12 de junio de 2016

Pliego nº 89


Encarnación y Misericordia 


Misericordia o amor desde las entrañas, amor desde lo hondo del corazón, bondadoso, en caridad, que se compadece y se conduele. 

Para el hebreo implica fidelidad y conlleva bondad desde la conciencia y la libertad, para los semitas, este sentimiento tiene su asiento en el seno materno, es el cariño o la ternura que sin pérdida de tiempo se traduce en actos. 

Este amor misericordioso es un derramamiento de vida y perdón, de sanación, una dádiva que abre la posibilidad a toda persona para que haga vida en su vida un sí mariano, y como María, posibilite la encarnación del amor de Dios en su realidad, en su cotidianidad. Posiblemente se haga con pequeños gestos: miradas, sonrisas, escuchas… quizá cosas más grandes, compartir hogar, posibilitar unas horas de trabajo, acompañar las tardes de un anciano… 

Sea como sea, la misericordia, sitúa en una atalaya que impulsa a estar prontos a llevar a las entrañas las necesidades del que camina o convive con nosotros. Las manos sentirán motivación para trabajar con más diligencia, porque parte de su esfuerzo será alivio para los que pasan momentos de dificultades y estrecheces. Los pies caminaran con más celeridad, serán impulsados por el deseo de llevar consuelo al más necesitado. Los ojos encontraran un mirar con amplitud, buscando ser un rayito de luz para quienes atraviesan momentos de oscuridad y desorientación. 

Movidos por amor misericordioso se salta por encima de juicios precipitados y desencarnados, y, como buenos samaritanos, el quehacer tendrá su preferencia en aliviar el sufrimiento, buscando posada para atender, ungir, integrar al prójimo, sabiendo que se lleva en las entrañas su realidad, al menos por un rato. 



Dar vida a las obras de misericordia, es posibilitar que Dios siga cada día incorporando su amor, derramando su bendición y llevando la creación a su plenitud. Es una labor, que pudiera superar la aspiración personal, pero no por ello, queda justificado el abandono del trabajo, que a cada quien corresponde, en respuesta a los talentos recibidos, unos talentos que se han de invertir con justicia y caridad para que dejen su rentabilidad en nuestro mundo.

Múltiples son las formas de ir haciendo realidad este proyecto: acompañar al enfermo, vestir al desnudo, dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, visitar al preso, enseñar al que no sabe, sufrir con paciencia los defectos del prójimo... Podríamos sumar otras que nos van saliendo al paso en cada jornada trabajada por amor. De entre estas, cabe subrayar para encarnar la misericordia, un vivir como humildes y silenciosos sumideros del mal, ser canal o conducto que acoge el mal recibido y no lo devuelve, no lo airea, no lo guarda, simplemente lo hace desaparecer, porque perdona y ama. 

 Mª Carmen Fernández 
Cádiz (España)


Atisbo




Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan(Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.


En Clave de Ser




En Clave de Ser, un montaje radial, elaborado por el equipo del Espacio Dolores Bigourdan, para ayudar a la meditación y la reflexión.


12 de mayo de 2016

Pliego nº 88


Misericordia y redención

«Descendió a los infiernos»

Sin lugar a dudas, el mal existe y en formas muy diferentes. ¿Quién no ha experimentado alguna vez el dolor del mal cometido o del mal sufrido, a veces irreparable, inconsolable, en definitiva, inevitable? Con Cristo que descendió a los infiernos nosotros también nos atrevemos a descender al abismo de nuestros infiernos, al lugar donde ya no podemos hacer nada para «reparar» aquello que se ha roto, para prever perspectivas de futuro  o para ser consolados en la medida de la pérdida sufrida. Este lugar de lo imposible, de lo irreparable, es el lugar dónde la misericordia de Dios se manifiesta como redención, como salvación. Es el lugar donde poco a poco aprendemos a permanecer ante las ruinas de nuestra vida porque  «bueno es esperar en silencio la salvación de Yaveh»(1). He aquí lo que permite dejarnos sorprender por Dios, según la hermosa invitación de nuestro Papa Francisco para el jubileo de la misericordia(2).
 
El destello de un posible por-venir.

Durante muchos años he escuchado los relatos de la vida de personas encarceladas y en bastantes ocasiones he tenido la oportunidad de estar con ellas ante las ruinas de sus vidas, en una espera que parecía interminable y viendo a veces brotar, del corazón de la más profunda desesperanza, el destello de un posible por-venir. 

