12 de marzo de 2016

Atisbo




Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan(Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.

En Clave de Ser




En Clave de Ser, un montaje radial, elaborado por el equipo del Espacio Dolores Bigourdan, para ayudar a la meditación y la reflexión.

12 de febrero de 2016

Pliego nº 85

No juzgar 

Convocando un jubileo extraordinario, el papa Francisco nos invita a caminar, a peregrinar. ¿Hacia dónde? ¿Cuál es la meta? La meta es que atravesando la Puerta Santa nos dejaremos abrazar por la misericordia de Dios y nos comprometeremos a ser misericordiosos con los demás como el Padre lo es con nosotros(1). La meta geográfica no tiene porqué ser obstáculo: se han abierto muchas Puertas Santas en el mundo y nadie tiene que hacer esfuerzos desmesurados para llegar a una de ellas. El Papa ha pensado en todo el mundo, hasta las personas detenidos para quien la puerta de su celda se convierte en Puerta Santa(2). Lo que realmente necesita esfuerzo y conversión es la meta teológica. La primera etapa es no juzgar(3). 

Desear la Misericordia, renunciar a un Dios-juez/castigador 

El pueblo judío sabía que Dios es misericordioso. Hay múltiples textos en el Antiguo Testamento que hablan de ella(4). El problema es que los creyentes no siempre se alegran de esta misericordia. Prefieren un Dios-Juez, un Dios-Castigador. Un ejemplo claro es la historia del profeta Jonás. El relato empieza con la información que la maldad de los habitantes de Nínive ha subido hacia Dios. La maldad indica un juicio sobre la cualidad de las acciones de las habitantes de Nínive (pero no sobre la cualidad de las personas). Dios decide enviar un profeta, una persona que habla en su nombre. Nínive era una ciudad considerada enemiga. Jonás evidentemente no quiere ir. Es sorprendente descubrir cuál es el argumento de Jonás para explicar su resistencia a la misión que Dios le pide: sé que eres un Dios compasivo y clemente, paciente y misericordioso(5)… Jonás no se alegra de la misericordia de Dios. 

En el Nuevo Testamento está la parábola hijo prodigo(6). El hermano mayor no se alegra del hecho que su padre acoja con los brazos abiertos y con fiesta al hermano pequeño, que vuelve a casa después de haber dilapidado su herencia… 

Renunciar a querer un Dios-Juez, un Dios-Castigador, es uno de los primeros pasos a dar en este año jubilar. Cuando nos acercamos a una Puerta Santa, vale la pena meditar situaciones concretas de nuestra época. Por ejemplo: ¿Nosotros deseamos Misericordia para las personas que cometen hoy actos de violencia en la región de Nínive (comparables a la maldad de los habitantes de entonces)? 

Ser misericordiosos: una posición cruciforme 

La novedad de Cristo no es la noticia de que Dios es Misericordia. Ya se sabía, simplemente a muchas personas les costaba aceptarlo. La novedad es que Cristo nos invita a que seamos misericordiosa con los demás como el Padre lo es con nosotros(7). Ser misericordioso implica no juzgar las personas. ¿Seremos capaces de dejar siempre la puerta abierta, de tener siempre esperanza en los demás, en su capacidad de cambiar, de conversión? Se trata de condenar el pecado, pero no al pecador. Hay que ser lucidos sobre el mal, tener juicio para distinguir el bien y el mal. Pero decir que una acción es mala no es lo mismo que declarar: “eres malo, eres un criminal”. Ser misericordioso implica no juzgar a las personas, no poner etiquetas a las personas, porque las personas siempre son mucho más que sus acciones. Estamos invitado a condenar el pecado, y al mismo tiempo a abrazar al pecador. Esperar con los brazos abiertos, como el padre de la parábola del hijo prodigo, no es fácil. ¿Dónde encontraremos fuerzas para no juzgar a los demás y mantenernos en una posición cruciforme, siempre brazos abiertos? 

Necesitamos la fuerza del Espíritu Santo 

Para ser misericordiosos con los demás necesitamos la fuerza del Espíritu Santo. No se trata de una fuerza mágica que soluciona todas las dificultades. El Espíritu Santo nos ayuda a continuar a amar, pase lo que pase: que estemos afectados por una enfermedad, que nos encontremos en situaciones de injusticia, que suframos violencia, etc. Es el Espíritu Santo quien puede transformarnos en antorchas de caridad, en llamas de misericordia en medio del mundo. 

