12 de marzo de 2023

Pliego n° 170

 

Nido de paz: La experiencia del pan

Era noche cerrada, Claudia y yo habíamos trancado la entrada de la cabaña en la que dormíamos, con unas rocas lo suficientemente grandes para que el viento helado no empujara despiadadamente la puerta y la abriera a media noche.

Este era un ritual nada insignificante. El dolor de espalda iba en aumento. Allí no había sillas, ni mesas y cada día teníamos que ir a buscar el agua al lago Titicaca con garrafas y ascender por una ladera que se hacía interminable a 3.600 metros de altura sin prácticamente haber comido desde hacía tres semanas. Así que nos mirábamos antes de decidir quién tenía fuerzas para coger las rocas y cerrar la puerta, y lo hacía la que estaba mejor, la que, aún estando agotada, aquel día no sentía con tanta fuerza la acuciante vulnerabilidad del cuerpo sin energía.

Las revueltas sociales se iniciaron en plena ola de Covid, cuando ya llevábamos más de cuatro meses en Bolivia, sin poder volver a Barcelona, a causa de las restricciones mundiales. Nos encontrábamos en medio de un bosque de Eucaliptus, a orillas del Lago Titicaca, en un lugar idílico, de postal, conociendo una pequeña comunidad llamada Nido de Paz, en la que la tradición Aymara y la Cristiana se unían para expresar la fe y la experiencia trascendente de forma única. El amor y el respeto por la tierra y por todos los seres vivos, fue calando en nuestro corazón, en el compartir diario con Encarna y Calixto.


Pues bien, cuando se iniciaron las revueltas, en las que los pueblos originarios reclamaban respeto a unos dirigentes con los que parecían estar en gran desacuerdo, Calixto se había ido a la Paz a buscar comida. Nos habíamos quedado sin furgoneta, a media hora andando del pueblo más cercano, al que íbamos a pedir al único vecino que tenía electricidad, que nos cargara el móvil para poder comunicarnos con  nuestras familias. Rubén se había ofrecido a hacerlo, y aunque no queríamos abusar, era nuestra única forma de contacto.

Calixto no pudo volver con la comida, ya que los caminos se llenaron de barricadas. Cada mañana se oían explosiones de dinamita y tiros y, aunque nos aseguraban que no pasaba nada grave, las frases que oíamos no nos tranquilizaban mucho: "O todos vivimos o todos morimos". El clima era de conflicto armado, por un lado el pueblo y por otro los militares que pasaban cerca de nuestras cabañas con metralletas y uniformes que imponían.

La comida se acabó a los pocos días y nuestro alimento diario consistió entonces, durante tres semanas (no sabíamos cuánto duraría) en dos galletas crakers para desayunar, con agua caliente y azúcar y una sopa de hueso reciclado a mediodía (Encarna sacaba el hueso del agua y lo guardaba para el día siguiente).

Empezamos a sentir tanta hambre que soñábamos con comida, o nos despertábamos a media noche del hambre, y entre el hambre y el frío, no podíamos dormir.

Aquel día, como he dicho al inicio, ya nos habíamos retirado a la cabaña, cuando vimos luz afuera y oímos una voz. Era noche cerrada. Quitamos las rocas de la puerta, nos abrigamos aún más y salimos. Allí estaba Rubén, en la cabaña de Encarna, con una sonrisa de oreja a oreja.

- Tomen- nos dijo y, mientras invitaba a introducir la mano en su mochila, añadió: -hay dos para cada una-

No lo podíamos creer: ¡eran panecillos! y ¡Había dos para cada una! El primero lo devoramos allí mismo y guardamos el segundo para desayunar.

La emoción que sentí ante el acto tan generoso de Rubén, me hizo conectar con lo que debía ser la auténtica Navidad; para mí aquella noche fue Navidad. Rubén podía haber guardado esos seis panes para sus hijas y su mujer, pero en cambio, cruzó el bosque de noche para compartirlo con nosotras. ¡Era algo ciertamente bello y emocionante!

Rubén se marchó dejándonos una sensación de fiesta en nuestros corazones.

Nos retiramos de nuevo. De nuevo las rocas para trancar la puerta, que parecían pesar menos después del panecillo. Nos fuimos a dormir.

