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12 de marzo de 2020

Pliego nº 134


Reconciliación y fiesta

La palabra reconciliar viene del latín reconciliare, que se forma con el prefijo re- y el verbo conciliare, vinculado al sustantivo concilium, que podemos traducir por asamblea, reunión, unión. Es así como reconciliare es hacer volver a alguien a la asamblea, a la unión y al acuerdo con otros. Restablecer la concordia o la unión entre los que se habían desunido. 

Pero este volver a la asamblea, a la unión y al acuerdo; no puede ser desde la fuerza o la imposición de una de las partes. Para la reconciliación es imprescindible la voluntad de todas las partes.

Un claro ejemplo de las actitudes necesarias para la reconciliación nos la da la parábola del hijo pródigo o del padre misericordioso:


Lucas 15, 11-32 (…) Así que se puso en camino y regresó a casa de su padre. “Todavía estaba lejos, cuando su padre le vio; y sintiendo compasión de él corrió a su encuentro y le recibió con abrazos y besos. El hijo le dijo: ‘Padre, he pecado contra Dios y contra ti, y ya no merezco llamarme tu hijo’ Pero el padre ordenó a sus criados: ‘Sacad en seguida las mejores ropas y vestidlo; ponedle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traed el becerro y matadlo. ¡Vamos a comer y a hacer fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a vivir; se había perdido y le hemos encontrado! Y comenzaron, pues, a hacer fiesta. (…)



Me gustaría resaltar cuatro ideas de este fragmento en relación con la reconciliación:  

ü    La actitud del hijo de reconocer sus errores. Es el pasó previó y necesario para la reconciliación.

ü     La actitud del padre de espera, lo recibe con los brazos abiertos. No hay reproches en la actitud del padre. El padre no le recuerda al hijo sus errores. En los tratados de paz después de una guerra, los vencedores imponen sus condiciones a los vencidos. No puede haber reconciliación desde la fuerza, desde la superioridad.

ü    El padre restituye al hijo la dignidad perdida: vestidlo, ponedle un anillo y calzarlo.

ü    La reconciliación conlleva alegría, conlleva fiesta.

 Una prueba de la verdadera reconciliación es la alegría. Busco en el diccionario el significado de la palabra alegría y dice en sus dos primeras acepciones:  

Sentimiento grato y vivo que suele manifestarse con signos exteriores. Palabras, gestos o actos con que se expresa el júbilo o alegría.

La alegría es la consecuencia de la reconciliación. No puede haber reconciliación sin alegría. No puede haber reconciliación sin humildad por todas las partes

Tiempo de cuaresma, tiempo de reconciliación, pero también de alegría. Alegría es también tiempo de espera.

Lucas 1,44 Tan pronto como he oído tu saludo, mi hijo se ha movido de alegría en mi vientre.

Mateo 28,8 Las mujeres se alejaron a toda prisa del sepulcro, asustadas, pero, a la vez, con mucha alegría, y corrieron a llevar la noticia a los discípulos.

En esta cuaresma, estemos atentos, reconciliémonos con las personas que tenemos cerca, seguro que será motivo de alegría.

Alberto Antúnez
 Barcelona

12 de julio de 2019

12 de febrero de 2017

Pliego nº 97

 

La fiesta III: De la alegría al gozo


El itinerario del cristiano es un itinerario que va de la alegría al gozo. Parte de la alegría de saber que el Verbo se ha hecho carne de nuestra carne, nos ha liberado de la esclavitud del egoísmo, nos ha redimido, para llegar al gozo de encontrar a Cristo y vivir configurados con él, ¡Cristo es nuestra fiesta! Pero entre el anuncio de la buena nueva de la redención de Cristo –la alegría– y el vivir resucitados en él –el gozo– hay un calvario también para nosotros: morir a uno mismo. El abandono total en manos de Dios.

La meta última de la madurez cristiana es dejar de seguir a Cristo para convertirnos en otros cristos en la tierra. Y esto también incluye la resurrección. Porque la resurrección no es sólo algo que puede acontecer con nuestra muerte física, sino que también es un modo de vivir nuestra vida mortal, plenos de la gracia de Dios, «muertos al pecado, pero vivos para Dios en Jesucristo» (Rom 6,11). Como otros cristos, nos presentamos a los demás en las diversas relaciones de la comunidad cristiana. Cuando esto se da, vivimos ya el reino que Cristo vino a instaurar, vivimos en fiesta.

Para el cristiano que ha recorrido este itinerario de morir y resucitar con Cristo, su mapa, su carta de navegación son los que Cristo da una vez resucitado. De ahí que la Andadura Pascual (*1) es donde mejor encontramos el camino a seguir, el mapa para el obrar.

