12 de agosto de 2011

¿Quién acaso ha prohibido la ternura?





¿Quién acaso ha prohibido la ternura?
¿Qué código ni humano ni divino?
¡Si amar a todos, es cabal destino
y caminos abrir en la espesura!

En esta vida ¿no es lo que perdura?
Pasa la Historia, el odio y el camino.
Sólamente el amor llega con tino
a dianar en toda criatura.

Amar es nuestra acción en cada instante,
con la vista y la voz; dando la mano
para ayudar, dar paz; nunca distante.

Con su vida, Jesús nos lo refiere.
Sin ternura imposible ser cristiano.
Sin ella el mundo languidece y muere.

Alfredo Rubio de Castarlenas
Sonetos en la Ermita


Atisbos


Aquí se recoge escritos y pensamientos de Dolores Bigourdan (Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer a nuestros lectores un espacio de reflexión.

Son escritos y pensamientos algunos recogidos por ella y otros que forman parte del itinerario de su vida.

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“La Fe y la Esperanza, es la oración quién nos la da.
Sin la oración cartujana no tendremos Caridad.
Es en la oración que Dios se revela en nosotros.
Son la Fe y la Esperanza, que dilatadas por la oración (cartuja, cartuja y cartuja) quienes quitarán de nuestros caminos todos los obstáculos y rastrojos que es la obsesión de uno mismo.
La oración es ya amor, ella da y hace pedir; pero hay momentos en que se hace laboriosa, pesada, desconcertante. Por un lado ella es caridad y por otro una especie de virtud necesaria y voluntaria.
Este es su lado vivido, continuo.
Pero el que sabe rezar, quien quiere darse, quien puede decir Abba en el fondo de su corazón, en todas las circunstancias de la vida cotidiana; ese tendrá caridad.

12 de julio de 2011

Pliego nº 30..............................'2ª Etapa'


Resarcir a Dios, Ser Santos

“Esta es mi silla”, “yo tengo todo el derecho a ocupar este asiento”, “desde siempre esto ha sido para mi”, “yo tengo derecho de toda la vida a estar aquí”… ¡Cuantas afirmaciones arriesgadas e incluso algunas de ellas absurdas! Si en la vida ordinaria estas actitudes nos parecen prepotentes y de un dominio inmerecido, cuando las atribuimos a nuestra relación con Dios, acompañadas de tantas exigencias, todavía es más absurdo.

¿Por qué no nos preocupamos más en pensar el por qué estoy aquí, o pensar qué don Dios me ha concedido para que yo pueda estar aquí i ahora en este mundo? Muchas veces la gratuidad y la libertad de Dios contrastan con la opinión que yo tengo sobre la gratuidad y la libertad. Fácilmente pretendemos atar de manos a Dios, creyendo que nosotros somos imprescindibles y necesarios.

Dios soñó para los humanos un mundo de paz, de alegría y de paraíso, pero esto lo hemos trasmutado y manipulado de tal manera que poco se parece al proyecto originario de Dios. Lo hemos convertido en algo muy distinto a lo que Dios sueña para nosotros. La creación del ser humano es una maravillosa y sorprendente realidad, distinta a la creación de la naturaleza con sus mares, sus montañas, bosques, animales, etc.

Dios dotó al hombre de una capacidad de libertad desconocida en el universo. Libertad humana que se conjuga con la libertad de Dios. ¡Qué gran contenido de comunión representa para los humanos! Dios seguro que soñaba con unos hombres y mujeres “de paraíso”, así es como nos lo describe el libro de Génesis.

El proceso ideal de crear una humanidad llena de amor, contrasta con tantos desamores y rebeldías de los humanos que nos parece como si Dios fallara ante la gran fuente de caridad que es Él mismo.

Lo que Dios sueña para el hombre no siempre se cumple, a causa, precisamente, de la libertad humana. Pero si los humanos no fueran libres, serían como meros robots del designio divino. A pesar de que no somos lo que dios soñaba, Él nos ama infinitamente y no escatima esfuerzos para que seamos redimidos por medio de la Pasión de Cristo y su Resurrección. Ciertamente se trata de ese Dios humilde y cercano a la humanidad el que nos conduce a la redención. ¡Cuán necesaria es la gratitud de los humanos para con Dios! Es la misma humildad que Dios tiene para con nosotros lo que nos salva.

La redención no se entiende si no es desde la gratuidad (Dios, lleno de amor desinteresado quiere salvarnos), y desde la gratitud que es uno de los grados más sublimes de la humildad. Tampoco se entiende si no es desde la alegría; no olvidemos que la muerte redentora de Cristo conlleva una resurrección redentora. Las infidelidades de los humanos en forma de odios, guerras, hambres, desconsideración, iras, celos… parece que frustren el plan de Dios. Sin duda todos estos acontecimientos de anti-caridad alteran los planes de Dios. Alfredo Rubio comentaba en una charla que dio el 25 de abril de 1991 en Talanquera: “¡Qué humildad reconocer que yo y todo el mundo con sus pecados frustramos continuamente los nuevos planes de Dios! Entonces naturalmente, visto que somos culpables de frustrar los planes de Dios, de que no nazcan los que Él deseaba, pues tenemos que hacer penitencia al máximo para reparar este daño. (…) Reconociendo el daño que uno ha hecho, pues, es otro grado de humildad” Por tanto esta penitencia no es otra –indica Alfredo Rubio- que esforzarse en ser santos para resarcir a Dios por todos los pecados míos y de los demás.

Dios nos ha creado, a pesar de no ser los que Él hubiera deseado. Son otros que Él ha creado a pesar de todo. Nosotros, en este contexto de humildad, es decir de santidad, a partir de la gratitud, de la alabanza, de la paz y de la alegría, podemos resarcir el camino. Nos abrimos al Espíritu que es el que nos ayuda a avanzar hacia la santidad. No se puede ser santo desde la vanidad, sino desde la humildad y por la penitencia. Ésta no consiste en darse azotes o terribles privaciones sino en un constante acto de amor al prójimo, amar a pesar de todo, aunque no exista correspondencia e incluso haya anti-amor. Debe ser un gozo amar como Dios nos ama. Poder colaborar a que se realice el verdadero “paraíso” que Jesucristo inaugura.