Como era habitual en las últimas noches, me desperté a las 2 de la madrugada con mucha hambre. Claudia también se despertó.

-Claudia, creo que me voy a comer el panecillo, tengo mucha hambre- le dije

-Te acompaño, aunque yo me lo guardaré para desayunar- contestó ella.

Así que salí de debajo del edredón, superando el frío por el hambre y saqué los dos panecillos que quedaban de la bolsa en la que los guardábamos. Los tomé entre mis manos y, entonces, como una niña, sin mediar pensamiento alguno, me puse a llorar, a llorar desconsoladamente:

- Claudia, ¡es pequeño!-

Claudia me miró sorprendida.

- ¿Es pequeño! Hay uno más pequeño que el otro y yo siempre te dejo lo mejor cuando escojo, pero es pequeño...

Claudia me dijo que me comiera el más grande pero yo no podía parar de llorar.

-¡Es que tengo que escoger entre tú y yo! Si me como el grande me sentiré mal por ti pero tampoco quiero quedarme el pequeño.

Pasó el impacto y finalmente pude escoger el pequeño, pero aquella experiencia es una de las más fuertes que he vivido en mi vida. Conecté con las personas que en los campos de concentración, o de refugiados, tenían que escoger entre comer ellas, o guardar la comida para sus hijos, sabiendo que otros igual tenían menos y podían morir.

Admiré los casos de personas que en situaciones así, dan la vida. Comprendí que el hambre es algo tan visceral, que poder conectar con el altruismo y el amor en situaciones tan extremas, es casi un privilegio, un milagro, algo que sólo se puede vivir por gracia, ya que no está al alcance de las capacidades humanas de primer nivel.

Alguna vez me han preguntado cómo sostuvimos la experiencia Claudia y yo. Y mi respuesta es que, en primer lugar, el cariño que nos unía era muy fuerte. Nos conocíamos mucho y sabíamos de nuestras fortalezas y debilidades y, sobretodo, ambas tenemos una visión trascendente de la vida. La apertura a esa trascendencia, la confianza en que todo aquello tenía un sentido y, la aceptación, en último término, de morir allí si llegaba el caso, sostuvieron una experiencia llena de vulnerabilidad, fragilidad y humanidad desprotegida. La Presencia que siempre nos acompaña seguía allí, en Encarna, en Rubén, en nosotras, llenando de sentido un presente que nuestra mente no intentaba siquiera comprender. Dicen que "el corazón tiene razones que la razón no entiende" y hay momentos en que la razón no da respuestas y sólo se trata de Vivir. 

María Rosa Trenchs Dausà (Chuni)
Barcelona

Atisbo

 

Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan (Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.  

 

En Clave de 'Ser' - Perdonar

 


En Clave de Ser, un montaje radial, elaborado por el equipo del Espacio Dolores Bigourdan, para ayudar a la meditación y la reflexión.

12 de febrero de 2023

Pliego nº 169

Vuelo superado 

Cada 28 de diciembre, para mí, es la celebración de un nuevo nacimiento. Han pasado diecisiete años de lo sucedido, pero se mantiene vivo en mi mente por haber sobrevivido a un percance de salud inesperado. 

Esta situación concreta y otras son sacudidas, que permiten ver la fragilidad del ser humano y darse cuenta que en un instante todo puede cambiar. Por costumbre y buenos hábitos, organizamos, planificamos… y esto es necesario para el buen funcionamiento, pero pueden surgir y surgen imprevistos que deben aceptarse y adaptarse a los cambios. 

En lenguaje metafórico la vida es como un viaje que no conoces cuándo será el final del recorrido, que para algunos es muy largo y para otros es breve. En mi caso, el relato es a partir de un viaje largo en avión (Barcelona-París-Chile y desierto de Atacama). Antes de aterrizar en Santiago de Chile sentí un dolor profundo en la pierna izquierda cerca del tobillo. Seguí con este dolor hasta que no pude caminar. Estaba en el desierto y después de diversas consultas, realicé un vuelo de regreso a la ciudad de Santiago de Chile para ingresar de urgencias en el hospital. El diagnóstico fue ‘síndrome del viajero’, una trombosis venosa profunda. Pero lo más sorprendente es cuando en el hospital el doctor me dijo: «señora ha vuelto a nacer». ¡Qué regalo! El gran milagro fue que el coágulo quedó retenido y no se desplazó ni al pulmón ni al cerebro. Mi rápida respuesta fue: «doctor yo puedo desplazarme a mi ciudad de Barcelona y allí me visitarán los médicos» y el doctor dijo: «lo más prohibido para usted es volar debido a que la presión atmosférica dificulta la circulación sanguínea». Para mí esta noticia fue como un golpe, donde la primera reacción fue la pregunta: ¿por qué a mí y tan lejos? 

