Papa resalta la importancia del «silencio» para discernir la voz de Dios.
Este ha sido uno de sus mensajes en la vigilia en la Plaza de Lima en
Madrid. V...
12 de mayo de 2016
Atisbo
En Clave de Ser
En Clave de Ser, un montaje radial, elaborado por el equipo del Espacio Dolores Bigourdan, para ayudar a la meditación y la reflexión.
12 de abril de 2016
Pliego nº 87
La misericordia de Dios y la fragilidad humana
Cuando pensamos en la misericordia parece que automáticamente nos vienen a la cabeza dos realidades distintas, por un lado el inconmensurable amor de Dios y por otro lado la radical fragilidad humana.
¿Será que la misericordia es un lugar de encuentro entre Dios y la humanidad?, o mejor dicho, ¿será la manifestación de ese encuentro? Un encuentro lleno de ternura entre el Creador y las criaturas. Pero si fuera así, ¿cómo se concretaría?
El Papa Francisco nos lo dice claramente en la primera frase de la Bula de Convocación del Jubileo de la Misericordia: «Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre», Él revela la misericordia del Padre «con sus palabras, con sus gestos y con toda su persona» (MV 1). A través de Cristo se concretiza este encuentro amoroso de la humanidad con el Padre.
Sin embargo, el encuentro con Cristo y por Él con el Padre no es para que nos quedemos ahí, quietos, sino todo lo contrario. Cristo es puente que une a Dios con la humanidad, por Él tanto vamos al Padre como nos encontramos con los demás.
Aquello que Jesús les dijo a los apóstoles después de lavarles los pies, también nos lo continúa diciendo a nosotros hoy: «Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros» Jn 13, 15. Esto significa que también nosotros estamos llamados a ser rostro de la misericordia del Padre.
Sin embargo, el primer paso no es ser dadores sino receptores. Antes que nada tenemos que experimentar la ternura de Dios para con nosotros. Tenemos que tomarnos tiempo para contemplar las veces que Dios nos ha tocado con su ternura. Entonces sí, podremos ser nosotros rostros de la misericordia, como ya lo fueron otros con nosotros.
¡Tomar consciencia de la acción de Dios en nosotros no siempre es fácil! A menudo nos preguntamos dónde y cuándo Dios actuó. Quizá encontremos la respuesta en la propia palabra MISERICORDIA, que significa tener el corazón con el mísero. Allí donde está la miseria humana, la fragilidad humana, allí está el corazón de Dios. Pero cabe preguntarnos: ¿cuál es nuestra fragilidad?
Veamos como la definen las obras de misericordia.
Si las leemos con atención veremos que todos participamos de una forma u otra de las fragilidades que las obras de misericordia apuntan. Éstas nos recuerdan que no somos seres autosustentables sino radicalmente vulnerables, pues somos seres enfermables y mortales, que necesitan de alimento, de cobijo y de compañía; pero además nos recuerdan que somos falibles, ignorantes de muchas cosas y capaces de hacer el mal; que somos limitados y portadores de una fragilidad (o defectos) que tiene que ser soportada por los demás con paciencia, que necesitamos de consuelo, y no pocas veces de que otros intercedan por nosotros ante Dios porque hay situaciones en las que lo único que nos queda es ponernos en manos de Dios y a veces ni siquiera para ello nos quedan fuerzas.
El teólogo francés Jean Mouroux, en su obra, El sentido cristiano del hombre, afirma que la miseria del ser humano es una llamada a nuestra libertad para que se entregue en la caridad, haciendo mutuamente prójimos al que sufre y al que consuela.
La fragilidad humana tiene este carácter ambivalente de hacernos partícipes de una radical vulnerabilidad y al mismo tiempo nos moviliza hacia la caridad, hacia ese amor que nos lleva a amar a cada criatura como Dios la ama.
Así en cada uno de nosotros puede coincidir esta inconmensurabilidad del amor de Dios y la radicalidad de nuestra fragilidad.
Clara Isabel Matos
Barcelona (España)
Clara Isabel Matos
Barcelona (España)
Atisbo
Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan(Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.
En clave de Ser
En Clave de Ser, un montaje radial, elaborado por el equipo del Espacio Dolores Bigourdan, para ayudar a la meditación y la reflexión.