Hacer de nuestra vida una oblación por amor, es instalarse en el gozo de vivir resucitados en Cristo. Y esta es la estructura más interna de la fiesta, que queda condensada en la sentencia de San Juan Crisóstomo: Ubi caritas gaudet, ibi est festivitas.

La esencia de la fiesta es: ser-para-los-demás, como Cristo lo fue para la humanidad. Y todos y cada uno de los hombres estamos invitados a gozar la fiesta y la alegría de vivir en Dios. Pero en la espiritualidad y la praxis cristiana este ser-para-los-demás, se ha identificado casi exclusivamente con el rostro doliente de Jesús clavado en cruz, separándolo en no pocas ocasiones, del talante del Resucitado. Evangelizar la fiesta, el placer y la alegría en el mundo de hoy, no es menos importante que evangelizar el dolor. La resurrección de Cristo es la máxima afirmación de que el fin de la vida no es el sufrimiento y la renuncia, sino la alegría y el gozo.


El fin último del cristiano no es la cruz, sino la resurrección, el gozo, la fiesta. La cruz es la prueba, pero no el fin. Que mataran a Jesús clavándolo en una cruz, no tiene nada de novedad. De hecho, en su época fueron muchos los que murieron así. Y a lo largo de la historia, muchos otros han muerto de manera más cruel y con más sufrimiento. Cuántos mártires hubo y sigue habiendo que dan su vida por ideales muy dignos y legítimos.

El centro de gravedad del mensaje de Cristo, no está en su muer­te –que es una prueba de la autenticidad de lo que decía– sino en lo que decía e hizo. Lo específico –si pudiera resumirse de algún modo– es el “ágape de caridad”, que tan bien está reflejado en el relato joánico de la última cena.

«La mejor manera de mejorar el mundo es amar como Dios nos ama». Cuando esto pasa del yo –que amo– al nosotros –que nos amamos–, ¡es fiesta! Esta es la evangelización por excelencia, la acción más eficaz, y el espectáculo más atrayente y redentor que podemos dar los cristianos al mundo «Por el amor que os tengáis los unos a los otros reconocerán que sois discípulos míos» (Jn 13,35).

 
(*1) RUBIO, Alfredo. Andadura Pascual. Camino de Alegría. Barcelona: Edimurtra, 1990.


Maria Viñas

Barcelona (España)

12 de enero de 2017

Pliego nº 96


La fiesta II: Cristo, nuestra Fiesta! 


Qué difícil es definir la fiesta. La fiesta es algo que todos hemos experimentado alguna vez, pero en lo que raramente pensamos. Más aún, es difícil encontrarse en disposición festiva y, al mismo tiempo, pensar en ella. La fiesta es un talante del espíritu y está envuelta de misterio, nos desborda y trasciende. Por esto la fiesta no puede terminar de describirse conceptualmente. 

Definimos la fiesta como la manifestación de la alegría. Pero no cualquier alegría; sino la alegría del acontecimiento Cristo vivido en mí. Y esta vivencia interior –por desbordamiento– se manifiesta al exterior. Ser otro Cristo, esto es fiesta. La plenitud de la fiesta es la Trinidad. De ahí que la fiesta no se sitúa en el plano meramente del hacer, sino del ser. Por eso, antes de pensar en cómo hacer fiesta, será importante ahondar en cómo vivir en fiesta. La vocación del hombre a la fiesta no es una vocación en el ámbito del hacer, sino del ser. 

La fiesta no puede vivirse si no es desde la aceptación gozosa de la realidad de lo que se es –seres creados, finitos y contingentes–; de otra manera, la fiesta será evasión, distracción, huída, u ocasión para el consumo y el exceso. Por eso, la aceptación gozosa de la contingencia, lejos de ser un obstáculo para la fiesta, es su fundamento más íntimo. 

En el Antiguo Testamento, la fiesta no es sólo algo bueno para el ser humano, sino que es un mandato del mismo Yahvé. La fiesta vivida en el pueblo de Israel como memoria, profecía y acción de gracias; en Jesús llegan a plenitud. Jesús es realización de reino, y es gozo por la redención ya obrada. En el Nuevo Testamento el ser humano, pasa de celebrar fiestas, a vivir en fiesta. 



