12 de junio de 2021

Pliego nº 149

Ser Persona: el camino a la felicidad

La vida es un espacio de realizaciones, donde cada individuo intenta alcanzar metas personales y colectivas que le den sentido a su existencia. Aun así, este intento, por si mismo no genera felicidad sino se acompaña de una visión que trascienda del egoísmo a la solidaridad, del ser individuo a ser persona.

La persona:

“… es un ser espiritual constituido como tal por una forma de subsistencia y de independencia en su ser; mantiene esta subsistencia mediante su adhesión a una jerarquía de valores libremente adoptados, asimilados y vividos en un compromiso responsable y en una constante conversión; unifica así toda su actividad en la libertad y desarrolla por añadidura impulsos de actos creadores, la singularidad de su vocación (Mounier, 1995: 42).

Como podemos entender desde la definición de Enmanuel Mounier, padre del personalismo, ser persona supone un transitar de lo material a lo espiritual e implica apego a valores, asumidos en libertad, creatividad y vocación, características que no se construyen desde la individualidad sino desde la colectividad y la solidaridad: desde la persona o estructura esencial donde podemos guardar las más valiosas experiencias de la existencia.

 
Dentro de la jerarquía de valores que se hacen necesarios para la construcción de la condición de persona destacamos el valor de reconocer la dignidad de la persona humana que trasciende raza, credo, sexo o condición social que se ocupe y la acogida del huérfano, la viuda y el extranjero, entre otras cosas.

Siempre nos llama a profunda reflexión la evidencia, cada vez más extendida en todo el mundo, de que ser persona no es un acto de generación espontánea y mucho menos una condición aneja a la vida biológica del hombre y a mujer. Cada vez vemos más muestras de que ser persona es un acto consciente de conversión diaria, a través del ejercicio libertario de crearse y recrearse día a día en la mejor versión de nosotros mismos que sea posible.

Ser persona demanda de nosotros, los que aspiramos a serlo, un diario renunciar a los espejismos de un mundo cada vez más diluido en la insensibilidad de la sociedad del descarte, de las prácticas religiosas fetichistas, de las ausencias de la propia interioridad, pero también, un ver el rostro del otro y reconocerlo como igual.

Cuando logramos dar el salto a la condición de persona, también se inicia el camino hacia la realización personal y colectiva que lleva a la felicidad. No la felicidad hedonista de la que tantas muestras vacías de propósitos tenemos, sino a la felicidad de una vida lograda , de la comprensión del otro, de la compasión y la solidaridad tierna, que conduce a vivir en armonía y donación interna y externa con los demás.

El camino a la realización del ideal de ser felices pasa por convertirnos en personas con los otros. Convertirnos en persona es el camino interior de liberación y del ejercicio de la ternura del alma, que conduce a la vida plena y a la felicidad hasta donde la podemos alcanzar.


Alina J Bello Dotel
Rep. Dominicana

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Referencias

Mounier, Emmanuel (1980) El Personalismo. 12.ª edición: Buenos Aires: Editorial Universitaria de Buenos Aires.

Atisbo

 


Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan (Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.


En Clave de 'Ser' - Qué nos enseña nuestro entorno

 

 

 En Clave de Ser, un montaje radial, elaborado por el equipo del Espacio Dolores Bigourdan, para ayudar a la meditación y la reflexión.

 

12 de mayo de 2021

Pliego nº 148

Ser para los demás jóvenes

Recientemente saltaba una noticia en la que, según datos del Banco de España, el 36% de los jóvenes menores de 30 años no recibió ninguna percepción económica en 2020. El aumento en casi 6 puntos del porcentaje de jóvenes que no ingresan nada, deja entrever que la crisis sanitaria merma aún más si cabe las expectativas laborales de la llamada “generación mejor formada”.

