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12 de octubre de 2022
En Clave de 'Ser' - La Mujer y la Paz
12 de septiembre de 2022
Pliego nº 164
El luto y la cirugía bariátrica
Nadie me dijo nunca que un día me haría paciente de por vida. Claro, ¿quién te va a decir que las cirugías bariátricas te desnutren de por vida por que sigas las indicaciones médicas y que tarde o temprano enfermarás a causa de sus secuelas? Nadie. Vivimos en un mundo donde la gordofobia nos enseña a que no deberíamos existir en cuerpos gordos y que la gordura es sinónimo de tener un tumor grande y supurante que se tiene que eliminar estés enferma o no. Y así es como en el 2009 le dije sí a una Manga Gástrica o Sleeve que se me ofreció como un regalo: finalmente voy a adelgazar “por salud,” me dije, aunque en realidad, yo tenía una salud envidiable y la vitalidad de un delfín.
No les voy a mentir, vivir en el privilegio de la delgadez, porque eso es, un privilegio, ha sido un gran descanso ante la sociedad y sobre todo ante los doctores que ya no me recetan la pérdida de peso hasta para curar el dolor de una muela. Pero, los comentarios y opiniones de la gente sobre mi cuerpo nunca cesaron. Parece que haber adelgazado le da a la gente potestad para comentarte siempre sobre tu cuerpo y creanme que el peso de vivir con esos microscopios encima, no es nada fácil. Lo que si nunca volvió a pasar es que la gente se preocupara “por mi salud,” aunque en los últimos cuatro años he estado más enferma que nunca. Aquellos preocupados por mi salud cuando estaba gorda, ya no se preocupan por ella ahora que encajo en el tamaño “aceptable” y me veo “regia.”
Dentro de este camino de vivir con esta cirugía y sus muchas secuelas irreparables, se tuvo que hacer una reconstrucción masiva de mi sistema digestivo en el 2019 y me hicieron un Bypass Gástrico como parte del intento de recuperar mi digestión.. Las cirugías las tolero, los padecimientos también, pero para lo que nunca me preparé fue para entender que todas estas secuelas son de por vida, aca seré una paciente de por vida. ¿Como una mujer vital, que respetaba su cuerpo y hasta escribía al respecto, llega a perder su salud por una intervención que se suponía la iba a hacer saludable? El trabajo mental que me ha tocado hacer en estos años ha sido feroz y el luto, constante.
El primero de estos lutos fue el darme cuenta que la delgadez no es sinónimo de buena salud. ¿Qué? Sí, eso. El día en que entendí que un cuerpo gordo puede ser un cuerpo sano y que uno delgado no es necesariamente saludable, se me rompió el corazón. Como si se hubiera muerto alguien. Ese día perdí la mentira en la que vivía de que por más que estaba sufriendo secuelas, al menos era más saludable que la Mariana gorda. La pérdida de esa fantasía me devastó el alma. Las personas gordas somos bombardeadas con el mensaje de que sólo la delgadez nos dará salud, aun cuando somos completamente sanos y el entender que no es así, me llevó a la siguiente y dolorosa pregunta: ¿para qué entonces me hice una Manga Gastrica si yo era saludable?
El mundo me daba vueltas y yo sentía que caía en el más hondo de los precipicios. Soy una mujer que siempre se levanta. Que se identifica con la resiliencia, el amor a la vida, la fiesta y la alegría. Me he equivocado mil veces en la vida y me jacto de nunca arrepentirme por más tontería que haya hecho. ¿Pero esta? ¿Esta que me está quitando la salud y que afecta a mi pareja y a todas las personas que amo? ¿Esta decisión que me ha salido millonaria a largo plazo y que si no fuera por mi gente querida no podría mantenerme? Esta es la decisión más terrible de mi vida. La única decisión que tomé con ignorancia a causa de la gordofobia que promueven la cultura de las dietas disfrazadas de “bienestar”y desafortunadamente, muchos doctores. ¿Cómo hago para recuperarme de ese dolor? No solo mi ego de mujer inteligente que tengo salió herido, sino también mi poderoso y querido cuerpo. ¿Cómo me sobrepongo de esta gran pérdida de mi salud? ¿De lo que creía correcto e íntegro? ¿Cómo me perdono por este gran error?
