12 de noviembre de 2011

Pliego nº 34..............................'2ª Etapa'


La infancia:
punta de lanza hacia un futuro más humano

«Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el Reino de Dios. Yo os aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él»
Mc 10, 13-16

Hace pocos días celebrábamos el nacimiento del niño número 7mil millonésimo del planeta. «Esta es una oportunidad para celebrar nuestra humanidad común en toda su diversidad. También sirve de recordatorio sobre nuestra responsabilidad compartida de ayudarnos mutuamente y a nuestro planeta» dijo el Secretario General de las Naciones Unidas Ban Ki-moon. En un mundo más interconectado que nunca, los desafíos como la pobreza, la desigualdad, los derechos de la infancia y de la mujer, el envejecimiento y el medio ambiente nos concierne a todos.

Juan Miguel González Feria, director del Colegio Mayor El Salvador, de Salamanca, España, en su ponencia titulada “Líneas de futuro de la sociedad”* y enmarcada dentro de las XIII Jornadas Interdisciplinares que llevaba como título: “Barcelona, puerta europea de América”, organizadas por el Ámbito de Investigación y Difusión María Corral durante los días 1, 2 y 3 de diciembre de 1992, manifestaba que «La sociedad es la misma siempre. Su finalidad también: vivir en paz y alegría, y desarrollar así, integralmente, a todos sus componentes». Y para ayudar a lograrlo mejor, González-Feria menciona unas líneas, «un trabajo crucial y de tantas dimensiones» que involucra, como no, a toda la sociedad. Esas líneas que menciona en su ponencia González-Feria, versan sobre aspectos del ser humano y de la sociedad; teniendo por ser humanas, un alcance universal, aunque, claro está, inculturándose en cada lugar.

González-Feria menciona así pues, esas líneas que, «por ser prioritarias tienen mayor eficacia multiplicadora de sus efectos», las cuales son: la mujer; los niños; alcanzar la humildad óntica; libertad religiosa; ejemplo de otras libertades; paternidad más responsable; familias en verdad solidarias, hermanos en la existencia; dignidad del trabajo; honrar a los mayores; democracia en libertad; paz, ecología y otros.

Lo planteado por González-Feria en aquel año de 1992, se anticipaba al acuerdo que años más tarde, concretamente en el año 2000, en Nueva York, en el marco de las N
aciones Unidas, llegarían a firmar 189 estados del orbe y que darían a conocer como Declaración del Milenio y que se propusieron conseguir para el año 2015.

En la Declaración del Milenio se recogen ocho objetivos referentes a la erradicación de la pobreza y el hambre; la educación primaria universal; la igualdad entre los géneros y la autonomía de la mujer; reducir la mortalidad infantil; mejorar la salud materna, combatir el VIH/SIDA, el paludismo y otras enfermedades; garantizar el sustento del medio ambiente y fomentar una asociación mundial para el desarrollo.

Vemos pues, cómo muchos puntos de los que planteaba González-Feria, como líneas de futuro de la sociedad, coincide con los Objetivos del Milenio.

El gran reto: la infancia


Aunque a veces las cifras nos suenan a frías y sin entrañas, es necesario partir de ellas para ubicarnos en el centro del problema.

Así por ejemplo, a día de hoy, 1.200 millones de personas subsisten con un dólar al día, otros 925 millones pasan hambre, 114 millones de niños en edad escolar no acuden a la escuela, de ellos, 63 millones son niñas. Al año, pierden la vida 11 millones de menores de cinco años, la mayoría por enfermedades tratables; en cuanto a las madres, medio millón perece cada año durante el parto o maternidad. El sida no para de extenderse matando cada año a tres millones de personas, mientras que otros 2.400 millones no tienen acceso a agua potable.

Uno de cada tres niños en el mundo en desarrollo -o un total de más de 500 millones de niños- carece de toda forma de acceso a instalaciones sanitarias, y uno de cada cinco no dispone de acceso al agua potable.


Más de 140 millones de niños y niñas en los países en desarrollo -de los cuales el 13% tiene entre 7 y 18 años de edad- no han asistido nunca a la escuela. Ese es el caso del 32% de las niñas y el 27% de los niños en el África subsahariana, y del 33% de la población infantil rural en el Oriente Medio y África Septentrional.

