12 de junio de 2013

Atisbos




Imagen con un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan (Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión. 

12 de mayo de 2013

Pliego nº 52


Honradez, justicia y generosidad

En la propuesta de los 'mandamientos en lectura positiva' y según el proyecto plasmado en el libro "Itinerario", del médico y sacerdote diocesano de Barcelona, Alfreo Rubio de Castarlenas, -desde lo menos a lo más-, por lo tanto, en numeración inversa, el 10º sería alegrarse de que los demás tengan bienes y cualidades; el 9º que los puedan disfrutar; el 8º dar testimonio gozoso y positivo de la presencia de los demás, que somos grupos humanos que tenemos que convivir y construir juntos el gran proyecto de Dios; y el será compartir los bienes que vamos teniendo.

Esta lectura hecha así, nos sitúa, desde la riada, pasando por el Bautismo-Limpieza y dejando de ser frívolos tomando la vida en serio, en ese Camino hacia Dios y hacia los demás, guiados por el Buen Pastor. Y claro, las cosas y los bienes materiales que tienen y que tenemos entre unos y otros nos preocupan y luchamos tanto por ello, que hay que proponer alguna norma. 

Demasiados dramas y guerras lamentablemente han acompañado la historia de la humanidad por culpa de eso que llamamos el tener. Todos los sistemas político-económicos que se van descubriendo a lo largo de nuestra historia, nos lo demuestran, y no estamos demasiado cerca para encontrarlos y ponerlos a disposición de todos.

Para solucionar este asunto, o más que solucionarlo, encauzarlo, ya en el monte Sinaí Dios puso este principio o dijo esta Palabra: compartir los bienes de este mundo. Si es verdad que desde la perspectiva de Moisés al menos se pidió lo mínimo: no robar, no quitar, no saquear, no estafar, no secuestrar, rápidamente en mejor enseñanza y en situación sedentaria, aparece la actitud de regalar, ofrendar, dar, compartir, solidarizarnos.

La proeza de construir la convivencia de los seres humanos con todas las diferencias de los más diversos tipos, es algo que se está siempre haciendo y según parece, nunca se le encuentra una definitiva solución. No está nada mal que en los principios se propusieran estas normas y derechos humanos que, como se ve, nunca están pasados de moda.

Lo novedoso para hoy es que todo eso se hacía  y se debería hacer hoy en la convivencia universal entre Dios y los hombres, como se plantea en el Itinerario del padre Rubio. Todo va hacia Dios en el encuentro con mis otros, con mis prójimos, con todos los hijos de Dios.

Vale la pena tener esa orientación sobre los bienes terrenales que tanto nos preocupan, que incluso el mismo Papa Francisco ha dicho de ellos que la mortaja no tiene bolsillos, son importantes, pero no tanto.

Me gustaría poner de relieve en el Itinerario antes indicado, que el milagro acaecido de ser pescado, de ser sacado de la riada y de recibir la conversión de nuestra vida, mirando ya hacia otra manera de ver las cosas y de tenerlas presente, las cosas en sí, toda esa Creación de Dios con la que nos rodea y nos acompaña siempre y que nos sorprende constantemente, nuestros ojos y nuestras manos tienen que actuar de manera distinta de lo que normalmente hacemos, pensando en los demás y no tanto en nosotros mismos. Toda la Creación es para ser compartida y distribuída y menos acaparar o acumular, como se ve que se hace en la mayoría de los casos.

Este séptimo  escalón de la escalera de los mandamientos tiene mucha importancia y no se puede pasar al siguiente fácilmente, porque si en las cosas materiales no sabemos ser comedidos, cómo vamos a ser en los otros que ya hacen referencia a las personas.

Vayamos subiendo la escalera de las diez palabras que nos dejó El, que nos habló allá en el Monte Santo contando con la ayuda del Espíritu Santo, ese 'Viento' que nos arropa del frío de la riada y nos va aspirando para formar la figura a la imagen del que es el Resucitado y está sentado a la diestra del Padre.

Ángel Alsina
Alba de Tormes (España)


Un lugar de fe


Como es bien sabido por todos estamos viviendo en el año de la Fe, como lo anunciara el Papa Benedicto XVI y diera inicio el 12 de octubre de 2012. A muchos nos ha servido este hecho para adentrarnos y hacer una mirada a nuestra propia FE, a ¿cómo esta nuestra Fe, en qué es lo que realmente creo?  ¿De quién me fio? Sí, creo en Dios, repaso el Credo y siento al proclamarlo que me adhiero a lo que en él se pronuncia. Puedo decir que me siento una persona de Fe.