La intención del viaje era pasar el periodo de vacaciones (Navidad, fin de año y fiesta de Reyes) para compartir con los amigos. Esta situación inesperada me obligó durante los doce días restantes, a seguir un tratamiento médico, hacer reposo absoluto y diariamente comprobar el nivel de coagulación de la sangre. Y durante estos días pude mentalizarme para hacer de nuevo un vuelo largo de regreso (Chile, París y Barcelona). Recibí mucha ayuda durante la preparación de este viaje: tranquilizantes, oraciones, vendar la pierna para facilitar la circulación… Pero lo más difícil fue despedirme de los amigos de Chile y subir de nuevo a un avión y realizar el vuelo sola. 

 
Recuerdo que fueron momentos de miedo y de muchas preguntas durante las quince horas de vuelo: ¿Voy a superar este vuelo? ¿Voy a morirme?... Evidentemente recé mucho y la verdad era que volando en el cielo me sentía más cerca de Dios. Como siempre, mi actitud optimista y pragmática me acompañaba: en un papel escribí mi nombre y unos teléfonos de contacto por si sucedía alguna cosa durante el vuelo. Yo misma me obligué a estar despierta y me recomendaron beber mucha agua. Por lo tanto, me levantaba a buscar agua y ‘providencialmente’ la etiqueta de las botellas de plástico llevaban el nombre de Santa Clara. Esto me permitió sentirme acompañada en mis pensamientos y mis dudas. Pasaban las horas muy lentamente, el avión estaba oscuro, los pasajeros durmiendo y yo caminaba, iba al lavabo y siempre con el papel de los datos doblado en mi mano. 

Y llegué a Barcelona, donde la familia y amigos me esperaban. Yo me sentía muy contenta de haber aterrizado con mi mano cerrada y el papel arrugado. Qué sensación de agradecimiento: ¡estaba viva! No fue mi hora, pero sí que hice un esfuerzo interior de valentía para superar lo vivido: una fuerte soledad por no poder compartir con nadie mi situación.

Desde aquel momento mi vida cambió: visitas médicas sucesivas, controles… y en mi caso, un tratamiento para toda la vida. Existir es una aventura. Son muchos los factores que influyen en la vida y en la evolución de cada ser humano con reacciones y respuestas distintas según lo vivido. ¡Gocemos de nuestra única posibilidad de existir! Y agradezco a tantos ‘ángeles’, personas con nombre y apellidos que en aquel momento me acompañaron. 

Assumpta Sendra Mestre
Barcelona

Atisbo


Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan (Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.  


En Clave de 'Ser' - Los Marginados

 

 

En Clave de Ser, un montaje radial, elaborado por el equipo del Espacio Dolores Bigourdan, para ayudar a la meditación y la reflexión. 

 

12 de enero de 2023

Pliego nº 168

 
Mi nombre no importa

Este relato es anónimo para resguardar a quien tan generosamente me ha permitido acompañarlo y ser una aprendiz de su proceso de reparación ante el abuso sexual infantil que sufrió. 

 

“Tengo 78 años, 2 matrimonios, 3 hijos, 6 nietos y 2 bisnietos y con mi señora hace más de 20 años que somos catequistas de novios en una parroquia y mi nombre no importa.

Nací en el campo, mi familia se dedicaba a cultivar la tierra. No había día que no nos despertáramos antes del amanecer, o antes, a cortar, lavar y secar zanahorias, perejil o lo que la temporada nos obligaba. Nunca nos falto nada material. Eran otros tiempos si, estaba prohibido quejarse o decir me duele la espalda, o un simple es domingo. Las quejas se corregían a puros correazos.