González-Feria en su ponencia “Líneas de futuro de la sociedad”, manifiesta que «Los niños no pidieron nacer, pues no existían. Como nosotros, como todos, podrían no haber existido. Somos los adultos quienes les han engendrado y hemos posibilitado que sean. Los niños tienen derecho a ser acogidos y respetados siempre, ya desde su primer inicio en el seno materno; y a ser educados. Cada uno es un único e irrepetible ‘YO’. Por ello es, digamos, un desconocido, que además es libre. Sin embargo, no es un intruso con el cual se hubiera de estar ‘frente’ a él. Es un invitado a nuestra casa. Y al mundo». Y continúa: «Es más, los niños tienen derecho –sí, derecho- a un hogar con paz y armonía, donde sean queridos en su singularidad, cariño que necesitan para su normal crecimiento» Por otra parte, continúa González-Feria «Los niños nos recuerdan el mensaje prístino de la humanidad, deformado en nosotros por los avatares, circunstancias e intereses de la vida. Son unos pequeños profetas que, en este papel, a veces nos resultan incómodos»

Aunque los Objetivos del Milenio abarcan a toda la humanidad, se refieren principalmente a la infancia. ¿Por qué? Porque los niños son más vulnerables en la medida en que la población en general carece de elementos esenciales como alimentos, agua, saneamiento y atención de la salud. También son los primeros que mueren cuando sus necesidades básicas no son satisfechas.


La siguiente pregunta es, ¿por qué la infancia tiene derechos? Todos los niños y niñas nacen con derecho a la supervivencia, a la alimentación y nutrición, a la salud y la vivienda, a la educación y a la participación, la igualdad y la protección. Se trata de derechos consagrados, entre otros, en la Convención sobre los Derechos del Niño el tratado internacional de derechos humanos de 1989.


Debido a que las labores de lucha contra la pobreza comienzan con la infancia
, ayudar a que los niños y niñas desarrollen su pleno potencial también constituye una inversión en el progreso de toda la humanidad. Esto se debe a que, en esos años iniciales y fundamentales, la asistencia que se le puede prestar a la infancia logra los mejores resultados con respecto al desarrollo físico, intelectual y emocional de los niños y niñas. Y, cuando se invierte en la infancia, se conquistan más velozmente los objetivos del desarrollo, ya que los niños y niñas constituyen un importante porcentaje de los pobres del mundo.


Un salto cualitativo


Ya en tiempos de Jesús, tanto mujeres como niños eran los excluidos de la sociedad. Dejad que los niños vengan a mí, solía decir. Más de dos mil años después, parece como si no hubiésemos avanzado nada al respecto: mujeres y niñ@s siguen siendo excluidos de la sociedad, maltratados, vulnerados sus derechos, violentados. Dejad que los niños venga a mí, suena a un grito en el desierto. Grito que encuentra eco en las líneas del futuro de la sociedad, eco en los Objetivos del Milenio, pero ojalá y sobre todo, ojalá que encontrara recepción en cada uno de nuestros corazones y que cada uno de nosotros contribuyamos, con nuestro grano de arena, para hacer del mundo un lugar hermoso para cada uno de los niños que habitan nuestro planeta.


Hay que aprender el arte de acoger el Reino de Dios. Quien es como un niño —como los antiguos “pobres de Yahvé”— percibe fácilmente que todo es don, todo es una gracia. Y, para “recibir” el favor de Dios, escuchar y contemplar con “silencio receptivo”. Según san Ignacio de Antioquía, «vale más callar y ser, que hablar y no ser (...). Aquel que posee la palabra de Jesús puede también, de verdad, escuchar el silencio de Jesús».


*”Barcelona, Puerta Europea de América”. Belisario Betancur y otros. Editorial Edimurtra. Barcelona. 1993.


Mauricio Chinchilla
Barichara (Colombia)

Atisbos


Aquí se recoge escritos y pensamientos de Dolores Bigourdan (Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer a nuestros lectores un espacio de reflexión.

Son escritos y pensamientos algunos recogidos por ella y otros que forman parte del itinerario de su vida.

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“¿Qué quiere Dios?
Que quiera ver las cosas, no comprendidas, como ellos me las dicen; y aceptar las nuevas enseñanzas como si el Evangelio se publicara hoy”



“Es magnífico tener a Cristo en uno mismo, sin sentirlo en sí. Rebuscar para hallar algo que revele sensiblemente la presencia de Cristo en uno y no encontrarlo. Y sin embargo estar seguro de que, por el simple hecho de estar en la voluntad de Él, se está en Cristo y Cristo en todos y en cada uno de nosotros.”


12 de octubre de 2011

Pliego nº 33..............................'2ª Etapa'


Liberar a los niños

Liberar a los niños no es cuestión de ambientes lejanos, sino que tiene sentido en nuestro mundo occidental donde hay situaciones de violencia, erotismo generalizado, ausencia, etc. que no respetan su libertad en crecimiento.

En distintos momentos de la historia ha habido pedagogos que han señalado la necesidad de liberar a los niños, como por ejemplo Alexander Neill, quién cree en la bondad natural del niño y en que su desarrollo moral ocurrirá necesaria y naturalmente, bastando con no ponerle obstáculos. En la escuela de Summerhill que fundó, el principio de libertad se traduce en orientaciones prácticas de auto-organización, auto-aprendizaje y auto-determinación de valores morales.