Un día buscando un trozo de papel donde anotar la dirección de un centro social, cogí una postal en la que había el texto de las bienaventuranzas(3). Pedí a mi interlocutor si lo conocía, y me respondió que no, entonces, empecé a leerlo pero no pude terminarlo, ya que el joven que estaba ante mí me detuvo, y llorando me preguntó: «¿Dios realmente lo puede perdonar todo?»

Esta es la fuerza siempre sorprendente de la Palabra viva, la fuerza de esta pequeña palabra «felices» que toca tan profundamente la aspiración de todo ser humano -¿y quién sabe?- no impide que lo que este joven buscaba y esperaba fuera la posibilidad del perdón.

Y qué podemos decir de la mujer cuyos infiernos tan sólo le recordaban la vergüenza de estar aún con vida: « ¿Cómo puedo estar aún viva el día del cumpleaños del hombre que más he amado y que he matado?».

Se trata de una larga travesía la de esta mujer, pasada por el tamiz de una tentativa de suicidio. ¡Hasta tal punto le era insoportable estar aún viva! Sin embargo, un buen día, tiene esta magnífica experiencia: «Tengo la impresión de que tengo un cáncer al revés. Sí. Cuando tienes un cáncer hay una célula maligna que lentamente va ganando espacio; a mí me ocurre lo contrario: todo es negro, pero hay una única célula buena, que poco a poco está ganando espacio, y esta célula buena es el amor de Dios». 

Sí, la experiencia de la misericordia, experiencia eminentemente relacional, bien como este compañerismo mientras se esperan poder experimentarla,  se da en la medida que se reconstruye en el culpable su imagen original desfigurada por el mal cometido. Esta experiencia permite también reconocer que hay una solidaridad entre los hombres más profunda y verdadera que cualquier delito, que «la fraternidad no se puede borrar por ningún fratricidio. La misericordia aún ve a Adán después de Caín».(4)
 
Salvados y enviados

Debe ser esta mirada la que Dios dirigió a Moisés, él que fue salvado de las aguas, no supo hacer nada mejor que matar a un egipcio y volverse otra vez errante, doblemente exiliado, siendo un pequeño pastor de un rebaño que no le pertenecía. Entonces se dio la irrupción de Dios en medio del desierto, una llamada que lo devuelve al lugar de su derrota, pero esta vez con una nueva misión: convertirse en el libertador de su pueblo. ¿Y qué podemos decir de Elías? Profeta de fuego que sólo se escuchaba a sí mismo y que en un impulso amoroso lleno de celo masacra los profetas de Baal para después huir, perseguido por el odio de la reina Jézabel que quiere su cabeza. Le hace falta llegar al punto de desear morir, él el asesino que creía servir al Señor, tendrá que aceptar un poco de pan para seguir camino y llegar al fin a comprender aquello que nunca había podido o querido escuchar: la presencia del Señor en la voz de un tenue silencio.

Y aún está Pedro, el entusiasta que quiere seguir el Señor, dispuesto a todo menos a renunciar a sus ideas y que recibe de su Señor la peor denominación: « ¡Quítate de delante de mí, Satanás!»(5). Y después la experiencia de traición, los lloros, y la mirada de Jesús que se posa en él. Finalmente Pedro se rinde ante su verdad, ante su humanidad frágil, sólo así le podrá ser después encomendada su misión: «¡Apacienta mis ovejas!»(6).  La lista aún podría ser más larga… y llegar hasta nosotros, hasta mí.

Una mirada que abre el porvenir

Estos ejemplos sacados de la vida y de la Biblia nos muestran que no hay ninguna travesía que el Señor no pueda acompañar: sus ojos invisibles y llenos de ternura siguen nuestros pasos vacilantes por el camino de cada una de nuestras vidas. La experiencia de lo irreparable se puede convertir en lugar de encuentro con Él: «La fe nace del encuentro con el Dios vivo, que nos llama y nos revela su amor, un amor que nos precede y en el que nos podemos apoyar para estar seguros y construir la vida. Transformados por este amor, recibimos ojos nuevos, experimentamos que en él hay una gran promesa de plenitud y se nos abre la mirada al futuro». (7)

¡Unos ojos nuevos, unos ojos de resurrección, ésta es la huella indeleble que su misericordia inscribe en nuestra vida!