Mi madre hablaba bajito, la recuerdo asintiendo siempre, preparándonos la comida, lavándonos las camisas, Siempre supe que mi hermano mayor era su consentido, le ponía dos pancitos en los bolsillos y por el camino me los enseñaba, como que me decía, ves a mi si me quiere, si me cree, si me cuida.

Mi padre era un hombre grande, imponente, un sólo grito y a correr, una sola mirada y a volar. Nos traía a la casa en la carreta de vuelta de la cosecha del día, y apuraba a la yegua a latigazos, la hacía sangrar. Yo me sentía así, viviendo apurado a latigazos, olvidado, si no fuera por la mirada de mi mamá al tomar la leche y su mano que pasaba por mi cabeza me hubiera ido antes.

Un día me armé de valor y le dije a mi mamá que mi hermano, mi único hermano, abusaba de mí desde que tenía uso de razón, no había tarde, noche o momento a solas,  que me agarraba firme, me tapaba la boca con un pañuelo y con una correa me ataba las manos y hacía lo que quería conmigo…. Fue la primera vez que escuché a mi mamá hablar fuerte, y esas palabras no las olvide nunca, ¡NOOOO!!! estás mintiendo, son puros celos, envidia de tu hermano, él es ejemplar, de dónde sacas esas cosas, quién te enseñó a decir eso, tienes 7 años, esas son cosas de grandes! MENTIROSO espera que llegue tu papá.

 


 

La miré con furia, la odie más que a mi hermano y para siempre. ¡NOOOO! a mi papá no, es mentira, todo es mentira. Luego un largo silencio, que dura hasta hoy y todo se calmó.

Mi hermano al amanecer, saltaba en la carreta, volvió a sacar los dos panes, los hizo volar por el aire y me dijo quédate calladito mejor, mira que esta yegua esta vieja y enferma, cualquier día se muere de un puro golpe y será tu culpa también, ahí sí que mi papá te mata.

A mis 15 años fue la ultima vez que mi hermano me ataba y abusaba, casi me ahogo, cada día me tenía que atrapar, atar y amordazar más fuerte. Yo comía y comía, hacia ejercicios y crecí mucho. Era mi cumpleaños, todos a dormir temprano, mi hermano se acerco y le dije se acabó, no más, se echó a reír y una fuerza impresionante me ayudo, lo golpeé hasta que lo dejé aturdido, ocupé sus cuerdas, el pañuelo, no reaccionaba, pero respiraba, tenía todo arreglado, fuí al galpón tomé mi maleta y empecé a caminar, caminar y caminar, Nunca más volví a mirar para atrás, no escuchaba nada, no veía nada, sólo camine y camine...

Nunca más supe de mi familia. Esto se lo cuento a usted  porque los talleres que empezaron a dar en mi parroquia sobre el abuso sexual infantil, me hizo recordar, y ahora entiendo que a mis 78 años necesito ayuda psicológica como dijo el señor psicólogo, que no es de cobarde pedir ayuda, sino que la cobardía es no pedirla y aquí estoy, porque siento que soy muy valiente y cambié mi vida y gracias a lo que me pasó, he podido ayudar a otros niños, como los  de mi parroquia….que los veo tristes o asustados, cuando algún sacerdote tiene la mirada puesta en alguno de ellos,  no sé cómo explicarme pero es como si mi hermano los mirara. Como si mi hermano hiciera volar por el aire, ahora del altar los pancitos diciéndoles no te creerán”.

 
 


Hace más de 10 años de este relato, con unción lo releo. Lo llamé para volver agradecerle su testimonio y contarle que lo compartiría con ustedes. Cuánto ha pasado, él se ha vuelto mi maestro en escucha y resiliencia. 

Agentes pastorales formados en la temática habíamos ido a su parroquia a hablar de prevención de abuso eclesiástico. Recientemente el párroco del lugar había sido acusado, se había iniciado un proceso, pero no se sabía nada, sin dudarlo decidimos ir a acompañar a esa comunidad herida.

El abuso sexual infantil, juvenil o de personas vulnerables, son una temática compleja, y multifactorial. Esta realidad traspasa por mucho nuestro coloquial entendimiento. Si bien la mayor de las veces es intrafamiliar, no es extraño que ocurra en nuestra familia eclesial.

