12 de marzo de 2021

Pliego nº 146

Ser para el otro

¡¡Aquí estoy, Señor!!

Cuando me propusieron el tema “Ser para el otro”, enseguida pensé en el voluntariado y en mi experiencia personal en la hospitalidad de Lourdes, donde cada año, en el mes de julio, acompañamos a los enfermos en peregrinación al Santuario. Ciertamente, a pesar del cansancio, me provoca una gran alegría ser testigo de su fe y esperanza. A veces, he escuchado cómo personas piensan que el voluntariado busca su satisfacción por hacer cosas y ocupar su tiempo libre, y aunque haya un porcentaje ínfimo de personas que así lo hacen, no menosprecia en absoluto su entrega y dedicación; siempre podrían tornarse hacia uno mismo en vez de hacia el otro. La mayoría, se ofrece y pregunta qué necesita realmente, qué te puedo dar. Incluso con el paso del tiempo muchas personas han llegado a entregarse totalmente a los demás, sin importarles dejar atrás casa, familia o comodidades.

 

 
Todo esto me lleva a lo que Agustín nos explicaba una vez que estuvo en Murtra Galilea (Cádiz). “Ser voluntario es amar benévolamente, sin esperar nada a cambio”. Me di cuenta de que no siempre se cumple esta máxima porque, egoístamente, esperamos que nos agradezcan lo que hacemos. 
 

Del amar sin esperar nada a cambio sabía mucho Jesús. Nadie como Él se daba a los demás sin buscar halagos ni elogios. Y cuando hacía una curación, les pedía que no dijeran nada a nadie. Este darse lo llevó hasta el extremo de morir en la cruz. También encontramos esta benevolencia en la vida de muchos santos y personas anónimas que encuentran sentido a la frase ser para el otro. Maximiliano Kolbe, sin ir más lejos, ofreció su vida por salvar de una muerte segura a una persona desconocida en el campo de concentración de Auschwitz.

No siempre este darse es morir físicamente. Por ejemplo, Teresa de Calcuta se entregó a los demás cada día y salía a buscar y acompañar a aquellos que la sociedad los consideraba desechos, míseros. Ella los veía como un regalo que el Señor le hacía, porque en cada uno de ellos encontraba el rostro de Jesús sufriente. Los trataba como iguales, como hermanos y nunca se sintió superior a ellos ni los utilizó para vanagloriarse, sino para elevarlos a la dignidad de personas, de hijos de Dios.

Si miramos a nuestro alrededor con atención podemos descubrir que hay personas que se dan por amor a los demás en su día a día.

Están las que, teniendo ocupaciones familiares y laborales, dedican más tiempo del que pueden disponer, con su granito de atención, cariño y cuidado a ese familiar que está enfermo y dependiente total. A veces, incluso ante el enfermo malhumorado y violento, sigue estando ahí sin perder la sonrisa y su amor por él.

O aquella otra que, a pesar de los problemas que pueda tener cada día, siempre te acoge con alegría y sin prisas, para atenderte y ayudarte en lo que le pidas y necesites. Muchas veces, aunque aquello le pueda ocasionar más problemas aún, decide seguir ahí.

Y como éstas, muchos otros ejemplos de personas que pasan desapercibidas, que no llaman la atención y no exigen nada para ellas. Son personas que lo hacen todo por amor: son para los demás. Todo lo hacen porque “dan” lo que tienen en su corazón. Dan Amor. El corazón es el que nos habla, nos susurra continuamente “haz el bien”, “ama a los demás”. Y así, nos cuidamos de seguir siendo para el otro, a través de la soledad y el silencio, para poder seguir dando aquello que cultivamos y que Dios Padre embellece.

Decía Vicente Ferrer que podemos escribir tantas cosas como queramos, pero todo lo esencial está en nuestro interior. Observaba que hay dos evangelios: uno el Evangelio escrito, que es excelente, y el otro que es el evangelio original, tu corazón. Porque ¿de dónde, si no, ha surgido el evangelio escrito? Jesús, fue uno de los que comprendió el mensaje del corazón, y los discípulos lo pusieron por escrito.

En estos tiempos que vivimos, observamos cómo el hombre comenzó a ser para el otro y aprendió a ser hermano, solidario, agradecido y observador de las buenas obras. No hemos de acostumbrarnos a vivir con el virus, ni hacer rutina del amor encerrándonos en nosotros mismos. Hemos visto la satisfacción y la alegría que brota de nuestros corazones al potenciar las virtudes de ser para el otro. A eso estamos llamados, a alegrarnos por el bien del otro, a ser testigos del milagro de la entrega porque si todos nos cuidamos, podremos construir el Reino de Dios aquí, en la Tierra.

Mila 
Murtra Galilea Cadiz.

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