenía el don de calmar el alma con sus consejos. Era un ser de paz. De sentimientos nobles y pensamientos sensatos. Bailando era la mejor. Recuerdo que cuando bailaba parecía que flotaba al ritmo de la guitarra de Leonardo Paniagua.

 


Mi madre tenía un corazón lleno de amor. Era humilde, cariñosa, atenta, amable, respetuosa…

Han pasado solo seis meses de su partida y me han recomendado “dejarla ir”.

¿Cómo se deja marchar a una persona que te amó tanto en la vida? ¿Cómo se hace eso? Por más que me lo explican, no lo logro entender.

Otros me dicen que “no le hago bien a su espíritu”.

Entonces mamá, ¿te olvido? Eso, imposible.

Siempre te tendré presente. Así que:

Gracias por esperarme para despedirnos.

Gracias por darme la vida.

Gracias por tu valentía y fortaleza.

Gracias por tus palabras de alientos en los días de poca esperanza.

Gracias por tu amor incondicional.

Gracias por tu vida.

Gracias por dejarme vivir cuando tenías tantos miedos.

Gracias por todo.

Me quedo con los cuentos de tu infancia, con los recuerdos de las cenas navideñas. Me quedo con las cantadas a todo pulmón los sábados en la tarde con las canciones de Juan Gabriel.

Vuela alto mi gaviota. Prometo no olvidarte. Te amo.

Síguenos en nuestras redes

 

Qué gozo leer esta carta de agradecimiento … que da paz.

Textualmente dice: … me han recomendado “dejarla ir”.

Sí. Ahí está: cruzando fronteras y mares; bien viva.

Gracias a ti, Katherin.

 

José Luis Socias
Barcelona (España)


12 de septiembre de 2022

Pliego nº 164

El luto y la cirugía bariátrica 

Nadie me dijo nunca que un día me haría paciente de por vida. Claro, ¿quién te va a decir que las cirugías bariátricas te desnutren de por vida por que sigas las indicaciones médicas y que tarde o temprano enfermarás a causa de sus secuelas? Nadie. Vivimos en un mundo donde la gordofobia nos enseña a que no deberíamos existir en cuerpos gordos y que la gordura es sinónimo de tener un tumor grande y supurante que se tiene que eliminar estés enferma o no. Y así es como en el 2009 le dije sí a una Manga Gástrica o Sleeve que se me ofreció como un regalo: finalmente voy a adelgazar “por salud,” me dije, aunque en realidad, yo tenía una salud envidiable y la vitalidad de un delfín. 

No les voy a mentir, vivir en el privilegio de la delgadez, porque eso es, un privilegio, ha sido un gran descanso ante la sociedad y sobre todo ante los doctores que ya no me recetan la pérdida de peso hasta para curar el dolor de una muela. Pero, los comentarios y opiniones de la gente sobre mi cuerpo nunca cesaron. Parece que haber adelgazado le da a la gente potestad para comentarte siempre sobre tu cuerpo y creanme que el peso de vivir con esos microscopios encima, no es nada fácil. Lo que si nunca volvió a pasar es que la gente se preocupara “por mi salud,” aunque en los últimos cuatro años he estado más enferma que nunca. Aquellos preocupados por mi salud cuando estaba gorda, ya no se preocupan por ella ahora que encajo en el tamaño “aceptable” y me veo “regia.” 

 
Dentro de este camino de vivir con esta cirugía y sus muchas secuelas irreparables, se tuvo que hacer una reconstrucción masiva de mi sistema digestivo en el 2019 y me hicieron un Bypass Gástrico como parte del intento de recuperar mi digestión.. Las cirugías las tolero, los padecimientos también, pero para lo que nunca me preparé fue para entender que todas estas secuelas son de por vida, aca seré una paciente de por vida. ¿Como una mujer vital, que respetaba su cuerpo y hasta escribía al respecto, llega a perder su salud por una intervención que se suponía la iba a hacer saludable? El trabajo mental que me ha tocado hacer en estos años ha sido feroz y el luto, constante. 

El primero de estos lutos fue el darme cuenta que la delgadez no es sinónimo de buena salud. ¿Qué? Sí, eso. El día en que entendí que un cuerpo gordo puede ser un cuerpo sano y que uno delgado no es necesariamente saludable, se me rompió el corazón. Como si se hubiera muerto alguien. Ese día perdí la mentira en la que vivía de que por más que estaba sufriendo secuelas, al menos era más saludable que la Mariana gorda. La pérdida de esa fantasía me devastó el alma. Las personas gordas somos bombardeadas con el mensaje de que sólo la delgadez nos dará salud, aun cuando somos completamente sanos y el entender que no es así, me llevó a la siguiente y dolorosa pregunta: ¿para qué entonces me hice una Manga Gastrica si yo era saludable? 