Poco a poco y gracias a la terapia; al proceso de la Alimentación Intuitiva en el que he estado con una nutricionista y reitero, a la terapia; voy encontrando alivio a mi dolor. A mi gran perdida de vida. La salud. Pero donde mi herida más encuentra reposo, es en la comunidad de Instagram que se ha creado alrededor de mi activismo de respeto corporal y concientización bariátrica. No solo fueron los testimonios de otras personas los que me ayudaron a buscar doctores y profesionales de la salud para poder curar o aliviar mis secuelas, si no que fue mi motivación para escribir el primer testimonio en el mundo sobre cirugía bariátrica. Un panfleto de secuelas, consejos y advertencias sobre estos procedimientos, pero también dio voz a otros diez testimonios de pacientes bariátricos en España y alrededor del mundo. Cuando entiendo que era a mí a quien le tocaba vivir esto para poderlo convertir en material de apoyo e información para otras personas, encuentro sentido a la mutilación de un órgano sano que hice. Encuentro perdón y muchas veces alivio. Mi dolor se aplaca y recuerdo el plan mayor de mi vida: comunicar y compartir. Vivir en comunión.
Mariana den Hollander
IG: @marianadenhollander_libros
marianadenhollanderbooks@gmail.com
Atisbo
Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan (Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.
En Clave de 'Ser' - Democracia y Libertad
En Clave de Ser, un montaje radial, elaborado por el equipo del Espacio Dolores Bigourdan, para ayudar a la meditación y la reflexión.
12 de agosto de 2022
Pliego nº 163
Elaborar el duelo: nuestros recursos ante una pérdida
Cuando perdemos a una persona –sea que muera, se aleje, se deteriore, nos rechace…-, o un bien (salud, casa, trabajo…), termina una situación que considerábamos estable y definitiva, y tocamos de lleno con alguno de los límites que conlleva el hecho de ser humanos. Si lo que hemos perdido es importante para nosotros, se produce una disrupción en nuestra vida, y pueden llegar a tambalearse todas las apoyaturas en que la cimentábamos.
Entonces tenemos que recurrir a nuestros recursos internos y externos para poder afrontar el proceso de duelo, es decir, asumir y elaborar internamente el dolor que naturalmente sentimos ante la pérdida. Se añade la necesidad de recolocar las piezas prácticas de nuestra existencia, rediseñar nuestro propio papel y responsabilidades, reacomodarnos en relación con la red de relaciones humanas en que nos movemos. Casi nunca es fácil alcanzar un nuevo equilibrio, gestionando sentimientos como la tristeza, la ira, el dolor o la culpa.
Las fases en la elaboración del duelo están muy estudiadas y bien descritas por muchos investigadores. En síntesis, la primera es una negación o vaivén entre la negación y la apertura a lo nuevo; la segunda es “tocar fondo” para la elaboración del duelo con todo lo que conlleva, y la tercera es asumir o crear la nueva realidad. Pero en este texto hablaré sobre los recursos con los que contamos para asumir las pérdidas de todo tipo que van a ir marcando nuestra vida, en cualquier caso y edad.
Cuando perdemos a una persona o algo muy importante para nosotros, se ven afectados todos los elementos de nuestra persona: cuerpo (sede de las emociones), sentimientos (emociones con nombre y situadas en nuestra biografía), raciocinio (causas, posibilidades), apertura a lo sobrenatural (puerta a la esperanza).
Además de estas dimensiones individuales, se pueden ver afectadas nuestras relaciones con los otros miembros de nuestra red familiar, de amistad y trabajo. La recolocación de nuestro papel, sin duda afectará al conjunto de la red, en particular a los más cercanos.
Evidentemente la persona es un “todo” integrado y actúa como tal, pero para efectos de análisis, miremos por separado los diferentes recursos con que contamos para elaborar el duelo.
Movilizar todos nuestros recursos
1. Dejar al cuerpo expresar sus emociones. Ante una pérdida dolorosa, surgen las emociones, que son estados de ánimo arraigados en el cuerpo. Pues en primer lugar es necesario permitirse estar tristes. La cultura “positiva” parece obligar a una perenne sonrisa (“tu familia te necesita fuerte”, “no te rindas”, etc.), que ahoga la natural respuesta biológica ante ese acontecimiento. Permitirse llorar, apartarse un poco de los demás por un tiempo para evitar el ruido y la banalidad, es necesario para elaborar el duelo de manera profunda. A veces las personas no lloran –quizá no se lo permiten a sí mismas- pero requieren dejar al cuerpo expresar el dolor en cualquiera de sus formas. Bajón de defensas, gripes, diarrea, alopecia… que si no se cronifican, son vías de escape y expresión de la tristeza o de la ira. Dejemos que eso suceda, sin juicios ni frases hechas. El trabajo manual, la naturaleza, el deporte… pueden ayudar.