Gracias a muchas leyes, la convención internacional sobre los derechos de los niños, la infancia se torna visible, no ya son una cosa; sino que niños y niñas sujetos de derecho, de deberes también, pero eso es para otro artículo.

Ciertamente, no se puede esperar que una familia, que una comunidad sea perfecta, sino una que sea capaz de reconocer, además del bien, incluso el mal que la invade, agazapado en las puertas de su corazón, sin que se le tenga que decir desde afuera, o salir corriendo sin mirar atrás, o por los medios de comunicación; de lo contrario se dedica a la autodestrucción.

El sistema de la iglesia, como el sistema familiar, por lo tanto, funciona bien no cuando es perfecto en todas sus articulaciones y compuesto de miembros perfectos, sino cuando tiene dentro de sí esta capacidad de autodetección y autocorrección. Cuando se es creído, no como en el relato que por miedo, por temor, al negarle la posibilidad de escucha, se retractan para que no ocurra una desgracia mayor, porque no son creídos.

Los agresores suelen ser sujetos ejemplares en las familias, en nuestras sociedades, son en algunos casos personas extraordinarias por su solidaridad, por su arte, por el deporte, sin embargo, su lado perverso es muy oscuro, su narcisismo extremo les hace hacer de todo por satisfacer sus necesidades, ciegos a ver al otro como otro, es un simple vehículo para su satisfacción personal.

El ser realistas existenciales nos da una mirada justa, una corrección fraterna, unos vínculos de confianza…confianza lucida.

Eso le permite reconocer ese mal en sus raíces, especialmente las más profundas y ocultas, a nivel individual y grupal, y en sus consecuencias, especialmente aquellas contra los demás, por lo tanto, en el dolor causado y en el daño psicológico y espiritual (no olvidemos, que cuando el abusador es un sacerdote, la víctima tiene serios problemas, incluso espirituales, porque si el sacerdote representa a Dios, su gesto contamina la imagen divina. En el relato vemos cómo el odio mas profundo es con la madre, figura que debía creerle a sus 7, 8, 9 años. Es la figura del adulto que cuida, que protege, que rescata, pero que no está. 

La experiencia de abuso sexual conlleva importantes repercusiones en el bienestar físico y psicológico de la víctima. Se trunca la vida, se pierde el sentido, la sociabilidad y la confianza. Se hace necesario conocer también los efectos que puede tener esta experiencia sobre la salud integral. 

¿Qué paso con nuestro amigo? ¿Cómo fue que pudo restaurar su vida? 

 Resiliencia: La habilidad de superar o de resistir estrés excesivo y adaptarse. Es el resurgir de experiencias devastadoras, es el ser capaz de tener destrezas necesarias para sortear exitosamente las dificultades y acceder a los propios recursos saliendo fortalecido. 

Según los entendidos son la combinación de 3 fuentes o ámbitos que se puede resignificar la vida, incluso con uno o dos fuertes y firmes se logra. 

Desde lo individual, lo familiar y lo comunitario. ¿Entonces? El pudo desde su individualidad saberse valioso, se rescató a si mismo, se fué, corrió por su vida, logró encontrar en el camino gente hermosa que hizo su familia, y logró volcarse a su comunidad. 

Qué importante saber con qué cuento internamente; cómo personas alrededor en quienes confío y me quieren incondicionalmente. Personas que me ponen límites para que aprenda a evitar los peligros o problemas. Personas que me muestran por medio de su conducta la manera correcta de proceder. Personas que quieren que aprenda a desenvolverme sólo. Personas que me ayudan cuando estoy enfermo o en peligro o cuando necesito aprender. Personas que son capaces de contener el mal que puedo llegar a hacer si fuera necesario, 

No tendrá nombre este relato, pero tiene toda mi admiración y cariño quien se sintió amado por Dios y a pesar de lo inenarrable de su vivencia supo encontrar samaritanos en el camino, aprender a amar y buscar ayuda para seguir amando más y mejor. 

Claudia Tzanis Eissler
Roma


Atisbo

Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan (Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión. 


En Clave de 'Ser' - Eliminar Resentimientos

 

 
 
En Clave de Ser, un montaje radial, elaborado por el equipo del Espacio Dolores Bigourdan, para ayudar a la meditación y la reflexión.