 En varias ocasiones, a los jóvenes se les reduce a estar sin rumbo, apáticos y por ser, entre otros, potenciales consumidores digitales. Paradójicamente además se les culpa, como si los adultos existieran en otro planeta cuando ¿acaso no vivimos en la misma sociedad? Respiramos el mismo aire y nadie está libre de “contagiarse de covid”. Y es que el narcisismo digital, por ejemplo, puede influir tanto a jóvenes como a adultos, como bien apunta el Papa Francisco.

Vivimos en un mundo en el que resuenan más las malas noticias que las buenas. Indudablemente, no se deben ocultar los horrores que forman parte de la realidad, pero también sería bueno presentar la visión esperanzadora de la sociedad, ya que existe de hecho y está muy presente en la cotidianidad. 

 


 

Las personas que más me conocen saben que no soy muy afín de las generalizaciones. En mi humilde opinión, aunque no pretendan ser prescriptivas, pueden llevar a reducciones. Suelo optar por aterrizar, “poner cara”, pensar en personas concretas de ese grupo, pues salva.

De joven fueron muchas noches las que pasé sentada en un banco de la plaza mina, en Cádiz, haciendo botellón. Desde fuera, pudiera parecer que eran risas vacías y descontrol; pero muchos de nosotros, en amistad profunda, dialogábamos y compartíamos sueños, arreglábamos el mundo apostando por nuevas formas de convivencia social, de respeto al otro, de sostenibilidad ambiental, de una manera creativa y comprometida.

Recuerdo el desastre del Prestige. En 2002, una marea de jóvenes  de toda España  fuimos a limpiar el negro de las costas de gallegas. Lo sufrimos como si fuera algo nuestro, porque realmente así era. El mundo nos necesitaba y no dudamos ni un segundo en tener una sola voluntad y ser agentes de cambio. La energía nos acompañaba y el trabajo se contagiaba. Algunos habían escuchado charlas en su universidad sobre los programas de voluntariado; otros habían hecho de la universidad de la vida su propia cátedra. Emocionaba tanta sensibilidad, entrega, generosidad y con-pasión, dejando de mirarse el ombligo para atender al origen de todo, con implicación y alegría, como invita el Papa Francisco: “hace falta crear más espacios donde resuene la voz de los jóvenes”. Porque fueron jóvenes como María o San Francisco los que siguieron a Cristo con fervor y autenticidad, remando mar adentro, mojándose y empapándose del Espíritu Santo. Jesús de Nazaret sigue siendo atractivo para los jóvenes. Dios es un Dios joven, lleno de vitalidad e intrepidez. Por ello, hemos de crear, una nueva Iglesia, más flexible, atrayente y colmada de belleza como el Evangelio.

El joven le toma las medidas a la vida, ya que recién comienza a convivir con la sociedad y a conformar su visión de la misma. Y necesita tiempo, en medio de un mundo tan ajetreado y exigente, para definirse y sentirse aceptado. Necesita que la sociedad tenga esperanza en él, que lo motive; quiere saberse útil y valioso, por sus padres, por los adultos, por los que van perdiendo la esperanza. Es liberador darse cuenta de lo valioso de la vida y de que el mundo le reserva un sinfín de posibilidades.

A veces hago el ejercicio de tumbarme en el campo y contemplar las estrellas. La creación, toda ella, habla de belleza e inmensidad. Y en medio de todo lo creado, estoy yo y podría no haber existido. Desde esta posición, todo cobra sentido. Y es ese el sentido que dejaré en herencia a las generaciones venideras. Salgamos al mundo a decirles que la vida, por pura gratuidad, les espera desde ya. No procrastinar para el futuro, porque lo que existe es el ahora y en el presente ya son parte fundamental.

Así, liberando de prejuicios y ataduras, será como podamos posibilitar una sociedad sana emocionalmente, que se sorprenda en cada puesta de sol y que no pase de puntillas por la vida. Todo lo contrario, que se sumerja y se deje calar por el asombro de existir.

Virginia Diánez
Cádiz


Atisbo

 


 Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan (Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.

 

En Clave de 'Ser' - La Casa

 

En Clave de Ser, un montaje radial, elaborado por el equipo del Espacio Dolores Bigourdan, para ayudar a la meditación y la reflexión. 