El mundo me daba vueltas y yo sentía que caía en el más hondo de los precipicios. Soy una mujer que siempre se levanta. Que se identifica con la resiliencia, el amor a la vida, la fiesta y la alegría. Me he equivocado mil veces en la vida y me jacto de nunca arrepentirme por más tontería que haya hecho. ¿Pero esta? ¿Esta que me está quitando la salud y que afecta a mi pareja y a todas las personas que amo? ¿Esta decisión que me ha salido millonaria a largo plazo y que si no fuera por mi gente querida no podría mantenerme? Esta es la decisión más terrible de mi vida. La única decisión que tomé con ignorancia a causa de la gordofobia que promueven la cultura de las dietas disfrazadas de “bienestar”y desafortunadamente, muchos doctores. ¿Cómo hago para recuperarme de ese dolor? No solo mi ego de mujer inteligente que tengo salió herido, sino también mi poderoso y querido cuerpo. ¿Cómo me sobrepongo de esta gran pérdida de mi salud? ¿De lo que creía correcto e íntegro? ¿Cómo me perdono por este gran error? 

Poco a poco y gracias a la terapia; al proceso de la Alimentación Intuitiva en el que he estado con una nutricionista y reitero, a la terapia; voy encontrando alivio a mi dolor. A mi gran perdida de vida. La salud. Pero donde mi herida más encuentra reposo, es en la comunidad de Instagram que se ha creado alrededor de mi activismo de respeto corporal y concientización bariátrica. No solo fueron los testimonios de otras personas los que me ayudaron a buscar doctores y profesionales de la salud para poder curar o aliviar mis secuelas, si no que fue mi motivación para escribir el primer testimonio en el mundo sobre cirugía bariátrica. Un panfleto de secuelas, consejos y advertencias sobre estos procedimientos, pero también dio voz a otros diez testimonios de pacientes bariátricos en España y alrededor del mundo. Cuando entiendo que era a mí a quien le tocaba vivir esto para poderlo convertir en material de apoyo e información para otras personas, encuentro sentido a la mutilación de un órgano sano que hice. Encuentro perdón y muchas veces alivio. Mi dolor se aplaca y recuerdo el plan mayor de mi vida: comunicar y compartir. Vivir en comunión. 

Mariana den Hollander 

IG: @marianadenhollander_libros
marianadenhollanderbooks@gmail.com 

 

12 de mayo de 2022

Pliego nº 160


¿Cuál podría ser el dolor más grande? 

Las personas atravesamos por un proceso de duelo cuando rompemos con nuestra pareja, con familiares personas amigas, cuando abandonamos el lugar donde nacimos de forma definitiva, nos despiden de nuestro puesto de trabajo, perdemos estatus profesional, salud, movilidad de una parte del cuerpo, estabilidad económica, también cuando se vive en ambientes inseguros. No obstante estas pérdidas, tienen una mayor posibilidad de recuperación comparadas al dolor producido por la pérdida de un ser querido.

 
Como seres humanos debemos reconocer y esto se siente de forma natural con el paso de los años, que nuestro cuerpo tiene caducidad, en cualquier momento moriremos y nuestros seres queridos también morirán, por tanto debemos estar reconciliados con “la hermana muerte”, como la llamaba San Francisco de Asís, valorando todo lo que ha significado nuestra vida, retribuyendo y acompañando familiar y socialmente, debemos estar capacitados para vivir este proceso. 

El acompañamiento a los seres queridos depende de la forma en que resolvamos o enfrentemos las dificultades, de cómo gestionamos nuestras emociones, nuestra salud y recursos propios, también del apoyo psicosocial y espiritual que tenemos o encontramos dentro de la organización familiar, social y cultural en la que estamos inmersos. 

Retomemos la pregunta, ¿cuál podría ser el dolor más grande?. Quizás vivir la mayoría de pérdidas a la vez, esta situación suele ocurrir en momentos de emergencia como desastres naturales, insalubridad y violencia, es decir, cuando el desbordamiento de las pérdidas no da tregua. Existen comunidades con duelos patológicos, no resueltos, traumas enquistados y personas dentro de las mismas con un alto grado de vulnerabilidad, quienes requieren no solo el acompañamiento de familiares o amigos, sino terapia, asistencia o asesoramiento por parte de profesionales o instituciones especializadas. 

Cuántas familias, etnias, comunidades y países han vivido por años las consecuencias del dolor absurdo, me refiero al duelo que viene del latin duellum o combate entre dos, alcanzando a desestabilizar el equilibrio y bienestar de los otros. Y ni qué decir de las comunidades o países que mantienen la hegemonía de un sólo grupo por temor a los cambios, ejerciendo influencia y poder sobre la libertad y estabilidad de sus colectivos, agudizando la dramática situación geopolítica, económica, migratoria y alimentaria, actualmente en emergencia, tanto por las tensiones de su conflicto o violencia interna como externa. 

Cualquier momento trágico que experimentemos, ofrece una posibilidad de aprendizaje y transformación organizacional, individual y gregaria. 

Hace poco asistí a una conferencia on-line a cargo del profesor en bioética Diego López Lujan, quien citó, cuatro frases enriquecedoras: 

● “El acompañamiento y el consuelo ante las pérdidas se deben hacer desde la cercanía, el silencio, el gesto, la ternura, el cariño, la caridad, a veces las palabras sobran. No se consuela desde la razón”. 