12 de marzo de 2016
Pliego nº 86
Perdón y Misericordia
Hemos sido creados para el ser, para la vida. No cualquier vida sino para la “vida en abundancia” (Jn 10,10). Lo contrario de esto es algo que la daña, la deshumaniza e, incluso, la puede llegar a matar. Pero si la potenciamos y la apoyamos creyendo firme, esperanzada y benevolentemente en ella, no podemos menos que ejercitar continuamente el arrepentimiento y el perdón para, al menos, liberarnos un poco de esas prisiones y esclavitudes o, incluso infiernos, que producen los pecados y los males que vivimos de forma, a veces incluso, lacerante.
Hablo del perdón (del que perdona “hasta setenta veces siete”) no sólo como liberación sino como olvido de uno mismo y donación para ir mucho más allá de la venganza o la justicia.
El perdonarse y el perdonar es ya vivir en esperanza el Reino de Dios pues permite tener un alma grande y magnánima. Al abrir nuestros corazones permitimos amar y ser amados, a pesar de nuestros límites, pecados y miserias.
Es precisamente sintiéndonos miserables, a pesar de ciertos mensajes que quieren hacernos olvidar la realidad del ser humano, y palpando la miseria de los demás como podemos entender y sentir no sólo la misericordia de Dios en nuestra vida sino ser misericordia para ellos.
Es ese amor misericordioso del Padre que consuela, perdona y ofrece la esperanza de que podemos ya gozar parte de su Reino en esta realidad existente ahora, el que debe ofrecernos una motivación para asemejarnos, poco a poco, a Él.
Es en Jesús en quien vemos claramente cómo la misericordia del Padre es también una fuerza que no desespera (parábola del Hijo Pródigo), que es fiel, que bendice y que perdona. Él está tan contento que hasta hace una gran fiesta. En ella, imaginamos que todos los de la casa (al final, incluso, hasta el hermano mayor), dejan sus propios juicios al respecto, sus condenas, sus rencores, sus rabias y todo tipo de violencia. Apartar de nosotros prejuicios, juicios que juzgan condenando, emociones y sentimientos dañinos es necesario para vivir todo lo que de don, de fiesta y de celebración tiene nuestra vida.
En esta parábola vemos que es tal el ímpetu y esperanza del padre, que le lleva a salir cada día de su casa con el fin de otear tanto el horizonte como el camino de su casa.
Qué duda cabe que sentir a personas cercanas que son como este padre nos ayuda mucho a mirar con ojos más sinceros a todos nuestros hermanos en la existencia. También nos ayuda a salir de nuestras propias miserias, y las que nos rodean, para ir al encuentro de otros llevando bondad, compasión, ternura, indulgencia y perdón.
Nosotros mismos somos signo eficaz del obrar del Padre, al menos, es a ésto a lo que estamos llamados los cristianos. Perdonados (por tanto, pacificados) y perdonando, esta misericordia puede darnos fuerzas para salir de nuestra tierra, de nuestra casa, de nuestra familia, de nuestras áreas de confort, en definitiva, de nuestro yo. Salir para respirar otros aires y otear el horizonte, los caminos, por si acaso en algún momento, vemos regresar a donde hay “vida en abundancia” (Jn 10,10) a otros cansados, necesitados y desengañados “hijos pródigos”. Entonces, es el momento de abrir murallas, puertas, ventanas y celosías para celebrar con alegría y amor compasivo ese encuentro.
Ángeles Isidoro
Corea del Sur
Atisbo
Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan(Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.
En Clave de Ser
En
Clave de Ser, un montaje radial, elaborado por el equipo del Espacio Dolores
Bigourdan, para ayudar a la meditación y la reflexión.
12 de febrero de 2016
Pliego nº 85
No juzgar
Convocando un jubileo extraordinario, el papa Francisco nos invita a caminar, a peregrinar. ¿Hacia dónde? ¿Cuál es la meta? La meta es que atravesando la Puerta Santa nos dejaremos abrazar por la misericordia de Dios y nos comprometeremos a ser misericordiosos con los demás como el Padre lo es con nosotros(1). La meta geográfica no tiene porqué ser obstáculo: se han abierto muchas Puertas Santas en el mundo y nadie tiene que hacer esfuerzos desmesurados para llegar a una de ellas. El Papa ha pensado en todo el mundo, hasta las personas detenidos para quien la puerta de su celda se convierte en Puerta Santa(2). Lo que realmente necesita esfuerzo y conversión es la meta teológica. La primera etapa es no juzgar(3).