Pero la pregunta me vuelve a surgir, ¿creo en Dios a quien no veo, y no creo en muchas de las obras que El nos propone para el bien de la humanidad? ¿Me fio de que El está velando y detrás de cada una de esas obras que los hombres y mujeres hemos vislumbrado y queremos llevar a la realidad con nuestro esfuerzo personal? En definitiva, ¿creo en el hombre y aun a sabiendas del límite y el pecado humano?, ¿creo que con la ayuda de Dios puede crear obras maravillosas? 

Muchas personas desde el inicio del Cristianismo han dado y siguen dando la vida por Dios y  aquello que creen que Dios también desea. Y son el testimonio vivo de que del hombre también me puedo fiar. Como dice San Pablo, sin obras vana seria nuestra Fe.

Todos conocemos lugares donde con Fe reconocemos la mano de Dios. Hoy me gustaría poder explicarles la más reciente que he conocido y me llena de emoción por el esfuerzo personal que representa.

Utopía, el documentalUtopía, el documental“Utopía”, unos hombres, Hermanos de las Escuelas Cristianas (Hermanos de La Salle), hace más de 25 años y viendo cómo los jóvenes de Colombia son conquistados por las diferentes facciones en conflicto que existen, para llevarlos a sus filas, cómo las pequeñas poblaciones y casas rurales son arrasadas y sus habitantes ultrajados y muchos asesinados, se preguntan, ¿Qué podemos hacer? Y durante años, sueñan en el día en que la Paz vuelva a estas tierras hermosas, ricas para el cultivo, donde el trabajo honrado y bien organizado pueda dar bienestar a esas familias, que han sufrido tanto.
Y cuando apenas la Paz comienza a vislumbrarse, piensan que quizás ha llegado la hora.... crear un centro donde jóvenes, muchachos y muchachas, provenientes de esos lugares donde el dolor ha hecho mella, puedan formarse como ingenieros agrónomos basándose en la metodología de “aprender haciendo y enseñar mostrando”. Después de pasar tres años en el campus de la Universidad,  aprendiendo en las aulas y practicando en el campo, al cuarto regresar a sus lugares de origen para poner en práctica un  proyecto agropecuario sostenible y, guiados por un profesor del centro, llegar a convertirse en promotores para que otras personas se sumen a esta actividad en bien del país y en definitiva, de sus gentes.

“Utopía”, gracias a la Fe en Dios y la confianza en que los hombres son capaces de llevar adelante grandes obras, hoy es una realidad. La Universidad de la Salle, desde Bogotá, Colombia, da soporte a este proyecto universitario.

Pero para ponerlo en pie se han tenido que dar muchos pasos; confiar en que la providencia de Dios llegaría a través de las personas, que fiándose, llegaría la economía para el proyecto; que unos jóvenes bachilleres, resistirían presiones familiares, de entorno, etc y serían capaces de salir de sus casas para ir a estudiar a un lugar lejano y desconocido. Ellos mismos, tener la confianza  de que son capaces de hacer frente a unos estudios superiores exigentes, que les llevarán a grandes sacrificios de esfuerzo personal.

Confianza de unos padres o responsables, que cuando ya pueden esperar que estas personas jóvenes, puedan aportar una economía para el hogar, o en particular las muchachas sean un soporte dentro de la familia, salgan a estudiar con la incertidumbre de que final se alcanzara.

Y así se puede hacer una larga cadena de confianza mutua, de Fe,  sin la cual sería imposible que este proyecto dejara de ser sueño para ser una realidad.

San Juan Bautista de La Salle decía en su momento “Este instituto está fundado en la Fe” y es cierto, también hoy en día, sin esta fe firme y bien arraigada, nunca “Utopía” sería una realidad.
 
Montserrat Español i Dotras
Yopal (Casanare) Colombia


Atisbos



Imagen con un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan (Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.


12 de abril de 2013

Pliego nº 51


Testigos de la verdad

Por ser testigos de la verdad, han martirizado y matado a muchas personas a través de la historia, crucificaron a Jesucristo y a todos los mártires cristianos, entre ellos podemos mencionar a los Cristeros, los mártires mexicanos que morían gritando "Viva Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe".

Encontramos mártires en todos los tiempos y en todos los continentes, guerras civiles, mundiales, actualmente, en el Siglo XXI, en la India, en Mosul, donde los convertidos no pueden proclamar la nueva fe dentro de Irán, pues son sentenciados a muerte. Cada uno de nosotros puede evocar también martirios actuales, en China, y en tantos rincones del mundo.

Recordemos al sacerdote católico San Maximiliano María Kolbe, consagrado a la Inmaculada, quien murió en Auschwitz en lugar de un padre de familia, a fines de julio de 1941, en una celda con nueve prisioneros más, obligados a morir de hambre. 

Hablar bien es dar testimonio, afirma Jordi Cussó en éste mismo blog, en febrero del 2009, al hablarnos justamente de Santa Eulalia, la bien hablada, mártir en Barcelona.  Nosotros podemos descubrir lo que la realidad y las personas tienen de bueno, y saber dar, con nuestro testimonio y con nuestras palabras, la Buena Nueva.