Sin embargo, Summerhill tiene normas que resultan de una decisión conjunta de alumnos y profesores en la Reunión o Asamblea en la cual a cada voz corresponde un voto. También hay un horario de las actividades comunes aunque no sea obligatorio comparecer. La escuela de Summerhill ofrece un principio de orden y un referente adulto, aunque no impositivos, por lo que se diferencia de otras escuelas libertarias alemanas.

Suele relacionarse esta perspectiva con la creencia de Rousseau en la bondad natural del hombre. Sin embargo, Rousseau distingue entre libertad y capricho y considera que padres y maestros no deben permitir que los caprichos dominen por no corresponder al desarrollo natural.

Liberar a los niños se puede entender en relación con dos frases de Jesús: “Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8,32) y “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis” (Lucas. 18, 16). Traducimos la primera en acciones concretas como estimular la curiosidad científica; denunciar miedos infundados; reconocer la riqueza de su mundo interior (los sentimientos y emociones, tanto positivos como negativos), distinguirlos y nombrarlos; reconocer cualidades propias y ajenas; distinguir entre aspiraciones, deseos y caprichos; reconocer lo que de aspiración a ser puede ocultarse en los deseos para poder estimularlo y dominar caprichos creados por el ambiente o la sensibilidad desajustada.

La frase “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis” supone que los niños se acercan a El de modo natural… Liberar a los niños es, en este marco, dejar que se acerquen a Dios, a la espiritualidad, pero también no ponerles dificultades para las relaciones humanas vitalizantes, que les permitan crecer en confianza, en amor, en generosidad, en abertura al mundo, en auto-superación. Es también crear las condiciones para escuchar a Dios, a los otros, a uno mismo (educar para el silencio) y para aprender a decidir de modo autónomo (darle lo que necesita para mantenerse en la existencia; proporcionarle las condiciones que le permitan crecer; respetar su identidad y su vocación).

María Concepción Azevedo
Barcelona (España)

Atisbos


Aquí se recoge escritos y pensamientos de Dolores Bigourdan (Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer a nuestros lectores un espacio de reflexión.

Son escritos y pensamientos algunos recogidos por ella y otros que forman parte del itinerario de su vida.

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“Se ve el designio de Dios sobre la humanidad.
Considerar los hombres agrupados en sociedades = familias, donde cada uno trabajando su felicidad hace la felicidad de su próximo prójimo; donde cada uno ama al mismo Dios y a los hombres de tal manera que el amor del mismo Dios es común a todos y es la ligadura viviente que los acerca y los tiene bien unidos.
Tenemos estas vidas humanas que se desarrollan a través de los espacios y los siglos, este cortejo apretado de vidas indigentes, llamadas bajo el soplo de la gracia de Dios a obtener el amor que los perfecciona amándose, sosteniéndose los unos a los otros, como nos aconseja el viejo san Juan.
La perfecta vida humana es amar, amar a Dios y su prójimo de un solo y mismo amor”

12 de septiembre de 2011

Pliego nº 32..............................'2ª Etapa'


El gozo que se manifiesta en la relación de Dios con los hombres, cuando estos practican el mal

“En la “Conversación en el Desierto de Santa Eulalia” convocada por el Espacio Dolores Bigourdan, el pasado 16 de diciembre de 2010, sobre “La humildad trascendental”, se invitó al filósofo Jordi Giró para que hiciera una aportación sobre el importante tema del Mal. Se partía de un texto de Alfredo Rubio de Castarlenas sobre la aceptación –gozosa- del pecado, que “nos ha merecido tal Redentor” (San Agustín).

“La humildad trascendental es aceptar que en el mundo hay pecados; no solamente que el mundo y los humanos somos limitados, de lo cual se deducen dolores y padecimientos, sino esa especial limitación que es ser pecadores, hacer el mal libremente, padecer el mal evitable, el mal absurdo y sin sentido que hacemos los humanos. ¡Y aceptarlo con alegría! Claro que esta aceptación gozosa no es resignación y pasividad frente a los pecados, al contrario, es la mejor manera de luchar para evitarlos en adelante; pero los anteriores a mi concepción, en los cuales no tuve responsabilidad alguna, ¡benditos sean!, de lo contrario yo no existiría, ¡…y me alegro tanto de existir! Es lo que canta la Iglesia en una liturgia tan solemne como la noche de Pascua: ¡oh, feliz culpa que nos mereció tal redentor! (Alfredo Rubio de Castarlenas)

El profesor Giró, al comenzar, quiso resaltar la alegría que despierta la constatación de la particular relación de Dios con el hombre, que se manifiesta precisamente cuando éste obra el mal.