 

12 de diciembre de 2022

Pliego n° 167


Morir un acto consciente
, personal y comunitario

Cuando una persona muere nos da la oportunidad de morir también con ella a todo aquello que no nos deja amar con libertad.

Cada persona cercana que inicia el tránsito de dejar este mundo, se convierte en maestra para cuántos la rodean. De ahí la importancia de ser conscientes de este tránsito, no cuando llega el momento final, sino a lo largo de toda nuestra vida, para que en esos últimos instantes la sinfonía suene afinada. Así podemos dejar este mundo en paz y dejar paz en el corazón de nuestros seres queridos, que nos habrán acompañado hasta el umbral de esta existencia.

Morir no es solo un acto personal sino que también es un acto comunitario y así lo he podido comprobar ante la muerte de personas queridas.

La muerte es comunitaria, cierto y para que pueda ser consciente precisa también de una 'Escucha' conjunta de todo el grupo humano que participa de ese tránsito. Todo el círculo del que forma parte la persona que nota que ha llegado la hora de partir, debe estar dispuesto y preparado a acompañar el proceso, sin oponer resistencias, o trabajándolas cuando estas surjan. Difícil tarea porque nuestra sociedad valora la salud como bien primordial y lucha por alejar la muerte tanto como sea posible, penalizando cualquier actitud que ponga en duda todo esto. Nuestra sociedad valora en extremo la vida personal y es una gran aportación de occidente, pero carente de una visión trascendente y comunitaria, desplaza el morir a las zonas ocultas de las residencias y los hospitales, evitando al máximo tocar una realidad que, mirada de frente, hace más bello el paso del Ser por la vida humana.

Hace tiempo que siento que igual que el vivir despiertos nos lleva a tomar decisiones de forma consciente, desde la Escucha personal y conjunta, lo mismo debería ocurrir en el momento de dejar esta tierra, disponiéndonos para ello y, atravesando en todo caso, las capas que impidieran todavía dar el paso, para finalmente dejar el cuerpo de forma agradecida y consciente.

A pesar de las dificultad de nuestra sociedad para dar espacio a otra forma de comprender la muerte, se abren numerosas brechas en nuestro mundo y hay aportaciones bellísimas, gracias a los testimonios que nos llegan a través de biografías, libros, películas. Dejo aquí como referencia dos de las películas que vimos junto a mi madre, los días previos a su muerte y que nos ayudaron a todos a preparar el momento:

 

-    “Llena de Gracia” (2015), una película dirigida por Andrew Hyatt, que de forma muy contemplativa, relata el momento de la partida de María, madre de Jesús, de este mundo, también de forma consciente y comunitaria.

-     “El Fin es mi principio” (2010), un film dirigido por Jo Baier, basado en el libro de Tiziano Terzani, que narra las conversaciones de un padre con su hijo que, en los últimos días de su vida terrena. Tiziano Terzani, toma la decisión de dejarse morir sin intervención médica y acompañado por su familia, que va aceptando la manera escogida por su padre para partir, acaba dejando este mundo de forma totalmente consciente y compartida con la pequeña comunidad de su familia.

 



Que la muerte sea un hecho comunitario, no es una cuestión menor. Es precisamente la comunidad la que autentifica el movimiento que se da en el interior de la persona y esa misma comunidad, la que está llamada a recorrer el camino con ella, acompañándola y dejándose atravesar, al mismo tiempo por el radical despojo del morir.

Mi hermano y yo juntos, hemos podido acompañar, primero a nuestro padre y dos años después a nuestra madre en el proceso del morir, de una forma muy cercana. Haber compartido, en ambos casos, los meses y días previos a la partida de nuestros padres, nos hizo aún más conscientes de la fuerza que da creer que el Amor tiene la última palabra, trabajar para que así sea en nuestros propios corazones y no dejar resquicio para que se cuele la mentira que más daña al ser humano, la duda sobre su capacidad de amar y ser amado, tal cual somos, sin disfraces, sin condiciones.

Papá se fue lleno de Luz, agradeciendo cada uno de los instantes vividos, a pesar del intenso dolor físico, diciéndonos que "Somos Luz" y que él seguiría aquí, en nuestros corazones, siendo Luz. Era pura ternura y su rostro dibujó una sonrisa cuando expiró. No fue improvisado, un largo camino de dejar ir lo superfluo y de centrarse en lo profundo, le había ido puliendo desde años atrás, hasta comprender que solo el Amor era importante y dejar que cada una de sus palabras, miradas y gestos, transparentaran esa verdad.