No juzgar es una tarea difícil, es un primer paso a dar en esta peregrinación de misericordia. Hay que andar con todo nuestro esfuerzo, sabiendo que es indispensable abrir al mismo tiempo nuestro corazón al Espíritu Santo. Sin Él no iremos lejos. 

Pauline Lodder
Ginebra (Suiza)

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(1) Bula de convocación del Jubileo extraordinario de la Misericordia, punto 14, Papa Francisco, Roma, 11 de abril 2015. 
(2) Carta a Mons. Rino Fisichella, Papa Francisco, Roma, 1 de septiembre 2015. 
(3) Bula de convocación del Jubileo extraordinario de la Misericordia, punto 14, Papa Francisco, Roma, 11 de abril 2015. 
(4) Por ejemplo Dt 4, 31 ; Tob 3,11 ; Ps 85,15. 
(5) Jon 4,2. 
(6) Lc 15, 11-32. 
(7) Lc 6,36 ; Mt 5,48.


Atisbo




Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan(Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.

En clave de Ser




En Clave de Ser, un nuevo espacio del Pliego Nuestra Señora de la Paz y la Alegría. Un montaje radial, elaborado por el equipo del Espacio Dolores Bigourdan, para ayudar a la meditación y la reflexión.


12 de enero de 2016

Pliego nº 84


Sumerjámonos en el amor misericordioso del Padre


El pasado 8 de diciembre el papa Francisco abría la puerta Santa en la Basílica de San Pedro, dando inicio al año jubilar de la misericordia. En la misa afirmaba: «Quien atraviesa ese umbral está llamado a sumergirse en el amor misericordioso del Padre, con plena confianza y sin miedo alguno».



Necesitamos, pues, confianza y valentía para abandonarnos en Dios, que cuando se comunica lo hace como amor misericordioso. Para ello el Papa nos propone rezar a Jesucristo, rostro de la misericordia divina, para que mande el Espíritu de Amor:

Señor Jesucristo,
tú nos has enseñado a ser misericordiosos como el Padre del cielo,
y nos has dicho que quien te ve, lo ve también a Él.
Muéstranos tu rostro y obtendremos la salvación.
Tu mirada llena de amor liberó a Zaqueo y a Mateo de la esclavitud del dinero;
a la adúltera y a la Magdalena del buscar la felicidad solamente en una creatura;
hizo llorar a Pedro luego de la traición,
y aseguró el Paraíso al ladrón arrepentido.
Haz que cada uno de nosotros escuche como propia la palabra que dijiste a la samaritana:
¡Si conocieras el don de Dios!

¡Si conociéramos el don de Dios! ¡Si confiáramos en esa mirada del Padre misericordioso! ¡Si nos dejáramos alcanzar por esa mirada que salva y libera; que ilumina nuestra realidad a tal punto que nos hace desear un amor mayor; que nos hace estremecer en lloros ante nuestra “miseria”. Cuando depositamos nuestra confianza en nosotros mismos, en nuestras pobres y tantas veces mezquinas fuerzas, levantamos un escudo que impide que esta mirada nos penetre. 


Tú eres el rostro visible del Padre invisible,
del Dios que manifiesta su omnipotencia sobre todo con el perdón y la misericordia:
haz que, en el mundo, la Iglesia sea el rostro visible de Ti, su Señor, resucitado y glorioso.
Tú has querido que también tus ministros fueran revestidos de debilidad
para que sientan sincera compasión por los que se encuentran en la ignorancia o en el error:
haz que quien se acerque a uno de ellos se sienta esperado, amado y perdonado por Dios.

A veces se entiende la misericordia como debilidad, sin embargo el Cardenal Kasper en su libro La misericordia: Clave del Evangelio y de la vida cotidiana, nos apremia a que recuperemos el sentido original y vigoroso de la palabra misericordia.

La misericordia no tiene nada de debilidad sino mucho de valentía y fortaleza. Precisamente en su incansable capacidad de perdón y de misericordia es donde se manifiesta la omnipotencia de Dios. Y en sus ministros – al igual que en todos nosotros – la debilidad lleva a la fortaleza de la compasión. ¿Quién puede decir que nunca necesitó que de alguna forma u otra fueran misericordioso con él? Que desde esta condición de vulnerabilidad radical de todo ser humano, y desde la experiencia de la misericordia, sin juzgar con nuestros limitados conceptos, sepamos ser compasivos y verdaderos portadores de la misericordia de Dios. Que descentrados de nosotros mismos, haciéndonos últimos, nos pongamos siempre al servicio del que sufre.
 