2. Poner nombre a los sentimientos: para gestionar mejor esas emociones, la persona las va integrando en su propia historia, dándoles nombre y significado (entonces son sentimientos). Poder decir “estoy triste”, “me siento perdida, confundida, enfadada…”, son expresiones que nos ayudan a elaborar, entender, situar lo que nos está pasando y sus consecuencias en nuestra biografía. Muchas personas elaboran los sentimientos hablando de ellos con alguien de confianza. El diálogo las clarifica por dentro. Otros prefieren callar, apartarse y elaborar en solitario sus experiencias hasta que se sienten en condiciones de compartir algo menos triste. Pero lo importante es dejar que esos sentimientos afloren, ponerles nombre, calibrar su peso, irlos colocando en el conjunto de nuestra experiencia vital.
3. Elaborar la pérdida. La razón, el pensamiento, es el recurso imprescindible para ponerles nombre a esas vivencias y colocarlas del mejor modo en nuestro presente. Comprender que somos limitados, dar sentido a la pérdida en su conjunto, crear una narrativa que nos la explique, asumiendo cómo la condición humana se expresa en ese momento, todas estas son acciones de la razón sobre unos hechos y unas experiencias interiores que no son gratas. Pero la razón sirve, además, para recordar lo bueno que hemos vivido, valorar lo recibido, agradecerlo, y así poder “jugar mentalmente” con el futuro, plantearnos escenarios posibles, ir viendo hacia dónde podríamos ir en esta nueva situación, qué necesitamos, cómo podríamos llegar hasta allí.
4. La vida de fe. Ciertamente es para muchos “el recurso” por excelencia: la oración, la vivencia de que todo dolor tiene sentido el abandono en la voluntad de Dios, la intercesión de los santos, la confianza en Él para gestionar el futuro, la esperanza en su ayuda… Las personas que experimentan ese apoyo en lo sobrenatural, seguramente pueden alcanzar más fácilmente la paz interior. Sólo que la Gracia no sustituye la naturaleza. Sin todo lo anterior, ésta no basta. Con todo lo anterior, el proceso se facilita e incluso puede ser ocasión de crecimiento y alcance de una escala más honda de madurez.
5. Los demás nodos de nuestra red. Gracias a Dios, no estamos solos. El duelo también puede ser compartido. Las personas más cercanas se dan soporte y consuelo unas a otras ante una pérdida que afecta a varios o a un miembro de la familia, comunidad, grupo… Si bien tiene límites la compañía que podemos hacernos mutuamente, porque cada persona debe asumirlo individualmente, es imprescindible para todo ser humano sentirse acompañado en el dolor, para hacerlo más llevadero, apoyarse en otros y apoyarlos para superar una pérdida.
Asumir la condición humana
Ayuda en todo esto el asumir la condición humana como una sorprendente combinación de enormes límites y grandes posibilidades. Ninguno de nosotros es inmortal, pero además es muy pequeño el margen de control que podemos ejercer sobre los acontecimientos que nos afectan. Aunque a algunos se lo parezca, no es posible diseñar la propia vida ni suponer que nuestros planes se cumplirán. Hagamos planes y emprendamos proyectos e iniciativas, pero con la sabiduría de estar “muertos a ellos”, sabiendo de antemano la fragilidad de lo humano.
Todos sabemos esto, pero nuestras actitudes de hecho ante esos límites “ónticos” del ser humano son muy variadas. Cultivar una actitud de humilde aceptación de nuestra realidad, ayudará sin duda a establecer vínculos más sanos, menos dependientes, y a gestionar las pérdidas con la franciscana naturalidad de acogida a la hermana muerte en cualquiera de sus formas.
Leticia Soberón
Madrid
Atisbo
En Clave de 'Ser' - Mitos del Nacimiento
En Clave de Ser, un montaje radial, elaborado por el equipo del Espacio Dolores Bigourdan, para ayudar a la meditación y la reflexión.