Ser testigos de la verdad es una tarea ardua y dificultosa. Esforcémonos, por ser testigos de la verdad en nuestras vidas. No busquemos el martirio si no es necesario
Presentemos la verdad con delicadeza, con la mano abierta, como ofreciendo
Nuestra verdad ha de estar regida por las cuatro virtudes cardinales: Prudencia, Justicia, fortaleza y templanza. A veces una verdad mal dicha, puede ser como piedra que destruye y aleja.

En éste punto, grandes maestros de espiritualidad, como Santa Teresa de Jesús, recomiendan, “Hablar de Dios o no hablar”,  podemos recordar las palabras de Tante, Dolores Bigourdan, hablar siempre bien de los otros, o no hablar…

Dar testimonio de la verdad, tarea de todo ser humano, y en especial de todo profetismo, lo encontramos en forma negativa en el octavo mandamiento: No dar falso testimonio ni mentir.

Podemos afirmar con Juan Miguel González Feria: “Éste mandamiento es más grave que los otros dos, porque si establecemos una sociedad en la que es normal mentir, llegará a no poder existir la fe, pues la fe es creer lo que Dios anuncia, lo que Dios nos dice.  Si nosotros que somos tangibles, no somos creíbles, menos creíble será Dios, a quién no se le ve.  Dar falso testimonio o no dar testimonio cuándo tendría que darse, por cobardía, por vergüenza… es pecado de omisión. En éste mandamiento Jesús está diciendo que aquel que no de testimonio de Él ante los demás, tampoco tendrá su testimonio ante Dios.  La vida del cristiano es dar testimonio de Cristo, no podemos dejar de dar testimonio de nuestra vivencia de Él”.

Nuestra tarea es seguir a Cristo y descubrir su mensaje y dar testimonio de la verdad, con la vida, en el diario vivir, amando a todos, incluso a los enemigos. En esto está la perfección cristiana.

Cristo viene a implantar un reino, al que sólo podemos entrar con traje de fiesta, es un convite de paz, de alegría y de unión. No es necesario llegar hasta el martirio, prueba de nuestra fe.  Lo que se nos pide es vivir gozosos, ciudadanos del Reino en la tierra, ser felices!

Dispuestos a dar la vida, sí, pero muy especialmente dispuestos a ser testigos de la verdad al vivirla, al disfrutarla, al entrar a la fiesta que el Padre Misericordioso ha preparado para todos nosotros, y que nosotros también podemos preparar para demás.

Con su vida, pasión, muerte y resurrección Jesucristo ya nos ha salvado! 

Salgamos a dar testimonio de la verdad y proclamar esta buena nueva de la salvación para el mundo entero.

No es necesario grandes sacrificios, lo importante es vivir en fiesta!

Nubia Isaza Ramos
Bogotá (Colombia)

Palabras con corazón


Acabamos de vivir la celebración de la Pascua, la más significativa para los cristianos, de la cual el Papa Francisco ha recordado que “Pascua debería ser cada día”. La Pascua nos invita a sentir la presencia de Cristo resucitado que nos da fuerza para renovar nuestras actitudes y así mejorar nuestro ser, nuestra convivencia y nuestro entorno.

La Carta de San Pablo a los Efesios (4,25-5,5) presenta unas aplicaciones prácticas que nos invitan a reflexionar sobre nuestras actitudes. Parece un listado de consejos que sacuden nuestro ser para revisar el propio yo y la relación con los otros. De estos consejos quiero resaltar: “No digáis palabras groseras, sino solo palabras buenas y oportunas que ayuden a crecer y traigan bendición a quienes las escuchen”.

Que lección tan impresionante nos da San Pablo sobre el cómo hablar, es decir, dar sentido a las palabras que salen de nuestra boca. El deseo humano es expresar palabras buenas que ayuden a construir y que posibiliten el buen actuar, pero fácilmente criticamos y nos dejamos llevar por la pasión que conduce, precisamente, al mal hablar y cómo resultado se van tejiendo unos prejuicios que enturbian las convivencias y obstaculizan las relaciones.

No siempre es fácil bien hablar del otro, a menudo, preferimos silenciar unas palabras de reconocimiento que podrían alegrar y beneficiar. Sabemos que el ser humano necesita sentirse reconocido y valorado, pero a veces torturamos expresando palabras que hieren. San Pablo también advierte que no sean “palabras estúpidas ni vulgares sino de alabanza”. Este gesto favorecería a valorar todo aquello que es positivo de la persona ya que inmediatamente del otro percibimos los límites y defectos en vez de destacar las cualidades y talentos.