Referente a la relación de Dios con el mal, recordó a Jacques Maritain en la obra Dieu et la permission du Mal, que apunta dos ideas provocadoras. La primera es que Dios no es responsable del mal; ni directamente, provocándolo, ni indirectamente, permitiéndolo. En contra de lo que algunos piensan, Maritain dice que Dios es absolutamente inocente del mal del mundo.

Y la segunda idea es que el mal no tiene entidad positiva. El mal, dice el mismo autor, no es un ser, sino ausencia de bien. Es como un parásito, que vive del bien del cual se alimenta, y sólo de él; de tal manera que cuando ha matado al ser del cual vive, que le ha chupado toda la sangre, también muere él. Su condición de posibilitad es la vida y la energía del que parasita. El mal sería, entonces, una forma de parásito.

Sin embargo, se suele identificar el mal como una fuerza de signo negativo, contrapuesta a la del bien. Bien contra mal, en una eterna lucha manifestada en películas como "La guerra de las galaxias". En sentido más culto es lo que llamamos el maniqueísmo.

El origen del bien es Dios. El origen del mal, el hombre. Es una iniciativa humana. Adán y Eva introducen el mal abusando de su libertad. Cuando hacemos el mal, cuando “pecamos”, provocamos el “des-ser”. Maritain usa un neologismo curioso: dice que, al hacer el mal, “néantons”, que "nadeamos".

Explicaba el profesor Giró que en la parábola del hijo pródigo (Lc. 15, 11-32) éste hace el mal, pero convencido que para él es un bien. Se descarría como la oveja perdida. Hace el mal por ignorancia, y desconoce en realidad qué es el mal. En cambio, en el perdón de la mujer adúltera (Jn. 8, 1-11), no hay arrepentimiento de ella, ni reconocimiento explícito del mal producido. Pero Jesús aquí, como juez, también la perdona. Jesús no pone ninguna condición previa para su perdón.

Y se preguntaba el profesor: ¿Qué pasa con aquellos que hacen el mal consciente y intencionadamente, y no por error o inconsciencia, queriendo el mal como tal? Y respondía: Pues que estos también son perdonados.

Jesús nos presenta un Dios del cual sólo podemos esperar su amor misericordioso. De Dios nunca podemos esperar el mal.

Jordi Giró se refirió al gozo del cual habla Alfredo Rubio en la presentación del tema, que no es la aceptación del mal, ni su aprobación, ni ninguna clase de relativismo que confundiera las fronteras entre el bien y el mal. Sino que esta alegría nos describe una situación. Es a través de la experiencia del mal, que descubrimos, por contraste, la profundidad y la gratuidad del amor de Dios.

Es en la relación que Dios tiene con los hombres que hacen el mal, donde se manifiesta realmente la esencia de Dios amor. De Él sólo podemos esperar: ¡Amor! Acogida, perdón, alegría, fiesta, banquete... ¡De Dios solamente podemos esperar EL BIEN!

Es de esta certeza, en la confianza en Él, que surge la alegría de la Pascua: “¡Oh feliz culpa que nos has manifestado este amor tan grande!” Tan grande que transforma la muerte en vida definitiva: es el mensaje de la resurrección del Cristo.

Terminó comentando que tenemos una tendencia a interpretar el mal como contrario al bien, incurriendo en errores de tipo maniqueo. Es la consecuencia inaceptable, de pensar en un Dios que lo sería todo, menos amor incondicional. Sin embargo, no llegamos suficientemente a las últimas consecuencias de la incongruencia de estos prejudicios que tenemos sobre Dios. Debemos de revisar la teodicea a la luz del Evangelio -¡la buena noticia!- del Dios de Jesús.

Atisbos


Aquí se recoge escritos y pensamientos de Dolores Bigourdan (Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer a nuestros lectores un espacio de reflexión.

Son escritos y pensamientos algunos recogidos por ella y otros que forman parte del itinerario de su vida.

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Mis hermanos no son siempre simpáticos y sobre todo son distintos. Y esto es muy duro.
Distintos, todos distintos, imponiéndome cada uno algo particular, algo raro, que me molesta, y me desorienta.
Cada uno me impone algo que tengo que admitir.
Y es duro admitir que los demás sean de esa manera.
Cada uno me impone algo que he de comprender; eso no siempre me apetece. Es pesado.
Cada uno me impone algo que he de amar. Que tengo que meter en mí, tal como ellos quieren. Aún cuando me sea costoso, o que me parezca absurdo.
Es pesado Señor, amar a mis hermanos.
Señor que nunca me cierre a los demás.
Guárdame, Madre mía, de clasificar a mis hermanos.”