El proceso de mamá fue más intenso. Ella fue consciente de cada paso, hasta el último segundo. Aquella noche le dijo a mi hermano: "Luís, no te vayas, es ahora el momento", e inclinándose se apoyó en nosotros y dejó este mundo entre nuestros brazos. Tuvimos la sensación de devolver a la Luz a la mujer que nos había dado a Luz

No fue un proceso fácil. Ambos habíamos atravesado nuestro propio dolor, comprendiendo el de nuestra madre, acogiendo y amando todo su ser, sin juicio ni resquicio, pudimos detectar en estos últimos meses, los miedos que aún asomaban quitando la paz y frenando el proceso de entrega hacia la Luz y pudimos contemplar y agradecer cada opción que ella hacía de confianza en el amor y cada entrega a la Luz que somos y nos Es. Al final quedó vacía de todo, entregada a la Luz que veía cada vez que perdía la consciencia y a la que anhelaba llegar. Fue un proceso profundo, no exento de dificultades, maduro, consciente y muy liberador.

Cada uno de nosotros es potencialmente Luz, Amor, Vida, Libertad. Solo es necesario dejarse acrisolar, dejar que  el pequeño grano de arena pierda su forma original y recorra un camino solitario en el fondo del mar y oculto a cualquier mirada, sentir como se resquebraja la piel, como se parte el corazón, como se quema el saber. Y, en el umbral de la muerte, donde se deja de ser lo que se creía, nace una finísima perla nacarada que nos recuerda lo que estamos llamados a ser.

No hay mérito alguno; sencillamente ha sido así. Nada se ha conseguido, todo se ha recibido. Y, quizás, el único logro sea darse cuenta de tanta Belleza, celebrarla, agradecerla y permitir que la vida siga jugando su juego infinito de Luz; descubrirse parte de Ella, gozando, soltándose cada vez que aparezca el temor, fluyendo en el Mar de Amor que baña los límites de esta humanidad, a veces tan perdida y herida.

Nada muere, todo se transforma. Somos pura energía que unida a la Energía Universal, deja de ser un pequeño mundo olvidado para pasar a ser parte de Algo mucho mayor.

Maria Rosa Trenchs Dausà
Barcelona



Atisbo





Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan (Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión. 

 

En Clave de 'Ser' - Orar en Silencio



En Clave de Ser, un montaje radial, elaborado por el equipo del Espacio Dolores Bigourdan, para ayudar a la meditación y la reflexión. 



12 de noviembre de 2022

Piego nº 166

 

El Duelo, una experiencia

Pasar por la vida es recorrer un camino de aprendizaje continuo, en el que las experiencias que vamos viviendo, nos van forjando y van definiendo aquello que somos y la manera en la que afrontamos cada una de estas experiencias.

Dentro de este contínuum de experiencias vitales están las experiencias de pérdida. De pérdida de un ser querido, de pérdida de una relación, de pérdida de la salud, de pérdida de un trabajo o cambio de situación laboral…

Partiendo de la premisa que toda manera de vivir el duelo es válida y que cada persona tiene una forma única de hacerlo, podría decir que tanto desde mi experiencia personal, como desde mi formación como persona que estudia para acompañar en la muerte y en el duelo, hay aspectos -que pienso y siento- que pueden ayudar a vivir el duelo, y que a mí, concretamente, me han ayudado.

¿Cuáles son estas ideas?

Empezaré por el hecho de haber crecido en una familia en la que se ha vivido la muerte con naturalidad, sin tabú, expresando la tristeza y también, a la vez, como parte de la vida y como un momento importante de agradecimiento por haber tenido a ese ser querido entre nosotros. Un ejemplo de ello fue cuando murió mi abuela materna con la que yo tenía mucha relación y a la que quería mucho. Murió a los 97 años y aunque estábamos tristes fue una celebración de vida. Una cosa que me llamó mucho la atención y a la vez me gustó fue que después de celebrar el funeral y de enterrarla, fuimos toda la familia a su casa, donde vivía junto con mi tío y su mujer, e hicimos una merienda de recuerdo, de homenaje…Lo sentí como un acto entrañable, lleno de amor y de naturalidad.

