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12 de enero de 2017

Pliego nº 96


La fiesta II: Cristo, nuestra Fiesta! 


Qué difícil es definir la fiesta. La fiesta es algo que todos hemos experimentado alguna vez, pero en lo que raramente pensamos. Más aún, es difícil encontrarse en disposición festiva y, al mismo tiempo, pensar en ella. La fiesta es un talante del espíritu y está envuelta de misterio, nos desborda y trasciende. Por esto la fiesta no puede terminar de describirse conceptualmente. 

Definimos la fiesta como la manifestación de la alegría. Pero no cualquier alegría; sino la alegría del acontecimiento Cristo vivido en mí. Y esta vivencia interior –por desbordamiento– se manifiesta al exterior. Ser otro Cristo, esto es fiesta. La plenitud de la fiesta es la Trinidad. De ahí que la fiesta no se sitúa en el plano meramente del hacer, sino del ser. Por eso, antes de pensar en cómo hacer fiesta, será importante ahondar en cómo vivir en fiesta. La vocación del hombre a la fiesta no es una vocación en el ámbito del hacer, sino del ser. 

La fiesta no puede vivirse si no es desde la aceptación gozosa de la realidad de lo que se es –seres creados, finitos y contingentes–; de otra manera, la fiesta será evasión, distracción, huída, u ocasión para el consumo y el exceso. Por eso, la aceptación gozosa de la contingencia, lejos de ser un obstáculo para la fiesta, es su fundamento más íntimo. 

En el Antiguo Testamento, la fiesta no es sólo algo bueno para el ser humano, sino que es un mandato del mismo Yahvé. La fiesta vivida en el pueblo de Israel como memoria, profecía y acción de gracias; en Jesús llegan a plenitud. Jesús es realización de reino, y es gozo por la redención ya obrada. En el Nuevo Testamento el ser humano, pasa de celebrar fiestas, a vivir en fiesta. 



El reino que proclama Jesús no es sólo una realidad escatológica, sino también presente: Cristo es la realización del reino. Jesucristo –a quién Dios resucitó por la fuerza de su Espíritu–, está vivo entre nosotros. Y esto, tiene repercusiones en nuestra vida: los hombres podemos, no sólo participar, sino vivir en fiesta, en la fiesta que es la vida en Dios. Un Dios que es comunidad de amor, un amor cuya plenitud es fiesta. La fiesta es el dinamismo de la Trinidad, dinamismo tanto interno como externo: ad intra, en la perfecta comunión en el amor; ad extra, en el don gratuito a los hombres del Amor, manifestado en la creación y la redención. 

Para los cristianos la posibilidad –o no– de vivir en fiesta es crucial; pues el núcleo de la fe cristiana es que Dios, no sólo es salvador del hombre, sino que la salvación la ha llevado a cabo encarnándose. La posibilidad de vivir en resucitado –de vivir en fiesta– no es sólo una promesa escatológica, sino una posibilidad ya aquí en la tierra. El seguimiento de Cristo en la tierra, acompañándolo en la construcción del reino, es fuente de alegría y gozo. Construir el reino en la tierra, vivirlo aquí –aunque sea de manera no plena–, es fiesta. Esto nos lleva a afirmar que si la concreción del programa del reino en nuestra vida no es fuente de alegría y de gozo –aunque sea limitado–, tampoco lo será en su consumación final escatológica. Uno –el más acá– y otro –el más allá– forman parte de la misma oferta de Salvación, son obra del mismo Amor. 

Partiendo del relato joánico de las bodas de Caná (Jn 2,1-12) podemos ver como María señala un ministerio propio de la mujer en la comunidad en relación a la fiesta: llevar a los hombres a Cristo. Este mismo ministerio reciben las santas mujeres en la madrugada de la resurrección (Mc 16,7; Mt 28,7). Son las mujeres las que reciben la misión de llevar a los discípulos al encuentro del Resucitado: «Id enseguida a decir a los discípulos que vayan a Galilea, allí lo verán». Las mujeres, apóstolas de los apóstoles; por eso son promotoras de la fiesta, porque tienen el carisma de señalar dónde encontrar a Cristo resucitado. 