12 de agosto de 2011

Pliego nº 31..............................'2ª Etapa'


Vivir en Caridad: amándonos como Dios nos ama

“Amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 15, 12). Este es el mandato nuevo, el de la caridad. Pero podríamos preguntarnos: ¿se puede mandar amar? Si el amor por definición es fruto de la libertad responsable, parece que no se puede mandar amar. Benedicto XVI se enfrenta y resuelve esta cuestión en su Encíclica “Deus caritas est” (n.16): “el amor no se puede mandar; a fin de cuentas es un sentimiento que puede tenerse o no, pero que no puede ser creado por la voluntad” pero añade un poco más adelante: “Él nos ha amado primero y sigue amándonos primero; por eso, nosotros podemos corresponder también con el amor. Dios no nos impone un sentimiento que no podamos suscitar en nosotros mismos. Él nos ama y nos hace ver y experimentar su amor, y de este «antes» de Dios puede nacer también en nosotros el amor como respuesta.” (n. 17). Es decir al mandarnos amar, nos está pidiendo que pongamos en acto aquello de que somos capaces porque Él ha tomado antes la iniciativa de amarnos. Otra posible interpretación complementaria la ofrecía el sacerdote Alfredo Rubio: es la palabra “mandato”. No es mandar en el sentido de ordenar, sino mandar como enviar: Jesús nos envía a amar.

Por otra parte “amar con amor de Dios” parecería una pretensión insostenible para los seres humanos limitados, volubles, contingentes. ¿Quién puede amar con el amor con que Dios nos ha amado? En teología el sentido analógico es fundamental, cuando afirmamos por ejemplo “Dios es bueno” y “Juan es bueno” ¿lo decimos exactamente en el mismo sentido? No, porque la bondad en Dios es infinitamente mayor que la de Juan. ¿Lo decimos, pues en sentido totalmente, diverso? Tampoco, la bondad en Dios y la bondad en Juan tienen algo en común. Lo decimos en sentido analógico: en cierto modo es igual, en cierto modo es distinto.Sin embargo, más allá de disquisiciones teológicas, los seres humanos sí que podemos amar con un amor desinteresado, generoso, abnegado, un amor que es un reflejo del amor de Dios. Y ello es posible hoy porque ha sido posible en todas las épocas y circunstancias. Tenemos un ejemplo preclaro en tantos santos y santas. Escribe el Papa al finalizar esta encíclica: “al confrontarse « cara a cara » con ese Dios que es Amor (...) se explican las grandes estructuras de acogida, hospitalidad y asistencia surgidas junto a los monasterios. Se explican también las innumerables iniciativas de promoción humana y de formación cristiana destinadas especialmente a los más pobres de las que se han hecho cargo las Órdenes monásticas y Mendicantes primero, y después los diversos Institutos religiosos masculinos y femeninos a lo largo de toda la historia de la Iglesia.

Vivir en caridad pues ha sido y es posible y ha sido y es necesario.

Jaume Aymar Ragolta
Barcelona (España)

¿Quién acaso ha prohibido la ternura?





¿Quién acaso ha prohibido la ternura?
¿Qué código ni humano ni divino?
¡Si amar a todos, es cabal destino
y caminos abrir en la espesura!

En esta vida ¿no es lo que perdura?
Pasa la Historia, el odio y el camino.
Sólamente el amor llega con tino
a dianar en toda criatura.

Amar es nuestra acción en cada instante,
con la vista y la voz; dando la mano
para ayudar, dar paz; nunca distante.

Con su vida, Jesús nos lo refiere.
Sin ternura imposible ser cristiano.
Sin ella el mundo languidece y muere.

Alfredo Rubio de Castarlenas
Sonetos en la Ermita


Atisbos


Aquí se recoge escritos y pensamientos de Dolores Bigourdan (Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer a nuestros lectores un espacio de reflexión.

Son escritos y pensamientos algunos recogidos por ella y otros que forman parte del itinerario de su vida.

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“La Fe y la Esperanza, es la oración quién nos la da.
Sin la oración cartujana no tendremos Caridad.
Es en la oración que Dios se revela en nosotros.
Son la Fe y la Esperanza, que dilatadas por la oración (cartuja, cartuja y cartuja) quienes quitarán de nuestros caminos todos los obstáculos y rastrojos que es la obsesión de uno mismo.
La oración es ya amor, ella da y hace pedir; pero hay momentos en que se hace laboriosa, pesada, desconcertante. Por un lado ella es caridad y por otro una especie de virtud necesaria y voluntaria.
Este es su lado vivido, continuo.
Pero el que sabe rezar, quien quiere darse, quien puede decir Abba en el fondo de su corazón, en todas las circunstancias de la vida cotidiana; ese tendrá caridad.

12 de julio de 2011

Pliego nº 30..............................'2ª Etapa'


Resarcir a Dios, Ser Santos

“Esta es mi silla”, “yo tengo todo el derecho a ocupar este asiento”, “desde siempre esto ha sido para mi”, “yo tengo derecho de toda la vida a estar aquí”… ¡Cuantas afirmaciones arriesgadas e incluso algunas de ellas absurdas! Si en la vida ordinaria estas actitudes nos parecen prepotentes y de un dominio inmerecido, cuando las atribuimos a nuestra relación con Dios, acompañadas de tantas exigencias, todavía es más absurdo.