Josep Maria Forcada
Barcelona (España)

Ser santos para resarcir a Dios


Cuando en una ocasión, hace muchos años atrás, me preguntaron qué quería ser yo en la vida, a qué aspiraba, contesté: “quiero ser santa”. Después de decir esto, me sonrojé enormemente pues sentí que quién era yo para pretender algo de estas características. Más aún, cuando sentía y siento constantemente mi límite y mi pecado. Por otro lado, ¿qué habrían pensado los que escucharon mi deseo? Quizás se llevaron una imagen de una persona vanidosa con aspiraciones grandilocuentes y fuera de la realidad. Después de esto nunca más me atreví a expresar verbalmente mi aspiración más profunda,… aunque seguía bullendo en mi interior. Un día, le oí decir a Alfredo Rubio de Castarlenas que la santidad no es una especie de regalo que nosotros le ofrendamos a Dios, sino que la santidad es resarcir a Dios del daño que le ha causado nuestra ofensa y, a la vez, resarcir al prójimo del daño que causan nuestros pecados. O sea, la santidad ¡es resarcir! Concebir la santidad como un resarcir, nos salva de la vanidad y nos vuelve más humildes.

¿Qué implica resarcir, cómo se hace? Resarcir es hacer la voluntad de Dios y su voluntad es que nos amemos los unos a los otros como Él nos ha amado.

Resarcir más con obras que con palabras. Y, más que obras, el amor que se pone en ellas, pues como afirmaba santa Teresa de Jesús “Que el Señor no mira tanto la grandeza de las obras, como el amor con que se hacen…” (Las Moradas, Sta. Teresa de Avila); o, como decía Alfredo Rubio, no se trata tanto de hacer cosas con amor, sino ser amor que hace cosas.

Para ello, hay que abrirse al Espíritu Santificador, que desciende cuando deseamos en verdad que nuestra voluntad sea una con la voluntad del Padre. Para que el Paráclito venga y actúe es necesario primero pasar por el calvario, decir no al mal y hacer un proceso gradual de humildad. La humildad es condición para que podamos estar abiertos a los dones del Espíritu Santo. Esta progresividad en la humildad no es un ascender sino más bien un descender, como ya señalaba San Benito describiendo los doce grados de humildad o Alfredo Rubio en su profundo escrito “A nivel del campo, la hierba y su raíz”, en el cual nombra diez grados de humildad. Ambos se refieren a una espiritualidad desde abajo, que eleva a Dios descendiendo a las profundidades del hombre. También Santa Teresa, en su Libro de la Vida, afirma que “este edificio todo va fundado en humildad, mientras más llegados a Dios, más adelante ha de ir esta virtud, y si no, va todo perdido. Y parece algún género de soberbia querer nosotros subir a más…” Por su parte, Santa Clara de Asís, desde un principio se aplicó a levantar el edificio de todas las virtudes sobre la base de la santa humildad.

Pareciera pues que la humildad es la puerta por la que entran los dones del Espíritu Santo para ayudarnos en nuestra misión de resarcir a Dios y al prójimo. Ser “ayudadores” de Dios en la tarea de ajardinar el mundo, de irlo convirtiendo en el Paraíso que Él soñó para la humanidad. Este concepto de ser ayudadores de Dios, es algo que tanto Teresita de Lisieux, Antonia de Oviedo (se llamaba a sí misma ‘coadjutora de Dios’) o Etty Hillesum ya vivían. Etty Hillesum estando en el campo de concentración, sentía que "si Dios cesa de ayudarme, seré yo quien tenga que ayudar a Dios"... Este "ayudar a Dios" lo repite una y otra vez y es fundamental en sus escritos.

Quizás esto nos pueda acercar a una imagen de Dios más menesteroso, en el sentido, de que Él también anhela nuestro amor, nuestra amistad, nuestra ayuda.

Y, probablemente, la mejor manera de resarcirle sea precisamente estando contentos de la existencia que Él nos ha regalado, haciendo de ella un canto permanente de alabanza como el de Santa Clara: “Alabado seas Señor, porque me has creado”. Ya que resarcir es decirle también que lo que Él ha hecho está bien, todo está bien, la creación es una maravilla, el universo, su mayor obra de arte. Y, no sólo diciéndolo, sino viviendo de acuerdo a ello. Eso significa vivir con alegría, ser pacificadores, de fe intrépida, portadores de esperanza y llamas de caridad.

Lourdes Flavià Forcada
San Francisco de Chiu Chiu (Chile)

Atisbos


Aquí se recoge escritos y pensamientos de Dolores Bigourdan (Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer a nuestros lectores un espacio de reflexión.

Son escritos y pensamientos algunos recogidos por ella y otros que forman parte del itinerario de su vida.

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“Santa Teresa siempre hacía lo mejor. Dios hizo por mí lo mejor. Yo tengo que hacer por Él, en nuestro prójimo lo mejor.”


“Es preciso que nuestra vida de cristianos sea sólo actos de testimonio de nuestra descendencia de Dios con nuestra unión con caridad y suavidad, respetando sus ideas porque no hemos estado enseñados o preparados para esto no podemos comprenderlo; seamos humildes para reconocer nuestra incapacidad y Dios nos utilizará en el momento oportuno y a la manera de Cristo; quizás nosotros haremos ese apostolado sin percatarnos, porque es Dios que lo hace en nosotros.”


“Ser el buen samaritano de tantos corazones agrios, de espíritus inquietos, de conciencias perturbadas, tener un delicado respeto, la ciencia de las almas.”