El reino que proclama Jesús no es sólo una realidad escatológica, sino también presente: Cristo es la realización del reino. Jesucristo –a quién Dios resucitó por la fuerza de su Espíritu–, está vivo entre nosotros. Y esto, tiene repercusiones en nuestra vida: los hombres podemos, no sólo participar, sino vivir en fiesta, en la fiesta que es la vida en Dios. Un Dios que es comunidad de amor, un amor cuya plenitud es fiesta. La fiesta es el dinamismo de la Trinidad, dinamismo tanto interno como externo: ad intra, en la perfecta comunión en el amor; ad extra, en el don gratuito a los hombres del Amor, manifestado en la creación y la redención. 

Para los cristianos la posibilidad –o no– de vivir en fiesta es crucial; pues el núcleo de la fe cristiana es que Dios, no sólo es salvador del hombre, sino que la salvación la ha llevado a cabo encarnándose. La posibilidad de vivir en resucitado –de vivir en fiesta– no es sólo una promesa escatológica, sino una posibilidad ya aquí en la tierra. El seguimiento de Cristo en la tierra, acompañándolo en la construcción del reino, es fuente de alegría y gozo. Construir el reino en la tierra, vivirlo aquí –aunque sea de manera no plena–, es fiesta. Esto nos lleva a afirmar que si la concreción del programa del reino en nuestra vida no es fuente de alegría y de gozo –aunque sea limitado–, tampoco lo será en su consumación final escatológica. Uno –el más acá– y otro –el más allá– forman parte de la misma oferta de Salvación, son obra del mismo Amor. 

Partiendo del relato joánico de las bodas de Caná (Jn 2,1-12) podemos ver como María señala un ministerio propio de la mujer en la comunidad en relación a la fiesta: llevar a los hombres a Cristo. Este mismo ministerio reciben las santas mujeres en la madrugada de la resurrección (Mc 16,7; Mt 28,7). Son las mujeres las que reciben la misión de llevar a los discípulos al encuentro del Resucitado: «Id enseguida a decir a los discípulos que vayan a Galilea, allí lo verán». Las mujeres, apóstolas de los apóstoles; por eso son promotoras de la fiesta, porque tienen el carisma de señalar dónde encontrar a Cristo resucitado. 

La Iglesia es comunidad en fiesta en tanto que es sacramento de la presencia de Cristo en el mundo. Presencia actualizada por el Espíritu Santo y que es el fundamento de alegría y gozo en medio de un mundo con injusticia y pecado. La Iglesia es signo e instrumento de la fiesta. Tiene la misión por un lado, de vivir la fiesta; y por otro, de proclamarla, convocando a toda la humanidad a la fiesta de vida en Dios. Es el mismo doble movimiento que significa ser signo e instrumento. Las dos vertientes van juntas, una no puede darse sin la otra, aunque el vivir la fiesta sea origen. No se puede proclamar lo que no se vive, y si lo que se vive se encierra y no se proclama, termina por secarse. Por otro lado, si la Iglesia dejara de salir hacia fuera, si dejara de proclamar y convocar a la fiesta que vive en su interior, dejaría de ser católica –universal– y apostólica, pues es precisamente su condición de evangelizar –de proclamar y convocar a la fiesta– la que está llamada ante todo a continuar. 

Maria Viñas
Barcelona (España)


12 de diciembre de 2016

Pliego nº 95


La fiesta I: La fiesta, eclosión de lo humano


A lo largo de más de 20 años de trabajo por la paz, me he dado cuenta de que la paz, en sí misma, no basta. No es suficiente para el ser humano. La paz es necesaria, sí, pero como paso intermedio. Pero la paz no es el fin, sino la fiesta.


Por ello me propongo realizar una serie de tres artículos sobre la fiesta, empezando por la dimensión antropológica de la misma.

Una sociedad que vive en paz, pero no festeja, fácilmente acabará por hacer la guerra ni que sea por aburrimiento. La guerra y la fiesta tienen características comunes, pero los efectos de una y de otra son contrarios. En la fiesta se dan, pero en positivo, las mismas características que hacen atractiva la guerra: hay creatividad, sorpresa, emoción, novedad, compañerismos profundos, un vivir siempre alerta, en tensión... saboreando minuto a minuto el milagro de vivir y el esfuerzo e inventiva necesarios para solucionar en cada momento lo imprevisto. Tanto en la guerra como en la fiesta se vive la fraternidad entre gente diversa: se anulan clases sociales, generacionales, pobres y ricos, todos unidos por un mismo fin. 

El ser humano necesita momentos de fiesta dentro del ambiente de paz. Sin paz no puede haber fiesta, pero sin fiesta la paz se deteriora. La fiesta hace más duradera la paz, la consolida y es, también, su seguro. Por eso decimos que lo contrario de la guerra no es la paz. La paz es un paso necesario, sí, pero el ser humano ha de desembocar en fiesta.