¿Por qué no nos preocupamos más en pensar el por qué estoy aquí, o pensar qué don Dios me ha concedido para que yo pueda estar aquí i ahora en este mundo? Muchas veces la gratuidad y la libertad de Dios contrastan con la opinión que yo tengo sobre la gratuidad y la libertad. Fácilmente pretendemos atar de manos a Dios, creyendo que nosotros somos imprescindibles y necesarios.

Dios soñó para los humanos un mundo de paz, de alegría y de paraíso, pero esto lo hemos trasmutado y manipulado de tal manera que poco se parece al proyecto originario de Dios. Lo hemos convertido en algo muy distinto a lo que Dios sueña para nosotros. La creación del ser humano es una maravillosa y sorprendente realidad, distinta a la creación de la naturaleza con sus mares, sus montañas, bosques, animales, etc.

Dios dotó al hombre de una capacidad de libertad desconocida en el universo. Libertad humana que se conjuga con la libertad de Dios. ¡Qué gran contenido de comunión representa para los humanos! Dios seguro que soñaba con unos hombres y mujeres “de paraíso”, así es como nos lo describe el libro de Génesis.

El proceso ideal de crear una humanidad llena de amor, contrasta con tantos desamores y rebeldías de los humanos que nos parece como si Dios fallara ante la gran fuente de caridad que es Él mismo.

Lo que Dios sueña para el hombre no siempre se cumple, a causa, precisamente, de la libertad humana. Pero si los humanos no fueran libres, serían como meros robots del designio divino. A pesar de que no somos lo que dios soñaba, Él nos ama infinitamente y no escatima esfuerzos para que seamos redimidos por medio de la Pasión de Cristo y su Resurrección. Ciertamente se trata de ese Dios humilde y cercano a la humanidad el que nos conduce a la redención. ¡Cuán necesaria es la gratitud de los humanos para con Dios! Es la misma humildad que Dios tiene para con nosotros lo que nos salva.

La redención no se entiende si no es desde la gratuidad (Dios, lleno de amor desinteresado quiere salvarnos), y desde la gratitud que es uno de los grados más sublimes de la humildad. Tampoco se entiende si no es desde la alegría; no olvidemos que la muerte redentora de Cristo conlleva una resurrección redentora. Las infidelidades de los humanos en forma de odios, guerras, hambres, desconsideración, iras, celos… parece que frustren el plan de Dios. Sin duda todos estos acontecimientos de anti-caridad alteran los planes de Dios. Alfredo Rubio comentaba en una charla que dio el 25 de abril de 1991 en Talanquera: “¡Qué humildad reconocer que yo y todo el mundo con sus pecados frustramos continuamente los nuevos planes de Dios! Entonces naturalmente, visto que somos culpables de frustrar los planes de Dios, de que no nazcan los que Él deseaba, pues tenemos que hacer penitencia al máximo para reparar este daño. (…) Reconociendo el daño que uno ha hecho, pues, es otro grado de humildad” Por tanto esta penitencia no es otra –indica Alfredo Rubio- que esforzarse en ser santos para resarcir a Dios por todos los pecados míos y de los demás.

Dios nos ha creado, a pesar de no ser los que Él hubiera deseado. Son otros que Él ha creado a pesar de todo. Nosotros, en este contexto de humildad, es decir de santidad, a partir de la gratitud, de la alabanza, de la paz y de la alegría, podemos resarcir el camino. Nos abrimos al Espíritu que es el que nos ayuda a avanzar hacia la santidad. No se puede ser santo desde la vanidad, sino desde la humildad y por la penitencia. Ésta no consiste en darse azotes o terribles privaciones sino en un constante acto de amor al prójimo, amar a pesar de todo, aunque no exista correspondencia e incluso haya anti-amor. Debe ser un gozo amar como Dios nos ama. Poder colaborar a que se realice el verdadero “paraíso” que Jesucristo inaugura.

Josep Maria Forcada
Barcelona (España)

Ser santos para resarcir a Dios


Cuando en una ocasión, hace muchos años atrás, me preguntaron qué quería ser yo en la vida, a qué aspiraba, contesté: “quiero ser santa”. Después de decir esto, me sonrojé enormemente pues sentí que quién era yo para pretender algo de estas características. Más aún, cuando sentía y siento constantemente mi límite y mi pecado. Por otro lado, ¿qué habrían pensado los que escucharon mi deseo? Quizás se llevaron una imagen de una persona vanidosa con aspiraciones grandilocuentes y fuera de la realidad. Después de esto nunca más me atreví a expresar verbalmente mi aspiración más profunda,… aunque seguía bullendo en mi interior. Un día, le oí decir a Alfredo Rubio de Castarlenas que la santidad no es una especie de regalo que nosotros le ofrendamos a Dios, sino que la santidad es resarcir a Dios del daño que le ha causado nuestra ofensa y, a la vez, resarcir al prójimo del daño que causan nuestros pecados. O sea, la santidad ¡es resarcir! Concebir la santidad como un resarcir, nos salva de la vanidad y nos vuelve más humildes.