12 de junio de 2011

Pliego nº 29..............................'2ª Etapa'


Ser humildes

Desde la Torre Eiffiel, en París, o desde un rascacielos de las modernas ciudades, podemos contemplar la visión panorámica de toda una urbe, que bulle en su dinámica más humana, social y compleja. Desde lo alto parece que dominemos todo aquello que cubre nuestra vista.

Recuerdo que en mi adolescencia, estando en un punto alto de nuestra ciudad, mi padre me dijo que quería explicarme lo más importante para realizarme en mi vida. Mientras iba introduciéndome en el tema, mi mirada contemplaba aquel inmenso panorama que estaba bajo mis pies. Una sensación de dominio y de una cierta prepotencia invadía mi estado de ánimo.

Sin embargo, todo mi castillo imaginario que había ido creciendo dentro de mí, se hundió al escuchar unas palabras concretas que me pronunció: "Lo más importante en tu vida de relación con los demás es: pedir la cosas por favor y saber dar las gracias".

Aquel doble consejo se me quedó guardado en mi conciencia como un eco que va repitiendo las palabras, y penetrando en lo más hondo de mí: saber ser agradecido y solicitar las cosas humildemente, sin prepotencia.

Y aún en el colmo de sus palabras me recitó como un axioma: “esto es lo que te dará la alegría de vivir”.

A lo largo de la vida he ido aprendiendo que estamos deseosos de hacer el bien, pero que a menudo hacemos las cosas mal hechas, o las hacemos a disgusto de los demás. O simplemente actuamos con egoísmo o actuamos con maldad.

Quizá deberemos comprender, que si éste es nuestro caso, deberemos hacer penitencia reconociendo el mal causado, para poder formar parte plenamente del gozo de vivir en una relación con la sociedad. Todo ello nos ayudará a ir profundizando en nuestra humildad trascendental. Tan propia del ser humano. De cada hombre y de cada mujer.

José Luis Socias Bruguera
Barcelona (España)

Amar, la mejor penitencia


En la historia de la Iglesia han existido muchas y muchos penitentes. Algunos más reconocidos que otros e, incluso, considerados santos e inspiradores de estilos de vida. Tales son los casos de algunos padres y madres del desierto, santos como Jerónimo o María Egipciaca, por mencionar un par de ejemplos.

En estas personas, ¿qué ha habido en común? Pues todo un proceso de reconocimiento de sus limitaciones y el daño que de ellas se puede desprender y, luego, un anhelo de mejorar, de encaminar sus pasos tras las huellas de Jesús.

Existe el estereotipo de la penitencia como un autocastigo, herencia de tiempos pasados. Incluso en las representaciones de muchos penitentes, estas los muestran acompañados de objetos con los cuales se castigaban. Actualmente, intentamos vivir más y mejor en la concepción de Dios-Amor. Dios no castiga y, por ende, tampoco desea que nos castiguemos nosotros mismos. Dios es perdón y nos convida a perdonarnos tal y como lo hace Él: incondicionalmente.

¿En qué se traduce, pues, la penitencia en nuestros días? En todo un ejercicio de conciencia de nuestros límites y de caridad para aceptarlos y hacer de ellos camino de santidad. Este ejercicio conlleva un grado de humildad muy hondo. Saberme realmente limitado implica años de conocerme, de aceptarme y quererme como soy. Incluso siendo no el que yo quisiera, sino el que en realidad soy.

Casi siempre nos hacemos mal o se lo hacemos a otras personas, precisamente por no reconocer nuestros límites, por no ser humildes. La mejor “penitencia” es reconocerlos e intentar hacer de esos límites nuestro motivo de búsqueda de Dios. La penitencia se ha de expresar en amor.

Esta manera de “andar en verdad” como llamaba Santa Teresa a la humildad, nos hace querer ser santos, es decir, reconocernos hijos de Dios y amar esta condición. Hacer penitencia, reconciendo nuestros límites y el daño que estos provocan, es abrirnos al Espíritu Santo. Somos frágiles y fallamos a menudo, por tanto, hemos de ser muy humildes y prontos a enmendar nuestros errores. Solos no podemos, necesitamos la ayuda de Dios presente en las personas y en la realidad que nos rodea. Él está siempre diciendo: ayúdame a ayudarte.

Javier Bustamante
Badalona (España)

Atisbos


Aquí se recoge escritos y pensamientos de Dolores Bigourdan (Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer a nuestros lectores un espacio de reflexión.

Son escritos y pensamientos algunos recogidos por ella y otros que forman parte del itinerario de su vida.

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“No deberíamos nunca odiarnos. ¡Hay tan poco tiempo para amarse!”.


“La revelación del Evangelio nos enseña el amor de Dios inseparable del amor a los hombres”


“Dejarse amar es ser humilde”

12 de mayo de 2011

Pliego nº 28..............................'2ª Etapa'


La Caridad engendra paraíso

Quién no ha pasado alguna tarde, o alguna noche de insomnio especulando sobre Qué habría acontecido si yo no hubiera..., qué hubiera pasado si yo hubiera..., y así infinitas contingencias imaginarias, que difícilmente se darán alguna vez, pues su posibilidad de ser ya pasó.

Ante las decisiones fuertes -y no tan fuertes- en la vida, es fácil que nos planteemos las infinitas alternativas que podrían surgir decidamos una u otra cosa. Y es en estos momentos en que se nos hace más patente que nuestras opciones y decisiones marcan el curso de nuestra vida, y de los que nos rodean.