¡La palabra es muy potente! Si no existe ninguna invalidez, la palabra es el medio de expresión para comunicarnos. Las palabras nos mueven, nos ponen en camino y nos activan para decir con veracidad lo que nuestra conciencia quiere expresar. Las palabras van acompañadas del tono y del gesto que dan significado al contenido.

Esta misma Carta en el capítulo 6 nos recuerda que todos estamos iluminados por la luz de Cristo y que no nos dejemos engañar por palabras vacías ni seducir por cualquier palabra o discurso sin valor. Es necesario no perder el norte para sentirnos orientados y poder orientar a los otros con nuestras palabras portadoras de esperanza, palabras de coraje en momentos difíciles, palabras de ternura, palabras sinceras… El compromiso humano debería ser ayudar a cualquier persona para que pueda desarrollar sus dones, animarle en sus proyectos y acompañarlo en los procesos personales sin cortar la libertad. Además, el compromiso cristiano debería ser el plus de vivir la fraternidad, de gozar unos con los otros por el simple hecho de existir, sentirnos hermanos con un mismo Padre-Abba que desea lo mejor para cada uno.

La luz de Cristo pone al descubierto la realidad de cada ser y nos ayuda a ser transparentes para apoyarnos mutuamente, para escucharnos, para comprendernos, para sorprendernos, para elogiarnos, para saber agradecer, para admirarnos unos de los otros… Todo ello contribuye a la construcción del Reino de Dios, contribuye al crecimiento personal y espiritual de uno mismo y, al mismo tiempo, se benefician los grupos humanos.

El texto de San Pablo también dice: “Hablaos unos a otros con salmos, himnos y cantos espirituales, y cantad y alabad de todo corazón al Señor. Dad siempre gracias a Dios Padre por todas las cosas, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo”. Reflexionemos y valoremos si, realmente, nuestras palabras son de amor y comprensión. No temamos a expresar las palabras que surgen del corazón que permiten bien hablar y enriquecen la convivencia.

Assumpta Sendra Mestre
Barcelona (España)

Atisbos



Imagen con un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan (Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.

12 de marzo de 2013

Pliego nº 50


Valorar y agradecer nuestros talentos. Purificar intenciones

Los diez mandamientos, recibidos por el Pueblo de Israel tras la liberación de la esclavitud en Egipto y después de haber caminado durante cuarenta días por el desierto, expresan la voluntad de Dios para con la humanidad. El contenido de este decálogo, no son imposiciones ajenas ni extrañas a la naturaleza humana, más bien, propone un modo de vivir que favorece una convivencia más satisfactoria y armónica. 

Los mandamientos no se dan en cualquier lugar ni a todo el mundo; son propuestas mostradas a personas que ya han tenido un cierto tiempo de peregrinación por el desierto, tras haber tomado la determinación de dar a un sí total a Dios, con una viva experiencia de liberación que les anima y nortea a alejarse del mal y a estar vigilantes de no caer en servidumbres, ni volver a encadenarse, a realidades que le hagan perder esa libertad recién estrenada.

Posiblemente, la convivencia de estas tribus en el desierto, les hizo tocar vivamente las dificultades en las relaciones interpersonales y entender los posibles riesgos de estropear esa libertad recién estrenada que tanto habían anhelado. Es en esas circunstancias, cuando se da la disponibilidad y se abre el corazón, para acoger estos diez consejos que Yahvé les propone. Por tanto, se podría decir que estas recomendaciones son propuestas para mejorar la convivencia y de ningún modo se deben tomar como normas caprichosas e impuestas.

Además, los diez mandamientos no van sueltos, son progresivos, se han de entender entrelazados unos con otros. Son parte de un itinerario hacia Dios. Una vez liberados de la riada, a la que arrastra el pecado, y con la determinación de no querer el mal ni ser frívolos, Dios propone un itinerario hacia una mejor relación con Él, con la creación y con los demás.

En esa cadena de consejos, una vez asumida la propuesta expresada en el décimo mandamiento, como el alegrarnos de las cualidades de los demás, nos libera del lastre de la envidia y nos pacifica, se propone un paso más, el noveno mandamiento.

No codiciarás la casa de tu prójimo, ni codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de tu prójimo (Ex 20,17)

Se nos invita a no desear los bienes del prójimo, porque si alimentamos ese deseo, en el momento que uno puede, se los quita. No detenerse ni un momento a desearlos.

Desear lo que es ajeno deja entrever una actitud de insatisfacción e  incapacidad para valorar  los talentos propios, y en cierto modo, expresa frivolidad e ingratitud a las capacidades y aptitudes que hemos recibido. 