¿Qué implica resarcir, cómo se hace? Resarcir es hacer la voluntad de Dios y su voluntad es que nos amemos los unos a los otros como Él nos ha amado.

Resarcir más con obras que con palabras. Y, más que obras, el amor que se pone en ellas, pues como afirmaba santa Teresa de Jesús “Que el Señor no mira tanto la grandeza de las obras, como el amor con que se hacen…” (Las Moradas, Sta. Teresa de Avila); o, como decía Alfredo Rubio, no se trata tanto de hacer cosas con amor, sino ser amor que hace cosas.

Para ello, hay que abrirse al Espíritu Santificador, que desciende cuando deseamos en verdad que nuestra voluntad sea una con la voluntad del Padre. Para que el Paráclito venga y actúe es necesario primero pasar por el calvario, decir no al mal y hacer un proceso gradual de humildad. La humildad es condición para que podamos estar abiertos a los dones del Espíritu Santo. Esta progresividad en la humildad no es un ascender sino más bien un descender, como ya señalaba San Benito describiendo los doce grados de humildad o Alfredo Rubio en su profundo escrito “A nivel del campo, la hierba y su raíz”, en el cual nombra diez grados de humildad. Ambos se refieren a una espiritualidad desde abajo, que eleva a Dios descendiendo a las profundidades del hombre. También Santa Teresa, en su Libro de la Vida, afirma que “este edificio todo va fundado en humildad, mientras más llegados a Dios, más adelante ha de ir esta virtud, y si no, va todo perdido. Y parece algún género de soberbia querer nosotros subir a más…” Por su parte, Santa Clara de Asís, desde un principio se aplicó a levantar el edificio de todas las virtudes sobre la base de la santa humildad.

Pareciera pues que la humildad es la puerta por la que entran los dones del Espíritu Santo para ayudarnos en nuestra misión de resarcir a Dios y al prójimo. Ser “ayudadores” de Dios en la tarea de ajardinar el mundo, de irlo convirtiendo en el Paraíso que Él soñó para la humanidad. Este concepto de ser ayudadores de Dios, es algo que tanto Teresita de Lisieux, Antonia de Oviedo (se llamaba a sí misma ‘coadjutora de Dios’) o Etty Hillesum ya vivían. Etty Hillesum estando en el campo de concentración, sentía que "si Dios cesa de ayudarme, seré yo quien tenga que ayudar a Dios"... Este "ayudar a Dios" lo repite una y otra vez y es fundamental en sus escritos.

Quizás esto nos pueda acercar a una imagen de Dios más menesteroso, en el sentido, de que Él también anhela nuestro amor, nuestra amistad, nuestra ayuda.

Y, probablemente, la mejor manera de resarcirle sea precisamente estando contentos de la existencia que Él nos ha regalado, haciendo de ella un canto permanente de alabanza como el de Santa Clara: “Alabado seas Señor, porque me has creado”. Ya que resarcir es decirle también que lo que Él ha hecho está bien, todo está bien, la creación es una maravilla, el universo, su mayor obra de arte. Y, no sólo diciéndolo, sino viviendo de acuerdo a ello. Eso significa vivir con alegría, ser pacificadores, de fe intrépida, portadores de esperanza y llamas de caridad.

Lourdes Flavià Forcada
San Francisco de Chiu Chiu (Chile)

Atisbos


Aquí se recoge escritos y pensamientos de Dolores Bigourdan (Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer a nuestros lectores un espacio de reflexión.

Son escritos y pensamientos algunos recogidos por ella y otros que forman parte del itinerario de su vida.

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“Santa Teresa siempre hacía lo mejor. Dios hizo por mí lo mejor. Yo tengo que hacer por Él, en nuestro prójimo lo mejor.”


“Es preciso que nuestra vida de cristianos sea sólo actos de testimonio de nuestra descendencia de Dios con nuestra unión con caridad y suavidad, respetando sus ideas porque no hemos estado enseñados o preparados para esto no podemos comprenderlo; seamos humildes para reconocer nuestra incapacidad y Dios nos utilizará en el momento oportuno y a la manera de Cristo; quizás nosotros haremos ese apostolado sin percatarnos, porque es Dios que lo hace en nosotros.”


“Ser el buen samaritano de tantos corazones agrios, de espíritus inquietos, de conciencias perturbadas, tener un delicado respeto, la ciencia de las almas.”