12 de julio de 2022
Pliego n° 162
Cuando Cae el velo
Disfrutamos la
obra de teatro y cae el telón. Hay silencio en la sala, estamos en penumbra, no
reconocemos a quien está a nuestro lado; impacientes esperamos que enciendan la
luz para ver claro. En ocasiones nos levantamos y aplaudimos con entusiasmo. La
obra cumplió nuestras expectativas; en algunos momentos, silencio profundo pues
tocó fibras internas que nos producen desazón, inquietud, decepción y quizá
angustia, tristeza. Enmudecemos, no deseamos siquiera mirar a los ojos a
nuestro acompañante, soledad inmensa; de pronto, un hilito imperceptible cae
por nuestra mejilla. ¡Estamos tan conmovidos!
La vida es como una obra de teatro, en la que
percibimos como protagonistas diversas emociones que, a flor de piel, como
torbellino, pasamos de una a otra a otra, a lo largo de nuestra vida. A veces
sabemos a ciencia cierta qué sentimos y otras veces, es tan complejo asignar
palabras a aquello que experimentamos en el pozo profundo de nuestro ser.
Igual que en la obra de
teatro, nuestra vida tiene un inicio y un final. Así como empezó en un momento único e
irrepetible, ― ¿Somos conscientes que podríamos no haber existido nunca? ―;
dejaremos de ser a cualquier edad, en cualquier momento y circunstancia, que
siempre desconoceremos y que, por más que nos esforcemos en prever, no podremos
controlar como desearíamos. Otros atenderán nuestros asuntos. ¿Tendremos tiempo
y espacio para agradecer y despedirnos con ternura de los seres amados?
Es lo que hemos
revivido una y otra vez por la pandemia global primero y, ahora, con una nueva
guerra imprevista arrebatando tempranamente vidas sin distinción de género y
edad. Muertes que siempre sorprenden y nos hacen rememorar todas las pérdidas
humanas cercanas a nuestro corazón y, tener compasión por todas aquellas que
conociéndolas o no, van falleciendo en diversos lugares del mundo entero.
Algunas con rostro, nombre e historia, otras, fríos cálculos matemáticos que se
actualizan día a día y que quizá, anuncian nuestra propia muerte haciéndonos
revalorar la vida y la muerte en sus reales dimensiones.
Una vida
descubre su verdadera esencia cuando cae el velo, cuando podemos reconocer, ver
y escuchar en el rostro ya sin vida, una voz, en un lenguaje diferente lo que
fue su trayectoria de vida; nos habla nítidamente de lo compartido, su obra
intransferible, única y en solitario, su sello. Cada persona imprime su propia
marca, su estilo de vida, sus convicciones y descreimientos, sus valores innegociables. De la inmanencia y la trascendencia de todo
cuanto existió en ella, que configuró su ser y su hacer en este mundo sensible,
su búsqueda de coherencia, de sentido de la vida, de sus luchas internas y
externas, del mundo amplio de relaciones, frustraciones, éxitos y fracasos.
Es una realidad,
las frustraciones afectivas que experimentamos por no poder hacer el tránsito
del duelo como nuestra cultura nos ha transmitido, cuando lo inevitable golpea
la puerta, por eso, hemos de recurrir a todas las herramientas emocionales
internas construidas por años, para pasar los ratos amargos de las despedidas
inesperadas o esperadas, sumadas al dolor inmenso de la separación. Los niños y
los adolescentes son los grandes damnificados a los que debemos abrazar y
proporcionar todos los apoyos físicos, emocionales, espirituales y afectivos
para superar exitosamente las pérdidas y las frustraciones a los que se ven
abocados cotidianamente, para seguir existiendo con gozo, a pesar de las
múltiples pérdidas progresivas de diversa índole que tendrán que enfrentar en
el transcurso del peregrinar existencial, evitando el estrés psicosocial, hoy
día frecuente.
Si en el devenir de la vida el hecho de vivir en sociedad, nos hace
colocar a medida que crecemos una serie de máscaras que nos permiten ocultar
aquellos defectos que creemos tener, o para encajar en los diversos roles
sociales que vamos desempeñando o como mecanismo de defensa ante el peligro ―
por mencionar sólo unas cuántas circunstancias que nos llevan a ello―; cuando
cae el velo, aparece la verdad más verdadera de nosotros mismos y como nunca
antes somos observados. La plenitud del misterio de la vida y de la muerte se
hace evidente, del recibir y del dar en su continuo movimiento.