Manda tu Espíritu y conságranos a todos con su unción
para que el Jubileo de la Misericordia sea un año de gracia del Señor
y tu Iglesia pueda, con renovado entusiasmo, llevar la Buena Nueva a los pobres
proclamar la libertad a los prisioneros y oprimidos
y restituir la vista a los ciegos.
Te lo pedimos por intercesión de María, Madre de la Misericordia,
a ti que vives y reinas con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos.
Amén.

Necesitamos la unción del Espíritu Santo para que seamos capaces de transformar en obras concretas el amor de misericordia, para que seamos signos reales de esperanza. Necesitamos la unción del Espíritu Santo para infunda calor en nuestro corazón, para que renueve nuestro entusiasmo superando cualquier atisbo de lo que el Papa Francisco llamó “cultura de la indiferencia”.

¡Sumerjámonos pues, en el amor misericordioso del Padre, con confianza, valentía y entusiasmo!
 
Gemma Manau
Matosinhos (Portugal)

Atisbo



Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan (Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.

12 de diciembre de 2015

Pliego nº 83


Lo mejor será que bailemos

 

A modo de algoritmo social, ante un estímulo, un problema, esperamos un conjunto finito de respuestas, de soluciones. Nos otorga firmeza controlar la situación, categorizando los elementos que intervienen en lo cotidiano, para no llevarnos sorpresas -¡como si no existieran sorpresas agradables!-. Atender todas las posibilidades, buscar la más óptima o marcar un itinerario bien seguro, no dejan de ser prácticas necesarias, en cierto grado, mas requieren humildad ante lo que de imposible entraña contemplar y abarcar todos los escenarios. No existen categorizaciones completas ni justas, porque en lo diverso, siempre queda alguien o algo fuera.

Ante esta realidad, es oportuno liberarnos de prejuicios que no dialogan con el día a día, dado que la riqueza profunda y certera de la diversidad nos introduce en un mundo cargado de entusiasmo y empatía. En lo social, no suelen existir  grandes teorías omniabarcantes que todo lo contemplen, sino más bien implícitas adaptaciones personalizadas a lo que vaya surgiendo. 

Puede ocurrirnos esto mismo con Dios. Conforme lo vamos conociendo, más queremos profundizar en El y, a la vez, más se nos escapa de nuestras previsiones o categorizaciones. Esta falta de control no es negativa. Todo lo contrario, es real y nos sitúa en una postura verdadera, pues no se puede encerrar aquello que es libre. La caridad es aire que está en todo, que vuela. Es libre, fresca, nueva, limpia y nos hace bailar, en movimiento armónico, al compás de la vida.

Indudablemente, esta ingravidez puede generarnos cierta inestabilidad, pero realmente la vida no es estable. Esta idea de estabilidad es tan sólo una convención útil, puesto que no es posible escapar del tiempo y, a cada instante, lo nuevo y cambiante emana. Tan solo nos sirve como referencia a algo más que está cambiando, a otras situaciones, a otras sociedades. Como comparativa pedagógica, nunca como fin ha de contemplarse lo estable. Por ello, llevar a cabo este cambio de paradigma en lo relativo a seguridad, liberándonos del miedo generado por la falta de control, es condición sine qua non para amar en caridad.

Esta expresión de Dios hacia todos, esta caridad, siempre es fiel y está dispuesta a seguir siendo caridad en todo momento, sin cansancio, sin pesar. Es por ello, porque no es exclusiva, que en caridad no hay lugar para los celos, debido a que la ternura de la caridad  no resta, sino suma. A todos contempla, atiende, comparte y se reparte, lejos de lo que suela divulgarse sin delicadeza a los más jóvenes, señalando que los celos son una expresión de amor. La falta de seguridad y confianza, el miedo a perder lo que se aprecia, no es amor sino egoísmo encubierto en tanto en cuanto no se busca el bien del otro sino la supuesta alegría – ya que acaba generando angustia y obsesión - de uno mismo al acaparar, al querer tanto ser especial para el otro como alejarnos de la soledad no deseada. Cuando se ama en caridad, se es amable con todos porque este amor de cielo en la tierra no tiene ninguna pretensión, unicidad ni objetivo, más allá del ser entrega.