12 de junio de 2011

Pliego nº 29..............................'2ª Etapa'


Ser humildes

Desde la Torre Eiffiel, en París, o desde un rascacielos de las modernas ciudades, podemos contemplar la visión panorámica de toda una urbe, que bulle en su dinámica más humana, social y compleja. Desde lo alto parece que dominemos todo aquello que cubre nuestra vista.

Recuerdo que en mi adolescencia, estando en un punto alto de nuestra ciudad, mi padre me dijo que quería explicarme lo más importante para realizarme en mi vida. Mientras iba introduciéndome en el tema, mi mirada contemplaba aquel inmenso panorama que estaba bajo mis pies. Una sensación de dominio y de una cierta prepotencia invadía mi estado de ánimo.

Sin embargo, todo mi castillo imaginario que había ido creciendo dentro de mí, se hundió al escuchar unas palabras concretas que me pronunció: "Lo más importante en tu vida de relación con los demás es: pedir la cosas por favor y saber dar las gracias".

Aquel doble consejo se me quedó guardado en mi conciencia como un eco que va repitiendo las palabras, y penetrando en lo más hondo de mí: saber ser agradecido y solicitar las cosas humildemente, sin prepotencia.

Y aún en el colmo de sus palabras me recitó como un axioma: “esto es lo que te dará la alegría de vivir”.

A lo largo de la vida he ido aprendiendo que estamos deseosos de hacer el bien, pero que a menudo hacemos las cosas mal hechas, o las hacemos a disgusto de los demás. O simplemente actuamos con egoísmo o actuamos con maldad.

Quizá deberemos comprender, que si éste es nuestro caso, deberemos hacer penitencia reconociendo el mal causado, para poder formar parte plenamente del gozo de vivir en una relación con la sociedad. Todo ello nos ayudará a ir profundizando en nuestra humildad trascendental. Tan propia del ser humano. De cada hombre y de cada mujer.

José Luis Socias Bruguera
Barcelona (España)

Amar, la mejor penitencia


En la historia de la Iglesia han existido muchas y muchos penitentes. Algunos más reconocidos que otros e, incluso, considerados santos e inspiradores de estilos de vida. Tales son los casos de algunos padres y madres del desierto, santos como Jerónimo o María Egipciaca, por mencionar un par de ejemplos.

En estas personas, ¿qué ha habido en común? Pues todo un proceso de reconocimiento de sus limitaciones y el daño que de ellas se puede desprender y, luego, un anhelo de mejorar, de encaminar sus pasos tras las huellas de Jesús.

Existe el estereotipo de la penitencia como un autocastigo, herencia de tiempos pasados. Incluso en las representaciones de muchos penitentes, estas los muestran acompañados de objetos con los cuales se castigaban. Actualmente, intentamos vivir más y mejor en la concepción de Dios-Amor. Dios no castiga y, por ende, tampoco desea que nos castiguemos nosotros mismos. Dios es perdón y nos convida a perdonarnos tal y como lo hace Él: incondicionalmente.

¿En qué se traduce, pues, la penitencia en nuestros días? En todo un ejercicio de conciencia de nuestros límites y de caridad para aceptarlos y hacer de ellos camino de santidad. Este ejercicio conlleva un grado de humildad muy hondo. Saberme realmente limitado implica años de conocerme, de aceptarme y quererme como soy. Incluso siendo no el que yo quisiera, sino el que en realidad soy.

Casi siempre nos hacemos mal o se lo hacemos a otras personas, precisamente por no reconocer nuestros límites, por no ser humildes. La mejor “penitencia” es reconocerlos e intentar hacer de esos límites nuestro motivo de búsqueda de Dios. La penitencia se ha de expresar en amor.

Esta manera de “andar en verdad” como llamaba Santa Teresa a la humildad, nos hace querer ser santos, es decir, reconocernos hijos de Dios y amar esta condición. Hacer penitencia, reconciendo nuestros límites y el daño que estos provocan, es abrirnos al Espíritu Santo. Somos frágiles y fallamos a menudo, por tanto, hemos de ser muy humildes y prontos a enmendar nuestros errores. Solos no podemos, necesitamos la ayuda de Dios presente en las personas y en la realidad que nos rodea. Él está siempre diciendo: ayúdame a ayudarte.

Javier Bustamante
Badalona (España)

Atisbos


Aquí se recoge escritos y pensamientos de Dolores Bigourdan (Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer a nuestros lectores un espacio de reflexión.

Son escritos y pensamientos algunos recogidos por ella y otros que forman parte del itinerario de su vida.

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“No deberíamos nunca odiarnos. ¡Hay tan poco tiempo para amarse!”.


“La revelación del Evangelio nos enseña el amor de Dios inseparable del amor a los hombres”


“Dejarse amar es ser humilde”