Tienes una
extraña sensación entre ausencia-presencia, porque todo te habla de la persona
que se marchó inexorablemente para siempre. ¿De qué fuimos testigos? ¿Le
cambiarias el nombre? ¿Cuál sería su epitafio? ¿Cuáles sus virtudes a resaltar?
¿Cuánto bien realizó? ¿Qué eco de ella hay en ti? ¿Qué faltó por decir? ¿Hay
algo de culpas, resentimientos, malos entendidos, situaciones para sanar el
alma?
El aliento de
vida, el máximo don que hayamos podido recibir. ¡Qué maravilla existir… aunque
tengamos que morir! Sin embargo, cuando se ha donado toda la vida repartiendo
amor, acogida, guía, consuelo, protección, alegría, fortaleza, compañía,
trabajo, cariño, cobijo, descanso, paz, apoyo… no nos sentimos solos, creemos y
sentimos que esta persona nos fue dada como rayo de luz que iluminó y
enriqueció nuestra vida, que prendió la hoguera dentro de nuestro corazón para
ser también fuente de luz y por tanto y tanto recibido, podamos hacer fiesta
cuando caiga el velo y se apague su luz. Ha sido nuestro espejo, su eco ha sido
luz para reafirmar o reencausar nuestra propia vida.
Los dones y
carismas recibidos que a todos los seres humanos nos adornan, dan su fruto
cuando se viven en una convivencia grata y feliz, porque se han puesto al
servicio de la vida de familia, de comunidad, resaltando los valores éticos y
sociales de la fraternidad existencial.
En la eternidad,
paz y alegría y vida para siempre.
Gloria Inés Rodríguez Gaitán
Bogotá, Colombia.
----
Camino llevando mi muerte a cuestas[1]
Camino llevando
mi muerte a cuestas
Camino
saludando y sonriendo
mientras la
oculto
como a un cubo
de basura
que no fuera
elegante que se viera.
Camino con mi
muerte a cuestas
que me cansa,
me dobla y me detiene.
Un día me
sentaré en el borde de la acera,
me deslizaré
junto a una farola encendida
que en la
mirada turbia me parecerá una estrella.
La gente creerá
que estoy borracho
ya al filo del
anochecer.
Y pasará de
prisa, de largo.
Y Tú, sorteando
los coches, sobre el lluvioso asfalto,
vendrás a
buscarme ¡Oh, mi buen amigo!
¡Mi Cristo
esperado!
Para llevarme,
mientras conversamos, a Tu Luz, a Tu Calle,
¡Al fin! ¡A Tu
Casa!
(Y en la
madrugada, la gente
creerá - ¡qué
tonta! -
que me quedé
dormido
bajo la lluvia
mansa).
A Juan Miguel.
Alfredo Rubio de Castarlenas
[1]
https://bibliotecadigital.universitasalbertiana.org/wp-content/uploads/2022/03/Camino-llevando-mi-muerte-a-cuestas.pdf
En Clave de ´Ser´- Escuela para la vida
12 de junio de 2022
Pliego nº 161
Los duelos de migrantes
En Vuelo nocturno de Antoine de Saint-Exupéry, el narrador menciona que con cada piloto que muere dentro del grupo de aviadores que vuelan para trazar las rutas aeronáuticas por la zona andina, la memoria de lo compartido también se extingue. ¿Qué sucede con la memoria que no puede compartirse? ¿Qué sucede cuando muere la última persona que compartía contigo esos recuerdos? Muere la posibilidad de recordar. Muere la memoria.
Esta premisa viene a mi mente cuando pienso en mi experiencia como migrante equiparándolo a un duelo. No sólo duele alejarse del terruño; duele alejarse de quienes comparten contigo ese terruño, esa experiencia y esa memoria.
Hace once años me mudé del desierto de Sonora a la Ciudad de México, que alguna vez fue lacustre, y que está ceñida en su crecimiento monstruoso entre dos volcanes: el Iztaccíhuatl y el Popocatépetl. Cambié mi tierra yerma con veranos cercanos a los 50ºC por una zona boscosa y lluviosa.