El pensador Karl Marx sugería que si al amar no se despertaba amor, si no se daba reciprocidad, nos encontrábamos ante un amor impotente, una desgracia. Puede ser que el  amor necesite unos mínimos de estimulación, pero la caridad no exige retorno ni busca trueque, no espera aunque mantiene la esperanza en que este milagro de entrega se siga dando en otros y se alegra porque, de producirse, es un bien en sí mismo para aquel que se lanza a experimentarlo..

No es que sea ingenua la caridad y el amor yazga insensato; no es que la caridad sea totalmente ciega y obvie la realidad. Más bien, esta acoge, disculpa y transforma lo que de negativo haya para convertirlo en nuevo. La caridad no es que no entienda lo que le ocupa al otro, su postura con razón, la rabia sufrida o la impotencia ante un hecho objetivamente nocivo, sino que potencia, abre puertas, no queda girando en torno al problema porque se lanza a nuevos horizontes más profundos, más íntimos y auténticos, con un lenguaje compartido por todos, que busca lo que une.

Decía San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”, porque si nuestra máxima es este estilo, lo más complicado que nos encontremos se llevará a cabo con la mayor naturalidad posible  y el qué quedará asumido por el cómo. 

Así, se deja de palabrería y entra en acción.

Sara Canca
Cádiz, (España)


Atisbo




Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan (Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión. 

12 de noviembre de 2015

Pliego nº 82



Ultimidad y Misericordia


El Papa Francisco a lo largo de su magisterio nos ha hablado reiteradamente de las periferias existenciales, las periferias humanas. Y pensamos en aquellos que viven en alguna situación humana extrema, en la que la sociedad los margina. Podemos correr el riesgo de creer equivocadamente que esas realidades son ajenas a nosotros o que no hay nada que podamos hacer para cambiar la situación.

Ahora el Papa nos convoca a celebrar un Año Santo de la Misericordia. Para ello, ha redactado una bula titulada “El Rostro de la Misericordia” (Misericordiae Vultus – MV), en la cual nos dice que “Misericordia: es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad; es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro” (MV 2). Se manifiesta así, una relación directa entre Dios y la persona. Y añade el Papa más adelante en ese mismo numeral que, la “Misericordia: es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida” 

Vemos pues, que la misericordia no es un hecho que únicamente se aplica a la relación de una persona con Dios Trino, sino que también la misericordia está llamada a realizarse en la creación de vínculos de fraternidad entre las personas. 

En el camino de nuestra vida nos habremos encontrado con personas que pueden estar viviendo en una situación de periferia humana, una situación en que son los últimos, que claman acompañamiento y ayuda. O también, podemos ser nosotros los que clamamos por ese auxilio. 

Vivimos en un mundo que va demasiado a prisa, entre necesidades, anhelos, responsabilidades y también banalidades y frivolidades… muchas veces sólo sabemos que vamos, pero hasta hemos perdido el rumbo profundo que nos debiera motivar; a ese ritmo, si mínimamente tenemos bajo control nuestra vida, ¿cómo podremos encontrarnos con la mirada del otro? 

Debemos hacer un alto, un alto sosegado y abandonado, “olvidado de todo, hasta de mi cuerpo” (Mística natural de la humildad óntica, Alfredo Rubio de Castarlenas) y así entrar en la profunda constatación de que ¡somos, existimos! y de que nuestra vida es el regalo más maravilloso que hemos recibido de Dios. 

Si logro deshacerme de todo, desinstalarme para que brote en mi ser esa humildad óntica que me lleva a postrarme ante el Misterio, entenderé que mi ultimidad no es solamente aceptación de mis limitaciones, sino que también ha de manifestarse en el servicio a los demás. La humildad óntica me hace constatar mi humanidad, mis limitaciones, mis pecados, mi necesidad de conversión; pero también me pone delante del amor y la misericordia de Dios que no conocen límites. Es importante buscar “encontrarme con el misterio de la misericordia, que es fuente de alegría, serenidad y paz.” (MV 2)

Desde mi ultimidad soy capaz de reconocer no sólo que soy, que existo, sino también que tengo necesidad de la misericordia de Dios y que debo abrir mi corazón para llenarme de su consuelo y perdón. Y eso está bien, pero es sólo la primera parte de la ultimidad. La ultimidad quedará plenamente realizada cuando se convierta en servicio a los demás, cuando entienda la ultimidad del otro, sea capaz de perdonar y me ponga a su servicio. Si puedo constatar que mi vida es un don de Dios, así también podré entender que cada ser humano es un don de Dios, que su existencia no me es ajena, que somos hermanos en la existencia y que sus necesidades deben cuestionar mi potencial de ultimidad. Hacerme último, entrar en proximidad con el último, con el más necesitado de la misericordia del Padre.