[1]  Lam 3, 26.

[2]  Bula de Convocación del Jubileo Extraordinario de la Misericordia, nº 25.


[3]  Mt 5, 1-12.

[4]  Luigino Bruni. « Misericordia, cemento di civiltà ». In Avvenire, 5/9/2015. 

[5]   Mt 16, 23.
[6]    Jn 21, 16.

[7]    Papa Francisco. Lumen Fidei, nº 4.


Federica Cogo 
Ginebra (Suiza)


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12 de abril de 2016

Pliego nº 87


La misericordia de Dios y la fragilidad humana


Cuando pensamos en la misericordia parece que automáticamente nos vienen a la cabeza dos realidades distintas, por un lado el inconmensurable amor de Dios y por otro lado la radical fragilidad humana.

¿Será que la misericordia es un lugar de encuentro entre Dios y la humanidad?, o mejor dicho, ¿será la manifestación de ese encuentro? Un encuentro lleno de ternura entre el Creador y las criaturas. Pero si fuera así, ¿cómo se concretaría?

El Papa Francisco nos lo dice claramente en la primera frase de la Bula de Convocación del Jubileo de la Misericordia: «Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre», Él revela la misericordia del Padre «con sus palabras, con sus gestos y con toda su persona» (MV 1). A través de Cristo se concretiza este encuentro amoroso de la humanidad con el Padre.

Sin embargo, el encuentro con Cristo y por Él con el Padre no es para que nos quedemos ahí, quietos, sino todo lo contrario. Cristo es puente que une a Dios con la humanidad, por Él tanto vamos al Padre como nos encontramos con los demás.

Aquello que Jesús les dijo a los apóstoles después de lavarles los pies, también nos lo continúa diciendo a nosotros hoy: «Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros» Jn 13, 15. Esto significa que también nosotros estamos llamados a ser rostro de la misericordia del Padre.

Sin embargo, el primer paso no es ser dadores sino receptores. Antes que nada tenemos que experimentar la ternura de Dios para con nosotros. Tenemos que tomarnos tiempo para contemplar las veces que Dios nos ha tocado con su ternura. Entonces sí, podremos ser nosotros rostros de la misericordia, como ya lo fueron otros con nosotros.

¡Tomar consciencia de la acción de Dios en nosotros no siempre es fácil! A menudo nos preguntamos dónde y cuándo Dios actuó. Quizá encontremos la respuesta en la propia palabra MISERICORDIA, que significa tener el corazón con el mísero. Allí donde está la miseria humana, la fragilidad humana, allí está el corazón de Dios. Pero cabe preguntarnos: ¿cuál es nuestra fragilidad?

Veamos como la definen las obras de misericordia.

Si las leemos con atención veremos que todos participamos de una forma u otra de las fragilidades que las obras de misericordia apuntan. Éstas nos recuerdan que no somos seres autosustentables sino radicalmente vulnerables, pues somos seres enfermables y mortales, que necesitan de alimento, de cobijo y de compañía; pero además nos recuerdan que somos falibles, ignorantes de muchas cosas y capaces de hacer el mal; que somos limitados y portadores de una fragilidad (o defectos) que tiene que ser soportada por los demás con paciencia, que necesitamos de consuelo, y no pocas veces de que otros intercedan por nosotros ante Dios porque hay situaciones en las que lo único que nos queda es ponernos en manos de Dios y a veces ni siquiera para ello nos quedan fuerzas.

El teólogo francés Jean Mouroux, en su obra, El sentido cristiano del hombre, afirma que la miseria del ser humano es una llamada a nuestra libertad para que se entregue en la caridad, haciendo mutuamente prójimos al que sufre y al que consuela.

La fragilidad humana tiene este carácter ambivalente de hacernos partícipes de una radical vulnerabilidad y al mismo tiempo nos moviliza hacia la caridad, hacia ese amor que nos lleva a amar a cada criatura como Dios la ama.

Así en cada uno de nosotros puede coincidir esta inconmensurabilidad del amor de Dios y la radicalidad de nuestra fragilidad.