La fiesta es la eclosión de lo humano. El ser humano, por su misma naturaleza, es una criatura que no sólo trabaja y piensa, sino que canta, baila, reza, cuenta historias y festeja. Es –en palabras de Harvey Cox– homo festivus. La actitud festiva, rompiendo las rutinas y abriendo al hombre al pasado, amplía su experiencia y lo abre a un futuro mejorable. El talante festivo capacita al hombre para experimentar su presente de un modo más rico, gozoso y fecundo. El hombre industrializado ha comenzado a perder en los últimos siglos su capacidad para la fiesta. Esta pérdida tiene efectos desastrosos para su «humanidad»: lo deforma, privándole de un elemento esencial de la existencia humana, y le quita un medio crucial de captar el importante puesto que ocupa en la comprensión del destino de la Creación. Esta pérdida tiene carácter personal, social y religioso. Si el hombre del siglo XXI no recupera sus facultades festivas, el resultado será desastroso: el núcleo de la visión cristiana del hombre y del mundo quedará destrozado, y sin esta visión, la humanización del hombre quedará gravemente comprometida.

Maria Viñas
Barcelona (España)

12 de septiembre de 2013

Pliego nº 56

Santificar las fiestas

Unos mil años antes el nacimiento de Jesús de Nazaret, el pueblo de Israel estaba en esclavitud en Egipto. Los hebreos habían emigrado a este país a causa de la sequía,  así como hoy en día siguen habiendo personas que salen de su país porque sufren hambre.

En un primer tiempo fueron bien acogidos,  pero poco a poco, los egipcios empiezan a sentirse amenazados por esos extranjeros cada vez más numeroso y deciden  restringir su libertad, hasta llegar a tratarlos como esclavos. Dios ve la miseria de su pueblo e interviene.  El pueblo de Israel hace entonces la experiencia de la salida de Egipto, del pasaje de la esclavitud a la libertad.

Dejando Egipto atrás, dejando la esclavitud, descubren que vivir en libertad no es tan fácil. ¿Ahora dónde vamos? ¿Ahora qué hacemos? ¿Ahora cómo nos organizamos? La cifra bíblica de 40 años de camino hacia la libertad, muestra bien que hace falta tiempo... y que además el camino es árido: es pasar, atravesar, un desierto. Esa constatación no ha perdido actualidad. La actual primavera árabe  es un buen ejemplo: los pueblos se han liberado de una opresión, pero cuánto cuesta ponerse de acuerdo, cuánto cuesta organizarse, cuánto cuesta respetarse.... ¡Que complejo es aprender vivir en libertad!

Es en este contexto, de un pueblo que busca vivir en libertad, que Moisés recibe el Decálogo: Díez Palabras para vivir en libertad. Sería erróneo reducir los Díez Mandamientos a una lista de obligaciones e interdicciones. El tercer mandamiento, Santificar las fiestas, no puede reducirse a la prescripción de la participación a la eucaristía dominical.

De hecho, el origen de este mandamiento está en dos textos bíblicos que hablan del shabat. Se trata de dos maneras diferentes  de explicar el shabat.  En Deuteronomio. 5,15 hace referencia a hacer memoria de la esclavitud en Egipto. Este recuerdo es una invitación: no os dejéis esclavizar, ni esclavizad a nadie. El shabat es pues un tiempo de libertad. El texto de Éxodo 20, 9-11 hace referencia al descanso de Dios, el séptimo día de la creación. Con su descanso, Dios invita al hombre a descansar. En la cultura hebrea se suelen decir las cosas dos veces pero de diferente forma. En relación con el tercer mandamiento se podría decir: si no eres capaz de tomar tiempo para descansar, pues estás esclavizado.

Para los cristianos, el sábado ha sido sustituido por el domingo, porque éste es el día de la Resurrección de Cristo. Es considerado como el primero de todos los días y de todas las fiestas. Podríamos decir que es un día para aprender a vivir en resucitado.

Festejar el sábado es hacer el paso de la esclavitud a la libertad. Festejar el domingo es hacer el paso de la libertad a la resurrección. No se puede festejar el domingo, sin pasar por el sábado.

La Iglesia ha llegado a una formulación generalizada de "santificar las fiestas", que ya no se limita al shabat o al domingo, sino parece que se extiende a todas las fiestas, tanto las religiosas como civiles... Las fiestas, el domingo, el sábado y todos las demás son tiempos excelentes para experimentar y aprender a vivir en libertad.

Pauline Lodder
Ginebra (Suiza)