He perdido mi desierto. Sí. Esa luz inclemente que parece una sábana tendida en la resolana, ese sonido sordo de insectos fuera del alcance de la vista, esos horizontes abiertos y sonrojados al caer la tarde, el calor calcinante que amenaza con evaporar el cuerpo entero. Pero cuando en esta nueva ciudad hablo de esa luz, de la resolana, del silencio, de los atardeceres, del clima, las palabras no son capaces de traerme mi desierto y eso canta, eso a lo que sabe, eso a lo que huele. Y mi terruño vuelve a morir. Cada día más, porque lo que recuerdo solo vive una memoria que se va volviendo lejana, un espejismo que atesoro para que no se disipe del todo. Y para no perderla vuelvo a nombrar: mi desierto, mi resolana, mi sobretarde, mi petricor, mi churea y chicharra. Y con capas de palabras voy vistiendo la memoria de algo que quizá ya no es.
Puedo describir con la mayor fidelidad posible la sensación del espacio abierto, llano, ocre de mi tierra. Pero nadie podrá sentir lo que yo siento por ella. Porque es mía, construida con mis recuerdos, experiencias, sensaciones en los momentos en que la viví.
El terruño se va convirtiendo en un espacio utópico. Un lugar de origen al cual se añora. Un punto geográfico cada vez más añoranza que destino. Un lugar imposible, porque ya no es lo que es, sino lo que se recuerda, lo que se extraña, lo que se envuelve en nostalgia. Inalcanzable.
Cuando tienes la fortuna de compartir la lengua materna entre tu nueva ciudad y la que has dejado, un día te sorprendes con el infortunio de no compartir el acento, los modismos, el sentido del humor, el caló, los sonidos de la ciudad y sus pregoneros vendiendo cosas en las calles. Hay una pérdida de la lengua materna, a pesar de compartirla. Es escuchar a tu madre cantándote canciones de cuna desconocidas, cambiando tus apelativos y las expresiones que usaba en tu infancia para mimarte, hablándote como a una desconocida, pronunciando tu nombre como una extraña.
Clara Obligado lo dice en su libro Una casa lejos de casa, que su propio acento argentino se ha desdibujado sutilmente en el exilio; un acento que tampoco es reconocido en la tierra española que ahora la aloja. Se ha convertido en alguien extraña para su lugar de origen y lo es (de manera inmutable) para la tierra que ahora la acoge. Si algo de la propia lengua muere, una se queda sin pares, sin tribu. Una pasa por el mundo a ser una extraña. Una desterrada.
Nada vuelve a ser lo mismo. Ni la lengua, porque se transforma día con día; ni tu tierra, ni tus amistades, porque ya no son lo compartido, porque ya no es tu amiga de 60 años, cuando tú tenías 40. Tú ahora tienes 50 años, y tu amiga 70 y tu padre casi 80 años. Y esa distancia espacial y temporal se convierte un abismo cada vez más difícil de reducir y reconocer.
La nostalgia tiene esa condena. Se atesora algo que ya no es. Se acaricia la sombra de lo que ya no está. Pero esa ausencia, ese no-lugar, se convierten en algo más grande de lo que es. Deviene en utopía, en un poema de amor que se recita de memoria sin recordar el nombre de a quien estaba dedicado.
Pero me niego a perderlo todo. Y como migrante llevo en el corazón ese lugar inexistente e imposible que es mi terruño y su memoria., como si fuera una oda cada vez con nuevos versos, porque como dice Clara Obligado, “Llevar un poema en el corazón, pienso, puede ser también una forma de resistencia”.
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OBLIGADO, Clara. Una casa lejos de casa. España, Ediciones Contrabando, 2020.
SAINT-EXUPÉRY, Antoine. Vuelo nocturno. México, Editorial Dante, 1989.
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María Antonia Mendívil
México
Jaume Aymar recordando a Tante Bigourdan - segunda parte
Testimonio de Jaume Aymar, sobre Dolores Bigourdan -'Tante'- a quien conoció y con quien compartió algunos años de su vida...
En Clave de 'Ser' - Génesis de una familia
En Clave de Ser, un montaje radial, elaborado por el equipo del Espacio Dolores Bigourdan, para ayudar a la meditación y la reflexión.
12 de mayo de 2022
Pliego nº 160
¿Cuál podría ser el dolor más grande?
Las personas atravesamos por un proceso de duelo cuando rompemos con nuestra pareja, con familiares personas amigas, cuando abandonamos el lugar donde nacimos de forma definitiva, nos despiden de nuestro puesto de trabajo, perdemos estatus profesional, salud, movilidad de una parte del cuerpo, estabilidad económica, también cuando se vive en ambientes inseguros. No obstante estas pérdidas, tienen una mayor posibilidad de recuperación comparadas al dolor producido por la pérdida de un ser querido.