El haber sido acompañada, siempre, por mi familia y amigos, es decir, haber tenido una buena red de apoyo, que se ha hecho presente, en los momentos previos, durante y posteriores a la muerte de mis seres queridos. Recuerdo, especialmente, cuando murió mi padre, lo mucho que me ayudó y me marcó en positivo, los dos días de acompañamiento en el tanatorio y en el momento del funeral por parte de todo mi entorno. Allí me di cuenta de lo importante y clave que es ese momento para conectar con la pérdida y a la vez, para agradecer a la vida todo lo vivido y compartido con él. Y también el hecho de sentirme acompañada y querida en un momento difícil y de tristeza como es el de perder a un padre/madre.

 

 
El haberme dado tiempo. A los 39 años tuve dos pérdidas perinatales. Nuestro primer hijo, Martí, murió en la semana 21 de gestación, y el segundo, Bernat, en la semana 23. Después de esta segunda pérdida, necesité parar y pedí la baja durante cuatro meses. Este tiempo fue un tiempo para sentir la tristeza profunda y el miedo de, a lo mejor, no poder tener más hijos. Un tiempo para recuperarme, para cuidarme y así volverlo a intentar.

En estas dos pérdidas también fue muy importante, el hecho de que mi pareja y yo los tuvimos en brazos y nos despedimos de ellos, les pusimos nombre y los tenemos siempre presentes como parte de nuestra familia, como primer y segundo hijo. Y su hermana, Júlia, ahora de seis años, sabe que tuvo/tiene dos hermanos mayores, y que ella es la tercera. Es bonito ver cómo habla de ellos y los tiene presentes. Y también ayuda mucho que el entorno los nombre, que mis amigas me escriban y los recuerden en sus aniversarios y que se nos valide como madre y padre de tres hijos, no sólo de una hija.

Algo también muy importante, y que ya ha ido apareciendo, son los rituales de despedida. Los rituales son actos llenos de simbología, sacramentos de vida, que nos permiten expresar dolor y amor, que nos conectan con nuestra red social y que abren un espacio para vivir y conectar con la pérdida, ya que es desde esa conexión desde la que podemos despedirnos.

Recuerdo con especial cariño como, con la muerte de mi madre, nos reunimos mis cinco hermanos y yo en el comedor de su casa, de nuestra casa de infancia y juventud, para preparar su funeral. Aportando cada uno lo que quería decir, escogiendo las lecturas Bíblicas y las canciones, emocionándonos, riendo, recordando y agradeciendo sus 90 años de vida.

Un aspecto también muy importante es lo que se conoce como las necesidades relacionales de la persona en duelo: que cuando alguien de nuestro entorno esté en duelo, se pueda sentir creído y escuchado, validado en su forma de hacer frente al duelo, que pueda definir su forma única de vivirlo, que se sienta protegido en su expresión emocional, que sienta que su dolor tiene un impacto en nosotros y que pueda expresar su amor y su vulnerabilidad.

Como vemos, el duelo es algo natural, instintivo, personal y único. Cada uno lo vive como puede, como quiere, como sabe… Y los demás, lo que podemos hacer y que es valiosísimo, es acompañar y respetar.

Por último me gustaría acabar compartiendo unas palabras del psicólogo y psicoterapeuta mexicano, Adrián Chaurand, en las que define la experiencia de duelo de una forma muy bella y desde mi punto de vista, muy real: 

“Las experiencias de vida conocidas como duelos son periodos de adaptación a los cambios, principalmente, a aquellos cambios que no tenían de forma previa una coherencia con nuestra manera de comprender la vida o que simplemente no esperábamos... 

Los duelos son oportunidades de evolucionar, de reconstruirnos, de desaprender... 

De recablear nuestro cerebro, de cuidar nuestro cuerpo y armonizar nuestra mente, de buscar sentido(s) o nuevo(s) sentido(s) a nuestra existencia... 

Los duelos son un momento de parar, de crear consciencia... Son el tiempo de preparación física, conductual, emocional, espiritual y mental para iniciar una nueva etapa de nuestras vidas” 

María Ángeles Jiménez Puig