Desear la Misericordia, renunciar a un Dios-juez/castigador
El pueblo judío sabía que Dios es misericordioso. Hay múltiples textos en el Antiguo Testamento que hablan de ella(4). El problema es que los creyentes no siempre se alegran de esta misericordia. Prefieren un Dios-Juez, un Dios-Castigador. Un ejemplo claro es la historia del profeta Jonás. El relato empieza con la información que la maldad de los habitantes de Nínive ha subido hacia Dios. La maldad indica un juicio sobre la cualidad de las acciones de las habitantes de Nínive (pero no sobre la cualidad de las personas). Dios decide enviar un profeta, una persona que habla en su nombre. Nínive era una ciudad considerada enemiga. Jonás evidentemente no quiere ir. Es sorprendente descubrir cuál es el argumento de Jonás para explicar su resistencia a la misión que Dios le pide: sé que eres un Dios compasivo y clemente, paciente y misericordioso(5)… Jonás no se alegra de la misericordia de Dios.
En el Nuevo Testamento está la parábola hijo prodigo(6). El hermano mayor no se alegra del hecho que su padre acoja con los brazos abiertos y con fiesta al hermano pequeño, que vuelve a casa después de haber dilapidado su herencia…
Renunciar a querer un Dios-Juez, un Dios-Castigador, es uno de los primeros pasos a dar en este año jubilar. Cuando nos acercamos a una Puerta Santa, vale la pena meditar situaciones concretas de nuestra época. Por ejemplo: ¿Nosotros deseamos Misericordia para las personas que cometen hoy actos de violencia en la región de Nínive (comparables a la maldad de los habitantes de entonces)?
Ser misericordiosos: una posición cruciforme
La novedad de Cristo no es la noticia de que Dios es Misericordia. Ya se sabía, simplemente a muchas personas les costaba aceptarlo. La novedad es que Cristo nos invita a que seamos misericordiosa con los demás como el Padre lo es con nosotros(7). Ser misericordioso implica no juzgar las personas. ¿Seremos capaces de dejar siempre la puerta abierta, de tener siempre esperanza en los demás, en su capacidad de cambiar, de conversión? Se trata de condenar el pecado, pero no al pecador. Hay que ser lucidos sobre el mal, tener juicio para distinguir el bien y el mal. Pero decir que una acción es mala no es lo mismo que declarar: “eres malo, eres un criminal”. Ser misericordioso implica no juzgar a las personas, no poner etiquetas a las personas, porque las personas siempre son mucho más que sus acciones. Estamos invitado a condenar el pecado, y al mismo tiempo a abrazar al pecador. Esperar con los brazos abiertos, como el padre de la parábola del hijo prodigo, no es fácil. ¿Dónde encontraremos fuerzas para no juzgar a los demás y mantenernos en una posición cruciforme, siempre brazos abiertos?
Necesitamos la fuerza del Espíritu Santo
Para ser misericordiosos con los demás necesitamos la fuerza del Espíritu Santo. No se trata de una fuerza mágica que soluciona todas las dificultades. El Espíritu Santo nos ayuda a continuar a amar, pase lo que pase: que estemos afectados por una enfermedad, que nos encontremos en situaciones de injusticia, que suframos violencia, etc. Es el Espíritu Santo quien puede transformarnos en antorchas de caridad, en llamas de misericordia en medio del mundo.
No juzgar es una tarea difícil, es un primer paso a dar en esta peregrinación de misericordia. Hay que andar con todo nuestro esfuerzo, sabiendo que es indispensable abrir al mismo tiempo nuestro corazón al Espíritu Santo. Sin Él no iremos lejos.
Pauline Lodder
Ginebra (Suiza)
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(1) Bula de convocación del Jubileo extraordinario de la Misericordia, punto 14, Papa Francisco, Roma, 11 de abril 2015.
(2) Carta a Mons. Rino Fisichella, Papa Francisco, Roma, 1 de septiembre 2015. (3) Bula de convocación del Jubileo extraordinario de la Misericordia, punto 14, Papa Francisco, Roma, 11 de abril 2015.
(4) Por ejemplo Dt 4, 31 ; Tob 3,11 ; Ps 85,15.
(5) Jon 4,2.
(6) Lc 15, 11-32.
(7) Lc 6,36 ; Mt 5,48.
Atisbo
Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan(Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.
En clave de Ser
En Clave de Ser, un nuevo espacio del Pliego Nuestra Señora de la Paz y la Alegría. Un montaje radial, elaborado por el equipo del Espacio Dolores Bigourdan, para ayudar a la meditación y la reflexión.