Pero no es frecuente que esto que vemos tan claro, a la hora de tomar nuestras decisiones, lo veamos con igual claridad a la hora de pensar en términos más amplios, como la humanidad. ¿Qué hubiera pasado si Adán y Eva no hubieran pecado, si no hubieran faltado al amor, si no hubieran tenido tanta soberbia? ¿Vivirían los seres humanos de ahora en una situación de paraíso? ¿Algún otro ser humano en la cadena de generaciones hubiera dejado de amar y perdido el paraíso?... No lo sé, pero una cosa sí se segura, que si Adán y Eva no hubieran pecado, yo no existiría. Si Adán, Eva y sus descendientes hubieran seguido en situación de paraíso, se habrían producido a lo largo de los tiempos otros encuentros, otros enlaces... nosotros -los que hoy existimos-, no existiríamos. Y resulta que esos otros seres hipotéticos que no llegaron a nacer nunca -pues sus antepasados frustraron los planes de Dios de amarse-, son los que Dios hubiera deseado que realmente existieran: hombres y mujeres nacidos en un mundo lleno de amor, de caridad mutua, de paz y alegría, etc.

Los seres humanos, que hoy existimos, somos fruto del pecado. Y no sólo del pecado de nuestros primeros padres, sino de la continua cadena de pecado que seguimos cometiendo los hombres, desde ese primer pecado, que nos llevó a perder el paraíso. Los seres humanos con nuestro pecado, con nuestra soberbia, frustramos continuamente los planes de Dios, y continuamente trastocamos la Historia. Pues Dios deseaba -y sigue deseando- que en la tierra nazcan y se desarrollen seres humanos en un entorno de paz y alegría, que las personas vivan en un humus de amor y mutua caridad.

Generalmente, cuando nos referimos a los "planes de Dios", pensamos en hechos, en iniciativas, en proyectos o grandes empresas, acciones, etc. Nos fijamos tanto en el qué emprendemos que casi no tenemos en cuenta el cómo emprendemos. Sin embargo, en los “planes de Dios” el cómo es fundamental, y por ser fundamento es primero que el qué. Nuestras acciones -ya sean vender flores o montar obras asistenciales- serán más acordes al plan de Dios, en tanto en cuanto, tengan su origen en el amor, y se desarrollen en caridad. Si esto es así, fácilmente producirán frutos de caridad a su alrededor y entre las personas, y como mancha de aceite, se irá esparciendo y generando un humus de caridad cada vez más fecundo entre las personas. De este grupo humano que vive en caridad, no cabe duda que nacerán mejores generaciones, que si viviera en medio de odios, rencores y guerras.

Dios deseaba que la humanidad se amara, y deseaba unas generaciones fruto de ese amor. No es el caso de quedarnos atrapados ni en un pasado que ya fue, ni en quiméricos futuros que no serán. Pero no cabe duda que la mejor manera de preparar el futuro para las generaciones que vengan -sean quienes sean-, es que los presentes nos amemos con el cómo que Cristo nos mostró. Esta será sin duda, la tierra más fértil para una humanidad más acorde con los planes de Dios.

Maria Viñas
Barcelona (España)


Somos pecadores y frustramos los planes de Dios


El proyecto de de Dios -desde su condición de Creador- es la comunión plena con su creatura. Es ésta la condición propia del ser humano: una creaturalidad llamada a la comunión con su creador como fuente de su propia realización. El sueño de Dios con su creatura es el llamado a la comunión amorosa. Hombres y mujeres, en su condición creatural, hemos sido llamados a la armonía amorosa con el creador. Esta es nuestra vocación!

La renuncia, o el rechazo al amor de Dios, es lo que en términos bíblicos se llama pecado. Este constituye la frustración de los planes de Dios con respecto al hombre. La certeza de la bondad de Dios, que quiere compartir su ser divino con el hombre, abre las puertas para la comprensión del pecado como frustración del proyecto salvífico de Dios. En la Sagrada Escritura, faltar a Yahvé es faltar al proyecto de Dios, lo que, en último término, significa la quiebra del mismo ser del hombre en su constitución más íntima como ser llamado a la comunión. El pecado es, así, una lejanía opcional del hombre con respecto a Dios y su vocación de comunión. Se quiere construir la vida desde una autonomía orgullosa y suficiente que no presta oídos al proyecto divino (cf. Sal 94,7-11; Heb 3,7–4,11). De allí que, desde el punto de vista antropológico, el pecado es perder el camino, desviar el objetivo vital; y, desde el punto de vista teológico, es la frustración de los planes de Dios.

En el trasfondo de los relatos de los primeros capítulos del Génesis (cf. Gén 3-11) se encuentra la convicción de que el pecado prototípico del hombre consiste, en último término, en una decisión que frustra el plan de Dios y cambia las relaciones que constituyen la vida misma del hombre. El hombre creado para realizarse en la comunión con Dios (paraíso), se convierte, a partir de la renuncia a dicha comunión, en extraño para sí mismo (su mujer y hasta su propio hermano de sangre se convierten en sus enemigos -Caín mata a Abel-); la creación se rebela contra el mismo hombre y se torna hostil (el diluvio); las relaciones con los otros y con el Otro, fruto del engreimiento humano, se hacen incomprensibles, agresivas y competitivas (Babel).

De allí en adelante toda la historia toma un matiz diverso al objetivo inicial: el hombre, creado para buscar a Dios, se convierte en el buscado por Él. Toda la historia salvífica es un esfuerzo divino de acercamiento al hombre, ofreciéndole su llamado a la comunión, oferta que, por no ser escuchada, pone al descubierto la libre opción pecaminosa del hombre que quiere realizarse de espaldas a su creador. La Alianza de Yahvé con Abraham (cf. Gén 12), como recomienzo de las relaciones de Dios con su creatura, queriendo conformar un pueblo para sí, no tiene un final feliz a lo largo de la historia bíblica. Que todos pecamos y que todos nos hicimos pecadores desde el comienzo, por libre opción, es la constatación de la Sagrada Escritura. Así lo expresa el libro del Génesis con su relato prototípico del pecado y así lo van verificando históricamente todos los libros de la sagrada Escritura, narrando las expresiones concretas, existenciales e históricas de ese pecado de los orígenes. Todos esos relatos nos colocan frente a la hondura y significación de este misterio de necedad humana que conlleva en su interior la propia deshumanización y la falta de sabiduría para realizar la existencia.