 

12 de abril de 2021

Pliego nº 147

Educar en y para la Gratuidad

Si creemos que es importante educar en y para la gratuidad porque de esta manera contribuiremos a crear un mundo y un futuro mejor para nuestros niños y niñas, lo primero que debemos plantearnos es ¿qué es educar?

Porque demasiadas veces confundimos educar con instruir. Demasiadas veces las noticias que leemos y oímos poco o nada tienen que ver con el sentido más profundo de Educar.

Lo primero que debemos tener claro es que todos y todo educa: lo que hacemos y lo que dejamos de hacer, los maestros, los padres, los abuelos y todos los que leemos esto, la tele y la calle…

Para mí, educar en el sentido en que nos planteamos, es educar para conseguir que vivan plenamente el sentido de grupo, de la interdependencia positiva, del valor que aporta cada persona (¿qué podemos aprender de...? ¿qué podemos aportar a...?), de la responsabilidad colectiva con el entorno y con los que nos acompañan en el viaje.

Y cuáles serían los aspectos básicos que considero hemos de mostrar a nuestros niños y niñas para conseguir esta sociedad más justa, más feliz, más libre y más equilibrada, más basada en la colaboración que en la competencia y, por tanto, más gratuita.

Creo que una de las imágenes que mejor representa la educación es la de un camino en el que todos nos encontramos avanzando.

No es un caminar dejándose llevar, es un caminar reflexionado, imaginado, contrastado, experimentado, deseado…, aterrizado hasta convertirse en palabras, en conversación cercana, frágil y tierna, pero siempre esperanzada y optimista.

Es un camino en una época de AVE's y de tecnologías que subrayan un valor por encima de todos: la velocidad. Pues no, las personas nos educamos poco a poco, porque educar no entiende de prisas, como dar un beso o hacer una caricia.


Así pues pienso en un camino y no en una autopista porque la autopista solo tiene una justificación: el punto de llegada y la máxima velocidad.

Y hacer camino permite esperar a la persona con la que convivimos, que se ha parado a abrocharse el zapato o que necesita un poco más de tiempo para aprender alguna cosa y yo, me paro y la ayudo.

Hacer camino permite contemplar el paisaje, distraerse, maravillarse ante las maravillas del mundo y mirar de impedir la aparición de nuevos horrores.

Hacer camino potencia, porque el terreno es irregular. El hecho de que ahora tengamos que colocar el pié de una manera y más delante de otra hace que nuestros sentidos estén siempre alerta, y nos hará descubrir que nos equivocamos, pero que volvemos a probar-lo para seguir avanzando.

Hacer camino nos despierta a estar abiertos a la sorpresa que nos puede estar esperando después de cada curva.

Hacer camino juntos nos prepara para aceptar que nunca llegaremos al final, pero que el esfuerzo del viaje tiene sentido, que cada paso tiene sentido y que el viaje vale la pena. Hacemos camino juntos para tener tiempo para amarnos, a nosotros mismos y a nuestros compañeros de viaje, y para amar el mundo. Y para encontrar una fuente o para llorar porque una zarza nos ha arañado una pierna. Y para poder contemplar las estrellas y desearlas una a una o para pararse un rato porque llueve demasiado intensamente y tenemos que procurar no constiparnos.

Hacemos camino para reír y disfrutar juntos.

Hacemos camino porque somos tan ingenuos que pensamos que aún, y siempre, vale la pena hacer cosas juntos.

Hacemos camino porque somos tan sabios que sabemos que sin los demás, poca cosa somos y poca cosa llegaremos a ser.

Y en el caso de los maestros y maestras, y de los padres y de las madres, tenemos la fortuna de hacer camino con una criatura de la mano, y mientras vamos caminando les vamos diciendo el mundo y se lo vamos mostrando.

Hacemos camino con cada niño y con cada niña. Y ellos nos miran y nos recuerdan que a pesar de todo, aún y siempre, hay esperanza. Ellos son la esperanza.