12 de enero de 2016
Pliego nº 84
Sumerjámonos en el amor misericordioso del Padre
El pasado 8 de diciembre el papa Francisco abría la puerta Santa en la Basílica de San Pedro, dando inicio al año jubilar de la misericordia. En la misa afirmaba: «Quien atraviesa ese umbral está llamado a sumergirse en el amor misericordioso del Padre, con plena confianza y sin miedo alguno».
Necesitamos, pues, confianza y valentía para abandonarnos en Dios, que cuando se comunica lo hace como amor misericordioso. Para ello el Papa nos propone rezar a Jesucristo, rostro de la misericordia divina, para que mande el Espíritu de Amor:
Señor Jesucristo,
tú nos has enseñado a ser misericordiosos como el Padre del cielo,
y nos has dicho que quien te ve, lo ve también a Él.
Muéstranos tu rostro y obtendremos la salvación.
Tu mirada llena de amor liberó a Zaqueo y a Mateo de la esclavitud del dinero;
a la adúltera y a la Magdalena del buscar la felicidad solamente en una creatura;
hizo llorar a Pedro luego de la traición,
y aseguró el Paraíso al ladrón arrepentido.
Haz que cada uno de nosotros escuche como propia la palabra que dijiste a la samaritana:
¡Si conocieras el don de Dios!
¡Si conociéramos el don de Dios! ¡Si confiáramos en esa mirada del Padre misericordioso! ¡Si nos dejáramos alcanzar por esa mirada que salva y libera; que ilumina nuestra realidad a tal punto que nos hace desear un amor mayor; que nos hace estremecer en lloros ante nuestra “miseria”. Cuando depositamos nuestra confianza en nosotros mismos, en nuestras pobres y tantas veces mezquinas fuerzas, levantamos un escudo que impide que esta mirada nos penetre.
Tú eres el rostro visible del Padre invisible,
del Dios que manifiesta su omnipotencia sobre todo con el perdón y la misericordia:
haz que, en el mundo, la Iglesia sea el rostro visible de Ti, su Señor, resucitado y glorioso.
Tú has querido que también tus ministros fueran revestidos de debilidad
para que sientan sincera compasión por los que se encuentran en la ignorancia o en el error:
haz que quien se acerque a uno de ellos se sienta esperado, amado y perdonado por Dios.
A veces se entiende la misericordia como debilidad, sin embargo el Cardenal Kasper en su libro La misericordia: Clave del Evangelio y de la vida cotidiana, nos apremia a que recuperemos el sentido original y vigoroso de la palabra misericordia.
La misericordia no tiene nada de debilidad sino mucho de valentía y fortaleza. Precisamente en su incansable capacidad de perdón y de misericordia es donde se manifiesta la omnipotencia de Dios. Y en sus ministros – al igual que en todos nosotros – la debilidad lleva a la fortaleza de la compasión. ¿Quién puede decir que nunca necesitó que de alguna forma u otra fueran misericordioso con él? Que desde esta condición de vulnerabilidad radical de todo ser humano, y desde la experiencia de la misericordia, sin juzgar con nuestros limitados conceptos, sepamos ser compasivos y verdaderos portadores de la misericordia de Dios. Que descentrados de nosotros mismos, haciéndonos últimos, nos pongamos siempre al servicio del que sufre.
Manda tu Espíritu y conságranos a todos con su unción
para que el Jubileo de la Misericordia sea un año de gracia del Señor
y tu Iglesia pueda, con renovado entusiasmo, llevar la Buena Nueva a los pobres
proclamar la libertad a los prisioneros y oprimidos
y restituir la vista a los ciegos.
Te lo pedimos por intercesión de María, Madre de la Misericordia,
a ti que vives y reinas con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos.
Amén.
Necesitamos la unción del Espíritu Santo para que seamos capaces de transformar en obras concretas el amor de misericordia, para que seamos signos reales de esperanza. Necesitamos la unción del Espíritu Santo para infunda calor en nuestro corazón, para que renueve nuestro entusiasmo superando cualquier atisbo de lo que el Papa Francisco llamó “cultura de la indiferencia”.
¡Sumerjámonos pues, en el amor misericordioso del Padre, con confianza, valentía y entusiasmo!
Gemma Manau
Matosinhos (Portugal)
Matosinhos (Portugal)
Atisbo
Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan (Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.