En el segundo Testamento, a partir de Jesús, encontramos la revelación plena de lo que significa la comunión con Dios, a la que estamos llamados, y lo que significa el pecado como negación de esa comunión. Jesús, el hombre perfecto, manifiesta de manera histórica el sueño original de Dios. En Él emerge la condición plena del hombre: no hay realización posible fuera del camino trazado por Dios, pues la constitución esencial del hombre, como ser llamado a la comunión, es pura gracia divina que invade su ser y su realización histórica en términos comunionales de paternidad-filiación. De allí que, en Jesús, el pecado adquiere su real dimensión: es, por una parte, un escándalo y un atropello existencial a la gracia divina y una frustración del proyecto original de Dios, y, por otra, es la frustración de la posibilidad de realización histórica del hombre como ser personal y social. Por eso, para el autor del cuarto evangelio, no hay mayor pecado que no abrirse a la oferta de salvación ofrecida en y a través de Jesús (cf. Jn 8, 24). La acogida de Jesús abre la perspectiva al ser humano de restablecer su realización vital entrando en la órbita de la comunión con Dios con los otros y con el cosmos. Ahora, en Jesús, el Dios creador, quiere reinar y ejercer su señorío sobre la creación como Padre amoroso, revelando nuestra condición filial, y nuestra relación con los otros y el cosmos en términos de fraternidad. Sólo en esta comunión, en su triple realización, el hombre encuentra el objetivo final de su existencia como realización del proyecto original de Dios. Lo que se salga de ahí es errar el camino, es entrar o mantenerse en la esfera del pecado. Es este pecado lo que el segundo Testamento describirá en términos de idolatría, insolidaridad e impiedad. El hombre pierde la vida en la búsqueda desordenada de pequeñas cosas constituidas en ídolos, confundiendo la creatura con el creador (Rm 1, 23-25; Ef 4, 19; 5, 5; Lc 12, 13-32 ), o se es incapaz de mirar a los otros y atender sus necesidades (cf. Mt 18,15; 21-22; Lc 17,4; Lc 18,1-8; Lc 16,19-31), o se llega, incluso, a construir la propia vida ofreciéndose a sí mismo la salvación, considerándose justo ante Dios (Lc 18,9-14) y ante la mirada de los hombres (Mt 23,28), presumiendo no necesitar la oferta de la salvación (Mc 2,17), y obstinándose en vivir en las tinieblas (Jn 9,41; cf Jn 8,24).

Pero en Jesús resplandece la realización del hombre en comunión con Dios como superación de la opción pecaminosa de construir la existencia sobre sí mismo. Las parábolas de la misericordia de Lc 15, revelan la infinita alegría de Dios que sale al encuentro de lo perdido. Quién se deja encontrar en Jesús por la paternidad amorosa de Dios, quien experimenta en él su desbordada ternura, quien siente a través de él su inusitada alegría al encontrar al extraviado, experimenta su vida como puro don y gracia y reencuentra el camino que lleva a la comunión y a la realización existencial, restituyendo el proyecto salvífico original.

Así lo afirma Pablo en la exposición bíblica más sistemática y profunda sobre el pecado en el mundo (cf. Rm 1-3). La reflexión está enmarcada entre dos afirmaciones sorprendentes: «Evangelio... es poder de Dios para la salvación de todo el que cree..., la justicia de Dios se manifiesta en él por la fe» (1,16-17), y «se ha manifestado la justicia de Dios... en Jesucristo al pasar por alto los pecados del pasado» (3, 21-26). Lo que Pablo expone entre ambas afirmaciones no es para condenar al mundo, sino para salvarlo (Jn 3,16-17 y Rm 11,32). De esta manera, si ciertamente somos pecadores y frustramos lo planes de Dios, también es cierto, y mucho más, que donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia (cf. Rm 5, 20). En Jesús, en su misterio total de vida, muerte y resurrección, encontramos la revelación de la misericordia divina como oferta de gracia y de perdón. En Jesús, hombre nuevo, como fuente de gracia y perdón, se nos da la plena comprensión de Adán como fuente de pecado. Si por libre opción somos pecadores, por pura gracia creacional somos llamados a la comunión como el constitutivo más propio de nuestro ser.


Así, entonces, Dios, en Jesús, venciendo el pecado, se revela como defensor y aliado del hombre en la lucha contra el enemigo común -el pecado-, y comprometido eficazmente con él mediante un plan de salvación, al que el mismo pecado se opone y obstaculiza.

Alvaro Cadavid Duque
Medellín (Colombia
)

Atisbos


Aquí se recoge escritos y pensamientos de Dolores Bigourdan (Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer a nuestros lectores un espacio de reflexión.

Son escritos y pensamientos algunos recogidos por ella y otros que forman parte del itinerario de su vida.

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“Nuestras fuerzas son limitadas pero la fuerza de Dios no tiene límite. Señor ¿qué quieres que haga? Señor ¿qué esperas de mi? Señor ¿qué puedo hacer para complacerte?”


“Yo no he querido que los hombres estuviesen aislados en el tiempo y en el espacio. No he creado una humanidad que sus miembros estén separados los unos de los otros; simplemente yuxtapuse. La humanidad que he concebido es una, sus miembros actúan e influyen unos sobre los otros. Todo hombre que lo quiera o no, actúa en su prójimo. Toda su vida resplandece de si, en bien o en mal.”


“Amar por el amor de Dios es amar lo Divino. Amar a los demás en Dios será precisamente amarlos por sí mismo.”

12 de abril de 2011

Pliego nº 27..............................'2ª Etapa'


Qué gran maravilla produjo el amor

Para mi el Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo representa un lugar entrañable, por liberador, al arribar en ambulancia el 11 de mayo de 1975, desde Granada. Llegaba estando accidentado y encamado cuatro años: ese era mi mundo… como viéndolo todo a través del agujero en una talanquera. Permanecí ingresado durante un año más, sometiéndome a varias operaciones, recibiendo rehabilitación, compaginando con estudios, curso de fotografía, inglés… El Hospital de Parapléjicos fue el trampolín desde donde pude “saltar al exterior” con mi silla de ruedas: Valencia, Barcelona, Madrid, Cádiz.