Dios nos quiere libres, nos quiere felices y entre nosotros podemos ayudarnos a conseguir esa libertad y esa felicidad, si somos misericordiosos como nuestro Padre es misericordioso. (cfr Lc 6,36)  Es preciso recordar las palabras del Señor Jesús: “La felicidad está más en dar que en recibir”. (Hch 20,35) 

El Papa Francisco nos invita a que durante este Jubileo hagamos eco de lo que Jesús nos dice y reflexionemos y vivamos las obras de misericordia corporales y espirituales. “¡Este es el tiempo oportuno para cambiar de vida! Este es el tiempo para dejarse tocar el corazón” (MV 19)

El Año Santo de la Misericordia iniciará este año, el 8 de diciembre, solemnidad de la Inmaculada Concepción y también 50 aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II. Finalizará el 20 de noviembre de 2016 con la solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo. Que sea este Jubileo extraordinario un incentivo para que desde nuestra ultimidad hagamos de la misericordia nuestro ideal de vida.

Patricia Castillo Ávila
(Guatemala de la Asunción) Guatemala


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12 de octubre de 2015

Pliego nº 81


La hermandad existencial para mejorar la sociedad


Estamos en un mundo donde el concepto de la globalización se ha impuesto, generando el desarrollado de nuevos modelos, modificaciones en los fundamentos culturales y sobre todo actitudes vitales distintas frente a los nuevos acontecimientos. Vivimos en un mundo donde los valores líquidos, la hiperconectividad y la incertidumbre son el paradigma que gobierna la manera de responder y actuar de las personas.

A pesar te conocer realidades globales, es cierto que estamos frente a desarrollos y crecimientos  dispares, esto nos permite saber de la existencia de realidades muy distintas en gran parte del mundo. Después de algunos años anclados en la globalización donde fenómenos como la deslocalización, la conectividad, el desequilibrio y la disparidad, han producido una reacción hacia la localización. fruto de las necesidades locales han surgido proyectos liderados por personas que han generado una red local fuerte y solida que ayuda a construir y consolidar grupos y sociedades desde el ámbito local. Uno de los retos actuales es cómo enlazar las dos redes, por un lado las grandes empresas multinacionales globales y por otro, el conjunto de proyectos locales.

Es inherente a la persona mirar su realidad, desde la voluntad de evolucionar y crecer en distintos ámbitos del ser. Algunos aspectos que han variado estos últimos años son entre otros, la variedad de empleos, los nuevos perfiles profesionales que varían de manera constantes, el estar distintas empresas a lo largo de nuestra vida profesional, la posibilidad de un desplazamiento geográfico por distintos motivos o la volatilidad en nuestras relaciones. Todas ellas son aspectos que configuran esta sociedad, llamada líquida en donde nos movemos.

Podríamos seguir enumerando un listado de aspectos que han cambiado consciente o inconscientemente en la realidad de cada individuo. Pero existe una máxima en las personas, y es, la voluntad de avanzar hacia delante, de dar nuevos pasos, a menudo sin saber hacia dónde, pero sigue existiendo una curiosidad innata en el hombre.


Quizás a esta altura, deberíamos preguntarnos hacia dónde están dirigidas estas inquietudes?.

La visión de querer dejar un mundo mejor del que hemos encontrado cubre las expectativas de nuestras inquietudes. Es cierto que dentro de esta nuevo paradigma de la innovación se ha introducido con mucha fuerza, la voluntad de un mundo mejor, poniendo como bandera la posibilidad de encontrar el bien común.

Dónde cimentamos nuestro trabajo por el bien común?


El primer polar que encontramos es la evidencia de existir. Todo hombre y mujer comparte el existir, el ser, y por el sólo echo de existir ya es suficiente argumento para poder trabajar, a pesar de la diversidad cultural, racial, lingüística, por el bien común de la persones, de los grupos y sociedades. Este bien común nos acerca al otro, nos facilita la generación de vínculos personales, con aquellas personas con las que comparto la existencia. Estos vínculos son generadores de compromiso corresponsables de las realidades que vivimos.