Ciertamente somos limitados, no podemos pretender tenerlo todo, ni serlo todo, ni estar en todas partes, ni tener toda la información. ¡Qué bien ser limitado! Aceptar nuestro límites, que al definirnos, nos hacen únicos e irrepetibles, nos debe lanzar con agradecimiento a la búsqueda y la realización de nuestro papel en nuestro entorno, sin gastar energía ni perder tiempo en desear ser como el otro o codiciar lo que el otro tiene; más bien convencidos que cada quien tiene algo específico que aportar en esta sociedad plural. 

Descubrir y valorar nuestras capacidades y agradecer nuestros talentos, como regalos gratuitos, nos ayuda a purificar el corazón del posible riesgo a usarlos únicamente en beneficio propio. Acoger los dones recibidos con humildad y sencillez nos orienta a usarlos al servicio de la sociedad propiciando trocitos del Reino de Dios en la tierra, en definitiva, nos dispone a sintonizar con la voluntad del Padre, origen y sentido de nuestra existencia.

Purificar las intenciones de nuestros proyectos, tratar de tener un corazón limpio y una mirada clara cada día, en cualquier tipo de tarea ó actividad que realicemos, por insignificante que pueda parecer, nos permite conectar con la fuente de la que se nutre el sentido de nuestra existencia y nos permite gozar de una paz y una alegría difusiva con nuestro entorno.

Remedios Ortiz J.
Madrid (España)

La fe en la enfermedad


Cuando los apóstoles le pidieron al Señor “auméntanos la fe” en Lc 17, 5  seguro que también la necesitaban para superar los duros obstáculos que la vida trae consigo, como por ejemplo la enfermedad grave…

A mediados de febrero de 2012, me hicieron unas pruebas médicas porque notaba problemas de deglución (ingesta de alimentos). Me informaron que tenía un tumor maligno en el esófago, pero hasta dentro de una semana no se sabría qué tipo de tumor era y sobre todo en qué estadio se encontraba. Esa semana fue para mí muy complicada, tuve que esforzarme para no caer en la desesperación de la incertidumbre y además me resultaba  inevitable pensar en los demás, ¿cómo les afectaría la noticia? Sabía que la forma de contarlo sería clave para que el impacto fuera menor. Lo único que tenía claro  era que tenía el mal ahí pero no podía hacer nada, solo esperar.

En mi oración hice un ejercicio de fe y de abandono en Dios para aceptar lo que viniera, ponerme en sus manos para lo que fuera. El “hágase Tu voluntad…” del Padre Nuestro. Esa fe tuvo una consecuencia y fue el poder ir hablando de mi enfermedad a las personas más cercanas con una paz impropia de la noticia que estaba transmitiendo.

El día 23 de febrero me informaron que me darían un tratamiento con intención curativa que pasaba por sesiones de quimioterapia y cirugía invasiva. Agradecí  profundamente a Dios la buena noticia… ya había un plan de actuación y una esperanza fundada. En ese momento hice una comunicación serena, esperanzada y con cierto toque de humor a un amplio número de personas, con la petición de que la transmitieran, a quien ellos vieran oportuno, y que me tuvieran presente en este proceso. La hice a todos los niveles, familia (que es muy amplia), trabajo y amistades.

Ahora me tocaba a mí responder, tener fe en mí mismo. Para ello sabía que contaba con muchas personas y que también encontraría fuerzas, en su fe y en la fe que yo tenía en ellas. Pronto llegaron las primeras sesiones de quimio con todos sus efectos, nauseas, rigideces musculares, pérdida de cabello, agotamiento extremo, temblores… fue difícil, pero entre el amor y la dedicación de los más próximos y las muestras de cariño que me hacían llegar, notaba yo un sustento difícil de explicar, pero que me ayudaba a que el tiempo fuera pasando y mientras iba avanzando en el tratamiento.

Así, al cabo de cuatro meses, me llegó la fecha de la cirugía. Era el momento de tener fe en la ciencia y en los profesionales. Quién sabe si por tanta oración e intenciones, tuve la oportunidad de ponerme en manos de un magnífico especialista en este tipo de intervenciones y a pesar de los riesgos fue todo un éxito, tanto la operación como el tiempo de recuperación y el resultado final. Después, siguió el resto de sesiones de quimio, también con sus momentos complejos, de aguante, hasta que se terminaron. Me llegó así la ansiada y necesitada normalidad, dejar de vivir alrededor de la medicación y de sus efectos.  Por fin la primera revisión y los resultados fueron muy satisfactorios. Y pronto será la fecha de la segunda…

No sé lo que me deparará el futuro, espero poder seguir haciendo algo para mejorar un poco un trocito de este mundo, pero en cualquier caso confío en poder seguir abandonándome en Dios, por lo menos en los momentos difíciles. Y si no, siempre poder decir: “Jesús, buen Amigo, auméntame la fe”.

Crescencio Juan Fernández Gallego
Jerez (España)

Atisbos



Imagen con un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan (Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.