Hacemos camino con cada joven, con cada adulto y con cada abuelo para enriquecernos y para educarnos en la experiencia de cada día.

Y este camino lleno de esperanza tiene para mi unas claves que lo hacen posible en toda su plenitud: la utopía, la memoria, la inclusión, la diversidad, la singularidad, la comunidad, el diálogo, los errores, el esfuerzo, el conflicto, el equilibrio, el amor, el aprendizaje, el acompañamiento, la excelencia, la equidad, la reflexión, el proyecto,…

Son la claves para hacerlo posible desde la esperanza, desde el entusiasmo y para desarrollarlo plenamente. Son las claves para conseguir, como decíamos al principio, una sociedad más justa, más feliz, más libre y más equilibrada, más basada en la colaboración que en la competencia y, por tanto, más gratuita.

Seguro que hay muchas más, pero para mí, las que ahora desarrollaré, son muy importantes.

1.- La UTOPIA. Porque la acción educativa se inscribe en un marco de esperanza.

Cada criatura y cada persona nos trae una nueva visión del mundo. Es, por tanto, una esperanza.

2.- La MEMORIA de lo que hemos construido nos permite saber de dónde venimos. Y sabemos también que todo lo que hemos vivido está recogido en el presente.

Debemos intentar leer el pasado críticamente para diseñar el presente con más posibilidades de acierto y imaginándolo conjuntamente, así se da pleno sentido al presente. Sabemos que formamos parte de un entorno, de un espacio que humanizamos con nuestra presencia.

3.- La INCLUSIÓN. La escuela acoge todas las criaturas de una manera incondicional. La sociedad que educa tampoco debería discriminar a nadie bajo ningún concepto. Hay que vigilar, eso sí, que ninguna diferencia genere una desigualdad. Todo el mundo tiene un papel que desempeñar sintiéndose parte de un proyecto común. Debemos pensar las actividades para tratar de dar respuesta a las necesidades actuales y reales de las criaturas y de las personas.

4.- La DIVERSIDAD, una riqueza. Saber gestionarla y ponerla al servicio de todos y de cada uno es un reto. Hay que procurar que cada criatura, que cada persona se sienta acogida, escuchada y amada desde su singularidad y descubra su complementariedad con los demás.

Hay que aprender a respetar todas las personas y a acoger críticamente todas las culturas. Vivirlas de una manera enriquecedora y como una oportunidad para mejorar nuestra manera de ver y de estar en el mundo.

5.- La SINGULARIDAD. Cada criatura y cada persona es un rostro, una voz, una historia. Hay que reconocer su individualidad y dar espacio y tiempo para irla reconstruyendo y compartiendo.

La educación debe ser crítica. Hay que entender que educar significa poner límites, porque el hecho de que todo sea posible no significa que todo se pueda hacer.

6.- El DIÁLOGO es un instrumento imprescindible para construir nuestra humanidad común.

Tenemos que trabajar el hábito de conversar, dialogar, poner en común nuestros problemas para sabernos sujetos activos para su solución. Necesitamos mantener una actitud de búsqueda que trate de implicar a todo el mundo.

Sabemos que no todo puede ser dialogado, que hay conductas que no pueden ser admitidas en modo alguno, ni en ningún contexto ni en ninguna circunstancia.

Debemos tratar de educarnos para no humillar a nadie, para no hacer daño a nadie de una manera intencionada, para respetar la dignidad y la individualidad de todos.

7.- Los ERRORES. Los seres humanos nos equivocamos.

Tenemos que intentar vivir el error como una oportunidad, no como una losa que frene nuestro progreso, sino que lo estimule.

8.- El ESFUERZO. No hay progreso sin esfuerzo.

Debemos procurar dar sentido al esfuerzo que hacemos para mejorar el conocimiento que tenemos de nosotros mismos y del mundo para transformarlo, para humanizarlo aún más.

 9.- El CONFLICTO es inherente a la especie humana. Tenemos que conseguir que la existencia de conflictos no nos inmovilice. Lo que nos debe preocupar es no tener elementos para gestionarlos o soluciones comunes que nos ayuden a avanzar.