Regresé de nuevo 18 años después al Hospital, esta vez ya no como paciente. Acababa de ser ordenado sacerdote y fui invitado por los capellanes del servicio religioso para celebrar mi primera misa con los pacientes, sus familiares y personal sanitario…

También asistieron a la celebración Carmela, Pepe y José Miguel, su hijo. Tenían un regalo para mí, unido a sus francas sonrisas. Así nos conocimos.


José Miguel llevaba hospitalizado varios meses. Carmela y Pepe me contaron que su hijo, con 14 años, tuvo una meningitis aguda estando en Taizé (Francia), en un encuentro de oración con la comunidad ecuménica fundada por el Hno. Roger Schutz.

La situación actual era que había quedado sin poder hablar, respirando a través de una traqueotomía y sus brazos y piernas totalmente inmovilizados, cotidianamente alternando la cama adaptada y la silla de ruedas. Sus sentimientos, su inteligencia, sus ojos, sus oídos… permanecían espléndidamente activos. José Miguel se comunicaba a través de su mirada, de su arraigada y franca sonrisa familiar, y de un panel con las letras del abecedario.


Les visité en varias ocasiones en su domicilio de Adra (Almería). Fueron momentos de gozosa intensidad. Una fiesta cada encuentro. Compartiendo la grandeza que conlleva la fragilidad humana; la oración de los gestos. Su humildad transformaba todo en certeza; desterrando la amargura. Pepe, Carmela y José Miguel, en medio del quebrantamiento, traslucían palpable que estando inmersos en el amor cualquier situación agigantada puede afianzarse con paz y alegría. Saboreaban un trocito de cielo, aceptando con intrepidez el más valioso de los tesoros.

En mi última visita, José Miguel no estaba físicamente. Se marchó… armónicamente con su silencio rebosado.

Su padre en una carta me confesaba: “Es cierto que el amor, en todos los ámbitos de la vida, es una gran maravilla. Especialmente creo en el amor que José Miguel nos hace llegar desde su espíritu, desde su alma... Con esas fuerzas en el amor, en la esperanza, en la fe, doy gracias a Dios, aunque hay momentos enervados que lo haga muy a regañadientes…

José Miguel: Libérrimo, planeas ya en el ilimitado cielo del corazón amoroso de Papá Dios.

Julio Lozano
Cádiz (España)

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Abril de 2011
Querido amigo Julio:
El amor, cada día te puede dar una sorpresa. Unas veces, justamente cuando lo estás necesitando, otras cuando recapacitas serenamente el momento que estás viviendo, otras... en cualquier momento. Porque no importa el momento, importa el mensaje y siempre llega en buen momento.
Este medio día, cuando telefoneaste, amigo Julio, Carmela estaba en la cocina preparando la comida, yo estaba casi adormilado sentado en la mecedora, esperando que llegara nuestro hijo Bernardo. Ha sido una gran sorpresa. Siempre que un amigo toca a tu puerta lo es. Pero hoy ha sido un momento muy especial y te lo agradecemos. La marea estaba bajando y no era conveniente. Siempre quedan zonas al descubierto que son maltratadas. Pero hoy han sido cubiertas con tu mensaje de voz, y muy especialmente por el contenido,... que hemos podido regar el rostro de una manera muy especial.

Como siempre, recibe un fuerte abrazo.

PD: te envío una copia de un escrito que yo hacía en mis notas.

Pepe

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Hoy 23 de enero de 2011

No es hoy, 23 de Enero, un día agradable en casa. Y no precisamente porque el día este gris, haga frío, una temperatura poco habitual para nosotros. Tampoco lo será mañana,... porque, un día como hoy precisamente fue el día que José Miguel nos dejó para siempre. Al menos físicamente, porque en nuestros corazones,... en nuestras diarias conversaciones, siempre está presente. Solo tenía 14 añitos recién cumplidos cuando la enfermedad se apoderó de él..., 31 de JULIO DE 1992. Terrible y tremenda enfermedad,...casi fulminante,... que pudo resolver parcialmente con grandísimos y dificilísimas situaciones a todo lo largo del tiempo que duró su enfermedad. Pero pudo y supo entenderla. Hasta el punto que nos enseñó tres principios inolvidables.

· Supistes aceptar dignamente tu enfermedad, tu dependencia total. No solamente en casa, en la calle, en el Centro Hospitalario con total naturalidad que siempre sorprendía a todos.

· Supistes enseñarnos que hay otra forma de vida. Sin exigencias, dando alegrías y satisfacciones a los demás sin pedir nunca nada a cambio. Para ti el sacrificio no era un esfuerzo. Lo importante era la unidad familiar.

· Supistes dar ejemplo y hacernos la vida fácil. Te permitías dar consejos a otros, a mayores, a hombres, a mujeres,...y

Tus detalles se pueden contar por docenas cada hora. Los que hemos podido disfrutar viviendo junto a ti, los que hemos podido compartir tantos y tantos momentos, solo nos queda la satisfacción de haberlos podido compartir y hoy poderlos recordar con satisfacción, aunque tu ausencia siempre será un gran dolor. Pero podemos presumir de las muchas cosas buenas que nos ha dejado; las podemos contar y,... entre sonrisas,...y lagrimas a vez, volver a disfrutar de tu recuerdo. Tú no puedes hacer ni repetir lo que nosotros hacemos todos juntos. Pero siempre tu presencia, en espíritu... esta y estará con nosotros. Y seguramente también estará su espíritu presente, en personas que pudieron recibir parte o alguno de sus órganos para mejorar su condición de vida. Son personas desconocidas para nosotros, pero presentimos alegremente que perciben su espíritu, reviven sus momentos de satisfacción, de mejor vida.