12 de febrero de 2013

Pliego nº 49

Alegrarse de las cualidades y actitudes de los demás


El décimo mandamiento dice: no envidies, no te entristezcas de que el otro tenga algo. La persona envidiosa quiere tener los bienes de manera exclusiva, que nadie más no los tenga.

Siento envidia de que el otro tenga algo, independientemente de que yo tenga eso o no lo tenga, o incluso teniendo yo y en mayor cuantía. Dolerse, entristecerse de que el otro tenga cosas buenas sean estas cosas materiales o cualidades personales, esto es la envidia.

El Concilio Vaticano II, en la Constitución  Gaudium et Spes, en su número 17, dice: “La orientación del hombre hacia el bien sólo se logra con el uso de la libertad (...) Dios ha querido dejar al hombre en manos de su propia decisión para que así busque espontáneamente a su Creador y, adhiriéndose libremente a éste, alcance la plena y bienaventurada perfección”. Teniendo esto en cuenta, que la vocación del ser humano es la búsqueda y el encuentro con Dios Creador, y viendo que los Diez Mandamientos van decreciendo en importancia, tienen un sentido descendente, nos es lícito poder verlos a la inversa, como ese camino humano y religioso que nos va acercando cada vez más plenamente a Dios Padre, sabiendo y no perdiendo de vista que la ley mosaica no es suficiente para la vida de un cristiano. No olvidemos que nos estamos moviendo en el Antiguo Testamento y a nosotros los cristianos, nos faltaría todo el Nuevo Testamento, que es donde se nos revela de manera plena a Dios y al Ser Humano.

Los Mandamientos son una propuesta “moral” que ayuda a articular la convivencia, desde una perspectiva humana y también religiosa. En este sentido, podemos contemplar los diez mandamientos divididos en dos bloques claramente distinguidos, por una parte, tenemos los mandamientos que van del uno al tres y que están enmarcados en nuestra relación con Dios, y en el segundo bloque, nos encontramos los que están directamente relacionados con la convivencia humana y son los que van del quinto al décimo. El cuarto nos hace de eslabón, de unión entre los dos bloques (lo transcendente y lo inmanente).

No codiciarás los bienes ajenos; es decir, no desear con vehemencia las cosas buenas que los otros poseen. Claro que nos es lícito desear cosas buenas para nosotros y para otros, pero lo que no es tan lícito es desear aquellas cosas que son de otras personas y máxime si estas le son necesarias para su diario vivir. Desear, apetecer algo que tienen otros es definido por el diccionario como envidia, pero la definición no queda ahí sino que va más allá y nos dice que tener envidia es dolerse del bien ajeno.

Esto también lo podemos trasladar al campo de la vida religiosa y espiritual y ver cómo en muchas comunidades o grupos religiosos se envidian los carismas los unos a los otros. Estas envidias comunitarias, hacen de la convivencia algo irritante y poco constructoras de reino de los cielos aquí en la tierra. Se nos olvida aquello de Pablo cuando nos dice que los carismas y funciones en la Iglesia son variados, pero que todos están al servicio del cuerpo y forman parte de él; entre todos formamos el todo y a unos nos tocará ser uña, a otros manos, a otros ojos, a otros corazón, a otros cabeza… Y que cuando una parte se resiente, se resiente todo el cuerpo, por eso es importante aceptar nuestra realidad más íntima de ser y desde la humildad de sentirnos lo que somos, aceptar y con alegría, lo que los otros son y las cualidades o cosas que puedan poseer.

Como vemos este décimo mandamiento y último es el más débil y el más sencillo, sólo nos pide ser capaces de abrirnos un poco a los demás: no entristecerse de que los demás tengan cualidades, actitudes, buena salud, inteligencia, fe… o simplemente cosas materiales.

No envidiar es el primer escalón para ir construyendo una sociedad armónica y pacífica, pues más que entristecerme, me alegro de las cualidades y actitudes de los demás.

Diego López-Luján
Santiago de los Caballeros 
(República Dominicana)


La fe del que sufre


En este año de la fe se me ha pedido que hable de la fe del que sufre, cómo experiencia personal de quien se ve probado en su vida. Esta consideración se hace desde un lugar concreto que es el centro hospitalario COANIQUEM (Corporación de Ayuda al Niño Quemado), que está fundado en Santiago de Chile.

En la preocupación de proporcionar una atención integral a los niños quemados, se ha considerado también una ayuda espiritual para las familias afectadas que lo deseen. Por esto, en ese centro, en abril de 1995 fue inaugurado por el entonces Arzobispo de Santiago, Cardenal Carlos Oviedo Cavada, el Santuario de Cristo Flagelado.