Un segundo aspecto que puede reforzar este esfuerzo por el bien común, es la actitud vital de cada individuo frente a la realidad que le tocado afrontar. Podemos vivir desde una resignación pasiva por estar inmerso en una realidad no deseada, o por el contrario vivir desde el agradecimiento de la oportunidad de existir y compartir con otros existentes, para poder hacer realidad todo aquello que aporte valor al bien común. Aquí es donde no podemos eludir nuestra responsabilidad personal, en el compromiso de decir si o no a vivir en profundidad la hermandad existencial, y por tanto comprometernos con aquello que somos y vivimos, o bien dejamos pasar esta oportunidad sin ser corresponsable con aquello que nos ha tocado vivir.

Nacemos en la gratuidad, sin haberlo ni tan siquiera pedido, crecemos y vivimos con la capacidad de actuar de manera corresponsable con la realidad individual, y morimos cuando menos lo deseamos. Con nuestra actitud vital, definiremos como hemos entendido esta realidad limitada y maravillosa del hombre. De nosotros dependerá que esta hermandad existencial sea una oportunidad para ser capaces de mejorar nuestra sociedad primando el bien común.


Ignasi Batlle
Barcelona (España)

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12 de septiembre de 2015

Pliego nº 80


Yo y el prójimo: justicia y misericordia


Hace poco tiempo pude contemplar un rio europeo: el Danubio. Un rio de gran caudal. Muy largo con casi tres mil kilómetros; es el rio más largo de la Unión Europea; cruzando Europa de oeste a este. Nace en la Selva Negra de Alemania, hasta el Mar Negro en Rumanía. Es navegable y tiene una anchura de unos doscientos metros, especialmente en su tercera parte final.

Para los que no habíamos visto esta inmensidad de agua que transcurre plácida y constantemente, nos sorprende su abundancia. Es exuberante, especialmente cuando lo comparamos con los ríos de algunos de nuestros países en los que transcurren unos ríos muy pequeños.

De una manera parecida nos sucede con la Misericordia. Podemos contemplar la Misericordia de Dios y la misericordia que manifestamos los humanos. (Nótese el empleo de la mayúscula y minúscula). Pero es la misma palabra “misericordia”.

Así como existen estos ríos inmensos y otros más sencillos, de parecido similares son la Misericordia de Dios (infinita) y la misericordia de las personas (limitadas).

Y ¿cómo es esta Misericordia de Dios?

Miremos la Creación:

    (…) realizada con la Libertad libérrima --el buen deseo de Dios: “Y dijo Dios” (Gen 1,3...)—    inmensa y plena:
    (…) contemplemos los mundos, el universo, nuestra Tierra, todo lo que contiene: agua,     aire, vegetales, animales,… ¡el Hombre! (Hombre y mujer). 

Todo, hecho, creado, y sustentado para bien de la humanidad.

¡Qué inmenso panorama de amor concreto que Dios nos da para realizarnos en plenitud y dando sentido a nuestra vida!

Desde nuestro engendramiento hasta nuestro “broche de oro”, en nuestra muerte; realizándonos con nuestras penas y alegrías.

Y para colmo de su bien hacer, la puerta abierta de la Redención.

    Jesucristo nos lo ayuda a ver en plenitud: mirando a Dios como punto de llegada; compartiendo con los demás, como itinerario de amor. 


    Jesús nos lo dice con palabras textuales del Evangelio de Mateo (Mt 24, 25) en las Obras de Misericordia:

    “Tuve hambre y me diste de comer;
        …de beber;
            …me vestiste;
                …acogiste;
                    …me visitaste; …!
 
Dios nos lo da todo, como un gran rio.

Nosotros somos cual riachuelos, dando y compartiendo la escasa, pero suficiente, agua de la vida.

Y ¿qué decir de la Justicia de Dios y de la justicia de los hombres?

En el mundo bíblico, la Justicia de Dios ¿no es, acaso, la Santidad?
La Justicia de Dios y su Santidad es la plena realización de Dios en relación con la humanidad.

Y, analógicamente, guardando las distancias y las comparaciones, nuestra justicia ha de ser también plena.

Y la base de la justicia ¿no es acaso el amor? Sin amor no habrá nunca justicia (como se dice en el anunciado de este blog.

¡Pero no llegaremos al amor sin haber perdonado!

“Sed santos como yo soy santo” nos dice Dios en el Antiguo Testamento (Lv. 19,2) y todos estamos llamados a la santidad, tal como se nos propone en las Cartas del Nuevo Testamento  (Rm 1,7; 1Co 1,2; 2Co 1,1; Fl 1,1).

Un rio exuberante (Dios) que da agua a los afluentes, riachuelos, arroyuelos… (la humanidad, cada uno de nosotros).

José Luis Socías Bruguera

Barcelona (España)


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