10.- El EQUILIBRIO. Somos cultura y somos naturaleza, corazón y cerebro, intelecto y emociones, singularidad y colectividad. Debemos tratar de no romper estas unidades.

Necesitamos discursos bien argumentados, opiniones clarificadoras, pero sobre todo necesitamos el pequeño gesto que nos humaniza.

Debemos procurar que toda pequeña acción tenga sentido y que nos haga sentir más cerca unos de otros.

11.- AMAR. No hay que avergonzarse de conjugar el verbo amar. Sabemos que la actitud elemental para educar es establecer lazos de afecto con las criaturas y las personas que nos rodean. Por ello es imprescindible saberlas escuchar atentamente y saber entender qué nos piden con el máximo grado de exactitud.

La cordialidad en el trato debe presidir las relaciones sociales. La cordialidad y la simpatía ayudan a sabernos miembros de una comunidad que trabaja para alcanzar objetivos comunes.

12.- APRENDER. El conocimiento es importante. Tenemos que intentar que el aprender sea un elemento que se prolongue a lo largo de toda la vida y que los aspectos instructivos estén inscritos en un marco referencial de valores.

Los seres humanos somos una diversidad de lenguajes. Debemos intentar cultivarlos todos y hacer descubrir su singularidad y su complementariedad.

13.- ACOMPAÑAR. Sabemos que la vida es una serie de momentos buenos y malos. Debemos tratar de compartirlos todos y no pondremos trabas a reír o a llorar juntos cuando toque.

14.- Debemos perseguir la EXCELENCIA Y LA EQUIDAD.

Debemos procurar que cada criatura y cada persona desarrolle al máximo sus competencias o capacidades y que las ponga al servicio de los demás.

15.- La REFLEXIÓN. La evaluación forma parte del proceso de enseñanza-aprendizaje. Debemos favorecer que los niños y las niñas sean conscientes de qué manera aprenden y de qué deben hacer para mejorar el proceso que los lleva a hacerse suyo el mundo como primer paso para irlo transformando. De esta manera el proceso que comienza de niños no se detendrá durante el resto de la vida.

16.- PROYECTO. Las personas, las escuelas y las sociedades son siempre un proyecto, realidades inacabadas, frágiles, tiernas, que se va construyendo poco a poco con esfuerzo individual y colectivo. Todos estamos llamados a hacer nuestra aportación a un proyecto, educar y educarnos, que es de todos desde siempre y que si miramos su esencia mantiene todavía la ilusión el primer día y su esperanza firme en un mundo que puede ser mejor con la colaboración de todos, porque todos podemos aportar alguna cosa para mejorarlo.

Mercè Saiz
Barcelona (España)

 

Atisbo


 

Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan (Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.


En Clave de 'Ser' - Cristo nos ofrece su Pascua

 

 

En Clave de Ser, un montaje radial, elaborado por el equipo del Espacio Dolores Bigourdan, para ayudar a la meditación y la reflexión. 

 

12 de marzo de 2021

Pliego nº 146

Ser para el otro

¡¡Aquí estoy, Señor!!

Cuando me propusieron el tema “Ser para el otro”, enseguida pensé en el voluntariado y en mi experiencia personal en la hospitalidad de Lourdes, donde cada año, en el mes de julio, acompañamos a los enfermos en peregrinación al Santuario. Ciertamente, a pesar del cansancio, me provoca una gran alegría ser testigo de su fe y esperanza. A veces, he escuchado cómo personas piensan que el voluntariado busca su satisfacción por hacer cosas y ocupar su tiempo libre, y aunque haya un porcentaje ínfimo de personas que así lo hacen, no menosprecia en absoluto su entrega y dedicación; siempre podrían tornarse hacia uno mismo en vez de hacia el otro. La mayoría, se ofrece y pregunta qué necesita realmente, qué te puedo dar. Incluso con el paso del tiempo muchas personas han llegado a entregarse totalmente a los demás, sin importarles dejar atrás casa, familia o comodidades.