Dicho Santuario acoge al mundo del dolor, al estar dedicado al sentido redentor del sufrimiento humano. Una bella imagen del Señor atado a la columna preside el templo. Esta figura es una réplica de la que se venera en el Santuario de Wies en Baviera (Alemania), al cual COANIQUEM está ligado espiritualmente. Además, la Santísima Virgen está representada por una imagen como María Causa de Nuestra Alegría.

El Santuario, además de estar regido por un Rector y un Diácono permanente, cuenta con el apoyo de una Confraternidad de fieles para su labor pastoral. Esta Confraternidad de Cristo Flagelado, creada el 9 de noviembre de 1996, tiene como misión orientar y conducir este accionar integrando el quehacer de COANIQUEM a la comunidad nacional e internacional de las que provienen los niños quemados, expresando la visión trascendente de la institución, y creando un espacio religioso de acogida a quienes sufren alguna necesidad.

En esta óptica es donde ejerce su labor pastoral el Rector y el Diácono, visitando y tomando contacto con los niños quemados y sus familiares que acuden a ese centro hospitalario para ser asistidos. Es una labor delicada por lo que significa el trauma sufrido por el niño quemado y también por el correspondiente sentido de culpa o responsabilidad de los padres ante el accidente ocasionado a su hijo. Es entonces oportuna una palabra de consuelo y de esperanza ante el dolor y, al mismo tiempo, hacerles sentir cómo el sufrimiento personal se une al dolor y sufrimiento de Cristo en su imagen del Flagelado.

Teniendo en cuenta que los que acuden al centro hospitalario pertenecen a diversas confesiones religiosas, para todos hay unas palabras de consuelo y esperanza, y se invita particularmente a los católicos a frecuentar el Santuario, bien sea en la celebración diaria de la Misa, bien sea en un momento de oración para pedir la pronta curación del niño quemado.

Como el centro se distingue por una marcada actitud de acogida familiar, así también con el servicio pastoral se trata de ofrecer una acogida espiritual que ayude a abrir e iluminar el camino de la fe, lo cual hace sentir a los familiares del niño quemado un sentimiento de serenidad y de confianza en el Señor, que ha ofrecido sus dolores y su vida por todos nosotros.

Miguel Huguet Ameller
Rector del Santuario de Cristo Flagelado
Santiago de Chile (Chile)

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Imagen con un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan (Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.

12 de enero de 2013

Pliego nº 48




Los que tenemos una cierta edad, vibra en nosotros de una manera especial, el Concilio Vaticano II, que se inauguró hace 50 años. Fue un acontecimiento muy especial en nuestro mundo occidental y de una manera especial, en nuestros ambientes católicos: en las parroquias, en grupos de jóvenes cristianos, y también en personas mayores que se emocionaban con las noticias, que iban llegando día a día, -sin la inmediatez instantánea que hoy se mueve el mundo- pero como una lluvia mansa que riega la tierra y le da vida. Los que ya estamos en la llamada Tercera Edad (de los 60 a los 90 años) recordamos aquella convocatoria que hizo aquel Papa de gesto bondadoso, que era Juan XXIII.

No es de extrañar que en la conmemoración de medio siglo de historia contemporánea, desde la iniciativa de la cúpula eclesial, se organice el Año de la Fe. También en recuerdo de otro aniversario, el veinte, que es el de la promulgación  del Catecismo de la Iglesia Católica.

Este "Año de la Fe", convocado por el papa Benedicto XVI, tiene como finalidad poner en práctica la misión evangelizadora de la Iglesia, que ya se mencionaba en aquel documento conciliar (Constitución Dogmática Lumen Gentium sobre la Iglesia). Que sea pues este 'Año', como una «consecuencia y exigencia postconciliar».

Un documento base y punto de partida es "Porta fidei", presentado por el Papa el mismo día 11 de octubre pasado, aniversario del día en que se proclamó el anuncio del Concilio. Nos introduce en el tema de la comunión con Dios, adentrándonos en la Iglesia y siguiendo el camino que las Sagradas Escrituras nos señalan: «Que la Palabra del Señor siga avanzando y sea glorificada». Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino.

“Porta fidei” nos propone redescubrir el camino de la fe para iluminar, de manera cada vez más clara, la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo. Y lo matiza con estas palabras: Debemos descubrir de nuevo el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios,

El Año de la fe es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor. Este Amor lleva al hombre a una nueva vida: «Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva» (Rm 6, 4).

Pero este “Año de la fe” nos mueve a tener esperanza y a practicar la caridad: «Caritas Christi urget nos» (2 Co 5, 14): es el amor de Cristo el que llena nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar. Hoy como ayer, él nos envía por los caminos del mundo para proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la tierra. (cf. Mt 28, 19).

El “Año de la fe” deberá expresar un compromiso unánime para redescubrir y estudiar los contenidos fundamentales de la fe, sintetizados sistemática y orgánicamente en el Catecismo de la Iglesia Católica.