● “Sin amor no existe duelo”: nos explicaba sobre ese amor que se reconoce necesitado de los otros para poder vivir; que reconoce la indigencia propia y la del otro convirtiéndose en un amor redentor, por parte de quien lo sufre y también por el que le ayuda, pues el que ayuda se conmueve y mueve a salir de sí mismo para dedicarse al otro, a los otros. 

● “La muerte asumida como una realidad, nos debe llevar a valorar y compartir con alegría nuestra existencia. Si las personas que han organizado o gobernado los conflictos asumieran, aceptaran y se reconciliaran con su propia finitud, seguramente no habría guerra, se exaltaría la vida, el cuidado del otro y se daría mayor felicidad”. 

● “La vida transcurre tan rápidamente a nivel global que no nos permite integrar todo lo que sucede”. 

Según lo anterior, debemos buscar una forma de ralentizar nuestra cotidianidad como forma de prevenir el duelo patológico, realizando unas horas de reposo al día, fomentando el que otras personas también destinen un tiempo a permanecer en esa libertad interior que estamos llamados a disfrutar y agradecer. Rescatando la pequeñez de los hijos de Dios, que aprendimos de Jesús de Nazaret, un ser libre, humilde y dócil, quien construyó Reino de los Cielos en la tierra, dando ejemplo de misericordia, perdón y esa paz que actualmente requerimos para dar respuesta a los retos y dificultades que debemos resolver con sosiego, paciencia y creatividad. 

En este momento decisivo de la humanidad, es nuestro deber rescatarnos unos a otros, con amor redentor, por construir lugares y vínculos, familiares, amicales y comunitarios para el consuelo, el cuidado de los otros, el encuentro, la caridad y la fiesta reparadora que alegran y otorgan vida y paz. 

Elsa Lizarazo
Bucaramanga, Colombia

12 de febrero de 2022

Pliego nº 157

 

Laura, desduelo en dos pasos

Primer paso

Solía ser más alegre que ahora. Quizá si hubiera sido una persona más huraña antaño y hoy se viera sí misma más dicharachera, no le pesaría, pero sentía que era una doble pérdida la suya: por un lado la ausencia de su otrora chispa y por otro el ir a menos. “Claro” -se decía- “que también estaba más vieja”, ¡cómo si ello fuera consuelo!. Sabía de sobras que no tenía que ver una cosa con la otra, o por lo menos no era condición.

¿Qué era pues lo que le amargaba el ánimo?
Se sentía sóla. No obstante tener un buen compañero, hijos atentos y las amigas... Pero si, había ido despidiendo a hermanos y no le quedaba ni uno. Eso, que en cierto modo era ley de vida, a ella no le consolaba.

Y bueno, sin querer queriendo encontró dos ayudas a su propia comprensión de ausencias en esos días de descanso en Junquillar, a minutos de Constitución, en la costa del Maule. Una, muy cotidiana, se la regaló la Rena, una perrita más lista que el hambre, cuidadora de la casa, sus gallinas y cuanto movimiento hubiese cercano, pero que cuando su ama y su amo (de amor), se ausentaban, quedaba ella, cuerpo entero, entregado al manto de la pena y ojos cabizbajos, a media asta, a la deriva, como felpudo, casi sin gusto, olfato, ni oído.
La Rena fue para la protagonista de esta historia, un verdadero espejo. 

“Laura”, -se dijo- “hete aquí, doliendo ausencias, aferrada a lo que se fue, esperando cual Hachikō el retorno de tu amigo-amado-amo”. Y vió, por primera vez en su duelo de hermanos, que tal como la Rena, estaba ella perdiendo el día (el sentido) en lamentarse un poco más por lo que, mientras duró, fue bello.

Y fíjate tú… que parece que se le alegró un poco algo muy orgánico, dentro de su cuerpo, entre el intestino, las caderas y como por la parte posterior del estómago hasta el pulmón, como un ensanchamiento, ¿sería del alma?.




Segundo paso 

Lo otro fue, conversando con Tati, su amiga y anfitriona, hablando de todo un poco, escucharle una expresión similar a:

“Todos llevamos uno o dos muertitos colgados de los brazos”, y le sonó a ella ese “a colgado” liviano, no cargando un peso,  sino como presencia eternamente liviana y que los propios muertos la acompañaban, escudaban, angelaban y de hecho, encontró muy lógico, que eran, en su caso, los mismos que hasta ese mismo día había, ingratamente, dolido su ausencia y casi dado la espalda.

Le pareció de repente, ser la persona mejor acompañada del universo. Lo sintió de forma evidente y durmió esa noche en la gloria.

Así pues, ese duelo horizontal, de aquellos con quienes forjó los primeros pasos, cuyos muros existenciales compartió tan estrechamente y partieron antes que ella al infinito-más allá -digamos Cielo- en el caso de Laura, empezaron a ser torreones con luz, faros para ver y alumbrar caminos oscuros y hasta iluminar a otros.

Elisabet Juanola Soria
Santiago de Chile