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12 de diciembre de 2014

Pliego nº 71


Tres maneras –progresivas- de orar

La mayoría de cristianos rezamos a Dios siempre pidiendo algo. Sentimos, intuimos que Él es el Creador, tiene todos los bienes y es bueno y generoso. Por eso creemos que no los guarda para sí, sino que los reparte a manos llenas entre los hombres y mujeres que los necesitamos, como limitados que somos por ser humanos.

Pedir no ofende a nadie, tampoco a los humanos. Más bien sucede al contrario: es un elogio que hacemos al otro. Al pedirle algo, le decimos, primero, que pensamos que tiene un mínimo de sobrante que es lo normal para vivir; y segundo, que en vez de acumularlo desea compartirlo con los demás. Si el otro no tuviera tampoco nada, entonces somos hermanos, dos a pedir; y si, teniendo, no quiere compartirlo, pues no se hable más, ya que líbreme Dios de forzarle lo más mínimo.

(Hace tiempo caí en la cuenta de que la palabra “pordiosero”, en su origen, no significa alguien que va sucio, mal vestido, etc. sino que es aquel que pide por amor de Dios. Por-dios-ero. ¡Qué hermosa palabra! ¡Cuántos santos han sido pordioseros en este sentido etimológico!)

Esto mismo que decimos lo podemos aplicar a nuestra oración a Dios.

Pero al principio, en el título de esta reflexión dije que había tres modos de orar. Quedan dos. ¿Cuáles son?

En el primero que hemos visto, pienso más que nada en mí, que soy indigente y necesitado. Pero, segundo, alzando la mirada, puedo pensar en Dios que me lo dio y debo ser agradecido. Es la oración de acción de gracias. Ahora me fijo en mí, sí, pero también en Él. Nada menos que la Eucaristía podría clasificarse en esta segunda manera de orar: en ella, le damos gracias al Padre porque nos ha enviado el mayor y más querido regalo, su Hijo Jesucristo. Es el culmen aquí en la tierra.

Entonces, en este itinerario ascendente, ¿ya no hay más? ¿No hay un modo superior de orar?

Hay un tipo de oración que es el que utilizan los ángeles en el cielo que alaban a Dios, Uno y Trino. Es la tercera manera: la oración de alabanza. Solo eso. Solo fija la mirada en Dios; no en uno mismo, no en los humanos sino en la divinidad. Dios es grande. Dios es incomensurable. Dios es inabarcable … y sin embargo tan cercano y amigo!: ¡Santo, Santo, Santo!; ¡Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu de ambos!

Las tres maneras son progresivas, en progresión ascendente; las tres son necesarias, no se puede prescindir de ninguna de ellas mientras vivimos en la tierra. Podríamos caer en el orgullo si pensáramos que ya no necesitamos pedir u, orgullo mayor aún, tampoco el dar gracias.

Ahora bien, ¿y pedir al prójimo? ¿Pedirnos entre nosotros, las personas humanas? En pequeñito, de juguete pero también, los que los profesores dicen “analógicamente”. Parafraseando a san Juan: “¿Dices que pides a Dios a quien no ves y no pides al prójimo que sí ves? Hipócrita”. Necesitamos pedir pues somos seres sociales y no autoabastecidos. Hemos de pedir, sobre todo, amor que es algo que necesitamos sumamente y que los que nos rodean no están obligados a darnos. Y también hemos de agradecer, “es de bien nacidos ser agradecidos”, dice el refrán. ¿Y también podemos alabar al prójimo? Sí porque, ¿hay quien no tenga nada bueno, digno de alabanza? Con prudencia, sí, pero alabar lo bueno que tengan.

Estos tres modos de orar fue una de las cosas que me enseñó el Padre Alfredo Rubio de Castarlenas hace unos 30 años y que, hace pocos meses, dijo Francisco, el obispo de Roma, el Papa, en su excelente magisterio.

Pero cuando termino estas letras(1) he leído a: Afraates (¿- 345), monje, obispo cerca de Mossul, (Las Disertaciones, nº 4) que dice lo mismo y es del siglo IV:


“Voy a enseñarte los modos de oración: en efecto, está la oración de petición, la de acción de gracias y la alabanza; la de petición es cuando pedimos misericordia por nuestros pecados, la acción de gracias es cuando das gracias a tu Padre que está en los cielos, y la alabanza cuando le alabas por sus obras. Cuando estás en peligro, acude a la petición; cuando te sabes provisto de bienes dale gracias al que te los da; y cuando estás de buen humor, presenta la alabanza. Todas tus plegarias debes presentarlas delante de Dios según las circunstancias. … no debes orar siempre de la misma manera sino según las circunstancias”.