Es hermoso un conjunto de párrafos que forman una harmonía:
Por la fe, María acogió la palabra del Ángel y creyó...
Por la fe, los Apóstoles dejaron todo para seguir al Maestro…
Por la fe, los discípulos formaron la primera comunidad reunida…
Por la fe, los mártires entregaron su vida como testimonio…
Por la fe, hombres y mujeres han consagrado su vida a Cristo, dejándolo todo…
Por la fe, hombres y mujeres de toda edad han confesado la belleza de seguir al Señor Jesús.

El Santo Padre pide “que nadie se vuelva perezoso en la fe”.  Y nosotros desde estas páginas del Pliego, a lo largo de los meses de este año iremos publicando artículos enmarcados en este “Año de la Fe”. Tenemos una amplia temporada (del 11 de octubre pasado al 24 de noviembre de 2013, que suman más de 400 días) para entusiasmarnos con la gracia de Dios, que es contemplar su presencia en nuestras vidas.

José Luis Socias Bruguera
Barcelona (España)
 

Fe en Colombia


Acabamos de rememorar el nacimiento del amor, la palabra, la verdad, la belleza y la libertad hecha niño. Con gran devoción decoramos nuestras casas dentro y fuera con luces de colores, con el Belén, Nacimiento ó Pesebre como solemos llamarle en Colombia.

En esta época realizamos una tradición familiar, la novena de navidad que reúne en medio de la oración a los amigos y compañeros en su trabajo ó en el sitio donde más horas se permanece al día.  La novena de navidad es una esta tradición aprendida y conservada desde la casa materna la cual propicia el encuentro y la fiesta, esta devoción al Niño Dios, nos recuerda la encarnación y paternidad de Dios, la Virginidad  de María, el amor y la libertad de San José como padre adoptivo, igualmente rememora la persecución y la pobreza en que nació el Niño Dios invitándonos a ser más humildes.

Una de las frases que reza la oración al niño Jesús en esta devoción es:  "Todo lo que quieras pedir, pídelo por los méritos de mi infancia y nada te será negado". En Colombia gran parte de nuestras necesidades, nuestra confianza en el cielo prometido se encomienda por esta época.

Los obsequios no los trae Noel ó los Reyes Magos, los ofrece el Niño Dios a otros niños, ó a quién “ha sido juicioso, es decir, quién se ha sido buena persona ó quién se ha comportando benévolamente durante el año trascurrido”.

En Navidad hay días de vacaciones, se incrementan los desplazamientos hacia las poblaciones de origen. La familia y amigos después de rezar la novena de navidad encuentran el espacio propicio de reunión para “adelantar cuaderno” y  hacer una tregüa en el camino que ocasionalmente culmina en un redireccionamiento de la vida. Es el momento propicio para encontrar caminos de reconciliación y perdón.

Aunque no todo sea felicidad por esta época. Encontramos aún en nuestras estadísticas personas que apuestan por el exceso de comida y la embriaguéz que deja “la rumba” desenfrenada; también en buena parte el déficit de cuidado que trae como consecuencia la tragedia de niños quemados con pólvora ó fuegos artificiales, los incendios forestales por los “paseos de olla” de los puentes festivos en los que se dejan botellas y colillas de cigarrillo tirados en el césped; igualmente, encontramos accidentes de tránsito ocasionados por  la imprudencia del chofer que conduce embriagado ó cansado y negligencia la realización de una optima revisión técnico mecánica del auto.

Es más fácil en navidad recapitular nuestro deber cumplido ó incumplido de los últimos 365 días vividos, volviendo a nacer a los buenos propósitos del año que igualmente inicia.

Nuestra fé y esperanza en la paz de Colombia suele por esta fecha, aflorar en el corazón. Es en este momento, cuando debemos sin apasionamientos observar la infancia de Jesús y al Cristo histórico en ese padre, madre, hijo, hija, hermano, hermana, amiga, amigo y prójimo engañado, despreciado, humillado, ultrajado, secuestrado, extorsionado que ha sufrido las consecuencias de un país violento, quizás, también por nuestra propia intransigencia como personas, familia y sociedad.

Es tiempo de trascender, de hallar la verdad en el reconocimiento de nuestras faltas, de pedir perdón y de resarcir a quienes ofendimos ó con quién “nos hemos hecho los de la vista gorda” al dejar de actuar pudiendo haberlo hecho, evitando desgastarnos así, en el hallazgo de culpables.

Propiciemos entonces, gestos de bendición y abrazos reconciliadores, a través del grato recuerdo ó la presencia entre nosotros de esos padres, madres, hijos, hijas, hermanos, hermanas, amigos, amigas y prójimo, resucitados con nuestros cambios de actitud y nuevos propósitos.

Elsa Victoria Lizarazo Díaz
Bucaramanga (Colombia)