Parece que fue ayer, pero ya se cumplen seis años del día en que llegó su hora. Hora que desconocemos en cada uno, que no tiene que ser necesariamente por edad, por género, por guapo ni feo, por ser bueno o ser malo…, no, nunca es necesario un aviso previo, siempre toca a tu puerta sin haberlo solicitado, ni siquiera haberlo deseado. No, no eres tú quien elige, tú eres quien tienes que aceptar. No puedes pedir aplazamiento, ni prorroga,... ni siquiera una prolongación leve de tiempo para despedirte de tu familia,... de tus amigos,...no. Somos nosotros, tu familia, tus amigos los que tenemos que acudir a una cita, donde todo son lamentaciones. Insatisfactoriamente nos reunimos, nos miramos, hacemos largos silencios,... respiraciones en suspenso nos hacen entornar los ojos porque no queremos ver... ni ser vistos. Solo la fuerza que tú nos das, es la que nos mantiene alejados de la tristeza permanente que tu fallecimiento nos dejó. Como cada día, hoy te recordamos y te seguimos queriendo con las fuerzas de siempre. Por eso, hijo mío te digo: José no nos abandones y sigue manteniendo vivo tu espíritu, el que nos haces llegar cada día, el que nos da las fuerzas de vida en cada momento.

Como cada noche... un beso, que descanses y hasta mañana.

Pepe Díaz

Atisbos


Aquí se recoge escritos y pensamientos de Dolores Bigourdan (Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer a nuestros lectores un espacio de reflexión.

Son escritos y pensamientos algunos recogidos por ella y otros que forman parte del itinerario de su vida.

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Mostrarse indulgente, fácil y bondadoso con los demás, procurando complacerles y dar testimonio a cada uno, ese cariño y afecto que recibimos de Dios. Tenemos hambre de Dios, o porque no lo hemos gustado, o porque habiéndolo gustado estamos insaciables.
Veamos todo lo que de Dios existe en nuestro próximo prójimo; pues están hechos a su imagen y semejanza: ver al prójimo es ver un poco a Dios; amarlos es amar a Dios.
Deberíamos decir cuando contemplamos a nuestros prójimos ¡Cuánto se parecen estas criaturas a su Creador! Deberíamos acariciarles, darles besos y llorar de alegría por amor a Él que tanto y profundamente está en ellos.
Así, el alma humilde saca de su amor a Dios un gran amor para su prójimo”




“La única cosa que tenemos que hacer en la tierra es amar a Dios. Cristo nos dice que la única manera, la sola receta, le seul chemin (el único camino), es amarnos los unos a los otros.
Esta caridad que también es teologal, porque nos une inseparablemente a Dios, es la única puerta, la sola entrada al amor mismo de Dios. A esta puerta, todos los caminos, que son las virtudes vienen a aboutir (desembocar).”


12 de marzo de 2011

Pliego nº 26..............................'2ª Etapa'


Inmensa alegría, ser alegres, un grado de humildad

Carlos es arquitecto, trabaja como docente en una universidad, ha tenido cargos importantes en su vida, es un hombre serio. Tiene dos hijos y es una persona entrañable. Una de sus características más propias es ser una persona alegre, sonríe jovialmente y su gesto corporal lo acompaña en un simpático ademán que lo hace liviano. Es un ser que aunque a veces las cosas no le funcionen a la perfección en la vida, no pesa, ni se hace denso en la convivencia. De hecho uno podría pensar de Carlos que todo le resulta fácil, aunque no es en absoluto así.

La alegría es un don, una gracia que cuando disminuye, se resiente la vida y la salud. Si bien estar triste o vivir un duelo es necesario y natural en algunos momentos, al ser humano sin alegría, le falta energía y sin energía le falta alegría.

Pero los dones, si se tienen y no se trabajan, se atrofian; y contrariamente, si no se tienen y se trabajan, se pueden adquirir; de la misma manera, la alegría es un don que se puede trabajar, ¿cómo?, posiblemente cada persona tiene que encontrar su fórmula. Puede servir el ejemplo de los músicos que al interpretar una obra, para que esta suene bien, deben sentirla y vivirla, también podemos interpretar en la convivencia buenas relaciones, conversaciones, saludos amables, sin falsear, cordialmente.

Si podemos aprender a ser humildes, podemos aprender a ser alegres. De hecho es condición que así sea. En un camino en progresión hacia la humildad plena, primero descubrimos que podríamos no haber existido nunca, que en el Plan de Dios ,aunque las cosas no sucedieron prolijamente, Dios nos ama infinitamente y descubrir el Amor nos hace agradecidos y alegres, tremendamente alegres. En la escalera de los grados de humildad, la alegría es un peldaño entre el agradecimiento y la decisión de amar.

Francisco de Asís vivió la “perfecta alegría” cuando fue rechazado por sus propios hermanos y se encontró en la calle en una noche oscura y fría. Vivió la “perfecta alegría” de quien es tan pobre que no tiene la seguridad del amor de los más cercanos. La persona alegre no es que no tenga penas, o dificultades, sino que consigue disponer de un tono para transitar con energía por la vida, escoger la alegría entre todas las apariencias posibles y separar la incertidumbre, el dolor, los problemas, de su relación con el mundo circundante. Quizá porque consigue prescindir de llamar la atención sobre su persona y sus posibles dificultades, quien es alegre es humilde. El caso de la “perfecta alegría” de Francisco es el caso de quien se instala en el don. Se puede entonces estar triste y ser alegres, así como ser felices y estar triste. La alegría plena, profunda, que no depende de las mareas o los embates del tiempo es la sazón de la vida.

Así, la alegría, que muchas veces se convierte en un don a veces envidiable, es un trabajo. Y las personas que lucen una convincente sonrisa en sus labios y contagian alegría, han optado por ello. Han tomado la decisión de vivir alegres, no exento el esfuerzo. La actitud alegre ahuyenta el miedo. La persona alegre no le teme a la vida, al contrario, sabe que cuesta. Vivir sin miedo es vivir alegre.