Clara Isabel Matos
Barcelona (España)

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12 de marzo de 2016

Pliego nº 86


Perdón y Misericordia

Hemos sido creados para el ser, para la vida. No cualquier vida sino para la “vida en abundancia” (Jn 10,10). Lo contrario de esto es algo que la daña, la deshumaniza e, incluso, la puede llegar a matar. Pero si la potenciamos y la apoyamos creyendo firme, esperanzada y benevolentemente en ella, no podemos menos que ejercitar continuamente el arrepentimiento y el perdón para, al menos, liberarnos un poco de esas prisiones y esclavitudes o, incluso infiernos, que producen los pecados y los males que vivimos de forma, a veces incluso, lacerante.

Hablo del perdón (del que perdona “hasta setenta veces siete”) no sólo como liberación sino como olvido de uno mismo y donación para ir mucho más allá de la venganza o la justicia.

El perdonarse y el perdonar es ya vivir en esperanza el Reino de Dios pues permite tener un alma grande y magnánima. Al abrir nuestros corazones permitimos amar y ser amados, a pesar de nuestros límites, pecados y miserias. 

Es precisamente sintiéndonos miserables, a pesar de ciertos mensajes que quieren hacernos olvidar la realidad del ser humano, y palpando la miseria de los demás como podemos entender y sentir no sólo la misericordia de Dios en nuestra vida sino ser misericordia para ellos. 

Es ese amor misericordioso del Padre que consuela, perdona y ofrece la esperanza de que podemos ya gozar parte de su Reino en esta realidad existente ahora, el que debe ofrecernos una motivación para asemejarnos, poco a poco, a Él. 

Es en Jesús en quien vemos claramente cómo la misericordia del Padre es también una fuerza que no desespera (parábola del Hijo Pródigo), que es fiel, que bendice y que perdona. Él está tan contento que hasta hace una gran fiesta. En ella, imaginamos que todos los de la casa (al final, incluso, hasta el hermano mayor), dejan sus propios juicios al respecto, sus condenas, sus rencores, sus rabias y todo tipo de violencia. Apartar de nosotros prejuicios, juicios que juzgan condenando, emociones y sentimientos dañinos es necesario para vivir todo lo que de don, de fiesta y de celebración tiene nuestra vida.
En esta parábola vemos que es tal el ímpetu y esperanza del padre, que le lleva a salir cada día de su casa con el fin de otear tanto el horizonte como el camino de su casa. 

Qué duda cabe que sentir a personas cercanas que son como este padre nos ayuda mucho a mirar con ojos más sinceros a todos nuestros hermanos en la existencia. También nos ayuda a salir de nuestras propias miserias, y las que nos rodean, para ir al encuentro de otros llevando bondad, compasión, ternura, indulgencia y perdón.

Nosotros mismos somos signo eficaz del obrar del Padre, al menos, es a ésto a lo que estamos llamados los cristianos. Perdonados (por tanto, pacificados) y perdonando, esta misericordia puede darnos fuerzas para salir de nuestra tierra, de nuestra casa, de nuestra familia, de nuestras áreas de confort, en definitiva, de nuestro yo. Salir para respirar otros aires y otear el horizonte, los caminos, por si acaso en algún momento, vemos regresar a donde hay “vida en abundancia” (Jn 10,10) a otros cansados, necesitados y desengañados “hijos pródigos”. Entonces, es el momento de abrir murallas, puertas, ventanas y celosías para celebrar con alegría y amor compasivo ese encuentro.

Ángeles Isidoro
Corea del Sur

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12 de febrero de 2016

Pliego nº 85

No juzgar 

Convocando un jubileo extraordinario, el papa Francisco nos invita a caminar, a peregrinar. ¿Hacia dónde? ¿Cuál es la meta? La meta es que atravesando la Puerta Santa nos dejaremos abrazar por la misericordia de Dios y nos comprometeremos a ser misericordiosos con los demás como el Padre lo es con nosotros(1). La meta geográfica no tiene porqué ser obstáculo: se han abierto muchas Puertas Santas en el mundo y nadie tiene que hacer esfuerzos desmesurados para llegar a una de ellas. El Papa ha pensado en todo el mundo, hasta las personas detenidos para quien la puerta de su celda se convierte en Puerta Santa(2). Lo que realmente necesita esfuerzo y conversión es la meta teológica. La primera etapa es no juzgar(3). 