La Iglesia es comunidad en fiesta en tanto que es sacramento de la presencia de Cristo en el mundo. Presencia actualizada por el Espíritu Santo y que es el fundamento de alegría y gozo en medio de un mundo con injusticia y pecado. La Iglesia es signo e instrumento de la fiesta. Tiene la misión por un lado, de vivir la fiesta; y por otro, de proclamarla, convocando a toda la humanidad a la fiesta de vida en Dios. Es el mismo doble movimiento que significa ser signo e instrumento. Las dos vertientes van juntas, una no puede darse sin la otra, aunque el vivir la fiesta sea origen. No se puede proclamar lo que no se vive, y si lo que se vive se encierra y no se proclama, termina por secarse. Por otro lado, si la Iglesia dejara de salir hacia fuera, si dejara de proclamar y convocar a la fiesta que vive en su interior, dejaría de ser católica –universal– y apostólica, pues es precisamente su condición de evangelizar –de proclamar y convocar a la fiesta– la que está llamada ante todo a continuar. 

Maria Viñas
Barcelona (España)


12 de noviembre de 2014

Pliego nº 70


Misioneros del sosiego

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Vivimos inmersos en la inmediatez. El siglo XXI ha entrado con una mejora exponencial en las comunicaciones sociales. Es la era de las redes y la comunicación al instante. Sin negar todos los beneficios que supone en nuestro día a día, hemos de prevenirnos de los abusos, pues corremos el riesgo de quedar ahogados en la riada de whatsapp, mails, twitts... Esta inmediatez de las comunicaciones, nos va calando, y sin darnos cuenta nos vamos autoimponiendo la misma inmediatez en responder al alud de mensajes que nos llegan a diario. Lo instantáneo pide respuesta inmediata y corremos dos peligros: la prisa y la dispersión.

Hay tantas cosas a hacer, cuestiones a resolver, asuntos por abordar, personas con las que hablar o visitar, que una acaba el día pensando que con las 24 horas no es suficiente. El tiempo se escapa de las manos, y a medida que van pasando los días, es necesario apretar a fondo el acelerador para llegar a hacer todo lo que hay que hacer.

La prisa y la dispersión son malas compañeras para la relación con Dios. En los Evangelios vemos que Jesús era un hombre de mucha actividad, que se movía mucho y que continuamente hacía cosas. Pero siendo un hombre muy activo, a mi, nunca me ha dado la sensación de impaciencia o atolondramiento. La precipitación, la prisa, el desasosiego no son valores que descubramos en su persona. Jesús, siendo un hombre de actividad trepidante, era capaz de retirarse al monte, y estar a solas con su Padre. Buscaba espacios y tiempos para retirarse y hablar con Aquel que era la fuente del amor.

La vida sosegada, sin prisas, tiene como una fuerza centrípeta que convoca a otros, congrega, aglutina; en cambio, la prisa desprende una fuerza contraria -centrífuga- que desprende a la gente, la aleja, y van quedando como rebotada, tirada al margen del camino. La prisa es una de las grandes tentaciones de nuestro tiempo para ir dejando al margen a aquellos que la sociedad considera una rémora, un obstáculo para seguir avanzando. Pero esta prisa enloquecida que vivimos es un engaño, pues no nos ayuda en ninguna medida a encontrar el camino, ni a vivir ni gozar del camino de la felicidad.

El que va con prisas, acaba yendo solo. Termina por ser un corredor solitario preocupado sólo en llegar a la meta, y tan centrado está en su objetivo -pues la prisa no le deja ni espacio ni tiempo para pensar en nada más-, que cada vez abarca menos, pues de tan solo que se queda, va disminuyendo la capacidad de abarcar tantos asuntos como querría resolver. Y la gente termina por apartarse, pues va dando codazos y empujones a los que encuentra en el camino.

El Reino de Dios avanza al ritmo de las personas, sin prisas, al ritmo de cada uno. Dios respeta nuestros ritmos, y la acción de su Espíritu en nosotros, es enérgica -sí-, pero siempre respetando nuestra libertad y al ritmo de cada uno. La oración, que es ese "dejarse hacer", pide sosiego; pide tiempo para "estar" y dejar que la acción del Espíritu fructifique en nuestro interior.

Para entrar en oración, es necesario pues, apearnos del tren de la prisa y subirnos al tren del sosiego. Esto no quiere decir que dejemos de hacer todo aquello que tenemos de hacer, pero desde la paz interior y la serenidad. Hemos de pedir al Espíritu Santo que nos envíe más misioneros del sosiego, hombres y mujeres que den testimonio de una vida sosegada y en paz. Porque la paz y la serenidad no son sólo fruto de nuestro esfuerzo, de nuestra voluntad, necesitamos también de la gracia de Dios, de los dones del Espíritu Santo.

Maria Viñas 
Barcelona (España)