Por último un apunte sobre João Tomé Chonze, un mozambiqueño que nació en 1925 y que alcanzó a vivir la esclavitud en pleno siglo XX, terminó sus días enfermo de cáncer invitando a quienes lo conocieron a vivir en “alegría tremenda”, hasta el día de hoy su invitación es sentido de vida. Reposan sus restos en el ex monasterio de San Jerónimo de la Murtra, en Badalona, donde vivió sus últimos días.

Elisabet Juanola Soria
Santiago de Chile


Vivir una inmensa alegría


¿Somos o estamos alegres? Esta es la distinción clave para descubrir y saber si realmente vivimos una inmensa alegría. A menudo, nos parece que para sentirnos alegres todo ha de salir bien sin cometer errores ni asumir fracasos. Esto sí que sería un terrible error ya que como seres humanos y limitados forman parte de nuestro ser las equivocaciones y los fracasos que han de ser asumidos para aceptarlos y corregirlos. Quien se cree invencible y capaz de no equivocarse probablemente se siente inmortal y seguro que no percibe ni siente la alegría. Además, cuando hablamos de sensaciones de más o menos alegría es necesario distinguir otras percepciones que también sentimos como la euforia, el entusiasmo, la felicidad, el placer o el gozo, pero son actitudes diferentes.

Ser profundamente alegre supone haberse percatado del hecho de existir y de las posibilidades que lo han condicionado. Cuando uno es consciente de este hecho y acepta todo aquello que le ha posibilitado su existir de forma realista y auténtica sin esconder ni un matiz, vive, siente y contagia esta inmensa alegría existencial que surge desde lo más íntimo del ser.

Estar alegre depende del estado de ánimo que es ondulante, del cual influyen muchos aspectos: desde la salud, el buen humor, el clima… Son muchos los factores que alteran a la persona y sí, fácilmente, se deja influenciar siente estos desniveles que sin saber el porqué está más o menos alegre. Igualmente este estado de ánimo interior se expresa en el rostro exterior que explicita claramente como uno se siente. A veces, incluso querer mostrar una sonrisa sin sentirla es una falsa alegría porque no corresponde al sentimiento real.

La Beata Madre Teresa de Calcuta fue un testimonio de la alegría de amar y de darse a los demás. Su biografía relata que la alegría, precisamente, no es simplemente cuestión de temperamento. Ella insistía que la alegría debía crecer en los corazones y por eso “la alegría es oración, la alegría es fuerza y la alegría es amor”. Además en su trabajo para los más pobres entre los más pobres, siempre, decía a las monjas que “una sonrisa en los labios alegra nuestro corazón y guarda nuestra alma en paz”. Por lo tanto, ante esta realidad vivida por la Madre Teresa y ante su legado de la Misioneras de la Caridad es impresionante tener presente sus palabras que nos invitan a vivir con mucha profundidad la alegría desde la raíz también de nuestro ser ya que: “Sin alegría no hay amor, y el amor sin alegría no es verdadero amor. Por eso, necesitamos traer ese amor y esa alegría al mundo de hoy”.

Este mundo de hoy es nuestro entorno, nuestro ambiente, nuestra realidad cotidiana… pero un gran papel a ejercer en este sentido es desde la educación tanto en las familias como en las escuelas es el aprendizaje de la alegría como tarea primordial para poder cultivar la alegría por el gozo de existir. Si lo que decía Romano Guardini que “educamos más por lo que somos y hacemos que por lo que decimos” posibilita ser personas alegres y modificar nuestras actitudes. Es posible que desde esta reflexión se pudiera dar más sentido y valor a otras realidades que probablemente prescindimos de ellas. La alegría es un reto humano que nos invita a ser emprendedores y creativos en cualquier quehacer. Las personas realmente alegres son capaces de contagiar con palabras, actitudes y gestos, este ánimo para ayudar a superar contrariedades. Además vivir esta inmensa alegría te hace sentir libre porque no depende de ninguna fórmula ni receta, únicamente depende del ser, del propio deseo de vivir desde la alegría y con la alegría porque la verdadera alegría nace de la bondad de nuestras acciones e intenciones.

Parecido a la alegría profunda por el sólo hecho de existir podría ser la perfecta alegría vivida y proclamada por San Francisco de Asís que tuvo la valentía y paciencia de aguantar toda una noche al ser rechazado y sin embargo no se molestó: “Esa es la verdadera alegría y la verdadera virtud y salvación del alma”. Como nos recuerda la cabecera de este pliego “No hay alegría si no hay paz”, esto nos confirma que Francisco de Asís se sentía y vivía en paz y esto le permitía aguantar cualquier situación, a pesar de ser una injusticia.

Otro requisito significativo para saber si eres persona alegre es alegrarte, también, de los demás por el sólo hecho de existir y de todo lo que les acontece. No se trata solamente de mostrar una sonrisa sino que es sentirlo desde el corazón. ¡Este es un buen termómetro para verificar si realmente eres alegre!

Asimismo la alegría también se considera como una virtud. Cuando Santa Joaquina de Vedruna hablaba de la alegría no se refería un mero sentimiento ni a una alegría psicológica, sino “de una alegría ontológica: de un ganar peldaños en la ascensión hacia la propia plenitud. Es, por tanto, un estado dinámico constitutivo de la persona. Por esto existe el verbo alegrarse. Y este estado dinámico es fruto de un esfuerzo personal. En este sentido es una virtud: es una forma de ser y de reaccionar ante la vida de modo creativo. Es una modulación esencial de la personalidad: ser alegre”.

Ella misma dijo “atreveos a ser alegres en todo momento”. Este es el gran reto y llamada a todo ser humano que a pesar de grandes dificultades y situaciones difíciles poder vivir una inmensa alegría porque surge de nuestro corazón que desea vivir y compartir aquello que soy.

Assumpta Sendra Mestre
Barcelona (España)