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P. D.: Ayer mismo, 29 de noviembre, en viaje a Turquía, después de rezar descalzo en la Mezquita Azul, “Francisco le ha dicho al Gran Mufti: tenemos que dar un paso más, además de pedir y dar gracias, tenemos que adorar a Dios, la adoración gratuita.”
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[1] Primer domingo de Adviento de 2014.
 
Juan Miguel González Feria, Pbro.

España

12 de abril de 2013

Pliego nº 51


Testigos de la verdad

Por ser testigos de la verdad, han martirizado y matado a muchas personas a través de la historia, crucificaron a Jesucristo y a todos los mártires cristianos, entre ellos podemos mencionar a los Cristeros, los mártires mexicanos que morían gritando "Viva Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe".

Encontramos mártires en todos los tiempos y en todos los continentes, guerras civiles, mundiales, actualmente, en el Siglo XXI, en la India, en Mosul, donde los convertidos no pueden proclamar la nueva fe dentro de Irán, pues son sentenciados a muerte. Cada uno de nosotros puede evocar también martirios actuales, en China, y en tantos rincones del mundo.

Recordemos al sacerdote católico San Maximiliano María Kolbe, consagrado a la Inmaculada, quien murió en Auschwitz en lugar de un padre de familia, a fines de julio de 1941, en una celda con nueve prisioneros más, obligados a morir de hambre. 

Hablar bien es dar testimonio, afirma Jordi Cussó en éste mismo blog, en febrero del 2009, al hablarnos justamente de Santa Eulalia, la bien hablada, mártir en Barcelona.  Nosotros podemos descubrir lo que la realidad y las personas tienen de bueno, y saber dar, con nuestro testimonio y con nuestras palabras, la Buena Nueva.

Ser testigos de la verdad es una tarea ardua y dificultosa. Esforcémonos, por ser testigos de la verdad en nuestras vidas. No busquemos el martirio si no es necesario
Presentemos la verdad con delicadeza, con la mano abierta, como ofreciendo…
Nuestra verdad ha de estar regida por las cuatro virtudes cardinales: Prudencia, Justicia, fortaleza y templanza. A veces una verdad mal dicha, puede ser como piedra que destruye y aleja.

En éste punto, grandes maestros de espiritualidad, como Santa Teresa de Jesús, recomiendan, “Hablar de Dios o no hablar”,  podemos recordar las palabras de Tante, Dolores Bigourdan, hablar siempre bien de los otros, o no hablar…

Dar testimonio de la verdad, tarea de todo ser humano, y en especial de todo profetismo, lo encontramos en forma negativa en el octavo mandamiento: No dar falso testimonio ni mentir.

Podemos afirmar con Juan Miguel González Feria: “Éste mandamiento es más grave que los otros dos, porque si establecemos una sociedad en la que es normal mentir, llegará a no poder existir la fe, pues la fe es creer lo que Dios anuncia, lo que Dios nos dice.  Si nosotros que somos tangibles, no somos creíbles, menos creíble será Dios, a quién no se le ve.  Dar falso testimonio o no dar testimonio cuándo tendría que darse, por cobardía, por vergüenza… es pecado de omisión. En éste mandamiento Jesús está diciendo que aquel que no de testimonio de Él ante los demás, tampoco tendrá su testimonio ante Dios.  La vida del cristiano es dar testimonio de Cristo, no podemos dejar de dar testimonio de nuestra vivencia de Él”.

Nuestra tarea es seguir a Cristo y descubrir su mensaje y dar testimonio de la verdad, con la vida, en el diario vivir, amando a todos, incluso a los enemigos. En esto está la perfección cristiana.

Cristo viene a implantar un reino, al que sólo podemos entrar con traje de fiesta, es un convite de paz, de alegría y de unión. No es necesario llegar hasta el martirio, prueba de nuestra fe.  Lo que se nos pide es vivir gozosos, ciudadanos del Reino en la tierra, ser felices!

Dispuestos a dar la vida, sí, pero muy especialmente dispuestos a ser testigos de la verdad al vivirla, al disfrutarla, al entrar a la fiesta que el Padre Misericordioso ha preparado para todos nosotros, y que nosotros también podemos preparar para demás.

Con su vida, pasión, muerte y resurrección Jesucristo ya nos ha salvado! 

Salgamos a dar testimonio de la verdad y proclamar esta buena nueva de la salvación para el mundo entero.

No es necesario grandes sacrificios, lo importante es vivir en fiesta!

Nubia Isaza Ramos
Bogotá (Colombia)