El acompañamiento a los seres queridos depende de la forma en que resolvamos o enfrentemos las dificultades, de cómo gestionamos nuestras emociones, nuestra salud y recursos propios, también del apoyo psicosocial y espiritual que tenemos o encontramos dentro de la organización familiar, social y cultural en la que estamos inmersos.
Retomemos la pregunta, ¿cuál podría ser el dolor más grande?. Quizás vivir la mayoría de pérdidas a la vez, esta situación suele ocurrir en momentos de emergencia como desastres naturales, insalubridad y violencia, es decir, cuando el desbordamiento de las pérdidas no da tregua. Existen comunidades con duelos patológicos, no resueltos, traumas enquistados y personas dentro de las mismas con un alto grado de vulnerabilidad, quienes requieren no solo el acompañamiento de familiares o amigos, sino terapia, asistencia o asesoramiento por parte de profesionales o instituciones especializadas.
Cuántas familias, etnias, comunidades y países han vivido por años las consecuencias del dolor absurdo, me refiero al duelo que viene del latin duellum o combate entre dos, alcanzando a desestabilizar el equilibrio y bienestar de los otros. Y ni qué decir de las comunidades o países que mantienen la hegemonía de un sólo grupo por temor a los cambios, ejerciendo influencia y poder sobre la libertad y estabilidad de sus colectivos, agudizando la dramática situación geopolítica, económica, migratoria y alimentaria, actualmente en emergencia, tanto por las tensiones de su conflicto o violencia interna como externa.
Cualquier momento trágico que experimentemos, ofrece una posibilidad de aprendizaje y transformación organizacional, individual y gregaria.
Hace poco asistí a una conferencia on-line a cargo del profesor en bioética Diego López Lujan, quien citó, cuatro frases enriquecedoras:
● “El acompañamiento y el consuelo ante las pérdidas se deben hacer desde la cercanía, el silencio, el gesto, la ternura, el cariño, la caridad, a veces las palabras sobran. No se consuela desde la razón”.
● “Sin amor no existe duelo”: nos explicaba sobre ese amor que se reconoce necesitado de los otros para poder vivir; que reconoce la indigencia propia y la del otro convirtiéndose en un amor redentor, por parte de quien lo sufre y también por el que le ayuda, pues el que ayuda se conmueve y mueve a salir de sí mismo para dedicarse al otro, a los otros.
● “La muerte asumida como una realidad, nos debe llevar a valorar y compartir con alegría nuestra existencia. Si las personas que han organizado o gobernado los conflictos asumieran, aceptaran y se reconciliaran con su propia finitud, seguramente no habría guerra, se exaltaría la vida, el cuidado del otro y se daría mayor felicidad”.
● “La vida transcurre tan rápidamente a nivel global que no nos permite integrar todo lo que sucede”.
Según lo anterior, debemos buscar una forma de ralentizar nuestra cotidianidad como forma de prevenir el duelo patológico, realizando unas horas de reposo al día, fomentando el que otras personas también destinen un tiempo a permanecer en esa libertad interior que estamos llamados a disfrutar y agradecer. Rescatando la pequeñez de los hijos de Dios, que aprendimos de Jesús de Nazaret, un ser libre, humilde y dócil, quien construyó Reino de los Cielos en la tierra, dando ejemplo de misericordia, perdón y esa paz que actualmente requerimos para dar respuesta a los retos y dificultades que debemos resolver con sosiego, paciencia y creatividad.
En este momento decisivo de la humanidad, es nuestro deber rescatarnos unos a otros, con amor redentor, por construir lugares y vínculos, familiares, amicales y comunitarios para el consuelo, el cuidado de los otros, el encuentro, la caridad y la fiesta reparadora que alegran y otorgan vida y paz.
Elsa Lizarazo
Bucaramanga, Colombia
Atisbo
Testimonio de Jaume Aymar, sobre Dolores Bigourdan -'Tante'- a quien conoció y con quien compartió algunos años de su vida...
En Clave de 'Ser' - Qué hermosa es la tierra
En Clave de Ser, un montaje radial, elaborado por el equipo del Espacio Dolores Bigourdan, para ayudar a la meditación y la reflexión.