Desear la Misericordia, renunciar a un Dios-juez/castigador 

El pueblo judío sabía que Dios es misericordioso. Hay múltiples textos en el Antiguo Testamento que hablan de ella(4). El problema es que los creyentes no siempre se alegran de esta misericordia. Prefieren un Dios-Juez, un Dios-Castigador. Un ejemplo claro es la historia del profeta Jonás. El relato empieza con la información que la maldad de los habitantes de Nínive ha subido hacia Dios. La maldad indica un juicio sobre la cualidad de las acciones de las habitantes de Nínive (pero no sobre la cualidad de las personas). Dios decide enviar un profeta, una persona que habla en su nombre. Nínive era una ciudad considerada enemiga. Jonás evidentemente no quiere ir. Es sorprendente descubrir cuál es el argumento de Jonás para explicar su resistencia a la misión que Dios le pide: sé que eres un Dios compasivo y clemente, paciente y misericordioso(5)… Jonás no se alegra de la misericordia de Dios. 

En el Nuevo Testamento está la parábola hijo prodigo(6). El hermano mayor no se alegra del hecho que su padre acoja con los brazos abiertos y con fiesta al hermano pequeño, que vuelve a casa después de haber dilapidado su herencia… 

Renunciar a querer un Dios-Juez, un Dios-Castigador, es uno de los primeros pasos a dar en este año jubilar. Cuando nos acercamos a una Puerta Santa, vale la pena meditar situaciones concretas de nuestra época. Por ejemplo: ¿Nosotros deseamos Misericordia para las personas que cometen hoy actos de violencia en la región de Nínive (comparables a la maldad de los habitantes de entonces)? 

Ser misericordiosos: una posición cruciforme 

La novedad de Cristo no es la noticia de que Dios es Misericordia. Ya se sabía, simplemente a muchas personas les costaba aceptarlo. La novedad es que Cristo nos invita a que seamos misericordiosa con los demás como el Padre lo es con nosotros(7). Ser misericordioso implica no juzgar las personas. ¿Seremos capaces de dejar siempre la puerta abierta, de tener siempre esperanza en los demás, en su capacidad de cambiar, de conversión? Se trata de condenar el pecado, pero no al pecador. Hay que ser lucidos sobre el mal, tener juicio para distinguir el bien y el mal. Pero decir que una acción es mala no es lo mismo que declarar: “eres malo, eres un criminal”. Ser misericordioso implica no juzgar a las personas, no poner etiquetas a las personas, porque las personas siempre son mucho más que sus acciones. Estamos invitado a condenar el pecado, y al mismo tiempo a abrazar al pecador. Esperar con los brazos abiertos, como el padre de la parábola del hijo prodigo, no es fácil. ¿Dónde encontraremos fuerzas para no juzgar a los demás y mantenernos en una posición cruciforme, siempre brazos abiertos? 

Necesitamos la fuerza del Espíritu Santo 

Para ser misericordiosos con los demás necesitamos la fuerza del Espíritu Santo. No se trata de una fuerza mágica que soluciona todas las dificultades. El Espíritu Santo nos ayuda a continuar a amar, pase lo que pase: que estemos afectados por una enfermedad, que nos encontremos en situaciones de injusticia, que suframos violencia, etc. Es el Espíritu Santo quien puede transformarnos en antorchas de caridad, en llamas de misericordia en medio del mundo. 

No juzgar es una tarea difícil, es un primer paso a dar en esta peregrinación de misericordia. Hay que andar con todo nuestro esfuerzo, sabiendo que es indispensable abrir al mismo tiempo nuestro corazón al Espíritu Santo. Sin Él no iremos lejos. 

Pauline Lodder
Ginebra (Suiza)

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(1) Bula de convocación del Jubileo extraordinario de la Misericordia, punto 14, Papa Francisco, Roma, 11 de abril 2015. 
(2) Carta a Mons. Rino Fisichella, Papa Francisco, Roma, 1 de septiembre 2015. 
(3) Bula de convocación del Jubileo extraordinario de la Misericordia, punto 14, Papa Francisco, Roma, 11 de abril 2015. 
(4) Por ejemplo Dt 4, 31 ; Tob 3,11 ; Ps 85,15. 
(5) Jon 4,2. 
(6) Lc 15, 11-32. 
(7) Lc 6,36 ; Mt 5,48.