 

 
Todo esto me lleva a lo que Agustín nos explicaba una vez que estuvo en Murtra Galilea (Cádiz). “Ser voluntario es amar benévolamente, sin esperar nada a cambio”. Me di cuenta de que no siempre se cumple esta máxima porque, egoístamente, esperamos que nos agradezcan lo que hacemos. 
 

Del amar sin esperar nada a cambio sabía mucho Jesús. Nadie como Él se daba a los demás sin buscar halagos ni elogios. Y cuando hacía una curación, les pedía que no dijeran nada a nadie. Este darse lo llevó hasta el extremo de morir en la cruz. También encontramos esta benevolencia en la vida de muchos santos y personas anónimas que encuentran sentido a la frase ser para el otro. Maximiliano Kolbe, sin ir más lejos, ofreció su vida por salvar de una muerte segura a una persona desconocida en el campo de concentración de Auschwitz.

No siempre este darse es morir físicamente. Por ejemplo, Teresa de Calcuta se entregó a los demás cada día y salía a buscar y acompañar a aquellos que la sociedad los consideraba desechos, míseros. Ella los veía como un regalo que el Señor le hacía, porque en cada uno de ellos encontraba el rostro de Jesús sufriente. Los trataba como iguales, como hermanos y nunca se sintió superior a ellos ni los utilizó para vanagloriarse, sino para elevarlos a la dignidad de personas, de hijos de Dios.

Si miramos a nuestro alrededor con atención podemos descubrir que hay personas que se dan por amor a los demás en su día a día.

Están las que, teniendo ocupaciones familiares y laborales, dedican más tiempo del que pueden disponer, con su granito de atención, cariño y cuidado a ese familiar que está enfermo y dependiente total. A veces, incluso ante el enfermo malhumorado y violento, sigue estando ahí sin perder la sonrisa y su amor por él.

O aquella otra que, a pesar de los problemas que pueda tener cada día, siempre te acoge con alegría y sin prisas, para atenderte y ayudarte en lo que le pidas y necesites. Muchas veces, aunque aquello le pueda ocasionar más problemas aún, decide seguir ahí.

Y como éstas, muchos otros ejemplos de personas que pasan desapercibidas, que no llaman la atención y no exigen nada para ellas. Son personas que lo hacen todo por amor: son para los demás. Todo lo hacen porque “dan” lo que tienen en su corazón. Dan Amor. El corazón es el que nos habla, nos susurra continuamente “haz el bien”, “ama a los demás”. Y así, nos cuidamos de seguir siendo para el otro, a través de la soledad y el silencio, para poder seguir dando aquello que cultivamos y que Dios Padre embellece.

Decía Vicente Ferrer que podemos escribir tantas cosas como queramos, pero todo lo esencial está en nuestro interior. Observaba que hay dos evangelios: uno el Evangelio escrito, que es excelente, y el otro que es el evangelio original, tu corazón. Porque ¿de dónde, si no, ha surgido el evangelio escrito? Jesús, fue uno de los que comprendió el mensaje del corazón, y los discípulos lo pusieron por escrito.

En estos tiempos que vivimos, observamos cómo el hombre comenzó a ser para el otro y aprendió a ser hermano, solidario, agradecido y observador de las buenas obras. No hemos de acostumbrarnos a vivir con el virus, ni hacer rutina del amor encerrándonos en nosotros mismos. Hemos visto la satisfacción y la alegría que brota de nuestros corazones al potenciar las virtudes de ser para el otro. A eso estamos llamados, a alegrarnos por el bien del otro, a ser testigos del milagro de la entrega porque si todos nos cuidamos, podremos construir el Reino de Dios aquí, en la Tierra.

Mila 
Murtra Galilea Cadiz.

Atisbo

 


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En Clave de 'Ser' - Domingo de Ramos

 

 

En Clave de Ser, un montaje radial, elaborado por el equipo del Espacio Dolores Bigourdan, para ayudar a la meditación y la reflexión.