12 de diciembre de 2015
Pliego nº 83
Lo mejor será que bailemos
A modo de algoritmo social, ante un estímulo, un problema, esperamos un conjunto finito de respuestas, de soluciones. Nos otorga firmeza controlar la situación, categorizando los elementos que intervienen en lo cotidiano, para no llevarnos sorpresas -¡como si no existieran sorpresas agradables!-. Atender todas las posibilidades, buscar la más óptima o marcar un itinerario bien seguro, no dejan de ser prácticas necesarias, en cierto grado, mas requieren humildad ante lo que de imposible entraña contemplar y abarcar todos los escenarios. No existen categorizaciones completas ni justas, porque en lo diverso, siempre queda alguien o algo fuera.
Ante esta realidad, es oportuno liberarnos de prejuicios que no dialogan con el día a día, dado que la riqueza profunda y certera de la diversidad nos introduce en un mundo cargado de entusiasmo y empatía. En lo social, no suelen existir grandes teorías omniabarcantes que todo lo contemplen, sino más bien implícitas adaptaciones personalizadas a lo que vaya surgiendo.
Puede ocurrirnos esto mismo con Dios. Conforme lo vamos conociendo, más queremos profundizar en El y, a la vez, más se nos escapa de nuestras previsiones o categorizaciones. Esta falta de control no es negativa. Todo lo contrario, es real y nos sitúa en una postura verdadera, pues no se puede encerrar aquello que es libre. La caridad es aire que está en todo, que vuela. Es libre, fresca, nueva, limpia y nos hace bailar, en movimiento armónico, al compás de la vida.
Indudablemente, esta ingravidez puede generarnos cierta inestabilidad, pero realmente la vida no es estable. Esta idea de estabilidad es tan sólo una convención útil, puesto que no es posible escapar del tiempo y, a cada instante, lo nuevo y cambiante emana. Tan solo nos sirve como referencia a algo más que está cambiando, a otras situaciones, a otras sociedades. Como comparativa pedagógica, nunca como fin ha de contemplarse lo estable. Por ello, llevar a cabo este cambio de paradigma en lo relativo a seguridad, liberándonos del miedo generado por la falta de control, es condición sine qua non para amar en caridad.
Esta expresión de Dios hacia todos, esta caridad, siempre es fiel y está dispuesta a seguir siendo caridad en todo momento, sin cansancio, sin pesar. Es por ello, porque no es exclusiva, que en caridad no hay lugar para los celos, debido a que la ternura de la caridad no resta, sino suma. A todos contempla, atiende, comparte y se reparte, lejos de lo que suela divulgarse sin delicadeza a los más jóvenes, señalando que los celos son una expresión de amor. La falta de seguridad y confianza, el miedo a perder lo que se aprecia, no es amor sino egoísmo encubierto en tanto en cuanto no se busca el bien del otro sino la supuesta alegría – ya que acaba generando angustia y obsesión - de uno mismo al acaparar, al querer tanto ser especial para el otro como alejarnos de la soledad no deseada. Cuando se ama en caridad, se es amable con todos porque este amor de cielo en la tierra no tiene ninguna pretensión, unicidad ni objetivo, más allá del ser entrega.
El pensador Karl Marx sugería que si al amar no se despertaba amor, si no se daba reciprocidad, nos encontrábamos ante un amor impotente, una desgracia. Puede ser que el amor necesite unos mínimos de estimulación, pero la caridad no exige retorno ni busca trueque, no espera aunque mantiene la esperanza en que este milagro de entrega se siga dando en otros y se alegra porque, de producirse, es un bien en sí mismo para aquel que se lanza a experimentarlo..
No es que sea ingenua la caridad y el amor yazga insensato; no es que la caridad sea totalmente ciega y obvie la realidad. Más bien, esta acoge, disculpa y transforma lo que de negativo haya para convertirlo en nuevo. La caridad no es que no entienda lo que le ocupa al otro, su postura con razón, la rabia sufrida o la impotencia ante un hecho objetivamente nocivo, sino que potencia, abre puertas, no queda girando en torno al problema porque se lanza a nuevos horizontes más profundos, más íntimos y auténticos, con un lenguaje compartido por todos, que busca lo que une.
Decía San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”, porque si nuestra máxima es este estilo, lo más complicado que nos encontremos se llevará a cabo con la mayor naturalidad posible y el qué quedará asumido por el cómo.
Así, se deja de palabrería y entra en acción.
Sara Canca
Cádiz, (España)
Atisbo
Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan (Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.
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